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jueves, 28 de septiembre de 2017

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32
                            
El domingo pasado quedamos descolocados por el comportamiento del dueño de la viña, cuando realizaba aquel gesto, en apariencia, injusto.
 Quizás también nosotros, como los deportados en Babilonia que se quejan de tener que expiar la culpa de los padres, la emprendemos con la lógica de Dios. Y Ezequiel, también prisionero de los babilonios, los invita a ellos y a nosotros a asumir una lógica diferente, que es la de Dios.
Hurgando tras la apariencia, descubrimos que la presunta justicia de los obreros de la primera hora, en realidad, era una rabia mal calmada que se desahogaba contra los de la última hora, quitándoles lo esencial para vivir.
No hay nada que hacer: si queremos seguir de verdad al Dios de Jesucristo tenemos que convertir continuamente nuestra perspectiva, para ampliar nuestro horizonte y acoger un modo nuevo de ser creyentes. Un modo cuya característica principal y absoluta no es negociable: la autenticidad.
Quien sabe leer el evangelio se queda descolocado al ver que Jesús, antes que el pecado, detesta una actitud muy difusa entre los devotos de ayer y de hoy:  la hipocresía.

Caretas
En estos días de septiembre, en muchos sitios, son días de vendimia. Yo recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban cansinamente hacia la bodega donde se elaboraba el vino. Son recuerdos…
El hecho es que hay una relación íntima entre el viñador y la viña, hasta tal punto que, a menudo en la Biblia, la relación entre Dios y el pueblo se expresa con fuertes trazos a partir de la imagen de la viña.
El hecho de que el Señor nos pida ir a trabaja a su viña es el testimonio de la intimidad que Dios quiere entrelazar con nosotros.
En la parábola que hemos escuchado en el Evangelio, el primer hijo contesta enseguida a la llamada del padre. Pero en realidad no va a la viña.
El texto no nos dice si este hijo cambió de idea, o si encontró a un amigo, o si tuvo un contratiempo, o si nunca tuvo ninguna intención de ir desde el principio.

sábado, 23 de septiembre de 2017

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

Difícil historia la del perdón. Una reflexión ácida, dura, que nos inquieta por dentro. El perdón es laborioso, serio, exige una conversión radical. Sin embargo en el perdón se juega gran parte de la credibilidad del cristianismo. El perdón que trastorna la violencia, que se vuelve profecía de un mundo nuevo, que redibuja el rostro humano, transformándolo en imagen de Dios, devolviéndolo a su rostro auténtico.
La comunidad cristiana, con su modo de entretejer relaciones, con su capacidad de discutir (¡y de pelear!) de “otra” manera, con su capacidad de tomar en serio la suerte de cada hermano, se convierte en una anticipación del mundo nuevo.
Todo esto en teoría, porque pasados ya dieciséis años del atentado a las torres gemelas el mundo sigue viviendo en la inquietud por los nuevos atentados, que no cesan, y en la violencia de todo tipo, incapaz de convertirse a lo que es obvio: que sólo en el perdón y en la aceptación de la diversidad podremos vivir una vida provechosa para todos.
En cada uno de nosotros, hay un pequeño déspota que quisiera ser el dictador de todos los demás.
Hemos sobrevivido a dos semanas de Palabra de Dios urticante, y hoy nos encontramos con la parábola del dueño de la viña, que nos muestra la lógica de la gratuidad total, completamente diferente a la lógica basada en los méritos.

Incomprensible
La actitud del dueño de la viña es ciertamente incomprensible: la viña tiene mucha tarea, es grande y necesita muchos obreros para poder llevar a cabo la vendimia. Sale a la calle pronto, por la mañana, para contratar a los primeros obreros. Cuando ve que todavía no le bastan, vuelve para buscar más obreros y establece con ellos “lo que es justo” como recompensa del trabajo.
Cuando sale a las cinco de la tarde, una hora antes del fin del trabajo, ve aún a algunos callejeando y los invita a trabajar.
Ahí surge el verdadero problema: ¿qué es lo justo?
Cuando los obreros de la primera hora ven que los otros que han estado desocupados la mayor parte del día reciben la misma cantidad – por otra parte, justamente - se sublevan. ¡Ellos han trabajado todo el día, estos últimos solamente una hora, y reciben el mismo sueldo, que injusticia!

