Primera
lectura: Jer 23, 1-6
Salmo
Responsorial: Salmo 22
Segunda
lectura: Ef 2, 13-18
Evangelio:
Mc 6, 30-34
Los discípulos regresan de
su misión, a la que el Señor les envió de dos en dos. Regresan contentos,
entusiastas, llenos de alegría por la eficacia del anuncio. Como un buen padre
que quiere a sus hijos, el Maestro comparte su alegría y nota su cansancio.
Es el momento del
descanso, de apartarse, de dejar la muchedumbre que agota para dedicarse tiempo
para ellos. El apartarse es precisamente el núcleo de la Palabra de hoy. Un
modo inesperado de interpretar las vacaciones.
Cansancio
También nosotros nos
cansamos. Que levante el dedo quien no se haya sentido nunca cansado, exhausto
o reventado.
No hablo del cansancio
exterior, sino del tan poco natural cansancio que nos coge a cada uno de
nosotros al final de una semana laboral dedicada a trabajar, no a pico y pala -
o también -, sino ante un caprichoso ordenador, o embotellados en el tráfico, o
en la cola del supermercado; hablo de otro cansancio más dramático, de ese
dolor sordo que te pega en pleno pecho cuando menos lo esperas, a lo mejor
cuando la tensión por un trabajo se ha agregado a las preocupaciones de casa; hablo
del grito desgarrador que se aloja en el fondo de nuestro corazón, al tener que
demostrar, siempre y a toda costa, que valemos, al tener que ser un buen
marido, una buena madre, un buen cura; hablo del grito profundo del cansancio,
de una urgente e ineludible necesidad de sentido, de la alegría, de la paz que tanto nos cuesta encontrar en nuestra cotidiana locura.
Hoy hablamos justo de
esta necesidad, hablamos del hecho de que si no encontramos un sentido a
nuestra vida, si no llegamos a entender la razón por la que hemos nacido entonces, antes o después, estallamos.
Y estallamos escapando o
callando, o aturdiéndonos, o ilusionándonos con que a nuestra felicidad le falta
alguna decena de caballos en el motor de nuestro coche, o alguna arruga de menos
en el rostro, o un fascinante viaje de ensueño a no sé qué paradisíaca playa.
Aparte
Sin un tiempo de
desierto, de silencio, de intimidad con el Señor no es posible seguir siendo
cristianos, conservar la fe, crecer como discípulos y seguidores de Jesús. Y cuanto
más nos cogen el caos y la trepidación de cada día, más urgente y necesario se
muestra la necesidad de recortar un tiempo para descansar en el Señor.
La oración cotidiana, un
pequeño espacio del día dedicado al alma, nos ayuda a mantenernos a flote durante
la semana. Así una bonita celebración festiva, una verdadera “eucaristía” –
acción de gracias -, nos permite encontrar al resucitado y recargar las
baterías. Pero, lo sabemos bien, la fatiga de la vida contemporánea nos apaga
la gana de vivir.
Sería bonito acoger la
invitación que el Señor nos hace a retirarnos con él medio día, en un
monasterio, en un lugar bonito de la naturaleza. En silencio, para dejar que su
Palabra reemplace nuestras pequeñas palabras, que su respuesta reemplace nuestras pequeñas respuestas.
Y cuánta más responsabilidad
tengamos en la comunidad cristiana, más urgente nos es encontrar tiempos de soledad
con el Señor. Es una pena ver a muchos animadores, voluntarios, curas,
catequistas atropellados por las muchas cosas que hacer, convertidos en pequeños
manager de lo sagrado que ya no logran vivir lo que proclaman.


