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sábado, 24 de diciembre de 2016

NATIVIDAD DEL SEÑOR (A)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18

Luz y tinieblas

Otra vez la Navidad. Otra vez aquí todos reunidos para celebrarla.
Llenos de luz, como debería ser, como Dios quiere que sea. Y también llenos de nada, como corre el riesgo de convertirse una fiesta sin festejado, buena sólo para suscitar dulzonas emociones y una forma de vender productos de todo tipo.
Llenos de angustia como los muchos que viven la Navidad como una maldición que acabar cuanto antes y que no son alcanzados por ningún ángel que los conduzca a visitar aquel establo.
Sin embargo, en todo ello, la luz de Dios invade todos los rincones, calma todo y convierte el corazón de quien se deja asombrar, sorprender, aturdir y conmover.
¿Quién podría, jamás, haber inventado un absurdo semejante?
¿Quién jamás podría haber hecho creer la más increíble de las noticias?
Debe ser verdadera la Navidad, porque sólo Dios podía semejante cosa. Debe ser verdadera, porque es algo de locos imaginar una cosa semejante.
La noticia de un Dios que se hace hombre. Qué se hace accesible y topadizo, que se hace carne y sangre, ternura y calor, fragilidad y compasión.
Una persona con sentimientos, que siente cansancio, emociones, hambre y sed, calor y frío.
Ahora ya no hay una un confín que separa lo humano y lo divino. Ahora Él, el Señor, está aquí.

¿Por qué?
¿Por qué lo ha hecho? ¿Qué sentido tiene? ¿Para qué Dios tendría que abandonar su perfección para venir a conocer nuestra miseria?
La respuesta es: Para vosotros ha nacido un Salvador.
Son los pastores, los últimos, los perdedores, los derrotados del tiempo de Jesús son los que tienen el honor de ser dignos de la explicación del ángel.
Dios se ha hecho hombre porque nos quiere. Y cuanto más frágiles y torpes somos, cuanto más hemos conocido la miseria y la desesperación, como los pastores, más nos quiere el Señor. No en virtud de nuestros méritos, sino en proporción a nuestras necesidades.
Dios se ha hecho hombre para salvarnos, para conducirnos a salvación que es la plenitud de la vida. Para llevar a cabo aquel anhelo inquebrantable que él ha puesto en lo hondo de nuestro corazón. Una voz íntima, absoluta, que ni el caos desbordante, en el que a duras penas sobrevivimos, logra callar.
Dios se ha hecho hombre para decir a cada persona que nuestro barro está amasado con la chispa divina. Qué, desde ahora y para siempre, lo humano y lo l divino conviven en un mismo cuerpo. En el cuerpo de un recién nacido.

sábado, 17 de diciembre de 2016

DOMINGO 4º DE ADVIENTO (Ciclo A)

Primera Lectura: Is 7,10-14
Salmo Responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Rom 1,1-7
Evangelio: Mt 1, 18-24

Acoge la Navidad quien tiene despierta dentro de sí la esperanza de ser acogido por Dios. Profetas como Juan nos invitan a prepararnos a acoger a un Dios que abrasa. Como María, nuestra vida puede convertirse en la puerta de entrada de Dios en el mundo.
No, no estamos aquí para simular que Jesús nace. El Señor ha nacido, ha muerto y ha resucitado. Lo proclamamos Dios y Señor de la Historia. Aunque, como a Juan el Profeta, podemos estar atravesados por la duda más desoladora: ¿eres de verdad tú, Señor, o tenemos que esperar a otro?
Éste es el desafío del Adviento, de este adviento hoy: hacer espacio en nosotros para que la luz de Dios pueda resplandecer con toda su fuerza.
Como le pasó a José, el más desdichado de los santos.

José, el novio desdichado
Lo que os voy a decir puede parecer irreverente, lo sé, pero veréis. En resumidas cuentas, José es un pobre hombre al que Dios le ha soplado la chica. Y hoy, en el último domingo de Adviento, nos viene propuesto como modelo.
Muchos de vosotros, durante esta semana, os habéis podido identificar con Juan, el profeta dubitativo: si “el hombre más grande nacido de mujer” ha tenido dudas, también puede ser que yo las tenga.
Hoy la liturgia se atreve a ir más allá: el patrono de la Iglesia, el padre de Jesús, el novio de María ha sido un hombre que tuvo que cambiar radicalmente su vida, una persona que se encontró con apuros hasta el cuello. Y no salió de ellos jamás.
No está dicho que el encuentro con Dios te allane la vida al son de angelitos danzantes. Y si no, preguntádselo a José.

domingo, 11 de diciembre de 2016

DOMINGO 3º DE ADVIENTO (Ciclo A)

“Alegraos, siempre en el Señor; os lo repito, estad alegres.
El Señor está cerca." (Flp 4, 4-5)


Primera Lectura: Is 35,1-6a. 8a. 10
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: Sant 5, 7-10
Evangelio: Mt 11, 2-11

Podemos celebrar un montón de navidades sin que Dios nazca jamás en nuestros corazones. Por eso necesitamos preparamos en la celebración de este breve tiempo de Adviento.
Estamos aquí, en este domingo, para ser arrancados del torbellino de la cotidianidad, para hacer como María y vivir en la escucha, para reconocer a los muchos profetas que están a nuestro alrededor y nos señalan a Cristo.
La fingida Navidad que se recorre en nuestras fiestas muestra su vaciedad: las iluminaciones adornan la ciudad, los escaparates se llenan de seductores (y a menudo inasequibles) regalos, el Niño Jesús está ya definitivamente olvidado en nombre de una equivocada visión de lo que significa el respeto a las otras creencias.
No es raro encontrar, en las revistas de estas fechas, páginas que explican los símbolos de la Navidad: la razón de la fecha, el árbol, los regalos. ¡Pero casi nunca se menciona a Jesús, el de Nazaret, que es precisamente el que nace!
En contrapartida, el ambiente está pesado. La crisis continúa, a pesar de los buenos deseos, y sigue sin ofrecer perspectivas fiables; las jugadas políticas y diplomáticas siguen llenas de palabras mientras hermanos nuestros que quieren alcanzar “la tierra prometida del desarrollo”, siguen muriendo en el Mediterráneo, o acuchillados por las “concertinas” en las alambradas del norte de África; el escenario político es inquietante, la mayor parte de la gente hace pactos familiares pidiendo que no se hagan regalos para no tener que corresponderlos y así no tener que tirar por la ventana la preciosa paga extra.
¿Después de dos mil años de nacimientos, no tenéis la impresión de que poco o nada ha cambiado? Dios ha venido, vale, ¿y qué…?



miércoles, 7 de diciembre de 2016

INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA (8 de diciembre)


Primera Lectura: Gen 3,9-15.20
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Ef 1,3-6.11-12
Evangelio: Lc 1, 26-38

En pleno tiempo de Adviento la Iglesia nos presenta la fiesta litúrgica de la Inmaculada Concepción de María. No se pretende hacer un paréntesis litúrgico, sino más bien contemplar a uno de los personajes clave de este tiempo, que está en el interior de nuestro camino de fe: María, la madre de Jesús.
          Muy pronto las iglesias primitivas entendieron que María desarrolló un papel importante en todo el diseño salvador de Dios y por eso la admiraron con amor, y trataron de imitar sus virtudes. Las pocas referencias a ella que encontramos en los evangelios, nos hacen entender que la figura de María y su presencia animaron sin afanes ni protagonismos la espiritualidad de los primeros cristianos. Lo mismo habría que decir de los cristianos de las generaciones posteriores, de los padres de la Iglesia, y de todos los cristianos que la contemplan a lo largo del tiempo no sólo como la madre del Verbo hecho carne, sino como madre de todos los creyentes. Muchos títulos e invocaciones han sido dados a María durante la historia cristiana. Es obvio que la madre del Salvador hubiera recibido de Dios algunos regalos y algunas gracias, no por justo mérito, sino en virtud del favor y de la gratuidad divina. María emerge de las narraciones de Lucas y de los otros evangelistas como una chica de gran equilibrio, con una experiencia de vida que se parece a la nuestra. Por eso es el modelo de cada cristiano.

