Hay una frase del Papa Benedicto XVI que, escuchada en su momento, sorprendió mucho. Decía que “los agnósticos que buscan sinceramente a Dios, las personas que sufren por sus pecados y desean tener un corazón limpio, pueden estar más cerca del Reino de Dios que los creyentes rutinarios, aquellos que ven en la Iglesia solamente el boato, las costumbres y las apariencias, sin que su corazón sea tocado por la fe.”
Es una afirmación fuerte. Pero el Evangelio de hoy nos obliga a tomarla en serio.
Jesús habla de un banquete de
bodas. Y no es una imagen casual. Para la gente de su tiempo, una boda era la
gran fiesta, el momento extraordinario en medio de una vida muchas veces dura y
llena de necesidades. Ser invitado a un banquete de bodas significaba
participar en una alegría que no se podía comparar con nada.
Y Jesús nos dice: así es el
Reino de Dios.
Dios no nos invita a una
obligación aburrida, ni a cumplir una serie de prácticas para ganarnos el
cielo. Dios nos invita a una fiesta. Nos invita a compartir su vida, su
alegría, su amor.
Y aquí comienza la pregunta
incómoda: ¿a qué hemos reducido nosotros nuestra fe?
Porque podemos convertir el
cristianismo en una costumbre. Podemos venir a misa, rezar nuestras oraciones,
cumplir con determinadas obligaciones y, sin embargo, vivir interiormente lejos
del Evangelio.
Podemos saber muchas cosas de Dios
y no haber experimentado nunca que Dios nos ama. Podemos defender la Iglesia y
no parecernos demasiado a Jesucristo. Podemos hablar mucho de moral y tener muy
poco corazón.
Y entonces ocurre algo terrible: el Evangelio pierde su frescura y se convierte en una ideología religiosa. La fe deja de ser una buena noticia y se transforma en una carga.
¿Nuestra experiencia cristiana
se parece más a una boda o a un funeral? La pregunta no pretende ser
ingeniosa. Es una pregunta espiritual.
Porque un cristiano puede
acostumbrarse tanto a las cosas de Dios que deja de sorprenderse por ellas.
Puede acostumbrarse a la Eucaristía, a la Palabra, a la oración, al perdón, al
amor de Dios… y terminar viviendo todo eso con una rutina que ya no transforma
nada.
La primera parte de la parábola
nos habla precisamente de quienes reciben la invitación y responden: «No,
gracias».
No dicen que Dios no exista.
Simplemente tienen otras cosas que hacer. Uno se va a su campo, otro a su
negocio. La invitación de Dios no es rechazada de plano y con violencia; es
sencillamente desplazada.
Y quizá ahí está nuestro problema.
No rechazamos a Dios. Lo vamos dejando para después. Tenemos trabajo,
preocupaciones, proyectos, obligaciones, entretenimientos. Y siempre
encontramos algo más urgente. Hasta que podemos llegar a vivir prácticamente
sin Dios y ni siquiera darnos cuenta de que lo hemos apartado de nuestra vida.
Pero hay algo todavía más serio en
esta parábola: al final aparece aquel hombre que está dentro del banquete, pero
que no lleva el vestido adecuado.
Es una imagen desconcertante.
¿Cómo puede ser expulsado alguien a quien han recogido de los caminos? Pero
precisamente ahí está la denuncia: No basta con estar dentro.
No basta con haber sido
bautizados. No basta con pertenecer a la Iglesia desde siempre. No basta con
haber recibido una educación cristiana, ni con haber cumplido durante años
determinadas prácticas religiosas.
El Señor nos pregunta por nuestro
corazón. Podemos estar sentados a la mesa del convite y tener el corazón muy
lejos. Podemos participar externamente en la fiesta y no haber cambiado nada
por dentro.
Ese es el peligro de quienes
llevamos muchos años siendo cristianos: pensar que ya estamos seguros. Que la
fe nos pertenece. Que ya conocemos el camino. Que son otros los que tienen que
convertirse.
