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viernes, 6 de enero de 2017

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero)


Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2, 1-12

Los Magos que llegan del oriente con sus regalos han señalado verdaderamente la fantasía de los hombres a lo largo de la historia: quizás por aquel no sé qué de exótico que llevan consigo, todo hemos quedado fascinados por estas extrañas figuras de la Navidad y llevamos en el corazón la imagen infantil de las estatuillas que añadíamos el día de Reyes como último toque al belén familiar.
Pero estemos atentos a no reducir los Reyes a una fábula edificante. Hemos de tomar muy en serio la narración de Mateo, que es ante todo una síntesis teológica, un mensaje de fe, sin olvidar por ello los suficientes enganches históricos que en ella se encuentran.

Mosaico bíblico
Para uno quienes conocen bien la Biblia (¡ojalá estuviéramos todos entre ellos¡) salta a la vista enseguida el mosaico de alusiones y referencias bíblicas que componen este texto.
La intención de Mateo está clara. Él, como judío que es, escribe su Evangelio para una comunidad judeocristiana y desea abrirles la mirada: el Mesías ha llegado y él es, realmente, el esperado de las gentes, no solamente el pastor de Israel.
Como cada pequeña comunidad que tiene que sobrevivir entre culturas agresivas, Israel, a lo largo de su misma historia, se encerró como una minoría acorazada, alérgica a lo extranjero, perdiendo el barniz primitivo y olvidándose de que era el pueblo que llevó a todos los pueblos el rostro del Dios misterioso que se mostró a Abraham y a los padres en la fe.
Y, cosa asombrosa, los primeros a acoger al Mesías son obviamente los judíos, pero los olvidados, los pobres: María, José, los pastores. El Dios que viene no es acogido por el potente partido de los saduceos, ni por el Sumo Sacerdote, o por los fariseos, los más devotos de los practicantes.
Y, cosa asombrosa, los extranjeros, los marginados, los que no eran del pueblo, los "perros" sí reconocen el rostro de Dios. Dios quiere revelarse a todos, quiere alcanzar a cada persona, a cada nación. La intención de Mateo, como os decía, es subrayar que Jesús ha venido para ser reconocido por todos los pueblos de la tierra, representados aquí por los misteriosos Magos de oriente.
Pero hay algo más: el gran Leví, el publicano, que llegó a ser evangelista del reino de Dios, logra sacar de su pluma algunos subrayados que os muestro.

Brujos y magos
Los Magos eran astrólogos orientales, probablemente ricos, ya que se podían permitir realizar sus aficiones y pasatiempos y salir de su tierra para seguir el acontecimiento cósmico del nacimiento de una estrella o de una conjunción astral.
 La teoría era sencilla: un acontecimiento sideral tenía que corresponderse con un acontecimiento terrenal. Así su viaje los lleva con naturalidad a buscar un rey en la cercana tierra de Palestina.

Y aquí encuentran al rey-pelele Herodes, tan cruel y cínico que podía vivir sujeto a Roma y construir por su parte un pequeño imperio en su corte. Herodes queda aturdido por la situación: ¿qué va a saber él de las viejas teorías de los creyentes de Israel? ¿El Mesías? ¿El nuevo David? ¡Pero si ahora el rey es él! ¡A qué vienen con estas historias!
Herodes se convierte de repente en devoto y busca una respuesta en quien conoce bien las escrituras. Los escribas le dan la respuesta exacta: el Mesías tiene que provenir de la casa de David y por lo tanto nacer en la ciudad de Belén, pocos kilómetros al sur de Jerusalén.
¿Qué pensamientos pasaron por la mente de los Magos? Entonces ¿no era un rey lo que buscaban? ¿Y qué era esa historia del mandato de Dios? La estrella reaparece y se alegran. Llegan a Belén y se postran ante la madre y el niño, ofreciendo sus regalos que eran, por lo menos, curiosos.

Además
Mateo está diciéndonos: “Si quieres descubrir de verdad la presencia de Dios, tienes que salir, aunque el motivo del viaje no sea la fe.”
Tengamos en cuenta que los Magos no son creyentes, simplemente buscan la verdad, una respuesta a sus teorías, siguen una estrella que los lleve a confirmar su búsqueda.
Eso sí: son honestos, se mojan, se dejan interpelar por ideas diferentes a las suyas (las Escrituras de Israel eran para ellos…. ¡chino!) y al final encuentran a Dios. Esos extraños orientales son la imagen de todos los hombres y mujeres que quieren descubrir el sentido de su vida, de tantos que han buscado las huellas de la verdad en el arte, en la historia, en el pensamiento, en la civilización y la cultura... Y que al final encontraron a Dios.
Es magnífico lo que afirma Mateo: una búsqueda honesta y dinámica de la verdad nos lleva hasta la gruta donde Dios nos desvela su tierno rostro de niño.
Herodes, los sacerdotes y los escribas no encontrarán nunca al Mesías. Herodes considera a Dios un adversario y un competidor: si hay Dios, éste le va a robar el puesto.
¡Cuánto Herodes hay por ahí suelto! Los que piensan que Dios es la negación del hombre y el cristianismo la muerte de la felicidad humana… La verdad es que, nosotros los cristianos, tenemos alguna responsabilidad en ello, pero este es otro tema, bastante triste por cierto…
¿Y los escribas? Turistas de lo sagrado, doctos conocedores de la Escritura, que – diríamos - van a Misa todos los domingos, o varias veces a la semana, rezan cada día y siguen un curso bíblico. Saben, conocen todo de Dios. De Jerusalén a Belén hay pocos kilómetros, pero no salen de su casa y no saben lo que pasa allí. Conocen Dios sobre el papel, en su mente iluminada, pero no en su corazón humano.

Ahí están
Ahí están ante de la gruta los buscadores de Dios y ¿qué le ofrecen...? Ofrecen al infante regalos poco habituales, tal vez forzados por el argumento teológico de Mateo, pero llenos de verdad y de asombro: le ofrecen oro porque reconocen en el niño al rey; el incienso porque reconocen en el niño la presencia de Dios;  y... la mirra, un regalo de pésimo gusto porque es el ungüento usado para embalsamar los cadáveres. El niño de Dios vive desde ya la contradicción de la muerte, del rechazo, de la entrega total de sí a los demás... hasta la muerte.
¿Y nosotros? ¿Tenemos gana de ser un poco Magos? Buscadores de Dios saliendo de nosotros y de nuestras seguridades para poder llegar a la intemperie donde Dios se manifiesta a todos los pueblos. Sólo quienes buscan el reino de Dios y su justicia, como los Magos, lo podrán acoger. ¡Pongámonos pues en camino!