            María del Adviento
            En este tiempo de Adviento tenemos la necesidad de despertarnos, porque tenemos el peligro de vivir un poco "dormidos", fuera de la verdadera vida; todos atareados en encontrar espacios para descansar, olvidando lo esencial. También María, joven creyente, se encuentra en el trajín familiar: el trabajo hogareño de aquel tiempo, las amistades, el tiempo libre.... Y es en este contexto ordinario cuando ocurre lo inaudito: a María se le pide convertirse en la puerta de entrada de Dios en el mundo. ¿Fácil, no? Y si nos hubiera sucedido a nosotros, si Dios nos hubiera dicho: “Oye, necesito que me eches una mano para salvar el mundo”, ¿qué hubiéramos contestado? María titubea, se agobia: ¿cómo es posible todo esto? ¡Pero el ángel le recuerda que no hay que poner obstáculos a Dios porque él sabe lo que hace! Y María cree, confía en el Señor. 

domingo, 4 de diciembre de 2016

DOMINGO 2º DE ADVIENTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 11, 1-10
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Rom 15, 4-9
Evangelio: Mt 3, 1-12


Profetas y profecías
Todavía tenemos necesidad de profetas, y numerosos profetas habitan en nuestras ciudades grises. Personas con apariencia normal y que hasta saben hablar en nombre de Dios, saben leer el presente a la luz de la fe. Porque el profeta no predice el futuro (ese es el adivino) sino que nos ayuda a entender el presente. ¡Y sólo Dios sabe cuántos profetas necesitamos para lograr descubrir un recorrido de fe en la pesada vida cotidiana!
En las lecturas de hoy nos encontramos con dos profetas. Dos gigantes de la fe, dos pilares de la espiritualidad, dos servidores de la Palabra. Juan, el rudo, e Isaías, el seductor. Así de diferentes son en su modo de profetizar, así son de auténticos y actuales.
- Isaías habla a un pueblo que tiene que vérselas con sus agresivos vecinos:  egipcios, asirios y, muy pronto, aparecerán los babilonios en la escena internacional del momento. Un pueblo asustado por lo que está ocurriendo, por los grandes proyectos de los poderosos, un pueblo pequeño que se siente como tiestos de barro entre macetas de hierro.
En esa situación Isaías canta, sueña y diseña un mundo sin armas. Un mundo en el que el violento juega con el recién nacido. Un juego en el que los instintos más malvados se hacen servidores de la vida y de la verdad.
¡Qué Isaías más iluso!
- El otro es Juan. Un Juan al que el evangelista Mateo dibuja seco, incisivo e invasivo como el desierto que lo ha consumido. Eficaz y cáustico como sólo los profetas saben ser.
Juan pide conversión, exige acción y solicita decidirse por opciones concretas. Porque el cambio lo debemos realizar aquí y ahora, sin acomodarnos a nuestras pequeñas o grandes convicciones. Tenemos que apurarnos para no ser arrollados, barridos y destrozados.
Pero Dios no sólo está con quien simplemente espera, sino también con quien colabora en la construcción de su Reino. Porque, como dice san Agustín, Dios quiere que lo que es un regalo suyo se convierta en conquista nuestra.

Dos estilos
Son dos estilos de vivir la fe, dos modos de articularla, que sólo son antípodas en apariencia. Isaías espera el Reino de Dios desde lo alto. Juan Bautista se afana en realizarlo desde abajo.
Así de diferentes son los modos de vivir la fe, de construir la Iglesia y de experimentar la vida interior. Así de diferentes son las sensibilidades de cada uno de nosotros. Hay quien mira para arriba y quien, primero, mira para abajo. Son modos de ser que no se contraponen, sino que se complementan.
Así son muchos de los modos de leer la realidad que estamos viviendo. Algunos confían en el milagro divino, otros invocan fuego y llamas desde el cielo, acciones y pronunciamientos.
Así es la profecía, dulce y amarga, tierna y decidida, de ensueño esperanzado y de perentoria irrupción. Así es nuestra fe.

sábado, 26 de noviembre de 2016

DOMINGO 1º DE ADVIENTO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 2, 1-5
Salmo responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Rom 13, 11-14
Evangelio: Mt 24, 37-44

