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La conversión, como los girasoles: volverse hacia la luz para resplandecer y adquirir dignidad. |
Marcos
era un muchacho cuando conoció a Jesús. Probablemente la comunidad se reunía con
cierta frecuencia en su casa, sobre todo durante los días de los
acontecimientos pascuales. Aún más probable es que el famoso huerto de
Getsemaní fuera propiedad de la familia de Marcos.
Después
de una primera experiencia junto a los apóstoles Bernabé y Pablo, el joven
Marcos fue seguidor de Pedro, el pescador. Y es precisamente Marcos el que, por
sugerencia del mismo Pedro, escribe por vez primera un informe sobre la vida y
la predicación de Jesús, es decir un evangelio: el primer evangelio.
Estaba
dirigido a los paganos que se acercaban al anuncio (¿tal vez los romanos?) y
escrito gramaticalmente en un griego básico y bastante pobre. A través de este
evangelio podemos captar el frescor del anuncio, y podemos también detectar la
experiencia y el pensamiento del apóstol Pedro tras las palabras de Marcos.
Marcos hace una breve síntesis del Bautismo de Jesús y el período pasado en el desierto para ir rápido lo esencial. A la predicación del Maestro. A la buena noticia de Jesús.
Evangelio
Eso
es lo que significa sencillamente la palabra evangelio: buena noticia.
¡Cuánta
necesidad tenemos de buenas noticias en este momento oscuro de la Historia,
lleno de desaliento y desencuentros!
Jesús
inicia su predicación después del arresto de Juan Bautista: aquello era un
acontecimiento negativo, una mala noticia, que empuja a Jesús a la predicación.
El Bautista es “entregado”, señala literalmente el joven Marcos, como para
indicar que la providencia también se da en los acontecimientos humanos más
necios, la intervención de Dios también se da cuando Dios parece olvidarse de
sus hijos.
Jesús
recoge el testigo de Juan, prolonga su obra y da sentido al sacrificio vivido
por el profeta para prepararle el camino. Jesús inicia su ministerio cuando en
aquel momento difícil lo prudente hubiera sido no hacer nada. Sin embargo, él inicia
su misión en medio de un clima de persecución hacia los profetas…, algo que se
parece bastante a nuestro tiempo.
Jesús anuncia una buena noticia de parte de Dios: “El plazo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca; convertíos y creed en el evangelio.” El tiempo se ha cumplido, éste es el momento justo, no esperemos más, no lo dejemos todo para más adelante: ahora, hoy, en este momento Dios está aquí.
¡Cuántas
veces nos falta tiempo para hacer las cosas que queremos, para encontrarnos con
las personas que queremos, para sentarnos a gozar las pocas alegrías que la
vida nos da! ¡Cuántas veces posponemos las cosas que tenemos que hacer buscando
momentos más oportunos o esperando días mejores! ¡Cuánto agobio nos cuesta
vivir el presente - también el presente de la fe - posponiendo la conversión,
rindiéndonos a la tiranía del caos de cada día!
Dios
está aquí ahora, aunque no lo sintamos, aunque no nos enteremos, aunque el
cansancio o el dolor nos hayan nublado la vista interior. Dios está entre
nosotros, porque él se nos ha hecho cercano, porque la encarnación en la Navidad
nos ha abierto a la evidencia de un Dios que es tremendamente accesible.
El Reino está aquí
No
sólo es que Dios sea accesible, sino que es posible construir su Reino, vivir
en la lógica del Evangelio, crear espacios y lugares, que lleguen a ser
sucursales del Reino de Dios. No tenemos que esforzarnos ni tenemos que
merecerlo - ¡es gratis! -, sólo tenemos que darnos cuenta de ello y colaborar
en la misión.
Si
esto es así de verdad, si basta con volver la cabeza para cruzarnos con la
mirada de Dios, ¿a qué esperamos?
¡Cambiemos
nuestro acercamiento a Dios! Quizás no te des cuenta enseguida, dice Marcos,
quizás las vicisitudes de la vida nos han endurecido el alma, pero fiémonos. Si
volvemos la mirada acabaremos inexorablemente cruzándola con la del Maestro.
Esta
es la más bella noticia que podamos recibir hoy: que Dios se ha acercado a cada
uno de nosotros, porque nos quiere.
Toda
nuestra fe se encierra en este anuncio: en
la buena noticia de que el proyecto de bien que Dios tiene, se hace cercano.
Sólo queda nuestro empeño por acogerlo, nuestro esfuerzo para no dejarnos
arrollar por las malas noticias, y dejar en cambio que brote todo el bien y
todo lo bello que hay en nosotros.
Y
ésta buena noticia es tan nueva tan verdadera y tan profunda, que todo lo demás
se vuelve relativo, y los hechos de la vida, incluso los más bonitos como los
afectos, son la escena en que se ve a Dios como el actor protagonista, nos dice
Pablo.
En cualquier lugar
La
llamada de los apóstoles nos revela que este anuncio nos alcanza justo allí
donde vivimos, que no tenemos excusa de ningún tipo, que no podemos escondernos
detrás de las demasiadas ocupaciones y cosas que tenemos por hacer, ni posponer
nuestra conversión a un retiro, a una peregrinación o a una semana de
ejercicios: Jesús llama a Simón y Andrés en el trabajo, y a Santiago y Juan
mientras se dan un respiro.
Jesús
simplemente pasa por nuestra vida y nos llama a todos, en cualquier sitio.
No
hay ninguna condición para llegar a ser discípulos suyos: la única cosa que se
nos pide es la conversión, es decir, la actitud de quien se da cuenta de que la
respuesta verdadera está en el corazón de Dios; de quien decide ponerse de
verdad a la escucha, como los habitantes de Nínive en la primera lectura, como
quién sigue la sugerencia de Pablo porque el teatro del mundo termina por acabarse.
La
conversión es como imitar a los girasoles: volverse hacia la luz para así
resplandecer y adquirir una bella dignidad.
La
exhortación de Pablo a vivir en el presente con desapego es completamente
necesaria para la conversión. Pero ¡ojo!: “desapego” no significa
desinteresarse del mundo (algo que es un gran error cometido por bastantes
cristianos a lo largo del tiempo) sino que significa vivir en el mundo con el
justo equilibrio. Significa que el trabajo, la familia, el cónyuge y los hijos,
el negocio… son importantes, ciertamente, pero no son suficientes para llenar el
corazón, ni para apagar ese deseo de absoluto que nos quita el aliento. Y Pablo
lo sabe bien; él, cuya conversión recordaremos la próxima semana, vio cómo su
vida de super creyente, de fariseo celoso y de fiel intolerante, se convertía
en un instrumento para la evangelización en manos de nuestro Dios, el
imprevisible.
Dejar las redes
Dejemos
las redes, todas las redes que nos atan, los agobios y preocupaciones, las
vueltas a la cabeza, las demasiadas ocupaciones que nos impiden dejarnos amar
por Cristo. Su mensaje continúa a través de nuestra pequeña vida, en nuestro
recorrido de cada día. Estamos llamados a ser pescadores de humanidad, llamados
a sacar fuera de nosotros toda la humanidad que tenemos escondida en los
pliegues de la vida; a sacarla en este mundo deshumanizado y deshumanizante que
nos ha tocado vivir. Estamos llamados, en este tiempo desesperado y
desesperante, a dar la buena noticia de un Dios que habita nuestras soledades.
El
Reino avanza, está presente, nos dice Jesús. A ver si nos enteramos, a ver si
nos dejamos alcanzar por él. Dios nos ama.
Esto
sí que nos cambia la vida. Éstas sí que son buenas noticias.
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