Traducir

Buscar este blog

sábado, 14 de febrero de 2026

DOMINGO 6º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Eclo 15, 16-21
Salmo Responsorial: Sal 118
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 6-10
Evangelio: Mt 5, 17-37

 


“Ni una sola coma…”

Si no dejamos que la página de las bienaventuranzas nos ilumine, dé sabor a nuestra vida y nos convierta en una ciudad puesta en lo alto del monte, visible…
¿para qué sirve entonces llamarnos cristianos?

Hoy Jesús continúa su gran discurso. Y lo hace aclarando algo esencial.
Él no es un anarquista que venga a abolir las normas. Pero tampoco es un bonachón que diga que todo da igual, como si el amor fuera solo seguir el propio deseo y Dios tuviera que adaptarse a nuestros apetitos.

Jesús no viene a tirar la Ley por la ventana. Viene a llevarla a su origen, a su verdad más honda. A colocarla en el corazón.

Porque el gran riesgo de toda fe —también de la nuestra— es acomodarse, bajar el listón, vivir por inercia. La fe vivida por costumbre puede parecer correcta, incluso respetable… pero no genera discípulos. Genera tradición sin vida.

En un mundo que avanza deprisa, la fe corre el peligro de parecer atada al pasado, refugiada en una nostalgia tranquilizadora. Y Jesús no llama a eso. Llama a dar fruto.

La palabra Torá solemos traducirla como “ley”. Pero su raíz hebrea describe el vuelo de una flecha. La Ley no es un peso que aplasta, sino una dirección. Una indicación dada por Dios para que el ser humano alcance la vida.

Por eso Jesús dice algo tan radical: no se puede cambiar ni una coma.
No porque Dios sea puntilloso, sino porque tocar una coma es desviar la flecha.
Y desviar la flecha es perder el camino.

A partir de ahí, Jesús se atreve a algo inaudito. Repite una y otra vez: “pero yo os digo”. Y con esas palabras se coloca en una autoridad que nadie se había atribuido jamás. Relee la Ley y la devuelve a su verdad.

Primero, la violencia. No solo la del homicidio, ya condenado, sino la que nace en el corazón. El desprecio, la maledicencia, el juicio. Se puede matar sin tocar a nadie. Con palabras. Con silencios. Con etiquetas.

Jesús no niega que haya que discernir. Pero nos pide distinguir siempre entre el acto y la persona. La verdad nunca puede separarse de la misericordia.
Y es triste —muy triste— ver a cristianos que juzgan y maldicen con una facilidad pasmosa.

Luego va aún más lejos. El perdón es más importante que el culto.
Si vienes a presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda. Primero reconcíliate.

Interrumpir la oración para buscar la paz. Eso, para un judío, era impensable. Para Jesús, es imprescindible. Porque presentarse ante Dios sin intentar la reconciliación es correr el riesgo de no ser escuchados.

Después, la relación entre el hombre y la mujer. Jesús desmonta una interpretación de la Ley que perjudicaba claramente a la mujer y justificaba el repudio. Y afirma algo fuerte: la fidelidad no es una utopía. No es una carga imposible. Es el deseo del Dios fiel.

Cuando dos personas descubren que comparten algo más que intereses, que se entregan el uno al otro como don, no necesitan vías de escape.
Ni siquiera en el deseo. Se puede admirar la belleza del otro sin convertirla en posesión. Sin reducir a la persona a un objeto.

Jesús vuela alto, sí. Pero no propone algo inhumano. Propone una humanidad reconciliada.

Y finalmente, la palabra. El juramento. Jesús lo rechaza porque su abuso revela desconfianza. Cuando la palabra ya no basta, algo se ha roto.

El discípulo está llamado a una palabra sencilla y verdadera.
A un “sí” que sea sí. A un “no” que sea no.

La primera mentira que hemos de evitar es con nosotros mismos.
Cuando vivimos ante Dios, ya no necesitamos aparentar. Nos vemos tal como somos, con luces y sombras, pero a la luz de su Palabra.

Eso sí: sinceridad no es imprudencia. Jesús también habla de discreción.
No todo se dice a todos. La verdad necesita caridad… y pudor.

Todo esto no es una teoría. Es vida posible. Porque Jesús fue el primero en vivir así, sin rebajar una coma y sin aplastar a nadie.

Ahora, hermanos, la flecha está lanzada. Nos toca decidir si queremos seguir su trayectoria… o cambiar alguna coma y perder el rumbo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario