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domingo, 11 de enero de 2015

DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo B)



Primera lectura: Is 55, 1-11
Salmo Responsorial: Salmo 12
Segunda lectura: 1 Jn 5, 1-9
Evangelio: Mc 1, 7-11


Es breve el tiempo de Navidad. Breve pero lleno de emociones y de fuerza, de provocación y de invitación a la conversión, para quien quiera acogerlos.
Y hoy cerramos estas dos semanas que hemos pasado acogiendo lo inaudito de Dios, asombrándonos, como los pastores, al descubrir que Dios viene a posta para los derrotados; al interrogarnos como los Magos, que son unos curiosos ante de la vida; al meditar como hace María, que teje su vida alrededor de la Palabra.
Archivamos la Navidad con una última reflexión, densa, inmensa y desestabilizadora.
Al Jesús que hemos dejado en la cuna reconocido por los Magos, lo encontramos hoy adulto, penitente entre los penitentes, haciéndose bautizar en el Jordán por Juan el predicador.
Estaría bien que la Iglesia, antes de volver al tiempo ordinario, celebrara otras dos fiestas: una, la memoria de la huida a Egipto, para recordarnos que Dios fue un inmigrante clandestino, tratado mal por los bienpensantes y honorables de todos los tiempos y, otra, la solemnidad de la vida diaria de Nazaret, para detenernos en el umbral del misterio de un Dios que se pasa haciendo taburetes durante treinta años.
En espera de esta improbable reforma litúrgica, nos metemos entre la muchedumbre que baja de Jerusalén para encontrarse con el bautista, con Juan el profeta.

Marcos
Marcos no se alarga en los detalles, como es habitual en él. No habla del nacimiento de Jesús ni tampoco de su infancia. Nos encontramos con Jesús ya adulto, listo para bautizarse. También Juan está descrito con pocos rasgos, sin dejar espacio a las deducciones o a la emoción.
Jesús se pone en fila para el bautismo. No lo necesita porque su corazón no está oscurecido por las tinieblas y en él la presencia de Dios es absoluta. Sin embargo quiere compartir la necesidad íntima de todo ser humano: la liberación y la paz.
Jesús no finge, no acepta ventajas, es en todo igual al hombre. En todo excepto en el pecado porque – tenedlo muy en cuenta – el pecado es la anti-humanidad. Dios no se aprovecha de ser Dios, sino que quiere hacer su experiencia humana sin trucos. Esta cercanía a la humanidad seguirá manifestándose durante toda la vida pública de Jesús.
Después de haber recibido el bautismo, Jesús siente al Padre que le revela su misión y su profunda identidad. Él es el hijo querido, en el que Dios se complace. Se complace, Dios, al verlo solidario con los pecadores. Se complace, al verlo hacerse discípulo.

Amados
Lucas añade un colorido particular a esta página del evangelio. Después del Bautismo Jesús se pone en oración y, en ella experimenta ser habitado por el Espíritu Santo y todos los presentes oyen la voz del Padre: “Tú eres mi hijo bien amado, en quien me complazco”.
En la oración, experiencia interior de Dios, descubrimos que somos bien amados. En la oración, susurro de Dios, descubrimos que Dios está contento y se complace con nosotros.
Ya desde pequeños se nos invita a ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos curas.  El mundo premia a las personas capaces, que triunfan, y en nosotros se ha introducido la idea de que también Dios nos quiere, ciertamente, pero con algunas condiciones.
Seamos honestos: ¡a veces chantajeamos a los niños manifestándoles aprecio si hacen lo que nosotros queremos! Así la idea final que nos queda en el corazón es que, si nos portamos bien, tendremos como premio la posibilidad de encontrar Dios. (Si no es aquí, en el más allá.)
Qué fastidio. Toda nuestra vida se vuelve entonces la limosna de un aprecio, de un reconocimiento. Y así muchas personas se convierten en lo que los demás esperan que ellos sean.
Más aún, si alguien nos contradice, nos acusa, reaccionamos, pero, en el fondo, pensamos que tiene razón; nos decimos: “Tienes que rendirse a la evidencia, tú no vales.”
El primer impulso podría ser entonces el de defendernos, de atacar, de ignorar las críticas, de dar lo máximo, o bien, a veces, nos asalta la desesperación: no he merecido el amor de nadie, no soy amable para nada.
Jesús inicia su vida pública desmintiendo clamorosamente esta idea: Dios no me quiere porque lo merezco, me quiere y basta. Dios me quiere gratis ya que él es el manantial mismo del amor y “Dios no puede más que amar”, como dice San Isaac de Nínive, santo de la Iglesia Ortodoxa.


Bien amados
Dios, contradiciendo mi inconsciente, superando las convenciones sociales, forzando las simplificaciones éticas, me dice que yo soy bien amado, desde el principio, antes de que haya hecho nada bueno o malo: Dios no me quiere porque soy bueno sino que, queriéndome, me hace bueno.
Dios se complace conmigo porque ve la obra maestra que soy, la obra de arte que puedo llegar a ser, la dignidad con la que él me ha revestido.
Entonces, sólo entonces, podré mirar el recorrido que tengo que hacer para convertirme en la obra de arte que Dios sueña para mí; sólo entonces podré mirar las fatigas que me frenan, las fragilidades que tengo que superar, las ataduras malsanas que tengo que aflojar y desatar.
El cristianismo es eso. Dios me ama por lo que soy, Dios me desvela en lo profundo lo que soy: una persona muy, pero que muy querida por Él.
Es difícil querer “bien”. El amor es grandioso y ambiguo, puede construir y destruir, puede hacer vivir o cortar las alas. Entendámonos: todos quisiéramos amar y el amor es el deseo absoluto e intangible que habita en cada uno de nosotros.
Un amor no maduro, un amor que posee, un amor que chantajea produce dolor y frustración. ¡Cuántos padres engendran y cultivan en los hijos gigantescos sentidos de culpa y, sin embargo, creen que los quieren! ¡Cuántos novios entienden el amor como una unión sofocante que impide al otro brotar y crecer! ¡Cuántas relaciones con Dios y entre cristianos se desarrollan en un clima malsano, que ata en vez de liberar, que mata en vez de hacer crecer, que mortifica en vez de dar vida!
Dios, muy al contrario, me ama “mucho y bien”: sin chantajes, sin suscitar sentidos de culpa, deseando de verdad mi bien y trabajando en mí para conseguirlo.
Magnífico. Este es el amor de Dios manifestado en el Bautismo de Jesús y en nuestro propio bautismo. Dejémoslo crecer y salir de nosotros para bien de los que nos rodean y de toda la humanidad. Que así sea.