Vuelve el Adviento, comienza el nuevo año litúrgico, el camino para prepararse y esperar la Navidad, para convertir el corazón a la buena noticia de un Dios que viene a comprometerse con nosotros. Eso significa que estaremos dentro de un mes nuevamente a la mesa abriendo regalos y dándonos felicidades. Al menos quien tenga alguien con quien sentarse y cuatro cuartos para comprar un regalo.
Si miramos alrededor, nos vemos desorientados, como quién, después de una larga noche de batalla, ve el resplandor de la aurora en el oriente. Estamos demasiado cansados para alegrarnos. Hay demasiadas heridas para curar. Demasiada hemorragia de esperanza como para tomar en serio las invitaciones a la alegría, tan poco convencidas, que empezamos a ver en televisión. Llega la Navidad y nosotros aquí en pleno campo de batalla.
El Adviento es el único instrumento posible que tenemos para resistir y sobrevivir a ese otro nacimiento consumista y comercial. Necesitamos pararnos, al menos algún minuto, y mirar adónde estamos yendo, necesitamos encontrar una cuerda en la que colgar, como en una colada, todas nuestras vicisitudes. Hoy empieza el Adviento: sinceramente, lo necesitamos.

Anhelos
Son cuatro las semanas que nos preparan de la Navidad, un espacio de salvación que se nos da para tomar conciencia de nuestra vida. Un mes para preparar una cuna a Dios, aunque sea en un establo. No estamos aquí para hacer un simulacro del nacimiento de Jesús, porque él ya ha nacido en la historia y volverá en gloria. Ahora se trata de que Jesús nazca en mí, aquí y ahora. Ya.
En medio de la crisis de un mundo en descomposición, en medio de los miles de líos que tenemos que afrontar cada día, arrancando con uñas y dientes un tiempo para vivir en serio.
Como cristianos hemos de cuidar cada vez más que nuestro modo de vivir la esperanza no nos lleve a la indiferencia o al olvido de los pobres. No podemos aislarnos en la religión para no oír el clamor de los que mueren diariamente de hambre, o en la fosa común del Mediterráneo huyendo de la violencia y de la tragedia humana de sus países. No nos está permitido alimentar nuestra ilusión de devota inocencia para defender nuestra tranquilidad de conciencia. Cuando el Papa Francisco reclama “una Iglesia más pobre y de los pobres”, nos está gritando su mensaje más importante a los cristianos de los países del bienestar.
Como cristianos queremos prepararnos, necesitamos entender cómo podemos encontrar al Dios que se ha hecho accesible, que se ha vuelto topadizo, que se ha puesto rostro en Jesús. Queremos poder ver a este Dios entregado, rendido, patente y escondido en las miradas y los rostros de tantos recién nacidos.
Ciertamente son pocas cuatro semanas para conseguirlo. Pero podemos intentarlo una vez más. Porque podemos celebrar cientos de navidades sin que Dios nazca jamás en nuestros corazones alguna vez.

Uno llevado, otro dejado
Jesús en el Evangelio cita los acontecimientos simbólicos de Noé y nos dice que alrededor de él había un montón de buena gente que fue arrastrada por el diluvio sin tan siquiera enterarse. Por eso, nos invita a velar, a estar despiertos. Es lo mismo que hace Pablo, exhortando a los romanos: hace falta despertarse, espabilarse y actuar. Vestir las armas de la luz.

domingo, 20 de noviembre de 2016

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (Ciclo C)

Primera lectura: 2 Sam 5, 1-3
Salmo Responsorial: Salmo 121
Segunda lectura: Col 1, 12-20
Evangelio: Lc 23, 35-43

Éste es el último domingo del año litúrgico, el próximo domingo comenzamos ya con la celebración del Adviento. Pero hoy celebramos la verdadera locura del cristianismo que, si se tomara en serio, nos haría ponernos de rodillas a todos para adorar la infinita grandeza de Dios.
Hoy celebramos la realeza de Cristo o, como describe pomposamente la rúbrica del Misal, la Solemnidad de Jesucristo Rey del universo.
Las instituciones humanas se tambalean. El domingo pasado, la constatación de las ansiedades y las angustias de nuestro tiempo, nos oprimía el corazón a todos, más o menos creyentes; por eso no nos disgustaría un bonito desenlace de la historia, con la llegada de los nuestros, del “séptimo de caballería” como en las películas del oeste de los años sesenta. ¡Ya era hora! ¡Por fin! ¡Nos faltaba algo así! Cristo Rey… ¿Pero de dónde es rey este Jesús?

