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lunes, 29 de mayo de 2017

ADOLFO NICOLÁS: Mis conversaciones con el Papa Francisco

          


El superior general de la Compañía de Jesús desde 2008 hasta 2016, P. Adolfo Nicolás, al terminar la Congregación General 36, pasaba en España unas semanas antes de partir a su destino en Filipinas, donde estaba destinado al ser elegido General. Durante su estancia en Madrid, ha recogido por escrito los recuerdos que guarda de sus encuentros con el papa Francisco durante su pontificado, y que ahora publica en exclusiva la Revista Mensajero.

Un documento que por su extensión publicaremos en dos entregas. La primera que va a continuación y, las segunda, para terminar, en el próximo número de mayo.

domingo, 28 de mayo de 2017

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Domingo 7º de Pascua) - Ciclo A -


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

          La verdad es que la Ascensión es una extraña fiesta. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor si Jesús se hubiera quedado con nosotros? Tal vez hubiéramos podido oír de viva voz qué hacer, tal vez hubiéramos podido conocer el pensamiento de Dios, en vez de contentarnos con personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.
            Y, en cambio, no fue así. Como frecuentemente sucede en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre y hemos de tener el valor de reflexionar, de atrevernos a indagar y comprender.
            En los evangelios la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único e idéntico acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da el Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir de verdad: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
            Bienvenidos, por tanto, en esta fiesta, a la lógica de Dios que no es la nuestra.

Como Elías
            La narración de los Hechos de los  Apóstoles tiene el trasfondo de la ascensión de Elías, una página que era muy conocida en Israel y un punto de referencia para los neo-conversos. Encontramos la narración de la ascensión de Elías en el segundo libro de los Reyes: aquel gran profeta es arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, desaparece entre las nubes y su discípulo, Eliseo, tiene la certeza de recibir al menos una parte del espíritu profético al verlo desaparecer.
            Lucas describe el acontecimiento de la Ascensión usando el mismo paradigma: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres que nos recuerdan a los dos ángeles testigos de la Resurrección; el color blanco de sus vestidos, signo del mundo divino.
            El meollo de la narración no es, por lo tanto, la descripción de un prodigio sino la descripción de una entrega: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de profecía por parte de Elías, así los apóstoles reciben el mandato del anuncio por parte del Resucitado.
           
            Cielo y tierra
            Son los ángeles de la narración quienes dan la clave de interpretación del acontecimiento: no miréis al cielo, mirad a la tierra, mirad lo concreto del anuncio.
            Los discípulos del Resucitado están llamados a anunciarlo, a hacer presente al Señor hasta que él venga. Así es como la Iglesia se convierte en el lugar de encuentro privilegiado con el Resucitado, y ella realiza su tarea sólo cuando hace presente el evangelio en el mundo. Mateo nos dice cómo.

            Dudaron
            Diversamente a como hace Lucas, Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre un monte. La montaña, en toda la Biblia, representa el lugar de la experiencia divina: sólo quién la ha experimentado puede contarla a otros con credibilidad.
            Y, además, en Galilea, el lugar de la frontera, del mestizaje, del confín. La tierra primera en caer bajo el invasor asirio, y que logró sobrevivir entre componendas y apaños, bien lejanos del rigor que solicitaban los puros fariseos de Jerusalén. En tiempos de Jesús llamar galileo a una persona era un insulto.

jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles, es inútil negarlo. Difíciles humanamente, difíciles cristianamente. El futuro es denso con nubes oscuras y el riesgo de ver siempre y sólo lo negativo amenaza también con contagiar a los cristianos más virtuosos.
No sé a vosotros, pero a mí el clima de contraposición feroz de ideas y de posicionamientos me produce un intenso malestar. Si se es de aquí o de allá, de derechas o de izquierdas, creyentes o ateos, de un equipo o de otro. Y si uno no se encuentra en esas clasificaciones ¿qué hace? Porque hay muchos cristianos que se encuentran “en tierra de nadie”.
Las noticias aumentan el malestar, para nosotros católicos, cuando leemos comportamientos incomprensibles por parte de quienes deberían conducir el rebaño y que, en cambio, lo oprimen con violencia. Sin embargo aquí estamos todavía meditando un evangelio pascual, de resurrección, de confianza, de alegría y conversión.
Un evangelio que nos indica un camino difícil, pero posible, para preservar la esperanza, para prestar atención a la selva que nos rodea, sin atemorizarnos por el ruido de un árbol que cae.

Socorro
Jesús es claro y, sin embargo, el mundo no lo ve presente, habla de él como de un gran personaje del pasado, como de un simpático profeta que acabó mal, como les ocurre a muchos profetas; pero los discípulos, afirma el Maestro, siguen viéndolo, lo reconocen, lo anuncian, lo escuchan, le piden.
El primer regalo que Jesús promete a los discípulos atemorizados es el Paráclito, es decir el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor, que nos ayuda a recordar las palabras del Maestro, que nos ayuda a ver las cosas de manera completa.
Necesitamos de él urgentemente. Necesitamos que nos ayude a leer, a la luz de la fe, tanto la gran historia como nuestra historia personal. Entonces las cosas que ocurren adquirirán una luz diferente, con un horizonte de referencia más amplio, con una perspectiva de salvación que Dios realiza en la humanidad inquieta.
El socorro que Dios nos envía está en función de nuestra misión: los discípulos que “ven” a Jesús, que perciben su presencia, son invitados a anunciar el nuevo modo de vivir que Dios realiza a través de la comunidad de los salvados, que es la Iglesia.

sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12

No debemos tener miedo, dice Jesús. Y utiliza el verbo que indica el temor suscitado por la tormenta en el mar.
Es cierto. En las vicisitudes de la vida muchas veces nos sentimos como en medio de una tormenta, incapaces de gobernar el barco. El clima de tensión mundial que vivimos, la inseguridad económica, la desintegración de los valores, la insignificancia de la Iglesia en la sociedad, no hace más que cargar el ambiente. Da la sensación de estar al final de una era.
No tengamos miedo, nos insiste el Señor, confiemos en él, que nos prepara un lugar en la casa del Padre. En medio de las vicisitudes de la vida el Señor Jesús nos muestra el camino para descubrir el verdadero rostro de Dios y, en consecuencia, nuestro propio rostro.
Son palabras fuertes las que la liturgia nos ofrece hoy; las palabras pronunciadas por Jesús, según el evangelista Juan, durante su última cena, una especie de testamento para los discípulos.

