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domingo, 14 de febrero de 2016

DOMINGO 1º DE CUARESMA (Ciclo C)

“Al Señor, tu Dios, adorarás y a Él solo servirás"

Primera Lectura: Dt 26, 4-10
Salmo Responsorial: Salmo 90
Segunda Lectura: Rom 10, 8-13
Evangelio: Lc 4, 1-13


Aquí estamos de nuevo empezando la Cuaresma. Cuarenta días, algo más de un 10% del tiempo que viviremos en el año.
Cuarenta días, como cuarenta fueron los años que los hebreos sirvieron a un pueblo como esclavos hasta descubrirse como hijos. Cuarenta fueron los días que el Jesús de Nazaret quiso vivir en el desierto antes de iniciar su misión y decidir qué tipo de Mesías quería llegar a ser.
Quitémonos las máscaras: las de Carnaval y las que la vida nos ha ido colocando encima, las que los otros nos han puesto, o aquellos detrás de las que nos refugiamos por miedo a las opciones que hemos de tomar. Ante Dios, al menos ante él, podemos quedar desnudos sin sentir vergüenza.
Jesús es empujado al desierto por el Espíritu Santo: ya han pasado sus años de vida corriente, el silencio ensordecedor de Nazaret. Ahora ya está listo para hablar a Dios.

Libre para elegir
Jesús solidario con el hombre quiere recorrer el camino de Israel, experimenta el hambre, se deja envolver por el silencio aturdidor del desierto, se deja invadir por la luz cegadora del sol que refleja los colores de las descarnadas rocas del desierto de Judá. Jesús quiere elegir el modo de anunciar la Palabra, el modo de desvelar el misterio de Dios. El conocimiento que Jesús tiene de Dios es absoluto: él es el Verbo de Dios. Pero, en cuanto hombre, él quiere poder elegir, elaborar un plan pastoral, buscar en el silencio una respuesta.
Dios, hecho hombre, sabe ahora del olor de la resina y del cansancio de un día de trabajo. Como sabe que el hombre es frágil, vacilante, ridículo, huraño: ¿cómo ayudarlo a superar la fea imagen que se ha hecho de Dios?
Jesús entra en el silencio del desierto para decidir qué tipo de Mesías quiere ser. Nosotros entramos en el desierto de la Cuaresma para preguntarnos si la persona que somos es lo que hubiéramos querido llegar a ser y, sobre todo, si se parece a la magnífica persona, que Dios lleva en su corazón.


Tentaciones
Jesús tiene ante sí un camino real, consolidado, preparado por los profetas, amasado en el corazón de un pueblo esclavizado y oprimido durante siglos por potencias extranjeras: el camino del Mesías victorioso. Un Mesías vigoroso, político, decidido, caudillo.
La gente siempre espera a alguien que soluciones mágicamente los problemas, que castigue a los malvados (que siempre son los otros, claro), y que restablezca un bonito gobierno como el del rey David, y si es sin impuestos, mejor.
Pero el demonio llega. Y llega mucho más persuasivo y fascinador que todas las grotescas representaciones que de él hemos hecho. Su propuesta es sencilla, razonable, lógica.
¿Quieres ser el Mesías? ¡Magnífico! Pero sin exagerar: fíate de un entrenador personal, cuida la imagen; si no haces algo extraordinario nadie se va a dar cuenta.
¿Quieres ser el Mesías? ¡Genial! Te tocará contactar con políticos y sacerdotes, razonar con ellos, porque algún compromiso será necesario, algún apaño: es lo normal.
¿Quieres ser el Mesías? ¡Estupendo! ¡Haz algún bonito milagro, Jesús, alguna imagen de la Virgen que llore sangre, haz alguna señal prodigiosa y verás cómo las multitudes se tirarán de los pelos por ti!
Tiene razón, el demonio. Incluso cita la Palabra de Dios. Pero no basta con conocer la Biblia para hacer la voluntad de Dios.
Jesús le rebate y le dice: no, no haré eso.

Opciones
La vida es algo más profundo que las apariencias y las imágenes, aunque sean imágenes religiosas. Iré al corazón de las personas, dice Jesús: será mi amor, que viene de mi Padre, el que cavará los surcos en las almas.
El poder es ambiguo: se da y se desea. Yo quiero estar libre para hablar del verdadero rostro de Dios.
El milagro es peligroso. Yo quiero que la gente ame a Dios por lo que Dios es, no por lo que nos da.
Esta es la voluntad de Dios. En estas palabras se muestra la esencia del ministerio de Jesús... y de su temporal fracaso.
Porque Jesús será un Mesías de perfil bajo, Jesús, no usará ninguna otra herramienta más que el amor para convencer, para anunciar, para convertir. Y con ello corre un riesgo enorme.
¿Lo entenderá el pueblo? ¿Se contentará con eso? ¿Abrirá su corazón al asombro de encontrarse con un Dios humilde y frágil, un Dios al que se ha de vivir con una actitud adulta?
El desafío está lanzado y el demonio lo deja. Volverá en el momento preciso, en Getsemaní, para decirle a Jesús que ha sido un iluso, que se ha equivocado, para convencerlo de abandonar el inútil gesto de morir por amor.

Yo
¿Y tú qué persona quieres ser? ¿Qué mujer? ¿Qué marido, hijo, colega, religiosa o cura quieres ser?
¿Quién queremos ser? Tenemos ante nosotros muchas opciones, grandes consejos, persuasivas tentaciones que nos alcanzan ininterrumpidamente: aparecen, cambian, se rehacen, se nos imponen, nos gritan, nos combaten.
¿Pero tú, en tu interior, qué quieres ser de verdad?

Mira el reloj. Tienes cuarenta días desde ahora para darte cuenta de que tu ciudad es el desierto, y que ese desierto lo puedes, o lo debes, atravesar. El Señor lo ha hecho. También puedes hacerlo tú, si estás movido por el Espíritu, como Él.