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domingo, 1 de diciembre de 2013

DOMINGO I DE ADVIENTO (Ciclo A)

Vigilancia evangélica para sobrevivir al otro nacimiento consumista y comercial


Primera lectura: Is 2,1-5
Salmo responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Rom 13,11-14
Evangelio: Mt 24, 37-44

Hoy, en este primer domingo de Adviento, emprendemos el nuevo año litúrgico, en el que domingo a domingo celebraremos la eucaristía reflexionando sobre las actitudes fundamentales y sobre el sentido de la vida cristiana. El Adviento se nos presenta así como un tiempo de espera del Dios que viene cada día a nuestra vida y que vendrá al final de los tiempos en su segunda venida. Es, por tanto, un tiempo de esperanza activa. No se trata de esperar preguntándonos qué va a pasar, sino más bien preguntándonos qué es lo que tenemos que hacer.
Alrededor nuestro, en cambio, todo es preparación comercial de la Navidad, con infinidad de cosas puestas al servicio de los regalos, del consumismo, de la diversión... Implacable como el tiempo que corre, el principio del Adviento señala la cuenta atrás hacia la tragedia del comercio navideño. Ahora ya sabéis que tenéis que poneros a buscar regalos, a organizar la cena de Navidad con su velada, sacar el abeto ecológico, mientras los buenos comerciantes ya han empezado a exponer todo el instrumental “santaclausístico” por si acaso alguien se olvidara de que en Navidad hay que hacer regalos, a costa del sueldo que no basta para llegar a fin de mes porque, como se sabe, la economía no nos deja.
Esto es ridículo: el Adviento, nacido litúrgicamente para prepararse y esperar la Navidad, para convertir el corazón a la buena noticia de un Dios que viene a comprometerse con nosotros, hoy se ha convertido en el único instrumento posible para resistir y sobrevivir a ese otro nacimiento consumista y comercial.
 Y así es. La espera cristiana del Señor pide una actitud de vigilancia evangélica,  que no tiene nada que ver con la previsión humana. Todos nosotros, del político al empresario,  del ama de casa al empleado, somos precavidos previendo que no nos suceda nada malo en la vida. Otros, en cambio, con una total falta de preocupación, viven en la locura de trabajar para divertirse, de ahorrar para consumir o también para embotarse con variados vicios.  A todos, creyentes o no, se nos hace cansado el trabajo de vivir. En nuestro tiempo hemos conseguido una curiosa paradoja, fruto de la notable mejora de la calidad de vida: comodidades, alimentos, atención sanitaria. Todo esto nos permite -más o menos- poder disfrutar y gozar muchas cosas que están a nuestra disposición. Con la nuevas tecnologías, en tiempo real mando un correo a mi jefe, me comunico con América  o Asia y veo seguidamente  en la pantalla del ordenador el borrador de mi próximo trabajo. Parece que nos sobraría un montón de tiempo para vivir, teniendo en cuenta que lo hago todo más de prisa. ¡Y en cambio no es para nada así, para nada, y la sensación que queda al final de un año (dentro de un mes estamos en el 2014) es la de haber perdido el tiempo. La vida nos pasa por encima y tenemos la impresión de estar fastidiados, engañados por un mecanismo perverso que siempre pide más y más, y nos impide vivir una existencia serena, como gozar de espléndidas panorámicas del mar o la montaña, de mimar a mi compañera o compañero, de jugar con los niños, de compartir la vida más allá de los mensajes por el móvil.
Esta es la cosa. La vigilancia evangélica que reclama el Adviento es intentar darnos una sacudida, un meneo, movernos, dejar de estar aturdidos, adormecidos. Alguien dirá: "¡Pero si yo ni siquiera tengo tiempo de dormir con tanto trabajo!" Precisamente por eso. Como en los tiempos de Noé, nos dice hoy el Señor (Mt 24, 38 -39): todos andaban de aquí para allá en mil cosas, sin saber por qué. Es el riesgo que tiene el vivir dejándonos sobrepasar por los meses y los años, sin llegar a ser de verdad protagonistas de nuestra propia historia, sin ponernos siquiera el problema de si existe otra cosa además de lo que vivimos rutinariamente. La fe se refiere justo a esta sacudida, a este ir convirtiéndonos en protagonistas, a este ir más allá de las apariencias. Dios es el gran ausente de nuestro tiempo simplemente porque el hombre no logra ser realmente hombre. El Papa Francisco, en la introducción de su reciente Exhortación Apostólica “La Alegría del Evangelio” nos dice: “Llegamos a ser plenamente humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero.”
Aquí viene la espera, la espera por excelencia, la espera de Dios. Adviento es tener el valor de pararse y esperar a Dios como nunca nos lo imaginamos, Adviento es tener el valor de poner en discusión crudamente nuestras frágiles certezas. Adviento es un tiempo para descubrir de verdad, sin trucos,  el Tiempo grande, con mayúsculas, la Jerusalén celeste que decía hoy Isaías en la primera lectura (Is 2, 2 -3); allá en el fondo, en la cima del monte de nuestros deseos más ocultos.
Pero atención, en las comunidades cristianas hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o el olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de inocencia para defender nuestra tranquilidad.
Una esperanza en Dios, que se olvida de los que viven en esta tierra sin poder esperar nada, ¿no puede ser considerada como una versión religiosa de cierto optimismo a toda costa, vivido sin lucidez ni responsabilidad? Una búsqueda de la propia salvación eterna de espaldas a los que sufren, ¿no puede ser acusada de ser un sutil egoísmo alargado hacia el más allá?
Probablemente, la poca sensibilidad al sufrimiento inmenso que hay en el mundo es uno de los síntomas más graves del envejecimiento del cristianismo actual. Cuando el Papa Francisco reclama “una Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar.
Hace falta, pues, despertarse, sacudirse, actuar. Vestir las armas de la luz. Jesús nos dice que el día del Dios llega de improviso, que nos coge por sorpresa, que Dios pide que seamos conscientes, acogedores y sinceros con nosotros mismos. No nos engañemos. Podemos vivir la vida en espera, trabajando, divirtiéndonos, orientados al más allá, al auténtico otro lugar.  O bien no.
Una misma cosa puede ser vivida de modo opuesto: uno es tomado, otro dejado (Mt 24,40). Uno es consciente y encuentra a Dios, otro ni siquiera se plantea el problema de la vida y la fe. Dentro de cuatro semanas celebraremos la Navidad: la memoria de la llegada histórica de Jesús, el recuerdo de la llegada definitiva del Señor Jesús. Y se nos lanza una pregunta inquietante: "¿Para ti, en tu corazón, ha nacido ya Dios?". Oremos para que así sea.