Y Jesús vuelve a colocarnos ante
una verdad incómoda: el Reino no es propiedad de los que se consideran
buenos; es un don para quienes aceptan la invitación.
Por eso Dios pone muchas veces
nuestras seguridades patas arriba.
Los últimos pueden adelantarnos. Los
que se sienten necesitados de Dios pueden estar más cerca de Él que quienes nos
creemos espiritualmente satisfechos.
El pecador que reconoce su pecado
puede estar más cerca de la misericordia que el creyente que se cree justo. El
agnóstico que busca sinceramente puede estar más cerca de la verdad que quien
ha dejado de hacerse preguntas.
Y esto debería hacernos pensar.
Porque quizá el vestido de fiesta que
nos falta no sea el de nuestras apariencias religiosas, sino el de un corazón
nuevo. El vestido de la humildad. El vestido de la misericordia. El vestido de
quien sabe que necesita ser salvado. El vestido de quien todavía se deja
sorprender por Dios.
Hoy el Señor vuelve a invitarnos a
su banquete.
No nos invita a cumplir una
obligación más. Nos invita a vivir. No nos pide una religiosidad de fachada.
Nos pide el corazón. No quiere cristianos satisfechos de sí mismos, sino
discípulos capaces de reconocer: «Señor, necesito de ti».
Quizá hoy tengamos que
preguntarnos sinceramente dónde estamos.
¿Seguimos escuchando la invitación
de Dios con asombro? ¿O nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya no nos dice
nada?
Porque el gran peligro no es
solamente decir «no» a Dios. El gran peligro puede ser mucho más sutil: decirle
que sí con los labios y vivir después como si nunca nos hubiera invitado.
La Eucaristía que celebramos es
precisamente ese banquete al que el Señor nos convoca.
Que no vengamos solamente a ocupar
nuestro sitio. Que vengamos con hambre. Con gratitud. Con un corazón de
mendigo.
Y que, al salir de aquí, nuestra
vida pueda decir que hemos aceptado de verdad la invitación.
Porque Dios sigue preparando la
fiesta. Y la invitación sigue estando abierta.
Es una afirmación fuerte. Pero el
Evangelio de hoy nos obliga a tomarla en serio.
Jesús habla de un banquete de
bodas. Y no es una imagen casual. Para la gente de su tiempo, una boda era la
gran fiesta, el momento extraordinario en medio de una vida muchas veces dura y
llena de necesidades. Ser invitado a un banquete de bodas significaba
participar en una alegría que no se podía comparar con nada.
Y Jesús nos dice: así es el
Reino de Dios.
Dios no nos invita a una
obligación aburrida, ni a cumplir una serie de prácticas para ganarnos el
cielo. Dios nos invita a una fiesta. Nos invita a compartir su vida, su
alegría, su amor.
Y aquí comienza la pregunta
incómoda: ¿a qué hemos reducido nosotros nuestra fe?
Porque podemos convertir el
cristianismo en una costumbre. Podemos venir a misa, rezar nuestras oraciones,
cumplir con determinadas obligaciones y, sin embargo, vivir interiormente lejos
del Evangelio.
Podemos saber muchas cosas de Dios
y no haber experimentado nunca que Dios nos ama. Podemos defender la Iglesia y
no parecernos demasiado a Jesucristo. Podemos hablar mucho de moral y tener muy
poco corazón.
Y entonces ocurre algo terrible:
el Evangelio pierde su frescura y se convierte en una ideología religiosa. La
fe deja de ser una buena noticia y se transforma en una carga.
¿Nuestra experiencia cristiana
se parece más a una boda o a un funeral? La pregunta no pretende ser
ingeniosa. Es una pregunta espiritual.
Porque un cristiano puede
acostumbrarse tanto a las cosas de Dios que deja de sorprenderse por ellas.
