Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: De Adviento (Rom 15, 4-9)
Evangelio: Lc 1, 26-38
Hay
dos personajes principales en el Adviento, María y Juan, que nos enseñan la
actitud correcta para esperar.
La
Navidad llega rápidamente y corremos el riesgo de no prepararnos de verdad, de
no abrir el corazón para dar la bienvenida al Mesías que viene. Es un riesgo
real y siempre presente, aún más evidente en estos tiempos de profunda crisis
en la que la esperanza parece extinguirse día a día.
Por
eso, debemos mirar más allá de lo concreto, levantar la mirada, atrevernos a
creer, encontrar nuestra verdadera dimensión en el alma. La confianza es el
único gesto que nos ayuda a permanecer anclados en la vida, a no huir.
Necesitamos
urgentemente personas que se conviertan en signos, que sean profecías
vivientes. Como María, como Isaías, como Pablo, como Juan, el loco de Dios.
Espera
Nos
preparamos a la Navidad para ser acogidos, no abandonados.
Cogidos
por la noticia desconcertante de un Dios que se convierte en hombre, de un Dios
que arriesga todo convirtiéndose en un niño frágil e indefenso.
Hombres
y mujeres nos anuncian la venida de Cristo en gloria, y a nosotros nos toca darle
la bienvenida en la historia personal de cada uno.
Isaías,
profeta inmenso, sueña con un mundo en el que el Mesías trae la armonía que
hemos perdido por el camino. Pablo, al final de su carrera apostólica, escribe
a los cristianos de Roma invitándoles a mantener viva la esperanza, comenzando
por el consuelo que proviene de escuchar las Escrituras, escritas especialmente
para nosotros.
Es
cierto que la gran historia está por encima, y más allá, de nuestra capacidad
de comprensión. Pero en nuestro camino hacia la total plenitud, la Palabra y la
Profecía nos ayudan a mantener la esperanza, esperando la venida del Señor de
la gloria.
La bella María y el rudo Juan
La
bella María, la niña adolescente de Nazaret nos enseña a permanecer día a día en
la fe. María nos sugiere que estemos listos, porque Dios viene cuando menos lo
esperas, aunque sea en el escondite de un agujero de un país como Nazaret,
desconocido, a las afueras del Imperio.
Dios
elige a Nazaret, pero nosotros huimos del Nazaret en el que vivimos. Al elegir a
Nazaret como un lugar desde el que comienza la salvación del mundo, Dios está revocando
la tabla de nuestras certezas y redefine la lógica del mundo. En la lógica de
Dios, el totalmente Otro, es precisamente desde Nazaret donde comienza la
historia. La mía también.
Y
para nacer en nosotros, Cristo pide acogida, disponibilidad y un corazón
transparente como el suyo. Un corazón que sepa cómo reconocer a los ángeles y a
tantos anuncios que recibimos cada día. Así, María se convierte en la “ianua coeli”, la puerta del cielo que
permite a Dios entrar en la historia. Si lo hacemos así, si, como ella, abrimos
nuestro corazón, también nosotros nos convertiremos en un instrumento en las
manos del Dios que busca al hombre.
Y
el rudo Juan nos remueve con palabras que abofetean, en vez de acariciar.
El
Bautista, con su vida, proclama la primacía de Dios en la Historia, llama a
todos a salir de una visión estereotipada e inmovilista de la fe para poder encontrar
lo inaudito de Dios.
Las
personas notables y devotas, como los fariseos, son severamente criticadas
porque su gran fe es arruinada por un ritualismo y un moralismo exasperado. Juan
los sacude: no es suficiente hacer gestos audaces, cómo recibir el bautismo
para convertirse, hay que cambiar la mirada, la perspectiva, el pensamiento y
los hábitos. Es una seria advertencia dirigida a aquellos que ya son
discípulos, entre los que nos encontramos nosotros. Estamos llamados a
preguntarnos continuamente sobre el riesgo de una fe rutinaria, ya resabida y
resabiada, por habitual.
Hasta la devoción más auténtica corre el riesgo de acabar en una pura exterioridad, vaciando la fe de lo más importante, que es el encuentro con Dios.
Completamente desafortunado
Juan
es el último y más desafortunado de los profetas. Amenaza con venganza y
castigos divinos, según el modelo de los grandes profetas del pasado. Pero los
tiempos han cambiado, y las personas no se convierten con amenazas o por sentimientos
de culpa, Dios piensa de otro modo. Juan amenaza con incendios y hogueras, y,
en cambio, Jesús viene a revelar que Dios no castiga, sino que ama y perdona, y
que el Mesías no extinguirá el pábilo vacilante ni quebrará la caña cascada.
El
rostro de Dios que Jesús revela en Navidad es tan insólito e inesperado, que el
propio Juan tendrá dificultad en reconocerlo; tan inesperado, que el hombre más
grande de todos los tiempos tendrá que convertirse al final de una vida vivida en
austeridad y penitencia.
Profecías
¡El
Dios que anuncia el Bautista, el Dios que esperamos, es el Dios que hace arder
nuestro interior, que barre con fuerza los temores, un Dios fuerte e impetuoso!
Un fuego que arde quemando la lentitud, devorando toda objeción, toda oscuridad,
todo miedo. Juan advierte: no es suficiente refugiarse en la tradición (“¡tenemos a Abraham como padre!”), o en
una fe externa, de fachada, de conciencia tibia. “Haced frutos dignos de conversión”: El que viene nos está pidiendo
un cambio real, una elección de vida, un alineamiento claro.
Dios,
al hacerse hombre, separa la luz de la oscuridad y nos obliga a recibirla. O a rechazarla.
Mientras
Dios esté en las nubes, como una divinidad poco fiable, a la que hay que
invocar y “camelar” para pedirle un milagro, o insultar porque el milagro no
sucedió, todo será un cuento. ¡Pero aquí estamos hablando de un Dios recién
nacido!
Un
Dios indefenso que rompe nuestras teorías aproximativas sobre la naturaleza
divina; un Dios humilde y frágil, que pide hospitalidad y no una devoción vana
y vacía.
Estamos
invitados a reconocer a los profetas que nos rodean, y estamos llamados a ser
profetas.
No
hace falta que vistamos pieles de camello, ¡estad tranquilos!, pero sí hace
falta que seamos transparencia de Dios, que permitamos que el fuego que Jesús
vino a encender resplandezca en la oscuridad de nuestras vidas, y dé luz a los
que encontraremos en el camino de la vida.
Para
convertirse en profetas, no hacen falta cruces en el cuello o imanes con santos
en el salpicadero del coche o en la puerta de la nevera, es suficiente con
llevar y transmitir la simple noticia que Mateo pone en boca del Bautista: “Convertíos porque está cerca el Reino de
Dios”.
Digámoslo
a todos, amigos: Dios se nos ha acercado, se ha hecho encontradizo,
reconocible, presente y evidente. El Señor está entre nosotros.
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