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sábado, 15 de agosto de 2026

DOMINGO 20º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 56, 1.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 66
Segunda Lectura: Rom 11, 13-15.29-32
Evangelio: Mt 15, 21-28

Hay evangelios que nos resultan cómodos porque confirman lo que ya pensamos. Y hay otros que nos incomodan. El de hoy pertenece claramente a los segundos.

Una mujer cananea, extranjera, se acerca a Jesús. No pertenece al pueblo de Israel. Y, además, viene de uno de los pueblos históricamente enemigos de Israel.

Pero tiene una hija enferma. Y por eso grita:

«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David».

Y aquí empieza lo desconcertante. Jesús no le responde. Los discípulos incluso le piden que la atienda para que deje de molestar.

Entonces Jesús dice:

«No he sido enviado más que a las ovejas descarriadas de Israel».

Y cuando ella insiste, llega la frase que nos deja perplejos:

«No está bien echar a los perros el pan de los hijos».

Es una escena extraña. Casi nos gustaría pasar rápidamente por encima de ella.

Pero la mujer no se marcha. No se indigna. Pero sigue allí.

«Tienes razón, Señor; también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos».

Y entonces Jesús reconoce:

«Mujer, qué grande es tu fe». Y cura a su hija.

Lo sorprendente es que la gran fe, en este relato, no está dentro de las fronteras de Israel. Está fuera.

La que reconoce a Jesús es una extranjera. La que insiste es una extranjera. La que confía es una extranjera.

Y quizá aquí haya una primera conversión que el Evangelio nos pide también a nosotros: Dios puede encontrarse con nosotros a través de aquel que nosotros habíamos colocado fuera.

Esto tiene una enorme actualidad.

Vivimos en una Europa y en una España en las que la inmigración provoca miedo, preocupación y, a veces, rechazo. Las migraciones plantean problemas reales que deben ser abordados con seriedad: vivienda, trabajo, integración, seguridad, convivencia, fronteras, diferencias culturales. Todo eso necesita ser abordado con seriedad y sin ingenuidades. No hace falta negar esos problemas para escuchar el Evangelio.

Porque una cosa es afrontar responsablemente una situación y otra muy distinta es convertir al extranjero en «el problema».

Entonces dejamos de ver a la persona y empezamos a ver solamente su nacionalidad, su religión, su color de piel o su situación administrativa.

«El extranjero». Como si esa palabra pudiera decirlo todo sobre alguien.

Y el Evangelio viene hoy a romper esa etiqueta.

La primera lectura lo había anunciado ya: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos». Para todos.

Y San Pablo nos recuerda que los caminos de Dios son más grandes que nuestras fronteras y nuestras clasificaciones.

Hay una verdad que deberíamos llevar grabada en el corazón: ante Dios no hay extranjeros. Hay hijos.

También nosotros fuimos extranjeros.

La Escritura se lo recuerda constantemente a Israel: «Recuerda que fuiste extranjero en Egipto». No es solamente un recuerdo histórico. Es una memoria que debería cambiar nuestra manera de mirar.

El que hoy llega de lejos puede ser mañana el que nos recuerde quiénes somos.

Y quizá por eso este Evangelio nos incomoda tanto. Porque nos obliga a preguntarnos quiénes son hoy, entre nosotros, aquellos a los que consideramos extranjeros, molestos, inoportunos, demasiado diferentes.

La mujer cananea tuvo que atravesar una frontera para encontrarse con Jesús. Y quizá nosotros tengamos que atravesar alguna frontera interior para encontrarnos con ella.

Hay además otra cosa importante.

La cananea no se acerca a Jesús porque sea una mujer especialmente religiosa. Sólo tiene una hija enferma y busca ayuda. Su fe comienza, quizá, de una manera muy elemental: «Me han dicho que este hombre puede ayudarme».

También nosotros podemos acercarnos a Dios así. A veces sólo acudimos cuando la vida nos aprieta, cuando alguien que queremos sufre o cuando no encontramos salida. Dios no desprecia esos comienzos.

Lo importante es que, cuando nos acerquemos a él, no nos quedemos solamente en pedirle que nos resuelva nuestros problemas.

La mujer cananea acaba descubriendo quién es Jesús. Su petición se convierte en encuentro.

Y eso es la fe: no es conseguir que Dios haga lo que nosotros queremos, sino dejarnos transformar por el encuentro con él.

Por eso la mujer cananea no es solamente alguien que recibió un milagro de Jesús. Es una extranjera que nos evangeliza.

Nos recuerda que Dios puede estar ya actuando en aquel que nosotros miramos con sospecha. Y nos recuerda algo todavía más radical:

ante Dios nadie es extranjero. Todos somos hijos.

Si de verdad creemos esto, nuestra manera de mirar al extranjero, al inmigrante, al diferente, al que llega de lejos, no puede ser la misma.

No se trata de negar los problemas. Se trata de no perder nunca de vista a la persona que tenemos delante.

Porque quizá el día en que dejemos de ver al extranjero como un extraño y empecemos a reconocer en él a un hijo de Dios, estaremos un poco más cerca de comprender cómo es el corazón de Jesús.

 

 

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