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sábado, 1 de agosto de 2026

DOMINGO 18º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 55, 1-3

Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 35.37-39
Evangelio: Mt 14,13-21

Antes de entrar en el Evangelio de hoy conviene mirar alrededor. Vivimos en una sociedad que, aparentemente, lo tiene casi todo. Nunca hemos tenido tantas posibilidades de consumir, viajar, comunicarnos o entretenernos. Sin embargo, basta escuchar un poco a las personas para descubrir otra realidad: crecen la ansiedad, la soledad, el cansancio interior y la sensación de que, después de tanto esfuerzo, algo esencial sigue faltando.

Tenemos muchas cosas. Pero seguimos teniendo hambre.

No hablo del hambre de pan, aunque tampoco podemos olvidar que demasiados millones de personas siguen padeciéndola. Hablo de esa otra hambre que todos conocemos: hambre de ser queridos de verdad, de encontrar un sentido por el que merezca la pena vivir, de una paz duradera que no dependa de las circunstancias, de una felicidad que no se compre ni se agote.

Precisamente ahí es donde comienza el Evangelio de hoy.

Jesús contempla a la multitud y siente compasión. El evangelista utiliza una palabra muy fuerte: habla de una compasión que nace de las entrañas. Dios no mira el sufrimiento humano desde lejos. No permanece indiferente. Hace suyo nuestro dolor. Conoce nuestras preguntas, nuestros miedos y nuestras búsquedas mejor que nosotros mismos.

Pero entonces ocurre algo sorprendente.

Los discípulos proponen la solución que probablemente también nosotros habríamos propuesto: «Despide a la gente; que cada uno vaya a comprarse comida.»

Es una solución sensata. También muy moderna.

Que cada uno resuelva sus problemas. Que cada uno se salve como pueda.
Que nadie cargue con los demás.

¿No es éste, en el fondo, uno de los mensajes más repetidos de nuestra cultura? Nos educan para competir antes que para compartir; para proteger lo nuestro antes que para preguntarnos quién se va a quedar sin pan; para construir una felicidad privada mientras el sufrimiento ajeno acaba siendo una noticia más que dura apenas unos segundos en la pantalla.

Jesús rompe completamente esa lógica.

«Dadles vosotros de comer.»

No les pide un milagro. Les pide que dejen de desentenderse.

Y ellos responden con una objeción que también nos resulta muy familiar:

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»

Es verdad. Es muy poco.

Siempre nos parece poco lo que sabemos o podemos hacer, el tiempo del que disponemos, nuestra capacidad de ayudar, nuestra fe, nuestra paciencia, nuestras fuerzas. Pensamos que hace falta mucho más para cambiar algo.

Pero Jesús nunca empieza por lo mucho que nos falta. Empieza por lo poco que estamos dispuestos a poner en sus manos.

Ése es el verdadero milagro.

Porque el milagro no consiste simplemente en multiplicar unos panes. El milagro comienza cuando alguien deja de aferrarse a lo poco que tiene y se atreve a compartirlo.

Entonces es cuando Dios hace el resto.

La primera lectura ilumina este Evangelio desde otra perspectiva. Isaías habla a un pueblo que llevaba cincuenta años instalado en Babilonia. Ya no pasaban hambre. Tenían casa, trabajo y una vida razonablemente cómoda. El verdadero peligro no era la pobreza, sino haber perdido el deseo de algo más grande; conformarse con una existencia instalada, sin esperanza y sin horizonte.

Quizá ese sea también nuestro riesgo.

Acostumbrarnos a una vida llena de pequeñas satisfacciones y olvidar que el corazón humano está hecho para mucho más. Confundir bienestar con plenitud. Tener el estómago lleno y el alma vacía.

Por eso Isaías lanza una pregunta incómoda: «¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta?»

Es una pregunta que sigue siendo actual.

¿Cuánto esfuerzo dedicamos a cosas que prometen felicidad y sólo nos entretienen por un momento? ¿Cuánta energía invertimos en aparentar, en acumular, en correr sin saber muy bien hacia dónde?

Jesús viene a despertar de nuevo el hambre verdadera, porque sólo quien reconoce su hambre puede abrirse al alimento que Dios ofrece.

Y ahí aparece la Eucaristía.

Mateo describe cuidadosamente los gestos de Jesús: tomó los panes, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, los partió y los dio.

Son los mismos gestos que la Iglesia repite en cada misa.

Aquí está la fuente de nuestra esperanza. Antes de pedirnos que seamos pan para los demás, Cristo ha querido hacerse Él mismo Pan para nosotros.

Sólo quien se deja alimentar por Él puede alimentar a otros.

Sólo quien experimenta que Dios llena su propia pobreza deja de vivir defendiendo lo suyo y comienza a compartir la vida.

Dentro de unos momentos volveremos a acercarnos a la mesa eucarística. No venimos simplemente a cumplir un rito. Venimos a recibir el Pan que puede saciar el hambre más profunda del corazón.

Y, al mismo tiempo, a aceptar una misión.

Porque la pregunta que Jesús dirigió a los Doce sigue resonando hoy en medio de este mundo lleno de tantas hambres:

«Dadles vosotros de comer.»

Tal vez pensemos que lo nuestro es demasiado pequeño. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que el Reino de Dios nunca comenzó con la abundancia. Comenzó siempre cuando alguien dejó de decir «esto es mío» y lo puso en las manos de Cristo. Ahí es cuando empieza el verdadero milagro.

 

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