Puede acostumbrarse a la Eucaristía, a la Palabra, a la oración, al perdón, al
amor de Dios… y terminar viviendo todo eso con una rutina que ya no transforma
nada.
La primera parte de la parábola
nos habla precisamente de quienes reciben la invitación y responden: «No,
gracias».
No dicen que Dios no exista.
Simplemente tienen otras cosas que hacer. Uno se va a su campo, otro a su
negocio. La invitación de Dios no es rechazada de plano y con violencia; es
sencillamente desplazada.
Y quizá ahí está nuestro problema.
No rechazamos a Dios. Lo vamos dejando para después. Tenemos trabajo,
preocupaciones, proyectos, obligaciones, entretenimientos. Y siempre
encontramos algo más urgente. Hasta que podemos llegar a vivir prácticamente
sin Dios y ni siquiera darnos cuenta de que lo hemos apartado de nuestra vida.
Pero hay algo todavía más serio en
esta parábola: al final aparece aquel hombre que está dentro del banquete, pero
que no lleva el vestido adecuado.
Es una imagen desconcertante.
¿Cómo puede ser expulsado alguien a quien han recogido de los caminos? Pero
precisamente ahí está la denuncia: No basta con estar dentro.
No basta con haber sido
bautizados. No basta con pertenecer a la Iglesia desde siempre. No basta con
haber recibido una educación cristiana, ni con haber cumplido durante años
determinadas prácticas religiosas.
El Señor nos pregunta por nuestro
corazón. Podemos estar sentados a la mesa del convite y tener el corazón muy
lejos. Podemos participar externamente en la fiesta y no haber cambiado nada
por dentro.
Ese es el peligro de quienes
llevamos muchos años siendo cristianos: pensar que ya estamos seguros. Que la
fe nos pertenece. Que ya conocemos el camino. Que son otros los que tienen que
convertirse.
Y Jesús vuelve a colocarnos ante
una verdad incómoda: el Reino no es propiedad de los que se consideran
buenos; es un don para quienes aceptan la invitación.
Por eso Dios pone muchas veces
nuestras seguridades patas arriba.
Los últimos pueden adelantarnos. Los
que se sienten necesitados de Dios pueden estar más cerca de Él que quienes nos
creemos espiritualmente satisfechos.
El pecador que reconoce su pecado
puede estar más cerca de la misericordia que el creyente que se cree justo. El
agnóstico que busca sinceramente puede estar más cerca de la verdad que quien
ha dejado de hacerse preguntas.
Y esto debería hacernos pensar.
Porque quizá el vestido de fiesta que
nos falta no sea el de nuestras apariencias religiosas, sino el de un corazón
nuevo. El vestido de la humildad. El vestido de la misericordia. El vestido de
quien sabe que necesita ser salvado. El vestido de quien todavía se deja
sorprender por Dios.
Hoy el Señor vuelve a invitarnos a
su banquete.
No nos invita a cumplir una
obligación más. Nos invita a vivir. No nos pide una religiosidad de fachada.
Nos pide el corazón. No quiere cristianos satisfechos de sí mismos, sino
discípulos capaces de reconocer: «Señor, necesito de ti».
Quizá hoy tengamos que
preguntarnos sinceramente dónde estamos.
¿Seguimos escuchando la invitación
de Dios con asombro? ¿O nos hemos acostumbrado tanto a ella que ya no nos dice
nada?
Porque el gran peligro no es
solamente decir «no» a Dios. El gran peligro puede ser mucho más sutil: decirle
que sí con los labios y vivir después como si nunca nos hubiera invitado.
La Eucaristía que celebramos es
precisamente ese banquete al que el Señor nos convoca.
Que no vengamos solamente a ocupar
nuestro sitio. Que vengamos con hambre. Con gratitud. Con un corazón de
mendigo.
Y que, al salir de aquí, nuestra
vida pueda decir que hemos aceptado de verdad la invitación.
Porque Dios sigue preparando la
fiesta. Y la invitación sigue estando abierta.


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