Primera lectura: Jer 20, 7-9
¿Seguimos a Jesús o queremos
que Jesús siga nuestro camino
¡Pobre Pedro! Hace apenas unos momentos ha confesado que Jesús es el Mesías, el Cristo. Y Jesús le ha dicho que es una piedra fundamental, una piedra viva sobre la que se puede construir.
Pero ahora Pedro se convierte en
piedra de tropiezo.
¿Por qué? Porque Pedro ha
entendido que Jesús es el Mesías, pero todavía no ha entendido qué clase de
Mesías es Jesús.
Pedro esperaba un Mesías poderoso,
glorioso, capaz de devolver a Israel su antigua grandeza. Y Jesús habla de
sufrimiento, de rechazo y de muerte. Pedro no puede aceptarlo. Lo lleva aparte
y, en el fondo, le viene a decir: «Eso no puede ser. Cambia de camino. Así no
se hacen las cosas».
Y aquí Pedro se parece mucho a
nosotros.
Porque también nosotros, muchas
veces, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios. Tenemos nuestros
proyectos, nuestras expectativas, nuestra manera de entender lo que debería
suceder. Y cuando Dios no coincide con ellas, nos desconcertamos.
Queremos seguir a Jesús, sí, pero
quizá preferiríamos que Jesús siguiera nuestro camino.
Por eso la respuesta de Jesús a
Pedro es tan dura: «¡Ponte detrás de mí!». No es solamente una
reprimenda. Es casi una definición del discípulo: ponte detrás de mí. No
vayas por delante de mí. Sígueme.
La primera lectura nos presenta a
Jeremías en una situación parecida. Está cansado, decepcionado. Él quería
anunciar la palabra de Dios y se encuentra con el rechazo, con la
incomprensión, incluso con la hostilidad. Piensa en abandonar.
Pero hay algo dentro de él que no
le deja. La palabra de Dios es para él como un fuego ardiente. Puede
resistirse, puede protestar, puede sentirse vencido... pero no puede apagar ese
fuego.
También nosotros conocemos esos momentos. Momentos en que seguir a Jesús no resulta fácil. Momentos en que uno se pregunta si merece la pena. Y quizá ahí aparece la pregunta fundamental: ¿seguimos todavía detrás de Jesús?
Porque Jesús no engaña a nadie. No
hace marketing de su propuesta. No promete una vida cómoda.
Se dirige a todos y dice tres
cosas muy concretas: «Niégate a ti mismo, toma tu cruz y sígueme».
Negarse a uno mismo no significa
despreciarse ni pensar que no valemos nada. Todo lo contrario. Significa dejar
de colocarnos continuamente en el centro. No necesitamos demostrar a todas
horas que somos importantes, que tenemos razón, que debemos ser reconocidos.
Somos valiosos para Dios sin
necesidad de imponernos a los demás.
Negarse a uno mismo es dejar
espacio para que el otro exista. Es poner en el centro de nuestra vida, no
solamente lo que yo quiero, sino también el bien de los demás y el sueño de
Dios.
«Toma tu cruz».
Aquí también necesitamos entender
bien a Jesús. La cruz no significa que Dios ame el sufrimiento. Dios no ama el
dolor y no nos pide que lo busquemos.
La cruz significa que amar de
verdad tiene a veces un precio.
Jeremías lo sabe. Jesús lo sabe. Y
también lo saben tantos hombres y mujeres que han cuidado de alguien, que han
permanecido fieles, que han perdonado, que han defendido al débil, que han
seguido adelante cuando habría sido más fácil abandonar.
Amar no siempre duele. Pero a
veces amar significa aceptar el cansancio, la incomprensión, la renuncia,
incluso el sufrimiento. No porque el sufrimiento sea bueno, sino porque hay
personas y causas por las que merece la pena entregar la vida.
Y finalmente: «Sígueme».
No dice Jesús: «Entiende todo y
después sígueme». Ni: «Cuando tengas todas las respuestas, ven conmigo».
Dice simplemente: sígueme.
Seguir a Jesús significa aprender
a caminar detrás de él, escuchar su palabra, dejar que vaya cambiando nuestros
criterios, nuestras decisiones, nuestra manera de mirar a las personas y de
entender la vida.
Y eso no se termina nunca.
Somos discípulos siempre.
Buscadores siempre. También cuando llevamos muchos años de fe. Quizá
especialmente entonces, porque existe el peligro de pensar que ya sabemos quién
es Dios, qué quiere Dios y cómo deberían ser las cosas.
Pedro nos recuerda que podemos
estar muy cerca de Jesús y, sin embargo, intentar llevarle nosotros la
dirección.
Por eso la pregunta de hoy no es
si hemos llegado muy lejos en nuestro camino espiritual. Es más sencilla y más
incómoda:
¿Seguimos detrás de Jesús?
¿O hemos conseguido construir un
Jesús que piensa como nosotros, que aprueba nuestros criterios y que nunca nos
descoloca?
El Evangelio de hoy nos devuelve a
una fe más exigente y, a la vez, más verdadera. Jesús no nos promete que
seguirle será siempre fácil. Nos propone algo mucho más grande: compartir su
camino, vivir abiertos al proyecto del Padre y hacer de nuestra vida un espacio
de amor para los demás.
Quizá eso sea, al final, ser
discípulo: no tener a Dios detrás de nuestros proyectos, sino aprender, día
tras día, a ponernos nosotros detrás de Jesús.
Y seguir caminando.

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