Traducir

Buscar este blog

jueves, 29 de junio de 2017

La red sumergida del teléfono móvil (Fernando Vidal)


Bajo la red social virtual que conecta a los usuarios de Smart-phones, hay una red social sumergida que les une con decenas de miles de trabajadores en una larga cadena de explotación y destrucción hasta producir la máquina que tiene en sus manos. Los dispositivos tecnológicos tienen un doble vínculo. Cuando uno tiene un computador, una pantalla o un teléfono móvil a mano es capaz de comunicarse con él con gente de todo el planeta. Pero a la vez la máquina en sí misma también está uniéndonos con toda la cadena  de personas y comunidades que lo han producido. Entreparentesis.org

miércoles, 28 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)

Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19

Hay aspectos de la Iglesia que cuestan vivir y entender incluso formando parte activa de ella y amándola como sueño de Dios que es. Hay aspectos, en cambio, que nos llenan de alegría cada vez que uno piensa en ellos.
 La fiesta que hoy celebramos, es precisamente una de estas sorpresas desbordantes que le  hacen a uno  feliz y orgulloso de ser cristiano católico.
Hoy celebramos a los  santos Pedro y Pablo, su recorrido, su fe, su lucha.
Para redescubrirlos debemos sacarlos de los nichos en que los hemos puesto y tener el ánimo de pensar en ellos como en unas personas normales que han tenido la suerte de encontrarse con Dios. Por eso se parecen tanto a nosotros. Por eso nos son tan necesarios.
Pedro es el pescador de Cafarnaúm, hombre sencillo y tosco, entusiasta e impetuoso, generoso y frágil. Pablo es el intelectual elegante, el celoso perseguidor, el convertido devorado por la pasión. ¡Completamente diferentes!
Nada ni nadie habría podido poner juntos a dos personas tan distintas. Sólo Cristo.

sábado, 24 de junio de 2017

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


El apóstol Mateo lo dejó todo para seguir al Señor porque en los ojos de su maestro vio la dulzura infinita de Dios, el perdón, la compasión, la misericordia. Y Mateo fue llamado a dirigir esa misma mirada a los hermanos a los que fue enviado.

Parece una broma, pero nuestro Dios, al ver la fragilidad del ser humano, sintiendo compasión por todos nosotros, al vernos como ovejas sin pastor, ha tenido a bien inventar la Iglesia. Una difícil comunidad de personas totalmente diferentes unas de otras, unidas sólo por el encuentro con la mirada de Dios, unidas sólo por una pasión infinita hacia Jesús, el Maestro.

Y esa es la tarea de la Iglesia (la comunidad de los perdonados, no de los perfectos): anunciar, a todos, la ternura de Dios.
En un mundo desgarrado y confundido, endurecido y cansado, nosotros los cristianos, participantes igualmente de esos mismos sufrimientos, pero de un modo distinto porque estamos misteriosamente llenos del Espíritu, estamos llamados a anunciar a Dios a todas las personas.

Megáfonos Dios
Estamos llamados a ser megáfonos de Dios, a pregonar desde las azoteas que Dios lleva cuenta de los cabellos de nuestra cabeza; que Dios no es un ser impresentable e incomprensible, tal como, a veces, nos lo figuramos y como muchos cristianos aún creen y dicen. Estamos llamados a proclamar que Dios ama a los gorriones desde la eternidad y que conoce nuestros dolores; que Dios, el Dios de Jesús, es espléndido.

Estamos llamados a proclamar desde los tejados que Dios es grande, que Dios nos ama, que Dios está presente, de la misma manera que el corazón rebosante de los enamorados quiere comunicar su experiencia a todos.
Jesús anuncia el tierno rostro del Dios, que camina con nosotros, a toda persona indiferente y abrumada por el caos de la vida. Y, además, nos dice que lo proclamemos desde las azoteas.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, nos avergonzamos de ser cristianos. Nos apresuramos a decir que creemos, sí, pero con muchos paréntesis, con muchas objeciones, para no dar una mala impresión ante la “modernidad”. Para evitar el “qué dirán”.

Estoy pensando en todas las veces que tratamos de ser cristianos “políticamente correctos”, cuando cedemos a compromisos para ser aceptados en este mundo nuestro, liberal e hipócrita, que es sólo liberal con aquellos que piensan como él.

Amar a Cristo es amar a la Iglesia hasta la muerte, sufriendo por sus infidelidades, que son las mías. Amar a Cristo es vivir eternamente en tensión entre una Iglesia que hemos de defender ante el mundo, y un mundo que ha de ser acogido en el corazón de los discípulos.

Testigos
Es verdad que, después del trágico y famoso 11 de septiembre en las “torres gemelas”, todas las religiones han tenido que soportar la terrible sospecha de se apela a la fe para cometer criminales masacres. Por fidelidad al Evangelio, no se puede blandir la fe como un arma para el choque de civilizaciones.

