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sábado, 8 de agosto de 2026

DOMINGO 19º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 1 Re 19, 9a.11.13a
Salmo Responsorial: Salmo 84
Segunda Lectura: Rom 9, 1-5
Evangelio: Mt14, 22-33

Hay momentos en los que la fe parece avanzar con facilidad. Todo resulta luminoso. Orar nace espontáneamente; el Evangelio nos habla al corazón; sentimos que Dios está cerca. Pero también llegan otros momentos en los que parece esconderse. La oración se vuelve árida, aparecen las dudas, la vida se complica y nos preguntamos, quizá en silencio: «¿Dónde está Dios?»

Las lecturas de este domingo responden precisamente a esa pregunta. Y lo hacen de una manera sorprendente. Nos dicen que Dios está presente, pero casi nunca donde nosotros esperamos encontrarlo.

El profeta Elías estaba atravesando una profunda crisis. Había defendido con pasión la fe de Israel. Había creído que una gran victoria sobre los profetas de Baal devolvería al pueblo al Dios verdadero. Sin embargo, todo acaba peor de lo que imaginaba. La violencia ha engendrado más violencia, y ahora él huye, cansado y desanimado, hasta desear la muerte.

Entonces Dios lo conduce al monte Horeb, el lugar de la Alianza. Allí Elías espera una manifestación grandiosa. Primero llega un huracán; después un terremoto; luego un fuego. Pero Dios no está en ninguno de ellos. Finalmente se escucha el murmullo de una brisa suave. O, como traducen algunos, «la voz de un silencio tenue». Allí estaba Dios.

Qué actual resulta esta escena.

Vivimos rodeados de ruido. Todo parece necesitar espectáculo, titulares, confrontación, emociones fuertes. También la religión corre ese riesgo cuando busca impresionar más que transformar a las personas. Pensamos que Dios tendrá que manifestarse en acontecimientos extraordinarios, cuando, en realidad, suele esperarnos en el silencio del corazón, en la oración perseverante, en la escucha de la Palabra, en un gesto de amor discreto, en una conciencia que se deja iluminar.

Quizá uno de los mayores problemas de nuestro tiempo no sea que Dios haya dejado de hablar, sino que nosotros hemos perdido la capacidad de escuchar.

El Evangelio continúa esa misma enseñanza.

Los discípulos atraviesan el lago de noche. El viento es contrario. La barca es zarandeada por las olas. Es una imagen que representa a la Iglesia, pero también a cada uno de nosotros. Hay épocas en las que sentimos que todo se tambalea: una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar, el fracaso de un proyecto, la incertidumbre ante el futuro. Pensábamos que la fe nos evitaría estas tormentas, y descubrimos que también el creyente navega con viento en contra.

Lo importante no es que desaparezca la tormenta. Lo importante es descubrir quién viene hacia nosotros en medio de ella.

Jesús no espera a que el lago recobre la calma. Se acerca precisamente cuando el miedo domina a los discípulos. Ellos creen ver un fantasma. El miedo siempre deforma la realidad. Nos hace pensar que estamos solos, que todo está perdido, que Dios nos ha abandonado.

Y entonces resuena una de las frases más hermosas de todo el Evangelio:

«Ánimo. Soy yo. No tengáis miedo.»

No es una invitación ingenua a ser optimistas. Es una llamada a confiar porque Él está presente.

Pedro responde con generosidad. Se atreve a salir de la barca. Mientras mantiene la mirada fija en Jesús, camina sobre las aguas. Pero, cuando fija toda su atención en el viento y en las olas, comienza a hundirse.

Es una imagen profundamente humana.

También nosotros empezamos a hundirnos cuando los problemas ocupan todo el horizonte y dejamos de mirar a Cristo. No es que las dificultades desaparezcan; siguen ahí. Pero ya no son lo único que vemos. La fe no consiste en ignorar la tormenta, sino en descubrir que hay una presencia más fuerte que ella.

Pedro grita: «Señor, sálvame». Es una de las oraciones más breves y más verdaderas del Evangelio. No presume de fortaleza, no intenta salvarse solo. Reconoce su necesidad. Y Jesús le tiende la mano inmediatamente.

Eso es lo que sostiene nuestra esperanza. No la fuerza de nuestra fe, que tantas veces vacila, sino la fidelidad de Cristo, que nunca deja de extender su mano. Y aquí nace la confianza, la verdadera fe.

Quizá esta sea la invitación que hoy recibimos.

Necesitamos recuperar espacios de silencio para reconocer la voz de Dios en medio del ruido del mundo. Necesitamos dejar de alimentar continuamente nuestros miedos para volver la mirada hacia Aquel que camina con nosotros. Necesitamos recordar que la Iglesia no navega porque el mar esté siempre en calma, sino porque Cristo permanece en la barca, incluso cuando parece ausente.

Al final del relato cesa el viento. Pero ese no es el verdadero milagro. El milagro ha comenzado mucho antes: cuando los discípulos descubren que el Señor nunca los había abandonado.

También nosotros atravesaremos tempestades. Ninguno está exento de ellas. Pero cada vez que el miedo quiera imponerse, el Evangelio nos invita a escuchar de nuevo aquella palabra que atraviesa los siglos y llega hasta nosotros:

«Ánimo. Soy yo. No tengáis miedo.»

 

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