Mirar más allá
Las razones para desanimarse no faltan, y la frágil historia hecha de armas y de violencia, sigue dictando su ley. No han cambiado mucho las cosas en estos dos mil años de cristianismo, el Reino de Dios parece ser un bonito proyecto que ha quedado sobre el papel, una inspiración espiritual de algún soñador.
La fiesta de hoy, en cambio, es una provocación a nuestra fe tibia fe, que desafía nuestra frágil cultura actual, nuestro cristianismo miope hecho de pequeños proyectos.
Que Cristo es rey, quiere decir que Él tendrá la última palabra sobre toda la historia, sobre cada historia y sobre mi historia personal. Decir que Cristo es rey, significa no rendirse a lo que parece una evidente derrota de Dios y del hombre, creer que el mundo no se está precipitando en el caos, sino en el abrazo tierno y fecundo del Padre. Decir que Cristo es rey, significa crear espacios de presencia del Reino allí donde estemos viviendo nuestra vocación a la vida, crear pequeños espacios que digan, como una publicidad, a los extraviados de corazón: ¡¡Eh, que Dios os quiere!!
Hoy es la fiesta en la que la comunidad cristiana mira adelante, más allá, dentro y fuera de nuestros límites y de nuestros esfuerzos, porque la medida para juzgar si somos Iglesia es siempre la realización, o no, del Reino de Dios.

Un rey extravagante
La realeza de Jesús es una majestad que contradice nuestra visión de Dios. Porque este Dios es el más derrotado de todos los derrotados, más frágil que cualquier fragilidad. Un rey sin trono y sin cetro, colgado desnudo en una cruz, un rey que necesita un cartel – INRI- para ser identificado. “Mi reino no es de este mundo”.

domingo, 13 de noviembre de 2016

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera lectura: Mal 3, 19-20
Salmo responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: 2 Tes 3, 7-12
Evangelio: Lc 21, 5-19

La finalidad de la Palabra de Dios que acabamos de escuchar no es describir el futuro, sino darnos como creyentes fuerza y coraje para que podamos vivir con autenticidad el seguimiento de Jesús, en medio de las pruebas y dificultades, reconociendo el valor del tiempo presente.
Está claro que las cosas no van bien, lo sabemos de sobra. Los acontecimientos del mundo nos inquietan. La tragedia diaria e imparable de los emigrantes en todo el Mediterráneo (ya van 4.000 muertos en este año); la situación en Siria que es una catástrofe; la violencia fanática del Califato de Isis;  las olvidadas guerras en África que se eternizan, mientras Europa mira para otra parte; la economía que no termina de activarse; la mala política que hace huir de su entorno a las personas normales y honradas; los terremotos en los Apeninos, el hambre de Venezuela; un mundo occidental que se jacta de haber rescatado, en nombre de la libertad, cualquier forma de suicidio u homicidio: la muerte dulce, el suicidio asistido, la supresión de enfermos mentales.
Y no hablemos de las situaciones personales. Cada día, en el acompañamiento personal, en el confesonario, o por correo, me llegan muchas de ellas dolorosas, a las que a veces no sé cómo responder, pero que siempre llevo a mi oración de creyente. Confío al Señor a quien ha perdido a sus hijos o hermanos en la flor de la vida, o todavía creciendo; a quien sufre la ansiedad por un hijo con una enfermedad que nadie logra diagnosticar; el desaliento de quien estando perdidamente enamorado ve que ese amor se le escurre entre los dedos hasta dar al traste con su matrimonio, sin poder hacer nada… Vosotros mismo podéis ir añadiendo a la lista otras tantas situaciones.

Se acabó el tiempo
En este penúltimo domingo del año litúrgico, el evangelista Lucas se dirige a su comunidad y a nosotros hablando de los últimos tiempos, que ya han comenzado con la resurrección de Jesucristo. No nos habla del final del mundo sino de la meta. No nos habla de una explosión destructora del cosmos sino de del sentido último de la historia.

