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Compartid, no robéis, no seáis violentos, vivid alegres... |
Todos somos
buscadores de felicidad. Nuestra vida se consume en pos de una afanada búsqueda
de la alegría y podemos leer nuestras vidas conforme al deseo, que llevamos dentro
de nosotros, de vivir en la alegría que buscamos. Todos, para bien o para mal, buscamos
la felicidad pero no sabemos bien dónde ni a quién hacer caso.
La Sagrada
Escritura no es ajena a este anhelo. No en vano encontramos más de veinticinco
expresiones que nos hablan de la felicidad. Desmentimos así aquellas voces que
presentan nuestra fe como un camino de tristeza y dolor. La religión no es una
carga insoportable, hermanos, sino una fuente de alegría desbordante.
En este
tercer domingo de Adviento en la espera del Señor, la alegría es la
protagonista de la liturgia. El profeta Sofonías nos muestra un Dios que, ante
nuestra infidelidad, no responde con castigo, sino con amor y una nueva alianza.
San Pablo nos exhorta a regocijarnos por la presencia del Señor, que viene a
visitarnos continuamente allá donde estemos, y Juan el Bautista nos sacude con
su mensaje ardiente.
¿Qué debemos hacer?
La gente que
había bajado desde Jerusalén hasta las cercanías de Jericó para ver al Bautista
quedaba turbada, inquieta, y sacudida. ¿Y si Juan tuviera razón? ¿Y si, de
verdad, la vida no fuera ese caos enmarañado que nos da más penas que alegrías?
Juan, ¿qué debemos hacer?", le preguntaban. Es la misma pregunta que late
en nuestro corazón cuando la vida nos desafía, cuando buscamos una Navidad que
no sea mero sentimentalismo, sino auténtica conversión a la luz y al paz, tan
necesitada en estos tiempos.
La respuesta
de Juan es sorprendentemente sencilla. Incluso banal, en apariencia. Juan
responde con pequeños consejos muy distintos de las grandes y solemnes
proclamas que esperaríamos. Él responde simplemente: compartid, sed honestos, no
robéis, no seáis violentos. Uno se queda asombrado con esto… y hasta un poco
decepcionado, la verdad.
Al pueblo creyente y devoto, Juan le pide que comparta, que no permita que la fe se reduzca sólo a oración, o a una vaga pertenencia a un movimiento, sino que haga vibrar esa fe en la vida, que ella contagie nuestras vidas y nuestras opciones concretas. Sin dicotomías. la santidad no está en heroísmos inalcanzables, sino en hacer bien lo cotidiano.
A los
publicanos, recaudadores de impuestos y ladrones, les pide que sean honestos;
que no exijan más de la cuenta, aduciendo excusas y justificaciones
inconsistentes. Como cuando, entre nosotros a veces, los profesionales exigen
demasiado dinero por sus servicios y competencia, amparándose en las tarifas
establecidas y olvidándose del difícil momento que la gente está viviendo.
A los
soldados, acostumbrados a la violencia y la fuerza, les pide contención y
justicia; que no abusen del poder.
Ser justos
No esperéis
grandes gestas: marcharé a África de voluntario - y mientras tanto ignoro a mi
vecina de enfrente que es anciana y está sola -; iré una semana a un monasterio,
en silencio - y mientras tanto no encuentro siquiera cinco minutos de oración al
día -; dedicaré un tiempo a la reflexión - y no tengo el ánimo de eliminar
alguna reunión de la agenda que ya está al borde del colapso -.
Ser santo es
ser fiel en lo pequeño. Hacer bien lo que tenemos que hacer Es ser honesto en
el trabajo, templado en un mundo de ambición, generoso cuando todo invita al
egoísmo.
Dios viene y
se hace pequeño. Es sólo en las pequeñas actitudes de la vida donde podemos localizar
su estela luminosa.
¿Será él?
La gente se
mostraba inquieta al ver en Juan era un hombre bueno que les mostraba un camino
sencillo y se preguntaban: ¿No será éste él el Mesías?
Juan responde
de nuevo con claridad: No, la buena noticia es otra: está llegando alguien más
fuerte que bautizará en Espíritu Santo y fuego. Está llegando Cristo. Él es la
respuesta a todo lo que tenéis que hacer, él es el que abrasa desde dentro, el que
nos dará la fuerza. Jesús es fuego, no una piadosa devoción, no una bonita
costumbre ni una sagrada tradición, ni siquiera una sabiduría a la que seguir.
Es fuego,
fuego que abrasa, que provoca, que calienta, que ilumina, que inquieta desde lo
más hondo, que desquicia, que llena en plenitud. Pero su presencia no es una
imposición, sino una invitación.
Alegría
Juan tiene el
corazón colmado de alegría aunque todavía espere, aunque aún no vea. Pero se
alegra con la llegada del Mesías. El anuncio que hace, la “buena noticia” entre
tantas horribles noticias que nos alcanzan, es precisamente que Dios nos ama y nos
lo demuestra en Jesucristo.
Por eso, acoger
a Jesús es tener el corazón lleno de alegría. La fe cristiana es ante todo
alegría. No una alegría simple, tonta, ingenua. Es gozo profundo que surge de
saber que Dios nos ama. Una alegría que atraviesa el dolor, que supera la
tristeza, que nos sostiene en medio de las adversidades.
Dejémonos
sacudir por las palabras de Pablo escritas en un momento muy difícil de su
ministerio: ¡Alegraos siempre en el Señor, os lo repito, alegraos!
¿No es ésta una
espléndida noticia?
Preparémonos para
su venida con esperanza, con sencillez, con amor.
Marana tá. Ven Señor,
Jesús.
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