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domingo, 3 de enero de 2016

SANTÍSIMO NOMBRE DE JESÚS Titular de la Compañía de Jesús


Primera Lectura: Eclo 51, 8-14
Salmo Responsorial: Salmo 8
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Lc 2, 21-24


 Hoy la Compañía de Jesús celebra su fiesta titular: la imposición del Nombre de Jesús. Nosotros jesuitas estamos orgullosos de llevar tan cerca de nosotros el nombre de Jesús, de tener a la Virgen como Madre de la Compañía y de servir la Misión de Cristo en la Iglesia bajo la guía del romano Pontífice. Y así, en la pasada 35ª Congregación General de la Compañía, el Santo Padre Benedicto XVI nos recalcaba como jesuitas el encargo de ir hasta las fronteras entre la fe y el compromiso por la justicia, y nos animaba a continuar y a renovar nuestra misión entre los pobres y con los pobres. No faltan desaforadamente -nos decía entonces el Papa- nuevas causas de pobreza y marginación en un mundo marcado por graves desequilibrios económicos y ambientales, por procesos de globalización conducidos por el egoísmo más que por la solidaridad, por conflictos armados desoladores y absurdos. La opción preferencial por los pobres está implícita en la fe cristológica... Es por lo tanto natural que quien quiera de verdad ser compañero de Jesús, comparta realmente el amor por los pobres. Para nosotros la opción por los pobres no es ideológica, sino que nace del Evangelio.
Para los cristianos que alimentamos nuestra fe en torno a la Compañía de Jesús y a la espiritualidad ignaciana resuenan con fuerza estas palabras del Papa emérito. Pero también el Papa Francisco, desde su propia espiritualidad ignaciana como jesuita, nos recuerda la necesidad de que los seguidores de Jesús tengan la misma sensibilidad de Cristo. Esto significa pensar como Él, querer como Él, ver como Él, caminar como Él. Significa hacer lo que Él hizo con los mismos sentimientos de su Corazón. Él, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente: al contrario, se anonadó a sí mismo, tomando la condición de servidor, como acabamos de escuchar en la carta de san Pablo.
Los que seguimos a Jesús deberíamos estar dispuestos a vaciarnos de nosotros mismos y rellenarnos de sus sentimientos, teniéndole a Él como centro de la vida y de la historia. El cristiano tendría que ser alguien de pensamiento abierto, sin las ataduras que nos esclavizan al pasado, a la tradición, a la rutina. Porque los sentimientos de Cristo apuntan a un horizonte que es la gloria de Dios y el amor de los hermanos: ésta es la pasión que mueve la vida de Jesús. Esta pasión que le hace de corazón abierto y entregado a los demás. Si seguimos al Señor, también nosotros quedaremos sorprendidos por la libertad que Él nos da y la entrega en el amor a que nos impulsa.
Cristo nos da la libertad, Cristo nos da la salvación, Cristo nos la esperanza, Cristo nos da el amor, como recita la canción.
Sin embargo, al ser pecadores, podemos preguntarnos si nuestro corazón sigue buscando al Señor o si, al contrario, se ha atrofiado; preguntémonos si nuestro corazón sigue en tensión, sin adaptarse a las circunstancias, sin cerrarse en sí mismo. Para encontrar a Dios hay que buscarlo, y una vez encontrado seguir buscándolo en todo momento. Solo esta inquietud dará paz a nuestro corazón. Mi corazón está inquieto y no reposará hasta que descanse en ti, decía S. Agustín.
Es sin duda un desafío laborioso, pero los que hemos sido llamados por Dios al seguimiento de Jesús, aceptamos con confianza que el Señor, que nos ha llamado a la fe y a su servicio, y ha comenzado en nosotros su buena obra, Él mismo nos dará la fuerza para cumplirla para mayor gloria de su nombre, que hoy celebramos.