Homilía en la Eucaristía de Clausura de la Congregación General 36 - Iglesia de San Ignacio




Al final de una fuerte experiencia de discernimiento suele aparecer en nosotros un sentimiento de vértigo frente a lo que va a venir después. Sentimos la dificultad de hacer vida la elección realizada, de convertirnos al modo de proceder que exprese la decisión que hemos tomado siguiendo el soplo del Espíritu Santo.
Los Ejercicios Espirituales de san Ignacio presentan como transición a la vida cotidiana la “contemplación para alcanzar amor”. Una contemplación en la que resuena con fuerza la primera carta del apóstol san Juan que acabamos de escuchar. Dios quiere darse a conocer como Aquel que es Amor. Por eso se hace presente en la humanidad enviando a su Hijo, gesto de amor que nos da vida, la única vida verdadera a la que nosotros aspiramos. Dios Padre pone en práctica las dos observaciones que nos hace san Ignacio al comienzo de la contemplación: “el amor se debe poner más en las obras que en las palabras” y “el amor consiste en comunicación de las dos partes”, en la que cada uno da todo lo que tiene y es. El Señor se ha entregado totalmente, hasta la muerte en cruz, y está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo, porque nos ha dado su Espíritu. San Ignacio nos invita a pedir el reconocimiento de tanto bien recibido como motor para que también nosotros nos entreguemos enteramente para en todo amar y servir a su divina Majestad.
            Esta es la frase que ha guiado nuestras sesiones en el aula de la Congregación. Cristo en cruz ha estado presente en nuestras tareas para llevar nuestro discernimiento más
allá de nuestros razonamientos, de nuestros gustos o malestares, para llegar a la consolación que proviene de estar en sintonía con la voluntad del Padre. Jesús, en la víspera de su pasión, se acercó al monte los Olivos y luchaba en su oración incluso hasta sudar “como gotas espesas de sangre” para aceptar las consecuencias de su misión, bastante alejadas de lo que le gustaba o con las que pudiera estar de acuerdo. Nosotros también nos quedamos impactados por los testimonios de nuestros hermanos en situaciones de guerra y así, nos sentimos empujados por el amor para decir juntos: “Tomad, Señor, y recibid, toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis; a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta”.
            También en esta Congregación General hemos vivido de nuevo esta experiencia del amor de Dios que se hace presente de modos tan distintos en nuestra vida personal y en nuestro cuerpo de compañeros de Jesús. Una vez más nos ha sorprendido la abundancia, la variedad y la profundidad de sus dones. Todo lo que hemos experimentado ha sido gracia, don gratuito y sorprendente. 
           El proceso de discernimiento de la Compañía reunida en Congregación General nos pone ante el reto de convertirnos en ministros de la reconciliación en un mundo que no se ha detenido durante nuestras deliberaciones. Las heridas de las guerras siguen ahondándose, los flujos de refugiados crecen, los sufrimientos de los migrantes nos golpean cada vez más, el Mediterráneo se ha tragado decenas de personas en estos dos meses que nosotros hemos pasado juntos. Las desigualdades entre los pueblos y dentro de las naciones son el signo del mundo que desprecia a la humanidad. La política, ese “arte” de negociar para poner el bien común por encima de los intereses particulares sigue debilitándose ante nuestros ojos. Los intereses particulares, de hecho, enmascarados bajo capa de nacionalismos, eligen gobernantes y toman decisiones que detienen los procesos de integración y el actuar como ciudadanos del mundo. La política no consigue convertirse en el modo humano de tomar decisiones razonables cuando renuncia a invocar la imposición de los poderosos. El deseo profundo de las madres y de los niños de todos los rincones del mundo de poder vivir una vida en paz, con relaciones fundadas en la justicia, parece alejarse en medio de conflictos y guerras por motivos opuestos al amor que nos puede hacer vivir.
            Nuestro discernimiento nos lleva a ver este mundo con los ojos de los pobres y a colaborar con ellos para hacer crecer la vida verdadera. Nos invita a ir a las periferias y a intentar comprender cómo afrontar globalmente la integralidad de la crisis que impide las condiciones mínimas de vida a la mayoría de la humanidad y pone en riesgo la vida sobre el planeta Tierra, para abrir espacio a la Buena Nueva. Nuestro apostolado es, por lo tanto, necesariamente intelectual. Los ojos misericordiosos que hemos adquirido al identificarnos con Cristo en cruz nos permiten afrontar la comprensión de todo lo que oprime a los hombres y mujeres de nuestro mundo. Los signos que acompañan nuestro anuncio del Evangelio son los que corresponden a expulsar los demonios de las falsas comprensiones de la realidad. Por eso aprendemos lenguas nuevas para comprender la vida de los distintos pueblos y a compartir la Buena Nueva de la salvación para todos. Si abrimos nuestro corazón a la acción del Espíritu Santo y nuestras mentes a la verdad del amor de Dios no beberemos el veneno de las ideologías que justifican la opresión, la violencia entre los seres humanos y la explotación irracional de las reservas naturales. Nuestra fe en Cristo muerto y resucitado nos permitirá contribuir, con tantos otros hombres y mujeres de
buena voluntad, a imponer las manos sobre este mundo enfermo y colaborar en su curación.
            Vayamos, pues, a predicar el Evangelio por todas partes, consolados por la experiencia del amor de Dios que nos ha puesto juntos como compañeros de Jesús. Como a los primeros Padres, el Señor nos ha sido propicio en Roma, y nos envía a todos los lugares del mundo y a todas las culturas humanas. Vayamos confiados porque Él trabaja a nuestro lado y confirma con signos inéditos nuestra vida y misión.