Pero aquí, en nuestro occidente indeciso, en esta España superficialmente devota, en este país parcialmente cristiano, el riesgo es la ausencia de testigos, no la imposición de las ideas.

Tenemos miedo de mostrar nuestra fe a los demás, creemos que tenemos que justificar nuestras creencias y tenemos miedo de que nuestras razones fallen frente al pensamiento contemporáneo.

La idea de que la fe es una concesión arqueológica que se hace a sujetos frágiles y emotivos, al final también nos contagia.

Pero este es el momento del testimonio. Muchos hermanos y hermanas están llamados a dar testimonio con su sangre. Como lo hicieron, hace poco, los cristianos coptos (desarmados, mujeres y niños), en una peregrinación a un monasterio: los mataron porque simplemente eran cristianos.

Jesús, pide que lo reconozcamos ante de los hombres, que hagamos visible y reconocible nuestra fe. Necesitamos profundizar nuestra fe, sacudir el polvo de la tradición y del conservadurismo, y volver a descubrir el rostro extraordinariamente humano y compasivo, creíble y razonable del Dios de Jesucristo.

sábado, 17 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de hoy he experimentado a la vez alegría y pena. Alegría por la profunda fe que mantengo respecto a la presencia de Cristo en el misterio de la Eucaristía, por la conciencia que he ido adquiriendo, a lo largo de mi vida, de la profundidad desconcertante de aquel pobre gesto de la última cena, de la rareza de nuestro Dios, de la ingenuidad de Jesús de Nazaret.
Alegría por el amor que más de una vez me ha embargado participando en la eucaristía y celebrándola. Alegría por la presencia de Cristo tangible, evidente, palpable que he tenido la gracia inmensa de experimentar en algunos momentos de mi vida, en un contexto de oración y escucha de la Palabra.
Pena profunda, incómoda y obstinada, porque cuando hablo de esto a las personas que comparten conmigo la fe en el Resucitado, a los cristianos, siento  a menudo cierto desacuerdo e incomprensión. Pena por el clima para nada fraterno que he observado en más que una comunidad cansada y deprimida, cerrada e impermeable.
Pena porque la cumbre que es la eucaristía y que debería ser manantial y cima de nuestra vida de fe, amenaza ser para muchos la única débil pertenencia al cristianismo, una cumbre sin base, privada de lo esencial, que se reduce a un cerro esmirriado.
He celebrado miles de misas en mi vida, millares de veces he hecho presente – siempre indigno, a veces incrédulo y despistado - la inmensidad de Dios. Y todavía me asombro.

Hacer memoria
Recuerda, dice Moisés al pueblo en la primera lectura que hemos escuchado, haz memoria de tu camino. Haz memoria de la esclavitud y de la libertad, y de los costes que supone llegar a ser libre, de los desiertos que hay que atravesar para despojarse de todas las superestructuras – sociales, religiosas, culturales - que te impiden creer y amar desde la desnudez del ser. Haz memoria, dice Moisés al pueblo, del hambre que pasaste y del pan que recibiste, el pan del camino, el “maná”.
Aquel alimento que no tenía nada que ver con los ajos y cebollas de Egipto. Aquella comida inesperada y misteriosa que la gente aceptaba como dada directamente por Dios.
Tenemos que alimentarnos. Con la comida, por supuesto, pero también con el afecto, con la luz, con el sentimiento, con la felicidad. Y este alimento nos falta: ¡cuántas personas mueren de inanición espiritual! ¡Cuántas se van apagando interiormente! Nos falta el alimento que nos permite caminar, que nos permite comprender el gran misterio que es la existencia de cada uno de nosotros.
Es Dios quien nos da el pan del camino hacia la plenitud, hacia la eternidad, hacia la luz. Es Dios mismo quien se hace pan. Un pan capaz de hacernos y mantenernos unidos.
Cada domingo nos juntamos en obediencia al mandato del Señor, en obediencia a aquellas imperiosas palabras: “Haced esto en conmemoración mía” pronunciadas durante la Última Cena, para dar un sentido a nuestra semana y a nuestra vida, para orientarla hacia lo verdadero y lo bueno, para leer las miles situaciones de nuestra vida en la perspectiva de Evangelio.
Esto es ante todo la eucaristía: un memorial, una terapia contra el olvido, una consciente y enérgica sacudida que nos permite volver a encontrarnos con nosotros mismos y con la sonrisa de Dios. A pesar de todo.

sábado, 10 de junio de 2017

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev
Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18

