Pastores
En esta Noche Santa contemplamos el misterio del Emmanuel, Dios-con-nosotros. Pero Su presencia no siempre corresponde a nuestras expectativas... Aunque dos milenios de tradición navideña nos hayan familiarizado con este prodigio.
Si hemos
perseverado en el camino del Adviento, por breve que haya sido, quizás nuestros
corazones se conmuevan al contemplar a esa joven Madre que estrecha contra su
pecho al Niño Dios.
La
Encarnación del Verbo aconteció en un momento preciso de la historia, en
aquella pequeña aldea de Judea que las Escrituras nos señalan: Belén. Este
acontecimiento histórico, del cual somos herederos y testigos, marcó el inicio
de nuestra salvación. Y nosotros, sus discípulos, proclamamos con fe que el
Señor Jesús volverá en la plenitud de los tiempos para dar sentido pleno a
nuestra existencia temporal.
Pero esta
noche, amados hermanos, Cristo desea nacer de nuevo en cada uno de nuestros
corazones, invitándonos a renacer con Él a una vida nueva. Solo necesitamos el
valor de abrirle las puertas de nuestra alma.
Es cierto que
vivimos tiempos difíciles: las crisis que nos agobian, el clima sociopolítico,
las crisis humanitarias, la guerra y los enfrentamientos de todo tipo, el vacío
existencial que caracteriza nuestra época, todo ello podría desalentarnos.
Nuestra propia patria, sumida en divisiones y amarguras, especialmente por la
responsabilidad de quienes deberían guiarla para bien, no facilita la
esperanza.
¡Qué actualidad cobra el relato evangélico que hemos proclamado esta noche! ¡Cuánto nos parecemos a aquellos pastores que buscaban calor en la gélida noche de Judea! Sus corazones, como los nuestros, estaban marcados por la ira, la resignación, el desencanto – sentimientos propios de quienes han agotado sus fuerzas en la mera supervivencia, muchas veces sin éxito.
Vidas aparentemente insignificantes, descartadas por la historia, marginadas por la sociedad. Como entonces, hoy son cada vez más numerosas. Hombres y mujeres anónimos, desanimados, que se han rendido ante un mundo despiadadamente competitivo, o que ni siquiera iniciaron la lucha, conscientes de su aparente derrota.
Sus sueños,
si alguna vez se atrevieron a tenerlos, se han desvanecido. Son personas que
jamás aparecerán en las estadísticas (salvo en las de fallecidos y
desaparecidos), ni en los medios de comunicación, ni en los programas de
televisión. Son, como aquellos pastores, los desheredados de la historia.
Buenas noticias
Pero observad
como el Evangelista San Lucas nos revela que es precisamente a ellos a quienes
se aparece el ángel. No al emperador, ensoberbecido en su poder; no a Herodes,
que ve en Dios una amenaza para su dominio; no a los sacerdotes, inflados de
certezas absolutas; no al pueblo de Jerusalén, demasiado ocupado en sus
preparativos festivos como para anhelar verdaderamente la venida del Señor.
El ángel se
aparece a estos pastores que ni siquiera se plantean la cuestión de Dios. La
mayoría tiene cuentas pendientes con la ley, ninguno frecuenta la sinagoga,
ninguno observa el reposo sabático, ninguno peregrina al recién renovado Templo
en las tres fiestas anuales. Ni les preocupa el Mesías, ni les importa Dios, ni
se imaginan que Dios pudiera preocuparse por ellos.
Sin embargo, es
aquel anuncio celestial, aquella multitud de la milicia celestial, aquel
cántico de paz para los amados de Dios trastoca toda lógica humana y
revoluciona el orden establecido.
"Id a
ver",
dice el ángel, "encontraréis un pesebre como señal". El
Salvador ha nacido para vosotros, no para los importantes, los poderosos o los
que se consideran justos. Para vosotros, que ni siquiera sabéis lo que
significa la salvación.
Gran Dios
La señal que el ángel da a los pastores es lo que ellos mejor conocen: un pesebre. Como serían los peces para los pescadores o las telas para los tejedores. No hay condiciones complejas: pueden encontrarse con Dios tal como son, con lo que conocen. Es Dios quien sale a su encuentro. Y los pastores van, ven y comprenden.
Comprenden
todo al contemplar a una jovencita después del parto y a su esposo
desconcertado. Todo aparentemente normal: ha nacido una criatura, frágil y
vulnerable como cualquier recién nacido. Pero lo extraordinario, el misterio
inefable, es que este Niño es el mismo Dios hecho hombre.
María sonríe
débilmente, José permanece en silencio contemplativo. ¡Qué historia! Dios nace
en un país lejano, en condiciones de precariedad e inquietud, y los únicos
testigos son aquellos que viven al día, nutriéndose de incertidumbre y zozobra.
Los pastores
regresan rebosantes de alegría a su arduo trabajo; no hay aquí un final de Hollywood:
aquí el hedor del establo persiste y el frío sigue siendo inclemente. Pero sus
corazones han sido transformados por la gracia.
Aquí está Dios
Aquí está
Dios, para ti que lo esperas con anhelo.
Aquí está
Dios, para ti que no sientes su necesidad.
Aquí está
Dios, para nosotros, profesionales de lo sagrado. Aquí está, inesperado,
desconcertante, maravilloso, locamente incomprensible en su amor.
Un Dios que
se revela, precisamente, a quienes no lo merecemos, a quienes no le rezamos, a
quienes maldecimos la vida una y otra vez. Un Dios que se manifiesta en los
signos cotidianos, que se oculta en lo pequeño y sencillo. Un Dios que
transforma la vida. Una vida que, aunque externamente siga siendo igual,
adquiere una luz nueva.
Un Dios que
recorre este hospital de campaña que es nuestro mundo, con su túnica manchada
de sangre y los brazos abiertos para abrazar a sus hijos.
Aquí está
Dios para nosotros, discípulos de Jesús, que perseveramos en la fe, en su
seguimiento y en la oración. Aquí está Dios, tan diferente de como lo
imaginamos o desearíamos.
Un Dios Niño,
que no resuelve problemas sino que los suscita, y que solo pide ser acogido y
amado.
Un Dios al
que los malvados buscan para darle muerte, pero que no responde con castigo
sino con misericordia.
Un Dios que
se hace pobre por nosotros, por nosotros los derrotados, por nosotros los
inquietos y angustiados.
Él fue el primero en ser pobre, un
perdedor y preocupado por el amor.
Si Dios es así...
Si Dios es
así, significa que ama tanto a la humanidad que no dudó en hacerse humano como nosotros.
Si Dios es
así, significa que es cercano y comprensible, tierno y misericordioso.
Si Dios es
así, significa que esa imagen de un Dios distante y vengativo, ensimismado y
egoísta, es una falsedad pagana. Dios ama primero, antes de ser amado.
Si Dios es
así, significa que nos necesita, como necesitó una madre y un padre en Belén.
Si Dios es
así, significa que podemos reconocerlo y servirlo en cada hermano derrotado, en
cada persona empobrecida, en cada ser abandonado.
Si Dios es
así, significa que nuestra fragilidad humana es el lugar donde Él desea
habitar, que si esta Navidad la vivimos con algún dolor en el alma, entonces es
precisamente nuestra fiesta, porque Dios también vive en los establos de
nuestra vida.
Que la
bendición del Niño Dios os alcance a todos, queridos hermanos y compañeros de viaje.
¡Feliz y Santa Navidad!
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