Arturo Sosa, S.I.
12 de noviembre de 2016

domingo, 6 de noviembre de 2016

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura:  2 Mac 7, 1 -2. 9-14
Salmo responsorial: Salmo 16
Segunda lectura:  2 Tes 2, 16 - 3, 5
Evangelio:  Lc 20, 27-38
   
El levirato era una norma mosaica difícil de entender desde nuestra sensibilidad contemporánea. El sentido de pertenencia al clan familiar era tan fuerte en Israel, que un cuñado tenía que dar un hijo a la viuda del propio hermano, si éste moría sin dejar descendencia. El hijo nacido de esa unión habría de tomar el nombre del difunto, garantizando así una descendencia a la familia. Esta norma, todavía practicada en entornos ultra ortodoxos en Israel, da a los saduceos la ocasión de poner en dificultad a Jesús.
La ocasión nace de una discusión entre Jesús y los saduceos. (¡Dichosas discusiones en las que, hoy como entonces, se trata de engolar la voz para escuchar el propio ego mientras se habla y se presume de cultura, sin implicarse realmente en lo que se discute!)
Los saduceos, a diferencia de los fariseos, representaban el ala aristocrática y conservadora de Israel; consideraban la doctrina de la resurrección de los muertos una inútil añadidura a la doctrina de Moisés, que había crecido lentamente en la reflexión del pueblo y formulada definitivamente sólo en tiempo de la revuelta de los Macabeos, de la que se habla en la primera lectura.
Así, entrecruzando la teoría no compartida de la resurrección con la costumbre del levirato, le proponen a Jesús un caso paradójico: la famosa historia de la viuda "matamaridos."

La viuda matamaridos
El caso es ridículo: una mujer queda viuda siete veces, y es dada en matrimonio a siete hermanos, (¡parece el título de un musical!) pero no consigue descendencia; ¿una vez resucitada, de quién será mujer?
Jesús desvía la cuestión a otro plano e invita al auditorio a no poner la mirada en una visión que proyecta en el más allá de la muerte, las ansiedades y las esperas de la vida terrenal.
Jesús propone una nueva dimensión: la resurrección, en la que Jesús cree, que no es la continuación de las relaciones terrenales sino una nueva dimensión, una plenitud iniciada y nunca concluida, que no destruye los cariños. No se trata de una reencarnación, hoy tan de moda. Somos únicos ante de Dios, no somos reciclables, y la vida no es un castigo del que huir, sino una oportunidad para reconocernos y crecer siempre más, una oportunidad que nos empuja a tener la confianza puesta en un Dios dinámico y vivo, no embalsamado. En el reino definitivo de Dios nos reconoceremos, pero seremos todos en el Todo.