A menudo nos hacemos una idea terrible de Dios. Una idea que mana desde lo profundo, y que junta a nuestros miedos, el sentido de extravío que llevamos en el corazón cuando afrontamos las pequeñas o grandes dificultades referidas al misterio de la vida: ¿por qué existimos? ¿Quién lo ha decidido? ¿Por qué?
Una idea que, desgraciadamente, a veces tiene que enfrentarse con demasiados católicos que arruinan la imagen de Dios, al hablar mal de Él, cuando lo describen cómo un jefe iracundo, un policía intransigente, un déspota lunático e imprevisible al que hay que controlar. ¡Qué desastrosa idea de Dios!
Un Dios que deja morir de hambre a los niños, que no frena las guerras, que hace enfermar de cáncer a una joven madre.  Un Dios que no soluciona los muchos problemas de los hombres, que los deja ahogarse en el mar de las dificultades propias de nuestro tiempo.
Un Dios al que temer y no amar. Un Dios incomprensible.
Y hay también muchos que creen no creer, que se han hecho una idea o una imagen de Dios tan horrible y falsa, que deciden no creer. Es mejor esperar que no haya nadie, antes que tener un Dios sediento de sangre. Tampoco yo creo en semejante Dios.
¿Creéis que exagero? Estar seguros que no. La conversión más difícil de conseguir es precisamente la que nos hace pasar del dios pequeñito y mezquino, que tantas veces llevamos en el corazón, al Dios grandioso que la Biblia nos revela.
Y no basta con ser católicos practicantes para creer en el verdadero Dios. Por eso, necesitamos al menos un domingo dedicado a reflexionar sobre el rostro de Dios, que Jesús nos ha contado. Es el domingo de la Santísima Trinidad.

Moisés
Hace falta tiempo para huir la imagen demoníaca de Dios que llevamos dentro. El pueblo de Israel hizo ese mismo recorrido purificando la propia fe a través de su experiencia vital. El Dios de los padres, el Dios Abrahán, de Isaac y de Jacob, no era como el de los pueblos cercanos, era mejor. Luego, con el éxodo de Egipto, sucede algo que pone todo patas arriba: el Dios de los padres interviene, actúa, se comunica y establece una un pacto, una alianza, una boda con este pueblo errante.
No hay más divinidad que el Dios de Israel, las demás son sólo ídolos.
En el Biblia encontramos el rastro de esta evolución de la experiencia de Dios, al que inicialmente llaman Elohim = el Señor, o El Shadai = el dios de las alturas, hasta llegar a la revelación de su rostro, Adonai = Yo soy el que está presente contigo.

sábado, 3 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor12, 3b -7. 12-13
Evangelio: Jn 20, 19-23

Hoy celebramos el regalo del Espíritu, que Jesús prometió. El don del Espíritu defensor y de consuelo, espléndido en sus siete dones. Hoy se nos ha entregado y el Resucitado pide a sus discípulos que lo anuncien empezando por Galilea de los gentiles, sabiendo que él está para siempre con nosotros.
Ha comenzado el tiempo de la Iglesia: somos nosotros, ahora, los que tenemos que hacer visible el Reino de Dios, mientras esperamos la vuelta gloriosa del Señor en la plenitud de los tiempos.
Pero sentimos el peso de este encargo, la insuficiencia de nuestra fe, la fragilidad de nuestro anuncio. No somos capaces de hacer presente al Señor, necesitamos una ayuda, un entrenador, un socorrista, un abogado. Necesitamos el Espíritu Santo.

Pentecostés
Aquel día era Shevuot o Fiesta de las Primicias. La fiesta con significado agrícola que correspondía con la época del año en la que se recogían los primeros frutos y se llevaban al Templo de Jerusalén. Para los fieles griegos era Pentecostés, los cincuenta días después de la Pascua, cuando celebraban también el recuerdo del día de la entrega de la Ley – la Torah -  en el monte Sinaí.
Israel estaba muy orgulloso de la Ley que Dios le había entregado;  aun siendo el más pequeño de entre los pueblos, fue elegido para testimoniar al mundo el verdadero rostro del Señor clemente y compasivo.
Exactamente aquel día, y no casualmente, sitúa Lucas la venida del Espíritu Santo. Espíritu que ya había sido entregado en la cruz y el día de la Pascua. ¿Para qué repetir esta efusión? ¿Por qué ese día?
Tal vez Lucas quiere decir a los discípulos que la nueva Ley es un movimiento del Espíritu, una luz interior que ilumina nuestro rostro y el de Dios. Jesús no añade más preceptos a los muchos – incluso demasiados -presentes en la Ley oral judía, sino que los simplifica, los reduce a lo esencial.
A los discípulos se les pide un solo precepto: el mandamiento nuevo del amor. Esto es fantástico y hace brotar un profundo agradecimiento: ¡gracias Señor Jesús!
¿Pero qué significa amar en las situaciones concretas de la vida?
Aquí es donde viene el Espíritu en nuestra ayuda. Jesús no nos da unas nuevas tablas de la  ley, sino que nos cambia el modo de verlas, nos cambia radicalmente el corazón. Hoy celebramos la Ley que el Espíritu nos ayuda a reconocer.

Truenos, nubes, fuego, viento
Lucas describe el acontecimiento, en los Hechos de los Apóstoles,  refiriéndolo explícitamente a la teofanía de Dios en el monte Sinaí: truenos, nubes, fuego y viento son elementos que describen la solemnidad del acontecimiento y la presencia de Dios pero que también pueden ser releídos en clave espiritual.