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sábado, 22 de agosto de 2026

DOMINGO 21º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

 

Primera Lectura: Is 22, 19-23
Salmo Responsorial: Salmo 137
Segunda Lectura: Rom 11, 35-36
Evangelio: Mt 16, 13-20

 El Evangelio de hoy nos pone delante una pregunta que no podemos esquivar.

Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Las respuestas son variadas: Juan Bautista, Elías, Jeremías, alguno de los profetas.

Pero Jesús no se queda ahí. Da un paso más: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

Ya no pregunta qué dice la gente. Pregunta qué decimos nosotros.

Y, en el fondo, pregunta algo todavía más personal: «¿Quién soy yo para ti?»

Esta pregunta se nos hace hoy a cada uno. No hace un montón de años, ni cuando hicimos la primera comunión, ni cuando aprendimos el catecismo. La pregunta se nos hace hoy.

Podemos saber muchas cosas sobre Jesús y, sin embargo, mantenerlo a cierta distancia. Podemos conocer el Evangelio, rezar mucho, venir a misa, hablar de la Iglesia… y no haber respondido verdaderamente a esta pregunta crucial.

Jesús no nos invita hoy a una discusión teórica sobre el cristianismo. Nos lleva al encuentro personal con Él: «¿Quién soy yo para ti?».

Y Pedro se atreve a responder: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

No dice simplemente que Jesús es un hombre extraordinario, un profeta o un maestro admirable. Se arriesga. Reconoce en aquel Jesús de Nazaret al enviado de Dios. Al Hijo de Dios.

Y entonces sucede algo muy hermoso.

Jesús le responde: «Tú eres Pedro».

Simón descubre quién es Jesús y, al mismo tiempo, descubre algo nuevo sobre sí mismo.

Hasta entonces él sabe bastante bien quién es: Simón, pescador, hombre impulsivo, apasionado, a veces demasiado rápido para hablar y demasiado lento para comprender. Y Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Es como si le dijera: «Tú todavía no sabes del todo quién eres. Yo sí».

Aquí está, creo, una de las claves más profundas del Evangelio de hoy.

Cuando nos encontramos con Cristo, no dejamos de ser nosotros mismos. Descubrimos más profundamente quiénes somos.

A veces hemos presentado la fe como si seguir a Jesús significara perder algo de nuestra humanidad: nuestra libertad, nuestra personalidad, nuestra capacidad de pensar, nuestras preguntas. Como si cuanto más creyente fuera una persona, menos humana llegara a ser.

El Evangelio dice lo contrario.

Pedro no deja de ser Pedro. Jesús no borra su carácter, su pasión, su capacidad de iniciativa. Toma a ese hombre concreto, con sus virtudes y sus defectos, y le revela una posibilidad que él todavía no conoce.

Pedro sabía que era impetuoso. Jesús vio que podía ser una roca.

Y esto puede decirnos algo también a nosotros.

Nosotros conocemos muy bien nuestras limitaciones. Sabemos nuestras contradicciones, nuestras impaciencias, nuestras heridas. Sabemos incluso aquellas cosas que llevamos años intentando cambiar y no terminamos de conseguir.

Pero quizá Dios vea en nosotros algo que nosotros todavía no vemos.

No porque Dios ignore nuestras debilidades, sino porque Dios no confunde nuestras debilidades con nuestra identidad.

Nosotros podemos decir simplemente: «Soy así».

Dios puede responder: «Todavía no sabes quién puedes llegar a ser».

Por eso la relación con Dios no es una amenaza para nuestra libertad. Dios no compite con nuestra humanidad. La hace crecer.

San Pablo, en la segunda lectura, contempla este misterio y termina exclamando: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Los caminos de Dios no son siempre nuestros caminos.

Nosotros tenemos muchas veces la tentación de controlar las cosas: controlar nuestra vida, controlar a los demás, controlar incluso nuestra relación con Dios. Queremos saber de antemano qué va a suceder y qué sentido tiene lo que estamos viviendo.

Pero la fe no se construye sobre nuestras seguridades. Se construye sobre Cristo. «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Y aquí conviene entender bien cuál es la misión de Pedro.

Pedro es piedra porque primero ha reconocido a Cristo. Su tarea no será sustituir a Jesús, sino ayudar a los demás a encontrarse con Él.

Esto también es importante para la Iglesia de hoy.

La Iglesia no puede vivir obsesionada con su propia imagen, su influencia o su posición social. Tampoco puede perderse en polémicas interminables sobre sí misma. Tiene que volver una y otra vez al centro:

¿Quién es Jesús para nosotros?

Porque cuando esa pregunta desaparece, podemos conservar estructuras, actividades, celebraciones y discursos… y, sin embargo, perder lo esencial.

Y también nosotros necesitemos hoy volver a lo esencial.

No preguntarnos primero qué piensa la sociedad de la Iglesia. No discutir solamente sobre nuestras diferencias. No quedarnos atrapados en las polémicas de cada día.

Jesús nos mira y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?»

Y nuestra respuesta no se da solamente con palabras. Se responde con la vida.

Si Jesús es realmente el Cristo para mí, algo tiene que cambiar en mi manera de mirar a los demás, de afrontar el sufrimiento, de utilizar mi libertad, de tratar al que piensa de otra manera, de perdonar, de servir, de vivir cuando las cosas no salen como yo esperaba.

Porque quizá la cuestión no sea solamente cuánto sabemos de Jesús, sino hasta qué punto dejamos que Jesús transforme nuestra manera de vivir.

Y hay todavía algo más. Pedro, después de esta magnífica confesión de fe, se equivocará muchas veces. Llegará incluso a negar a Jesús. La confesión de hoy no lo convierte en un hombre perfecto. Y eso también nos consuela.

La Iglesia no está formada por personas perfectas. Está formada por personas llamadas, sostenidas y perdonadas por Cristo.

Pedro será roca no porque sea impecable, sino porque Cristo puede construir sobre él. También sobre nosotros.

Por eso, al escuchar hoy esta pregunta, quizá no necesitamos elaborar una gran respuesta.

Basta con dejar que nos alcance: «¿Quién soy yo para ti?»

Y preguntarnos, con sencillez: Si Jesús es realmente el Cristo, ¿qué lugar ocupa hoy en mi vida?

Porque reconocer a Jesús no consiste solamente en decir quién es Él.

Como Pedro, consiste también en descubrir quiénes somos nosotros cuando nos dejamos mirar por Él.

Ese es, quizá, uno de los grandes regalos de la fe: al encontrarnos con Cristo, no perdemos nuestra identidad. Al contrario, la encontramos.

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