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sábado, 10 de enero de 2015
jueves, 1 de enero de 2015
SANTA MARÍA MADRE DE DIOS - 1º DE ENERO
Primera
Lectura: Num 6, 22-27
Salmo
Responsorial: Salmo 66
Segunda
Lectura: Gal 4, 4-7
Evangelio:
Lc 2, 16 -21
La Navidad puede cumplir nuestras
esperanzas más profundas o puede ser una agradable borrachera de un momento
pero que al final nos deja decepcionados. Todo depende de cómo respondamos a la
ocasión. Dios nos da una oportunidad excepcional con el regalo de su Hijo, ¿qué
hacemos con este don? Hoy encontramos tres grupos en el evangelio, cada uno de
ellos contesta de manera diferente al don de Dios.
Los pastores escuchan la palabra de
los ángeles, averiguan de qué va el tema, y reconocen a su Señor. Ellos
aprecian el don de Dios como nosotros, reunidos hoy para celebrar la Eucaristía
en esta mañana de Año Nuevo. Sabemos que
el Salvador ha llegado y que tenemos que ponernos a su servicio. Nosotros
también lo haremos, pero por algún tiempo, pero no mucho, porque pronto
caeremos en la tentación de maldecir al abuelo que conduce muy lentamente su
coche por la calle, o bien a la joven madre que - presurosa - va demasiado
aprisa del trabajo a casa.
El segundo grupo que encontramos en
la lectura es el de las personas que, como los pastores, cuentan lo que han
visto y oído. Ellos quedan maravillados, pero tampoco esto es muy
significativo. En el evangelio hay muchos que quedan maravillados por los
milagros de Jesús, pero no todos lo siguen. Su fe no tiene mucha raíz como la
gente que celebra las fiestas de modo superficial. Reconocen el regalo del
tiempo que Dios nos concede para celebrar los acontecimientos, pero se olvidan
del objetivo que es conocer, amar y servirá a Dios, como Ignacio de Loyola nos
recuerda en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales.
En el tercer grupo sólo una persona
comprende plenamente: María la Madre de Dios. Ella conservaba todas las cosas
en su corazón. Es la perfecta cristiana que no solamente escucha la Palabra,
sino reflexiona para llevarla a la práctica. Ella nos da un modelo para vivir
nuestras propias vidas. En la encarnación facilitada por María, Dios,
haciéndose hombre, llena de santidad cada fragmento de vida, desde el trapo para
lavar el suelo, a la mano grasienta de un mecánico, al esfuerzo repetitivo de
un obrero en la fábrica. Desde la maternidad divina de María ya no existen
lugares y tiempos sagrados. Existe un lugar y un tiempo santo que es la vida de
cada uno, en la que Dios elige habitar. Para darnos cuenta de esta
transfiguración tenemos necesidad de silencio y oración, como hace María, la
bonita, guardando en el corazón todos los acontecimientos, poniendo juntos,
ante el Señor, los trozos de la vida: el alboroto de la noche del parto, la
visita inesperada y llena de estupor de los pastores, la fatiga de tener un
recién nacido que, incluso siendo la presencia misma de Dios, hay que
amamantarlo y cambiarle los pañales o a cualquier recién nacido del mundo.
martes, 30 de diciembre de 2014
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