Hoy, de nuevo, la viña. No es
extraño. Estamos en tiempo de vendimias, cuando se recoge el fruto de tantos
meses de trabajo y se descubre, finalmente, si la cosecha ha respondido a las
esperanzas del viñador.
Y precisamente la viña es la
imagen que hoy nos ofrece la Palabra de Dios.
Isaías canta la historia de un
propietario que ama apasionadamente su viña: la prepara, la limpia, la protege,
hace todo lo necesario para que dé fruto. Pero, cuando llega el momento de la
cosecha, encuentra solamente uvas agrias.
Jesús retoma esa imagen en una
parábola todavía más dramática.
La viña representa el mundo que
Dios ha puesto en nuestras manos. Representa también nuestra vida, la Iglesia,
la humanidad entera.
Dios es el dueño, pero nosotros
somos los trabajadores a quienes ha confiado su viña.
Y aquí aparece una primera
cuestión importante: todo lo que somos y tenemos es un don que hemos
recibido.
La vida no nos pertenece
absolutamente. Tampoco el mundo. No somos propietarios de la creación, de los
demás, ni siquiera de nuestra propia existencia. Somos administradores del don
recibido. Se nos ha confiado una viña para cuidarla y hacerla fructificar.
El problema comienza cuando el
administrador olvida que es administrador y empieza a comportarse como
propietario. Entonces aparecen la codicia, el egoísmo, la violencia, la
autosuficiencia. Queremos poseerlo todo y terminamos creyendo que todo nos
pertenece.
Los viñadores de la parábola reciben a los enviados del propietario y los rechazan con palos y piedras. Finalmente llega el hijo... Y lo matan.
Aquí Jesús está hablando de sí
mismo. Él es el Hijo enviado por el Padre. Ha venido a mostrarnos quién es
Dios. Y nos ha mostrado un Dios muy distinto del que tantas veces imaginamos:
un Dios que perdona, que espera, que cura, que se acerca al que sufre, que
devuelve dignidad al pecador, que no se cansa de ofrecer nuevas oportunidades.
Pero el rechazo de Jesús nos
revela algo muy profundo del corazón humano: podemos llegar a rechazar
incluso el amor cuando ese amor cuestiona nuestro modo de vivir. Por eso la
parábola resulta tan incómoda.
Los que escuchan a Jesús
reaccionan inmediatamente: hay que castigar a esos viñadores. Hay que
expulsarlos. Hay que hacer justicia.
Ya… ¡Qué ingenuos! No se dan
cuenta de que Jesús está hablando precisamente de ellos. Y también de nosotros.
Nos está haciendo mirar hacia nosotros mismos. Porque es muy fácil reconocer la
infidelidad de los demás, pero mucho más difícil preguntarnos por la nuestra.
La pregunta de fondo es sencilla y
exigente: ¿Qué frutos está produciendo nuestra vida?
No basta con llamarnos cristianos.
No basta con pertenecer a una Iglesia. No basta con conservar unas costumbres
religiosas. Dios espera frutos.
Frutos de justicia para quienes
sufren. Frutos de solidaridad con quienes quedan al margen. Frutos de
fraternidad entre personas y pueblos. Frutos de compasión ante el dolor. Frutos
de perdón y misericordia. Frutos de verdad, de servicio y de entrega.
Porque una fe que no transforma
nuestra manera de vivir corre el riesgo de convertirse en una viña muy cuidada
por fuera, pero sin fruto. O, lo que es peor, con frutos amargos.
Y aquí la Palabra de Dios nos obliga a una denuncia más incómoda.
Nosotros hablamos de crisis
religiosa, de descristianización, de abandono de la práctica religiosa, de
pérdida de presencia de la Iglesia en la sociedad. Y seguramente tenemos
razones para preocuparnos.
Pero quizá deberíamos hacernos una
pregunta todavía más radical: ¿Y si el problema no fuera solamente que la
gente se aleja de la Iglesia? ¿Y si también tuviéramos que preguntarnos por qué
la Iglesia no está dando los frutos que Dios espera de ella?
Porque la parábola no garantiza
que los viñadores actuales vayamos a conservar indefinidamente la viña.
Dios no está obligado a bendecir
una religión estéril. No está obligado a identificarse con nuestras
mediocridades, con nuestras incoherencias, con nuestros intereses o nuestras
seguridades.
Si quienes hemos recibido la viña
no damos fruto, Dios puede abrir otros caminos. Puede suscitar personas nuevas.
Puede hacer nacer comunidades nuevas. Puede confiar su Reino a quienes estén
dispuestos a producir los frutos que nosotros no hemos sabido producir. Esto
debería hacernos pensar seriamente.
Quizá la crisis que estamos
viviendo no sea solamente una desgracia que tenemos que lamentar. También puede
ser una llamada de Dios para nuestra conversión.
Tal vez tengamos que dejar morir
una determinada manera de entender la Iglesia: una Iglesia demasiado preocupada
por conservarse, por mantener posiciones de poder, por defenderse, por tener
razón.
Y aprender a ser una Iglesia más
pobre y más libre; menos preocupada por su poder y más entregada al servicio;
menos pendiente de contar cuántos somos y más preocupada por hacer visible el
Evangelio con nuestra vida.
Porque una Iglesia pequeña
puede ser profundamente fecunda; una Iglesia numerosa puede ser profundamente
estéril.
Lo decisivo no es el tamaño de la
viña. Lo decisivo es el fruto que da.
Y todavía queda lo más
sorprendente. Después de la muerte del hijo, esperaríamos una respuesta de
venganza. Pero el Dios de Jesús no responde al mal con más mal.
El Hijo será rechazado y entregará
su vida. Y precisamente esa entrega será el comienzo de algo nuevo: “La piedra
que los constructores desecharon se convertirá en piedra angular.”
Dios no abandona su viña. Pero
tampoco la confunde con nosotros. Su proyecto de salvación es más grande que
nuestras instituciones, nuestras costumbres y nuestros límites.
Por eso esta parábola no es
solamente una amenaza. Es también una oportunidad.
Nos pregunta qué hacemos con la
viña que se nos ha confiado.
¿Qué hacemos con nuestra vida? ¿Qué
hacemos con nuestra Iglesia? ¿Qué frutos encuentra Dios en nosotros?
Quizá haya frutos que nos alegran.
Demos gracias.
Quizá haya ramas secas que necesitan
ser podadas. No tengamos miedo. Y quizá haya también frutos amargos que debemos
reconocer con humildad.
Porque la peor respuesta sería
seguir pensando que la viña es nuestra y seguir haciendo con ella lo que
queramos. No lo es. La viña ─ la Iglesia ─ es de Dios.
Y nosotros estamos aquí solamente
para cuidarla y hacerla fecunda.
Que el Señor nos conceda humildad
para reconocer nuestros fracasos, valentía para cambiar y fidelidad necesaria
para que, cuando llegue el momento de la cosecha, pueda encontrar en nosotros
aquello que espera desde siempre: frutos de justicia, de misericordia, de
fraternidad y de amor. Que así sea.

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