Traducir

Buscar este blog

domingo, 28 de septiembre de 2014

Papa Francisco a los jesuitas en los 200 años de la Restauración de la Compañía de Jesús


El 27 de septiembre de 2014, el Papa presidió las Vísperas de Acción de Gracias por la Restauración de la Compañía de Jesús, hace 200 años. Estas son las palabras dirigidas a los jesuitas en el transcurso de la celebración:
La Compañía distinguida con el nombre de Jesús ha vivido tiempos difíciles, de persecución. Durante el generalato del p. Lorenzo Ricci "los enemigos de la Iglesia llegaron a obtener la supresión de la Compañía" (Juan Pablo II, Mensaje al p. Kolvenbach, 31 de julio de 1990) por parte de mi predecesor Clemente XIV. Hoy, recordando su reconstitución, estamos llamados a recuperar nuestra memoria, recordando los beneficios recibidos y los dones particulares (cf Ejercicios Espirituales, 234). Hoy quiero hacerlo aquí con ustedes.
En tiempos de tribulaciones y turbación se levanta siempre una polvareda de dudas y de sufrimientos, y no es fácil seguir adelante, proseguir el camino. Sobre todo en los tiempos difíciles y de crisis llegan tantas tentaciones: detenerse a discutir las ideas, a dejarse llevar por la desolación, concentrarse en el hecho de ser perseguidos y no ver nada más.
Leyendo las cartas del p. Ricci me impactó una cosa: su capacidad para no dejarse sujetar por estas tentaciones y de proponer a los jesuitas, en el tiempo de la tribulación, una visión de las cosas que los arraigaba aún más a la espiritualidad de la Compañía.
El p. General Ricci, que escribía a los jesuitas de entonces, viendo las nubes que se espesaban en el horizonte, los fortalecía en su pertenencia al cuerpo de la Compañía y a su misión. He aquí: en un tiempo de confusión y turbación hizo discernimiento. No perdió el tiempo para discutir ideas y quejarse, sino que se hizo cargo de la vocación de la Compañía.
Y esta actitud ha llevado a los jesuitas a experimentar la muerte y resurrección del Señor. Antes de la pérdida de todo, incluso de su identidad pública, no opusieron resistencia a la voluntad de Dios, no opusieron resistencia al conflicto, tratando de salvarse a sí mismos. La Compañía -y esto es hermoso- vivió el conflicto hasta el final, sin reducirlo: vivió la humillación con Cristo humillado, obedeció. Nunca se salva uno del conflicto con la astucia y con estratagemas para resistir. En la confusión y ante la humillación, la Compañía prefirió vivir el discernimiento de la voluntad de Dios, sin buscar una salida al conflicto de modo aparentemente tranquilo.

DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32
                            
El domingo pasado quedamos descolocados por el comportamiento del dueño de la viña, cuando realizaba aquel gesto, en apariencia, injusto.
 Quizás también nosotros, como los deportados en Babilonia que se quejan de tener que expiar la culpa de los padres, la emprendemos con la lógica de Dios. Y Ezequiel, también prisionero de los babilonios, los invita a ellos y a nosotros a asumir una lógica diferente, que es la de Dios.
Hurgando tras la apariencia descubrimos que la presunta justicia de los obreros de la primera hora, en realidad, era una rabia mal calmada que se desahogaba contra los de la última hora, quitándoles lo esencial para vivir.
No hay nada que hacer: si queremos seguir de verdad al Dios de Jesucristo tenemos que convertir continuamente nuestra perspectiva, para ampliar nuestro horizonte y acoger un modo nuevo de ser creyentes. Un modo cuya característica principal y absoluta no es negociable: la autenticidad.
Quien sabe leer el evangelio se queda descolocado al ver que Jesús, antes que el pecado, detesta una actitud muy difusa entre los devotos de ayer y de hoy:  la hipocresía.

Caretas
En estos días de septiembre, en muchos sitios, son días de vendimia. Yo recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban cansinamente hacia la bodega donde se elaboraba el vino. Son recuerdos…
El hecho es que hay una relación íntima entre el viñador y la viña, hasta tal punto que, a menudo en la Biblia, la relación entre Dios y el pueblo se expresa con fuertes trazos a partir de la imagen de la viña.
El hecho de que el Señor nos pida ir a trabaja a su viña es el testimonio de la intimidad que Dios quiere entrelazar con nosotros.

domingo, 21 de septiembre de 2014

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

Difícil historia la del perdón. Una reflexión ácida, dura, que nos inquieta por dentro. El perdón es laborioso, serio, exige una conversión radical. Sin embargo en el perdón se juega gran parte de la credibilidad del cristianismo. El perdón que trastorna la violencia, que se vuelve profecía de un mundo nuevo, que redibuja el rostro humano, transformándolo en imagen de Dios, devolviéndolo a su rostro auténtico.
La comunidad cristiana, con su modo de entretejer relaciones, con su capacidad de discutir (¡ y pelear!) de “otra” manera, con su capacidad de tomar en serio la suerte de cada hermano, se convierte en una anticipación del mundo nuevo.
Todo esto en teoría, porque pasados ya trece años del atentado a las torres gemelas el mundo sigue viviendo en la inquietud y en la violencia, incapaz de convertirse a lo que es obvio: que sólo en el perdón y en la aceptación de la diversidad podremos vivir una vida provechosa para todos.
En cada uno de nosotros, hay un pequeño déspota que quisiera ser el dictador de los demás.
Hemos sobrevivido a dos semanas de Palabra de Dios urticante, y hoy nos encontramos con la parábola del dueño de la viña, que nos muestra la lógica de la gratuidad total, completamente diferente a la lógica basada en los méritos.