¿Cómo?
A Tomás, Jesús le indica un recorrido, un camino. En los comienzos de la Iglesia, los cristianos eran llamados “los del camino”, los que seguían un camino. En cambio, hoy en día, muchos conciben la fe como una casa, un templo, un refugio, un bunker, un paquete de verdades inamovibles en las que creer. No deja de ser curioso.
Sin embargo, el cristianismo es algo dinámico, que está siempre en camino, porque quien sigue a alguien que no tiene donde reclinar la cabeza, no puede pretender ser un cristiano de una vez para siempre, buscando seguridades no propias de la fe.
Jesús responde al desconcertado Tomás, que acababa de enterarse de qué iba todo aquello, que el Señor va delante de nosotros, que va a siempre más allá, que no nos deja solos, sino que nos invita a arremangarnos para la tarea.
Para mantenernos creyentes, dice Jesús, debemos confiar en que él es el camino, la verdad y la vida.

Camino
Ser cristiano -a veces se nos olvida- significa seguir a Jesús; imitarlo, confiar en él, conocerlo y dejarse amar por él. Frecuentar su palabra en la meditación, buscarlo en la oración personal y comunitaria, reconocerlo en el rostro del hermano pobre. La fe cristiana es una propuesta de un cambio radical en la forma de ver al mundo y a Dios. Y lo hacemos escuchando y siguiendo a Jesús, el Maestro.
En un mundo lleno de tertulianos, opinantes, santones y pequeños líderes que lo saben todo y que gritan unos contra otros, Jesús se muestra como el camino, la puerta por donde las ovejas podemos salir de los muchos cercados (¡incluso religiosos!) en los que nos han encerrado.
Llegar a ser cristiano significa amar como Jesús amó, seguir el camino recto, que no es una colección de hermosas ideas y preceptos, normas y cumplimientos, sino una persona: Jesús de Nazaret, el Señor Resucitado.

sábado, 6 de mayo de 2017

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Lo han visto, lo han encontrado y abrazado. Los discípulos han llorado y reído; están asombrados, perplejos, turbados. Saben que hace falta tiempo para creer. También lo sabemos nosotros.
Pedro y Juan que corren al sepulcro; María Magdalena que no se separa de su dolor; Tomás y su desgarrador sufrimiento ante la duda; los discípulos de Emaús y su esperanza decepcionada. Convertirse al resucitado no es un asunto que se solventa en un par de minutos, no es un recorrido para personas débiles, sino para hombres y mujeres fuertes y tenaces.
El Señor los alcanza allí dónde están, en la condición en que estén.
Los alcanza y les ayuda a superará cada miedo, cada sufrimiento.
Los alcanza porque los quiere, porque quiere para ellos la plena salvación, porque les ayuda a descubrir a Dios y a descubrirse creyentes.
Lo hace porque su vida, nuestra vida, es preciosa ante sus ojos. Lo hace porque sabe a dónde llevarlos, a dónde llevarnos.

Preciosos
¿Para quién soy yo realmente importante? ¿Para quién soy yo verdaderamente precioso? Instintivamente buscamos a alguien que esté dispuesto a acogernos, a valorarnos, a querernos profundamente más allá de nuestra inevitable pobreza y limitación.
El mundo a nuestro alrededor es desalentador. Las personas son sólo un número, un consumidor o un problema social. Sólo cuentan para los que producen o consumen y, por eso, muchos luchan para salir del anonimato, cueste lo que cueste. Vivimos en una sociedad llena de llamadas confusas que nos seducen para competir y rivalizar, para tener y aparentar. Llamadas que son felicidades incapaces de llenar el corazón humano.
Corremos detrás de un sueño, como quien corre tras una chica que se convierte en princesa, como si se tratara de una bonita fábula. Pero la vida también está hecha de hombres que eligen la parte oscura, y la fábula se convierte en un sueño de muerte, como sucede con tantos terroristas o capos de todo tipo, traficantes y delincuentes. Los ladrones y bandidos de los que nos habla el evangelio de hoy, que se cuelan por tantas falsas puertas de nuestra vida.
Bueno, pues en medio de este desastre, la Iglesia proclama con toda convicción, a pesar de las contradicciones de nuestro tiempo, que cada persona, sea quien sea, es hija de Dios y es preciosa a sus ojos.

El buen Pastor
Ésta es la buena noticia desconcertante. Ésta es la inesperada revelación: yo soy realmente importante para Dios. No lo seré para otras personas, no lo seré para la sociedad, pero sí para Dios, porque sólo él me quiere gratuitamente, sin ninguna otra razón. “Te quiero porque quiere quererte el corazón, no encuentro otra razón”, cantaba aquel grupo “Mocedades”: así podría definirse el amor de Dios.
 El Señor no es como los otros que nos quieren casi siempre para sacar algún provecho, como si fueran mercenarios. El Señor nos ama libremente y amándonos nos hace a nosotros capaces de amar. Nos ama gratis, porque sí.