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sábado, 14 de diciembre de 2024

DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo C)

Compartid, no robéis, no seáis violentos, vivid alegres...

Primera Lectura: Sof 3, 14-18
Salmo Responsorial: Is 12, 2-6
Segunda Lectura: Flp 4, 4-7
Evangelio: Lc 3, 10-18


Todos somos buscadores de felicidad. Nuestra vida se consume en pos de una afanada búsqueda de la alegría y podemos leer nuestras vidas conforme al deseo, que llevamos dentro de nosotros, de vivir en la alegría que buscamos. Todos, para bien o para mal, buscamos la felicidad pero no sabemos bien dónde ni a quién hacer caso.

La Sagrada Escritura no es ajena a este anhelo. No en vano encontramos más de veinticinco expresiones que nos hablan de la felicidad. Desmentimos así aquellas voces que presentan nuestra fe como un camino de tristeza y dolor. La religión no es una carga insoportable, hermanos, sino una fuente de alegría desbordante.

En este tercer domingo de Adviento en la espera del Señor, la alegría es la protagonista de la liturgia. El profeta Sofonías nos muestra un Dios que, ante nuestra infidelidad, no responde con castigo, sino con amor y una nueva alianza. San Pablo nos exhorta a regocijarnos por la presencia del Señor, que viene a visitarnos continuamente allá donde estemos, y Juan el Bautista nos sacude con su mensaje ardiente.

¿Qué debemos hacer?

La gente que había bajado desde Jerusalén hasta las cercanías de Jericó para ver al Bautista quedaba turbada, inquieta, y sacudida. ¿Y si Juan tuviera razón? ¿Y si, de verdad, la vida no fuera ese caos enmarañado que nos da más penas que alegrías? Juan, ¿qué debemos hacer?", le preguntaban. Es la misma pregunta que late en nuestro corazón cuando la vida nos desafía, cuando buscamos una Navidad que no sea mero sentimentalismo, sino auténtica conversión a la luz y al paz, tan necesitada en estos tiempos.

La respuesta de Juan es sorprendentemente sencilla. Incluso banal, en apariencia. Juan responde con pequeños consejos muy distintos de las grandes y solemnes proclamas que esperaríamos. Él responde simplemente: compartid, sed honestos, no robéis, no seáis violentos. Uno se queda asombrado con esto… y hasta un poco decepcionado, la verdad.

Al pueblo creyente y devoto, Juan le pide que comparta, que no permita que la fe se reduzca sólo a oración, o a una vaga pertenencia a un movimiento, sino que haga vibrar esa fe en la vida, que ella contagie nuestras vidas y nuestras opciones concretas. Sin dicotomías. la santidad no está en heroísmos inalcanzables, sino en hacer bien lo cotidiano.

A los publicanos, recaudadores de impuestos y ladrones, les pide que sean honestos; que no exijan más de la cuenta, aduciendo excusas y justificaciones inconsistentes. Como cuando, entre nosotros a veces, los profesionales exigen demasiado dinero por sus servicios y competencia, amparándose en las tarifas establecidas y olvidándose del difícil momento que la gente está viviendo.

A los soldados, acostumbrados a la violencia y la fuerza, les pide contención y justicia; que no abusen del poder.

Ser justos

No esperéis grandes gestas: marcharé a África de voluntario - y mientras tanto ignoro a mi vecina de enfrente que es anciana y está sola -; iré una semana a un monasterio, en silencio - y mientras tanto no encuentro siquiera cinco minutos de oración al día -; dedicaré un tiempo a la reflexión - y no tengo el ánimo de eliminar alguna reunión de la agenda que ya está al borde del colapso -.

Ser santo es ser fiel en lo pequeño. Hacer bien lo que tenemos que hacer Es ser honesto en el trabajo, templado en un mundo de ambición, generoso cuando todo invita al egoísmo.

Dios viene y se hace pequeño. Es sólo en las pequeñas actitudes de la vida donde podemos localizar su estela luminosa.

¿Será él?

La gente se mostraba inquieta al ver en Juan era un hombre bueno que les mostraba un camino sencillo y se preguntaban: ¿No será éste él el Mesías?

Juan responde de nuevo con claridad: No, la buena noticia es otra: está llegando alguien más fuerte que bautizará en Espíritu Santo y fuego. Está llegando Cristo. Él es la respuesta a todo lo que tenéis que hacer, él es el que abrasa desde dentro, el que nos dará la fuerza. Jesús es fuego, no una piadosa devoción, no una bonita costumbre ni una sagrada tradición, ni siquiera una sabiduría a la que seguir.

Es fuego, fuego que abrasa, que provoca, que calienta, que ilumina, que inquieta desde lo más hondo, que desquicia, que llena en plenitud. Pero su presencia no es una imposición, sino una invitación.

Alegría

Juan tiene el corazón colmado de alegría aunque todavía espere, aunque aún no vea. Pero se alegra con la llegada del Mesías. El anuncio que hace, la “buena noticia” entre tantas horribles noticias que nos alcanzan, es precisamente que Dios nos ama y nos lo demuestra en Jesucristo.

Por eso, acoger a Jesús es tener el corazón lleno de alegría. La fe cristiana es ante todo alegría. No una alegría simple, tonta, ingenua. Es gozo profundo que surge de saber que Dios nos ama. Una alegría que atraviesa el dolor, que supera la tristeza, que nos sostiene en medio de las adversidades.

Dejémonos sacudir por las palabras de Pablo escritas en un momento muy difícil de su ministerio: ¡Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos!

¿No es ésta una espléndida noticia?

Preparémonos para su venida con esperanza, con sencillez, con amor.

Marana tá. Ven Señor, Jesús.



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