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lunes, 18 de marzo de 2013

EL ESCUDO Y EL LEMA DEL PAPA FRANCISCO

El escudo del Papa Francisco será básicamente el que tenía cuando era arzobispo. Se caracteriza por su simplicidad. Sobre un fondo azul, preside el emblema de la compañía de Jesus, de la que procede el Santo Padre: un sol radiante con las letras IHS -monograma de Jesucristo- que lleva encima una cruz y debajo los tres clavos en negro.
Más abajo, a la izquierda, se ve una estrella, que según la antigua tradición heráldica simboliza la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia. A la derecha, la flor de nardo, que indica a San José, patrón de la Iglesia universal. Poniendo en su escudo estos símbolos, el Papa ha querido expresar su devoción hacia la Virgen y San José.

El lema del Papa Francisco, “Miserando atque eligendo”, proviene de las homilías de San Beda el Venerable, quien, comentando el pasaje evangélico de la vocación de San Mateo, escribe: "Vidit ergo lesus publicanum et quia miserando atque eligendo vidit, ait illi Sequere me" (Jesús vió un publicano, y como lo miró con misericordia y lo eligió, le dijo: “Sígueme”). Así pues, se puede interpretar el sentido del lema como: “lo miró con misericordia y lo eligió”. Este pasaje posee una importancia especial para el Santo Padre, ya que fue precisamente en la fiesta de San Mateo del año 1953, cuando el joven Jorge Mario, que entonces tenía 17 años, experimentó de manera especial la presencia de Dios que lo llamaba a la vida religiosa.

ESPÍRITU PROFÉTICO Y UTOPÍA DEL VATICANO II


A los 50 años del Concilio Vaticano II, en el Año de la Fe proclamado por Benedicto XVI, con la esperanza abierta en la elección del Papa Francisco, es bueno rescatar la utopía y espíritu profético de estos Padres Conciliares.

Pacto suscrito pocos días antes de la finalización del Concilio Vaticano II por cuarenta Padres Conciliares encabezados por Dom Helder Camara, obispo de Olinda Recife en la eucaristía celebrada en la Catacumba de Santa Domitila, Roma.



“Nosotros, obispos, reunidos en el Concilio Vaticano II, conscientes de las deficiencias de nuestra vida de pobreza según el evangelio; motivados los unos por los otros en una iniciativa en la que cada uno de nosotros ha evitado el sobresalir y la presunción; unidos a todos nuestros hermanos en el episcopado; contando, sobre todo, con la gracia y la fuerza de nuestro Señor Jesucristo, con la oración de los fieles y de los sacerdotes de nuestras respectivas diócesis; poniéndonos con el pensamiento y con la oración ante la Trinidad, ante la Iglesia de Cristo y ante los sacerdotes y los fieles de nuestras diócesis, con humildad y con conciencia de nuestra flaqueza, pero también con toda la determinación y toda la fuerza que Dios nos quiere dar como gracia suya, nos comprometemos a lo que sigue: