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sábado, 1 de septiembre de 2012

MIS TRES SUEÑOS (C.M. Martini)

El Cardenal Carlo María Martini, arzobispo emérito de Milán, murió ayer, 31 de agosto de 2012, a los 85 años.  Un gran hombre, un gran jesuita, eminente biblista y excelente obispo. Ha sido un gran regalo para la Iglesia y para el mundo. En homenaje suyo vayan estas páginas.


Intervención del Card. Martini, arzobispo de Milán, en el Sínodo de los obispos europeos el 7.10.99, traducida del italiano y publicada en Ra­zón y Fe 240 (1999) 356-358.





He escuchado con vivo interés todas las intervenciones hechas hasta aquí, intentando entender de qué modo pudieran responder a la pregunta: cómo Jesucristo, vivo en su Iglesia, es hoy fuente de esperanza para Europa.
Pero antes de expresar mi propio parecer, querría evocar a una persona que muchos de nosotros recordamos como presente en esta aula y que el Señor ha llamado junto a sí el pasado 17 de junio: se trata del cardenal Basil Hume, arzobispo de Westminster. Más de una intervención realizada por él en el Sínodo comenzó con las palabras: I had a dream, «he tenido un sueño».
También yo en estos días, escuchando las intervenciones, he tenido un sueño, más todavía, varios sueños. Traigo a colación tres.

1. Sobre todo, el sueño de que, a través de una familiaridad cada vez más grande de los hombres y mujeres europeos con la Sagrada Escritura, leída y rezada en la soledad, en los grupos y en las comu­nidades, se reavive aquella experiencia del fuego en el corazón que tuvieron los dos discípulos en el camino de Emaús (Instrumentum laboris, 27). Me remito para todo esto a lo que ya ha dicho Mons. Egger, obispo de Bolsano-Bressanone. También por mi experiencia, la Biblia leída y rezada, en particular por los jóvenes, es el libro del futuro del continente europeo.

2. En segundo lugar, el sueño de que la parroquia continúe actua­lizando, con su servicio profético, sacerdotal y diaconal, aquella pre­sencia del Resucitado en nuestros territorios, que los discípulos de Emaús pudieron experimentar en la fracción del pan (II, 34, 47). En este Sínodo, ya se han manifestado diversas opiniones para evidenciar el papel de los movimientos eclesiales en orden a la vivificación espiritual de Europa. Pero es necesario que los miembros de los movimientos y de las nuevas comunidades se incardinen vitalmente en la comunión de la pastoral parroquial y diocesana, para poner a disposición de todos los dones particulares recibidos del Señor y para someterlos al examen del entero pueblo de Dios (II, 47). Hasta que esto no suceda, resulta perturbada la vida entera de la Iglesia, tanto la de las comunidades parroquiales como la de los mismos movimientos. Donde, por el contrario, se realiza una eficaz experiencia de comunión y de corresponsabilidad, la Iglesia se ofrece a sí misma como signo de esperanza y propuesta alternativa creíble a la disgregación social y ética lamentada por tantos.

3. Un tercer sueño es que el retorno festivo de los discípulos de Emaús a Jerusalén para encontrar a los apóstoles se convierta en estímulo para repetir de vez en cuando, en el curso del siglo que se abre, una experiencia de confrontación universal entre los obispos, que sirva para escoger alguno de los temas disciplinares y doctrinales que, quizá, han resultado poco evocados en estos días, pero que reaparecen periódicamente como puntos calientes en el camino de las iglesias europeas y no sólo europeas. Pienso, en general, en las profundizaciones y en los desarrollos de la eclesiología de la comunión del Vaticano II. Pienso en la carencia, de algún modo ya dramática, de ministros ordenados y en la creciente dificultad para un obispo de proveer al cuidado de almas en su territorio con suficiente número de ministros del evangelio y de la eucaristía (II, 14). Pienso en algunos temas referentes al papel de la mujer en la sociedad y en la Iglesia, la participación de los seglares en algunas cuestiones como la res­ponsabilidad ministerial, la sexualidad, la disciplina del matrimonio, la praxis penitencial, las relaciones con las iglesias hermanas de la ortodoxia, y, más en general, la necesidad de reavivar la esperanza ecuménica; pienso en la relación entre democracia y valores, entre leyes civiles y leyes morales.
No pocos de estos temas ya emergieron en Sínodos precedentes, sea generales o especiales, y es importante encontrar lugares e instrumentos adecuados para su atento examen. Para esto, no son ciertamente válidas ni las investigaciones sociológicas ni las recogidas de firmas. Ni los grupos de presión.Y puede que ni tan siquiera un Sínodo pudiera ser suficiente. Algunos de estos puntos probablemente necesitan de un instrumento colegial más universal y autorizado, donde puedan ser afrontados con libertad, en el pleno ejercicio de la co­legialidad episcopal, en la escucha del Espíritu y teniendo presente el bien común de la Iglesia y de la humanidad entera.
Nos sentimos llevados a interrogarnos si, cuarenta años después del comienzo del Vaticano II, no está madurando poco a poco, para el próximo decenio, la conciencia de la utilidad y casi de la necesidad de una confrontación colegial y autorizada entre todos los obispos, sobre algunos de los temas medulares surgidos en estos cuatro decenios. Aumenta la sensación de hasta qué punto sería hermoso y útil para los obispos de hoy y de mañana, en una Iglesia ahora cada vez más diversificada en sus lenguajes, repetir aquella experiencia de comunión, de colegialidad y de Espíritu Santo que sus predecesores han desarrollado en el Vaticano II y que hoy solamente es memoria viva desde contados testimonios.
Roguemos al Señor, por intercesión de María, que estaba con los apóstoles en el Cenáculo, que nos ilumine para discernir si, cómo y cuándo, nuestros sueños pueden convertirse en realidad.



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