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sábado, 17 de febrero de 2018

DOMINGO 1º DE CUARESMA (Ciclo B)


Primera lectura: Gen 9,8-15
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda lectura: 1Pe 3,18-22
Evangelio: Mc 1,12-15



¡Fuera las máscaras!
Quitémonos las máscaras. Primero las del Carnaval, que acabamos de celebrar, pero sobre todo las que siempre llevamos puestas.
Comenzamos la Cuaresma, el tiempo que cada año se nos da para volver a lo esencial, para volver a nosotros mismos, para conseguir que el alma aflore en nuestra vida, en definitiva… para encontrar Dios.
La verdad es que lo deseamos, pero también sabemos lo difícil que es conservar la fe, lo difícil que es hacer del evangelio la medida con qué juzgar nuestra vida, lo difícil que es mantenernos en intimidad con nosotros mismos.
Este tiempo, que busca ponernos en contacto con las cosas esenciales, nos prepara para la gran fiesta de la Pascua, y hemos de ponernos en guardia para que las muchas iniciativas propuestas por las parroquias y centros de culto no nos se nos hagan rutinarias y diluidas.
No se trata de quitarnos el disfraz que habitualmente llevamos en la vida de cada día, para vestir otro disfraz de penitente cuaresmal, pensando que así complacemos a Dios. El problema no es comer, o no comer, carne los viernes, o dar parte de mi dinero a las misiones, ni poner caras largas de mortificado, sino hacer más viva nuestra fe. Hacer de nuestra fe, de nuestra confianza en Jesús, una fuente viva que riegue hasta el último surco de nuestra vida.
Cómo Jesús fue al desierto para decidir cómo afrontar su misión, así nosotros entramos desierto cuaresmal para enfocar bien las opciones de vida que queremos hacer.
La verdad es que, leyendo el evangelio de Marcos, uno se queda bastante decepcionado: el evangelista resume las tentaciones de Jesús en sólo dos versículos, sin entrar en el detalle. Pero vamos aprendiendo a desconfiar de las aparentes simplificaciones de Marcos. Los matices que caracterizan su narración son un universo que tenemos que descubrir.

Espíritu
En primer lugar, es el Espíritu el que empuja a Jesús al desierto para satisfacer su deseo de verdad, de oración y de silencio. En otro fragmento de su evangelio, ya habíamos encontrado al Maestro, por la noche, solo, orando con el Padre. Ahora lo encontramos concentrándose en esa relación con Dios por un largo período de tiempo.
¿Por qué nosotros no tenemos también el ánimo y el deseo de aprender en el silencio, de descubrir lo que es una oración hecha de escucha de la Palabra de Dios? ¿Por qué no nos atrevemos, empujados por el Espíritu, a dedicar algún día al año a dejar aflorar nuestro espíritu y nuestra alma? ¡Ojalá tengamos el ánimo y el deseo de repetir, una y otra vez, a nuestro tibio cristianismo que el Espíritu es el que nos empuja hacia nuestra interioridad!

En segundo lugar, Jesús se queda en el desierto durante 40 días, tentado por Satanás.
No es éste un paréntesis en su vida: los cuarenta días hacen referencia al camino del éxodo (40 años), indicando así toda una generación, es decir toda una vida.
Jesús, durante toda su vida, quiso estar en contacto íntimo con Dios, en el desierto de su corazón. Jesús, durante toda su vida, combatió contra el maligno, contra Satanás.
Éste es el término que usa Marcos, entre los muchos que tenía a su disposición para elegir; en este caso no indica tanto la personificación del mal cuanto el espíritu maligno, el adversario, el causante de la división y los enfrentamientos. Es la parte oscura de la realidad que nos expone a una dura prueba continuamente.
El mal existe y actúa continuamente en nuestras vidas, llevándonos a la parálisis, al abandono y al aislamiento, o a la lepra, como decíamos el domingo pasado.
Somos libres porque Dios nos ha hecho así, y muchas veces cuesta elegir la parte luminosa de la realidad, aquella que proviene del Señor. Incluso a veces, nosotros tenemos la impresión de estar  siempre combatiendo contra el mal. Por eso, es consolador saber que también Jesús vivió así y, sobre todo, saber que venció y sigue venciendo al maligno.

Fieras y ángeles
También nos dice Marcos que las fieras y los ángeles servían a Jesús en el desierto. ¿Qué significa esto? Los exegetas dan dos explicaciones, vosotros elegiréis la que más os guste.
Una es que, quizás, Marcos piense que Jesús está creando una nueva realidad. El hombre que vive en armonía con la creación, con las bestias feroces, vuelve a reclamar el estado inicial de Adán. Es como decir: Jesús es el nuevo Adán.
Es también como decir que allí, en el desierto, Jesús encuentra la armonía primordial, y también nosotros podemos encontrar la energía inicial. ¿Qué otra cosa mejor se nos puede decir para que deseemos y nos apropiemos del silencio y de la oración que nos propone la Cuaresma?
Otra explicación es que, quizás, Marcos se refiera también a las fieras de la profecía de Daniel: en ella se hacía referencia a las grandes potencias extranjeras de la época. Aquí las fieras se referirían a los poderes contra los que Jesús tiene que vérselas (Roma, el Sanedrín, los fariseos) pero, también, a cualquier poder, de entonces y de ahora, que no reconozca la supremacía de Dios.
Nuestra vida es como un tejido: la trama la diseñamos nosotros, pero tiene que ser necesariamente entrelazada con la urdimbre. La sensación que tenemos de que nuestra vida no va a ninguna parte, tal vez deriva del hecho de que nos ilusionamos con entretejer un tejido sin ninguna urdimbre, en la que apoyar nuestras tramas y, claro, así no hay nada consistente y todo se nos va entre los dedos, como se va el agua en un cesto.
Los ángeles, en este caso, nos indican las muchas presencias que Jesús y nosotros, encontramos en nuestro recorrido de fe, y que nos vuelven a llevar a Dios. Un amigo, un cura, un acontecimiento, un libro… pueden convertirse en ángeles que nos ayudan a superar las tentaciones, a reconstruir la urdimbre del tejido de nuestra vida, haciéndola consistente.

Galilea
Marcos es el único evangelista que une el final del desierto con el principio de la predicación de Jesús en Galilea. Quiere esto decir que no vamos al desierto para quedarnos en él, que no estamos construyendo un mundo aparte e ideal para consolarnos en lo espiritual, escapando de la dura realidad, sino que después de superar la tentación del maligno, y después de volver a la armonía inicial, gracias a la ayuda de tantos “ángeles” que Dios nos pone en el camino, regresamos a nuestra Galilea particular, a nuestra vida concreta, para ser testigos creíbles, para realizar el Reino de Dios, con la ayuda del Señor.

Que tengamos una buena Cuaresma los que queremos ser seguidores de Jesús, el Maestro. Dejemos que el Espíritu nos empuje al desierto con él.