¿Hallowen? No, gracias
Acabamos de celebrar la memoria de nuestros queridos difuntos, entremezclada con la espléndida y alegre Solemnidad de Todos los Santos.
Nuestro tiempo tiende a olvidar y a banalizar la muerte: cada día son mostradas decenas de muertos, verdaderos o simulados, en las pantallas de TV; en realidad, sólo reflexionamos sobre la muerte cuando nos toca el pellejo.
La tradición de Hallowen, desembarcada prepotentemente en Europa y convertida -obviamente- en un excelente negocio, es una tradición anterior a la cristiandad y que el cristianismo ha “bautizado”, haciendo coincidir la fiesta celta del fin del verano – el Samain -, con la reflexión sobre el fin de la vida. El éxito de todo esto revela que nuestra catequesis y predicación sobre la muerte y la resurrección resultan inadecuadas a nuestro tiempo y pobre en lenguajes significativos y comprensibles.

domingo, 30 de octubre de 2016

DOMINGO 31º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera lectura: Sab 11,22- 12,2
Salmo responsorial: Salmo144
Segunda lectura: 2 Tes1,11 - 2,2
Evangelio: Lc 19, 1-10

Hoy día es difícil hablar del pecado; difícil y embarazoso.  
Estamos suspendidos entre dos actitudes fruto de nuestro inconsciente y de nuestra cultura. Por una parte, provenimos de un pasado que tuvo muy presente hasta la saciedad lo que era pecado. Hasta el punto de que la ley de Dios y la de los hombres se iban mezclando y confundiendo poco a poco, haciendo olvidar lo esencial.
Muchas personas que vivieron toda su vida muy atentas a no pecar obedecieron a una moral común, más que al evangelio, eran pecadores porque era muy fácil serlo en un mundo hipercrítico y controlador. Se dice que tampoco la Iglesia ayudó mucho a hacer crecer a las personas en aquella situación, no lo sé, si fue exactamente así, pero es posible.
¡Hoy, en cambio, vivimos un tiempo en el que parece que se ha abolido el pecado por decreto: la moral común se reduce a la mínima expresión; lo que es justo y lo que no, aunque sea equivocado, lo decide la mayoría; la conciencia, si existe, se tiene que adecuar al entorno, ¡faltaría más! Vivimos un tiempo rodeados de gente muy severa e intransige con los “otros” – con los políticos a la cabeza- pero siempre bastante blandos al valorar nuestras pequeñas certezas y razones: (¡que le levante la mano quién no haya tenido nunca una excusa lista cuando le han atizado una multa!). La Iglesia, últimamente, también ha acabado en el punto de mira: es fea, sucia y mala; y todos sus miembros también, nadie está excluido de ser sospechoso por ser creyente. En fin, un buen avispero. Pero tranquilos que todavía lo hay peor.

El interior
Lo peor está en el interior, en el inconsciente, en la parte profunda que sólo conocemos desde algo más de un siglo, gracias a la intuición de un simpático estudioso de la parte escondida, un tal Freud. Desde entonces se ha caminado mucho y hemos entendido lo mucho que influyen la educación, la cultura, lo que los otros se esperan de nosotros.
Algunas personas logran -y se logra fácilmente- hacerse una gruesa costra y arrasan con todo y con todos. Otros, más débiles, viven llenos de miedo y con sentido de culpa.
En medio de todo esto es difícil que Dios nos pueda decir algo, es difícil crear esa sutil armonía que nos acerca a Dios tomando conciencia de nuestro límite, es difícil reconocer y superar los sentimientos de culpa, y es pesado ir reduciendo la parte oscura de cada uno de nosotros.
Pero hoy, hermanos, la Palabra de Dios viene en nuestra ayuda.

La paciencia de Dios
Dios no quiere el pecado, ni siquiera lo conoce, no lo concibe.
El pecado es el no-yo, la no-persona, la parte tenebrosa que acaba por prevalecer, el pequeño ogro que nace junto a nosotros y que nos acompaña toda la vida.
En hebreo la palabra “pecado” significa “errar el tiro”, como hace un arquero inexperto. Así ocurre y nosotros, todos, venga a decir infantilmente que el blanco está demasiado lejos, que el arco está flojo, que alguien nos ha distraído en el momento de disparar. Dios, en cambio, nos trata como adultos, tiene paciencia con nosotros y nos ama.
Olvidaros, hermanos, de la idea raquítica y demoníaca de un Dios severo sediento de sangre, que juzga duramente sus criaturas: no es así, Él ama a todos los seres y no aborrece nada de lo que ha hecho, soporta el pecado. Como dice la espléndida primera lectura que hemos escuchado: ¿Cómo subsistiría algo, si tú no lo quisieras? Dios nos ama así porque piensa que podemos conseguir la conversión y la vida.
Nosotros nos obstinamos en ser pollos, mientras Dios, en cambio, nos ve como halcones que vuelan alto.