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“Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo servirás" |
Primera Lectura: Dt 26, 4-10
Salmo Responsorial: Salmo 90
Segunda Lectura: Rom 10, 8-13
Evangelio: Lc 4, 1-13
Aquí
estamos de nuevo empezando la Cuaresma. Cuarenta días, algo más de un 10% del
tiempo que viviremos en el año.
Cuarenta
días, como cuarenta fueron los años que los hebreos sirvieron a un pueblo como esclavos
hasta descubrirse como hijos. Cuarenta fueron los días que el Jesús de Nazaret quiso
vivir en el desierto antes de iniciar su misión y decidir qué tipo de Mesías quería
llegar a ser.
Quitémonos
las máscaras: las de Carnaval y las que la vida nos ha ido colocando encima,
las que los otros nos han puesto, o aquellos detrás de las que nos refugiamos
por miedo a las opciones que hemos de tomar. Ante Dios, al menos ante él,
podemos quedar desnudos sin sentir vergüenza.
Jesús
es empujado al desierto por el Espíritu Santo: ya han pasado sus años de vida
corriente, el silencio ensordecedor de Nazaret. Ahora ya está listo para hablar
a Dios.
Libre para elegir
Jesús
solidario con el hombre quiere recorrer el camino de Israel, experimenta el hambre,
se deja envolver por el silencio aturdidor del desierto, se deja invadir por la
luz cegadora del sol que refleja los colores de las descarnadas rocas del desierto
de Judá. Jesús quiere elegir el modo de anunciar la Palabra, el modo de desvelar
el misterio de Dios. El conocimiento que Jesús tiene de Dios es absoluto: él es
el Verbo de Dios. Pero, en cuanto hombre, él quiere poder elegir, elaborar un
plan pastoral, buscar en el silencio una respuesta.
Dios,
hecho hombre, sabe ahora del olor de la resina y del cansancio de un día de
trabajo. Como sabe que el hombre es frágil, vacilante, ridículo, huraño: ¿cómo
ayudarlo a superar la fea imagen que se ha hecho de Dios?
Jesús
entra en el silencio del desierto para decidir qué tipo de Mesías quiere ser.
Nosotros entramos en el desierto de la Cuaresma para preguntarnos si la persona
que somos es lo que hubiéramos querido llegar a ser y, sobre todo, si se parece
a la magnífica persona, que Dios lleva en su corazón.
Tentaciones
Jesús
tiene ante sí un camino real, consolidado, preparado por los profetas, amasado
en el corazón de un pueblo esclavizado y oprimido durante siglos por potencias
extranjeras: el camino del Mesías victorioso. Un Mesías vigoroso, político,
decidido, caudillo.
La
gente siempre espera a alguien que soluciones mágicamente los problemas, que
castigue a los malvados (que siempre son los otros, claro), y que restablezca
un bonito gobierno como el del rey David, y si es sin impuestos, mejor.
Pero
el demonio llega. Y llega mucho más persuasivo y fascinador que todas las grotescas
representaciones que de él hemos hecho. Su propuesta es sencilla, razonable, lógica.
¿Quieres
ser el Mesías? ¡Magnífico! Pero sin exagerar: fíate de un entrenador personal, cuida
la imagen; si no haces algo extraordinario nadie se va a dar cuenta.
¿Quieres
ser el Mesías? ¡Genial! Te tocará contactar con políticos y sacerdotes, razonar
con ellos, porque algún compromiso será necesario, algún apaño: es lo normal.
¿Quieres
ser el Mesías? ¡Estupendo! ¡Haz algún bonito milagro, Jesús, alguna imagen de
la Virgen que llore sangre, haz alguna señal prodigiosa y verás cómo las multitudes
se tirarán de los pelos por ti!
Tiene
razón, el demonio. Incluso cita la Palabra de Dios. Pero no basta con conocer la
Biblia para hacer la voluntad de Dios.
Jesús
le rebate y le dice: no, no haré eso.
Opciones
La
vida es algo más profundo que las apariencias y las imágenes, aunque sean
imágenes religiosas. Iré al corazón de las personas, dice Jesús: será mi amor, que
viene de mi Padre, el que cavará los surcos en las almas.
El
poder es ambiguo: se da y se desea. Yo quiero estar libre para hablar del
verdadero rostro de Dios.
El
milagro es peligroso. Yo quiero que la gente ame a Dios por lo que Dios es, no
por lo que nos da.
Esta
es la voluntad de Dios. En estas palabras se muestra la esencia del ministerio
de Jesús... y de su temporal fracaso.
Porque
Jesús será un Mesías de perfil bajo, Jesús, no usará ninguna otra herramienta
más que el amor para convencer, para anunciar, para convertir. Y con ello corre
un riesgo enorme.
¿Lo
entenderá el pueblo? ¿Se contentará con eso? ¿Abrirá su corazón al asombro de
encontrarse con un Dios humilde y frágil, un Dios al que se ha de vivir con una
actitud adulta?
El
desafío está lanzado y el demonio lo deja. Volverá en el momento preciso, en
Getsemaní, para decirle a Jesús que ha sido un iluso, que se ha equivocado,
para convencerlo de abandonar el inútil gesto de morir por amor.
Yo
¿Y
tú qué persona quieres ser? ¿Qué mujer? ¿Qué marido, hijo, colega, religiosa o
cura quieres ser?
¿Quién
queremos ser? Tenemos ante nosotros muchas opciones, grandes consejos,
persuasivas tentaciones que nos alcanzan ininterrumpidamente: aparecen, cambian,
se rehacen, se nos imponen, nos gritan, nos combaten.
¿Pero
tú, en tu interior, qué quieres ser de verdad?
Mira
el reloj. Tienes cuarenta días desde ahora para darte cuenta de que tu ciudad
es el desierto, y que ese desierto lo puedes, o lo debes, atravesar. El Señor lo
ha hecho. También puedes hacerlo tú, si estás movido por el Espíritu, como Él.
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