Pero
La clave de la parábola está en su modo de pensar. Cuando ven que los obreros de última hora reciben un denario, ellos creen que van a recibir más. Cuando reciben el denario pactado no están pidiendo más, sino que exigen que los otros reciban menos.

sábado, 16 de septiembre de 2017

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 27,30 - 28,9
Salmo Responsorial: Salmo102
Segunda Lectura: Rom 14,7-9
Evangelio: Mt 18, 21-35

Perdonar es una debilidad, dice el mundo violento que nos rodea.
Es ridículo admitir que tienes defectos, mejor es ocultarlos, negarlos o mostrarlos como un trofeo, en un frenesí por aumentar la maldad e hipocresía.
Perdonar es de débiles, excepto para ver al periodista preguntarle a una madre frenética: ¿perdona usted al asesino de su hijo?
Vayamos despacio, por favor. El perdón es una cosa muy seria. Y eso lo saben muy bien, tanto el que ha sido herido como el que hirió.
Si el pasado domingo la liturgia nos presentaba la práctica del perdón dentro de la comunidad cristiana, la Palabra de hoy es más audaz y nos invita a reflexionar sobre la razón del perdón en sí mismo.
¿Por qué perdonar? ¿Cuántas veces he de perdonar?
Históricamente, en la Biblia, el grito horrible de Lamec, hijo de Caín, que amenaza con matar setenta veces siete por un desacuerdo (Gen 4), se ve atenuado por la ley del talión que pone, al menos, un freno a la ira, mediante la introducción de un criterio de proporcionalidad en la venganza: ojo por ojo, diente por diente. En el Pentateuco ya encontramos algún indicio de misericordia, pero siempre limitado a los que son hermanos en la fe.
En tiempos de Jesús los rabinos sugerían que, para mostrar clemencia, se debería perdonar tres veces el mal sufrido. Pedro, en el evangelio de hoy, quiere exagerar, proponiendo perdonarlo hasta siete veces.
Pero hizo mal las cuentas.

Siete veces, setenta veces siete
Imagínate que al final de la lectura de este texto, tu vecino de casa te busca para decirte lo siento: ayer por la noche, durante una cena con los amigos, levanté el codo y hablé mal de ti, y ahora se siente mortificado. Eres generoso, le dices que no es nada, y te da las gracias.
Luego, regresa una hora más tarde diciendo que ha vuelto a hacer lo mismo, esta vez con el portero, y también se disculpa por ello. ¿Qué vas a hacer, perdonarlo? ¿No te sientes tomado por el pito del sereno?
La propuesta de Pedro es generosa – siete veces - y hasta heroica; la de Jesús, en cambio, parece una locura, que sólo podemos entender con la lógica divina: Estamos llamados a perdonar siempre, porque siempre somos perdonados por Dios.
El poco crédito que concedemos a los hermanos no es nada comparado con la deuda monstruosa que nosotros hemos contraído con Dios. Y Él nos la ha cancelado.

Siervos
La deuda del criado, que presenta el evangelio, es deliberadamente absurda: un talento equivale a 16 kilos de oro. Diez mil talentos son una cifra inimaginable (casi 6.000 millones de euros). Esa deuda enorme es perdonada; no así, en cambio, la deuda del otro siervo que, a pesar de ser un cifra importante lo que debía a su colega, unos doscientos días laborables (pongamos unos 6.000 €), no tiene nada con qué pagar.
La reacción del patrón, obviamente, es feroz: tienes que perdonar porque tú has sido perdonado en mucho más.
Esta es la razón del perdón cristiano: perdonar a los que me hacen mal porque he sido perdonado primero. No perdonar porque el otro sea mejor, o se convierta, o se ablande.

sábado, 9 de septiembre de 2017

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


No es fácil vivir como discípulos del Señor en estos tiempos oscuros. En una sociedad formal y sociológicamente cristiana no son los valores derivados del evangelio los que prevalecen y orientan las opciones de nuestra vida, sino una mentalidad egoísta e infantil. Para darse cuenta de ello basta con comparar el sentir común con la palabra de Jesús.
            Hoy en concreto la Palabra ilumina dos aspectos importantes en la vida de un creyente: el perdón y la corrección fraterna. Y nos hará ver lo lejanos que estamos del Evangelio.

Pecado y perdón
            Algunos pensarán que, al  menos respeto al pecado, nosotros los católicos lo sabemos todo. Hemos pasado siglos viendo pecado por todas partes, lo hemos analizado, estudiado, diseccionado, ¿cómo se puede decir que no conocemos a fondo el pecado?
Más aún, muchos, todavía hoy, ven al cristianismo como una religión moral, que nos dice lo que es el bien y lo que es el mal, y a la Iglesia como una acreditada institución que tiene como principal tarea remachar lo que es pecado, en estos tiempos confusos.
            Ésta, hermanos, es una visión simplista que corre el riesgo, como de hecho ha sucedido, de producir un efecto perverso: cuanto más, en el pasado, nos hemos concentrado en el pecado, tanto más hoy nadie considera pecaminosas sus acciones.
            Una sociedad, aunque sea la eclesial, que no ha sido educada en la libertad se convierte en una sociedad anárquica, que reivindica la libertad de probar cada emoción, que convierte el parecer del individuo en el único criterio.
            ¡Hoy, si somos honestos, para sentirnos realmente culpables hace falta al menos ser un asesino en serie! Todo el resto: el egoísmo, la avaricia, la corrupción, el chismorreo, la violencia verbal, la calumnia, la explotación de personas, son simples manifestaciones de la libertad personal.
            Muchos todavía piensan que un acto es pecado porque así lo estableció Dios. ¡Error enorme! En la Biblia se dice que el pecado es malo porque hace mal a alguien. El hombre, extraordinariamente libre, recibe de Dios la conciencia y la Palabra para conducirlo hacia la vida. Pero el hombre, administrando mal su libertad, poniéndose en el lugar de Dios, corre el riesgo de realizar obras que lo llevan a su destrucción.