Incomprensible
La actitud del dueño de la viña es ciertamente incomprensible: la viña tiene mucha tarea, es grande y necesita muchos obreros para poder llevar a cabo la vendimia. Sale a la calle pronto, por la mañana, para contratar a los primeros obreros. Cuando ve que todavía no bastan, vuelve para buscar más obreros y establece con ellos "lo que es justo" como recompensa del trabajo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ (14 de septiembre)


Primera Lectura: Num 21,4b-9
Salmo Responsorial: Salmo 77
Segunda Lectura: Flp 2,6-11
Evangelio: Jn 3, 13-17


            Tenemos mucha razón al sentirnos cansados muchas veces, incluso atormentados, ante tanto sufrimiento y dolor, no sólo viendo el mundo que nos rodea, sino también en nuestro interior y en lo más cercano y querido: el sufrimiento en nuestras familias y nuestros amigos. Dios nos cura por dentro, en nuestro más profundo interior, cierto, pero ¿por qué tanto sufrimiento inútil?
            La fiesta de la exaltación de la santa cruz, que hoy reemplaza la del domingo, creo que puede ayudarnos.

            Historia
            Es una fiesta que nace de un hecho histórico: la reina Elena, madre de  Constantino, el primer emperador convertido a la fe, aprovechó su posición para organizar una imponente peregrinación a Tierra Santa con la bendición y mucho dinero, de su hijo. Su devoción la empujó a visitar todos los lugares en que se mantuvo la memoria de la presencia del Señor - guardados con devoción por los discípulos durante tres siglos - y a ordenar la construcción de imponentes basílicas. Sobre el lugar de la crucifixión había surgido un templo pagano que la reina no titubeó a hacer demoler hasta encontrar la colina del Gólgota y las tumbas adyacentes.
            Según una piadosa tradición, en una de las cisternas contiguas a las excavaciones se encontraron cruces, entre las cuales presuntamente estaba la de Jesús que fue llevada triunfalmente a Constantinopla, un día 14 de septiembre.
            Este descubrimiento suscitó gran sensación y las comunidades cristianas, en veinte años, pasaron de ser perseguidas a ver la cruz del Señor llevada triunfalmente a Constantinopla. Hoy, para nosotros esto es ocasión de una seria reflexión sobre la cruz.

             Fiesta
            La fiesta que hoy celebramos los cristianos es incomprensible y hasta disparatada para quien desconoce el significado de la fe cristiana en el Crucificado. ¿Qué sentido puede tener celebrar una fiesta que se llama “Exaltación de la Cruz” en una sociedad que busca apasionadamente el “confort” la comodidad y el máximo bienestar?
            Más de uno se preguntará cómo es posible seguir todavía hoy exaltando la cruz. ¿No ha quedado ya superada para siempre esa manera morbosa de vivir exaltando el dolor y buscando el sufrimiento? ¿Hemos de seguir alimentando un cristianismo centrado en la agonía del Calvario y las llagas del Crucificado?

domingo, 7 de septiembre de 2014

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


No es fácil vivir como discípulos del Señor en estos tiempos oscuros. En una sociedad formalmente cristiana no son los valores que derivan del evangelio los que prevalecen y orientan las opciones de nuestra vida, sino una mentalidad egoísta e infantil. Para darse cuenta de ello basta con comparar el sentir común con la palabra de Jesús.

            Hoy en concreto la Palabra ilumina dos aspectos importantes en la vida de un creyente: el perdón y la corrección fraterna. Y nos hará ver lo lejanos que estamos del Evangelio.

Pecado y perdón
            Algunos pensarán que, al  menos respeto al pecado, nosotros los católicos lo sabemos todo. Hemos pasado siglos viendo pecado por todas partes, lo hemos analizado, estudiado, diseccionado, ¿cómo se puede decir que no conocemos a fondo el pecado? Más aún, muchos, todavía hoy, ven al cristianismo como una religión moral, que nos dice lo que es el bien y lo que es el mal, y a la Iglesia como una acreditada institución que tiene como principal tarea remachar lo que es pecado, en estos tiempos confusos.
            Ésta es una visión simplista que corre el riesgo, como de hecho ha sucedido, de producir un efecto perverso: cuanto más, en el pasado, nos hemos concentrado en el pecado, tanto más hoy nadie considera pecaminosas sus acciones.
            Una sociedad, aunque sea la eclesial, que no ha sido educada en la libertad se convierte en una sociedad anárquica, que reivindica la libertad de probar cada emoción, que convierte la conciencia del individuo en el único criterio.
            ¡Hoy, si somos honestos, para sentirnos realmente culpables hace falta al menos ser un asesino en serie! Todo el resto: el egoísmo, la corrupción, el chismorreo, la violencia verbal, la calumnia, la explotación de personas, son simples manifestaciones de la libertad personal.
            Muchos todavía piensan que un acto es pecado porque así lo estableció Dios. ¡Error!: en la Biblia se dice que el pecado es malo porque hace mal a alguien. El hombre, extraordinariamente libre, recibe de Dios la conciencia y la Palabra para conducirlo hacia la vida. Pero el hombre, administrando mal su libertad, poniéndose en el lugar de Dios, corre el riesgo de realizar obras que lo llevan a su destrucción.

            El pecado no es una ofensa a Dios, sino a lo que podemos llegar a ser: es una ofensa a la obra maestra, y muy amada, de Dios que es cada uno de nosotros. Dios no castiga al pecador, sino que lo perdona: es el pecado el que nos castiga, haciendo precipitarnos en un abismo de falsa felicidad. Pero, para ver estas sombras hace falta que nos expongamos a la luz de la Palabra de Dios.