La Palabra que acabamos de proclamar habla por sí misma. Poco se puede añadir.
Ante nosotros está el Hijo del Hombre humillado. El choque entre la paz y la violencia, entre el rechazo y la reconciliación, entre la muerte y la vida.
Todo está ahí. El sentido de la historia… y también el de nuestra propia vida.
Casi dan ganas de callar. De dejar que hable el Misterio.
Y, sin embargo, hay algo que no podemos evitar: poner rostro a esta Pasión. Los rostros de los crucificados de la historia. Ahí sigue muriendo hoy el Siervo de Yahveh.
No se trata de hacer un análisis del mundo, ni de lanzar un discurso contra el mal. Se trata de mirar al Crucificado… y reconocerlo.
Reconocer que en tantos descartados, humillados, heridos, es el mismo Cristo quien sufre. Ellos son hoy su rostro.
Vivimos en un mundo atravesado por una verdadera cultura de muerte: una cultura que trivializa la vida humana cuando es frágil o indefensa; que recurre con facilidad a la violencia, al terrorismo o a la guerra para resolver los conflictos. Un mundo donde millones de personas quedan atrapadas en la pobreza, en el olvido, en la desesperanza.
Eso también es cruz. Eso también es Viernes Santo.