            El pecado no es una ofensa a Dios, sino un ataque a lo que podemos llegar a ser: es una ofensa a la obra maestra y muy amada de Dios, que es cada uno de nosotros. Dios no castiga al pecador, sino que lo perdona. Es el pecado el que nos castiga, haciendo precipitarnos en un abismo de falsa felicidad. Pero, para ver estas sombras hace falta que nos expongamos a la luz de la Palabra de Dios.


Perdón
            En el corazón del hombre se aloja la falsa idea de un Dios que castiga, que juzga, que controla. En cambio, Jesús ha venido a liberarnos de esta imagen demoníaca de Dios mostrándonos el rostro de un Padre que desea tozudamente el perdón. Perdón que es un regalo, una posibilidad que se ofrece, una ocasión de renacimiento, de nueva vida.
            Y el verdadero discípulo comparte este perdón con los demás perdonando.
            El perdón, en la miope perspectiva actual, es visto cómo una debilidad. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! ¡Necesitamos tiempo, necesitamos una fe fuerte y una profunda conversión para perdonar quién nos ha hecho mal!

sábado, 2 de septiembre de 2017

DOMINGO 22º del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27

            ¡Pobre Pedro! La de problemas que tuvo, y no sólo por declarar que el carpintero de Nazaret era el Mesías esperado por Israel.
            Jesús era demasiado diferente en su manera de servir al Reino, demasiado audaz en su predicación, su idea de Dios era demasiado innovadora para poder identificarlo con aquel nuevo y glorioso rey David que restauraría la pasada gloria de Israel y al que todo el mundo estaba esperando!
            Pedro había reconocido a Jesús como el Cristo, y Jesús lo reconoce a él como piedra para construir, como una piedra viva fundada sobre la fe, la piedra que sustentaría a otros hermanos en la fe.
            Ahora, sin embargo, Pedro se ha convertido en una piedra de tropiezo, en una roca de escándalo. ¡Qué desastre!

Otro Mesías
            Una vez que Pedro reconoció a Jesús como Mesías, éste le explica que ser Mesías significa vivir sin gloria, sin poder, sin componendas. Y Jesús dice que está dispuesto a llegar hasta el final en la elección que ya ha hecho, que está dispuesto a morir antes que renegar de ser lo que es: la imagen viva de Dios, y así lo hará.
            Los discípulos quedan atónitos y descolocados: hacía poco tiempo habían estado hablando de quién tendría un cargo en el nuevo reino de Dios y Jesús ahora está hablando de dolor y de muerte.
            Pedro lo lleva aparte y le ruega que cambie el lenguaje para no desalentar la moral de las tropas. Él, también, como nosotros hacemos con frecuencia, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios.
            Y Jesús responde con dureza: Pedro, le dice y nos dice también a nosotros, cambia de mentalidad y conviértete en un auténtico discípulo.
            Demasiadas veces nosotros, en vez de seguir al Señor, lo precedemos, queremos ir por delante de Él. Queremos mostrarle el camino y, sin embargo, la mayoría no seguimos el camino que él nos muestra.
            Somos nosotros los que sugerimos soluciones a los problemas, y la mayor parte de las veces no confiamos en la presencia y en la acción de Dios. Le pedimos que se convierta en nuestro discípulo.
            Jeremías, en la primera lectura, se queja a Dios. Él quería ser un profeta de buenas noticias y se ha convertido en un pelmazo insoportable, al que todos odian, incluso su familia. A Jeremías le gustaría abandonar, pero reflexiona y vuelve a aquel fuego que le ha seducido.
            Cuando nos ponemos en el lugar de Dios, en el lugar del fuego – como hizo Pedro - nos alejamos del camino.
            No nos preguntemos en qué momento nos encontramos en nuestro viaje interior, como si tuviéramos que completar una etapa de la vuelta ciclista, preguntémonos más bien si todavía vamos corriendo detrás de Cristo.