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martes, 24 de diciembre de 2024

MISA DEL GALLO EN LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 9,1-3.5-6
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: Tit2,11-14
Evangelio: Lc 2,1-14


Pastores

En esta Noche Santa contemplamos el misterio del Emmanuel, Dios-con-nosotros. Pero Su presencia no siempre corresponde a nuestras expectativas... Aunque dos milenios de tradición navideña nos hayan familiarizado con este prodigio.

Si hemos perseverado en el camino del Adviento, por breve que haya sido, quizás nuestros corazones se conmuevan al contemplar a esa joven Madre que estrecha contra su pecho al Niño Dios.

La Encarnación del Verbo aconteció en un momento preciso de la historia, en aquella pequeña aldea de Judea que las Escrituras nos señalan: Belén. Este acontecimiento histórico, del cual somos herederos y testigos, marcó el inicio de nuestra salvación. Y nosotros, sus discípulos, proclamamos con fe que el Señor Jesús volverá en la plenitud de los tiempos para dar sentido pleno a nuestra existencia temporal.

Pero esta noche, amados hermanos, Cristo desea nacer de nuevo en cada uno de nuestros corazones, invitándonos a renacer con Él a una vida nueva. Solo necesitamos el valor de abrirle las puertas de nuestra alma.

Es cierto que vivimos tiempos difíciles: las crisis que nos agobian, el clima sociopolítico, las crisis humanitarias, la guerra y los enfrentamientos de todo tipo, el vacío existencial que caracteriza nuestra época, todo ello podría desalentarnos. Nuestra propia patria, sumida en divisiones y amarguras, especialmente por la responsabilidad de quienes deberían guiarla para bien, no facilita la esperanza.

¡Qué actualidad cobra el relato evangélico que hemos proclamado esta noche! ¡Cuánto nos parecemos a aquellos pastores que buscaban calor en la gélida noche de Judea! Sus corazones, como los nuestros, estaban marcados por la ira, la resignación, el desencanto – sentimientos propios de quienes han agotado sus fuerzas en la mera supervivencia, muchas veces sin éxito.

Vidas aparentemente insignificantes, descartadas por la historia, marginadas por la sociedad. Como entonces, hoy son cada vez más numerosas. Hombres y mujeres anónimos, desanimados, que se han rendido ante un mundo despiadadamente competitivo, o que ni siquiera iniciaron la lucha, conscientes de su aparente derrota.

Sus sueños, si alguna vez se atrevieron a tenerlos, se han desvanecido. Son personas que jamás aparecerán en las estadísticas (salvo en las de fallecidos y desaparecidos), ni en los medios de comunicación, ni en los programas de televisión. Son, como aquellos pastores, los desheredados de la historia.

 Buenas noticias

Pero observad como el Evangelista San Lucas nos revela que es precisamente a ellos a quienes se aparece el ángel. No al emperador, ensoberbecido en su poder; no a Herodes, que ve en Dios una amenaza para su dominio; no a los sacerdotes, inflados de certezas absolutas; no al pueblo de Jerusalén, demasiado ocupado en sus preparativos festivos como para anhelar verdaderamente la venida del Señor.

El ángel se aparece a estos pastores que ni siquiera se plantean la cuestión de Dios. La mayoría tiene cuentas pendientes con la ley, ninguno frecuenta la sinagoga, ninguno observa el reposo sabático, ninguno peregrina al recién renovado Templo en las tres fiestas anuales. Ni les preocupa el Mesías, ni les importa Dios, ni se imaginan que Dios pudiera preocuparse por ellos.

Sin embargo, es aquel anuncio celestial, aquella multitud de la milicia celestial, aquel cántico de paz para los amados de Dios trastoca toda lógica humana y revoluciona el orden establecido.

"Id a ver", dice el ángel, "encontraréis un pesebre como señal". El Salvador ha nacido para vosotros, no para los importantes, los poderosos o los que se consideran justos. Para vosotros, que ni siquiera sabéis lo que significa la salvación.

Gran Dios

La señal que el ángel da a los pastores es lo que ellos mejor conocen: un pesebre. Como serían los peces para los pescadores o las telas para los tejedores. No hay condiciones complejas: pueden encontrarse con Dios tal como son, con lo que conocen. Es Dios quien sale a su encuentro. Y los pastores van, ven y comprenden.

Comprenden todo al contemplar a una jovencita después del parto y a su esposo desconcertado. Todo aparentemente normal: ha nacido una criatura, frágil y vulnerable como cualquier recién nacido. Pero lo extraordinario, el misterio inefable, es que este Niño es el mismo Dios hecho hombre.

María sonríe débilmente, José permanece en silencio contemplativo. ¡Qué historia! Dios nace en un país lejano, en condiciones de precariedad e inquietud, y los únicos testigos son aquellos que viven al día, nutriéndose de incertidumbre y zozobra.

Los pastores regresan rebosantes de alegría a su arduo trabajo; no hay aquí un final de Hollywood: aquí el hedor del establo persiste y el frío sigue siendo inclemente. Pero sus corazones han sido transformados por la gracia.

Aquí está Dios

Aquí está Dios, para ti que lo esperas con anhelo.

Aquí está Dios, para ti que no sientes su necesidad.

Aquí está Dios, para nosotros, profesionales de lo sagrado. Aquí está, inesperado, desconcertante, maravilloso, locamente incomprensible en su amor.

Un Dios que se revela, precisamente, a quienes no lo merecemos, a quienes no le rezamos, a quienes maldecimos la vida una y otra vez. Un Dios que se manifiesta en los signos cotidianos, que se oculta en lo pequeño y sencillo. Un Dios que transforma la vida. Una vida que, aunque externamente siga siendo igual, adquiere una luz nueva.

Un Dios que recorre este hospital de campaña que es nuestro mundo, con su túnica manchada de sangre y los brazos abiertos para abrazar a sus hijos.

Aquí está Dios para nosotros, discípulos de Jesús, que perseveramos en la fe, en su seguimiento y en la oración. Aquí está Dios, tan diferente de como lo imaginamos o desearíamos.

Un Dios Niño, que no resuelve problemas sino que los suscita, y que solo pide ser acogido y amado.

Un Dios al que los malvados buscan para darle muerte, pero que no responde con castigo sino con misericordia.

Un Dios que se hace pobre por nosotros, por nosotros los derrotados, por nosotros los inquietos y angustiados.

            Él fue el primero en ser pobre, un perdedor y preocupado por el amor.

Si Dios es así...

Si Dios es así, significa que ama tanto a la humanidad que no dudó en hacerse humano como nosotros.

Si Dios es así, significa que es cercano y comprensible, tierno y misericordioso.

Si Dios es así, significa que esa imagen de un Dios distante y vengativo, ensimismado y egoísta, es una falsedad pagana. Dios ama primero, antes de ser amado.

Si Dios es así, significa que nos necesita, como necesitó una madre y un padre en Belén.

Si Dios es así, significa que podemos reconocerlo y servirlo en cada hermano derrotado, en cada persona empobrecida, en cada ser abandonado.

Si Dios es así, significa que nuestra fragilidad humana es el lugar donde Él desea habitar, que si esta Navidad la vivimos con algún dolor en el alma, entonces es precisamente nuestra fiesta, porque Dios también vive en los establos de nuestra vida.

Que la bendición del Niño Dios os alcance a todos, queridos hermanos y compañeros de viaje. ¡Feliz y Santa Navidad!

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