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sábado, 13 de abril de 2024

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo B)


 Primera lectura: Hch 3, 13-15.17-19
Salmo Responsorial: Salmo 4
Segunda lectura: 1 Jn 2, 1-5
Evangelio: Lc 24, 35-48

Los discípulos de Emaús regresan corriendo a Jerusalén y les cuentan a los apóstoles su encuentro inesperado con el caminante. Hablan apasionadamente, mientras que Tomás y Pedro sienten que se les llena, aún más, el corazón.

El caminante, la conversación, los reproches, la posada y aquel gesto, único, extraordinario, espléndido, que han visto hacer cientos de veces: el partir el pan. Pero aquel gesto en aquel momento preciso es diferente, ha cambiado, se ha transfigurado y, con aquel gesto, es como los discípulos han reconocido a su Señor.

Sí, amigos, Jesús está realmente resucitado, esta es la verdad, él es la Revelación del amor del Padre para todo el género humano.

También los dudosos, los heridos, o los dañados como Tomás, pueden tener esperanza. No hay un plazo determinado para convertirnos a la alegría, tenemos todo el tiempo que haga falta para abandonar los sepulcros, y dejarnos habitar por el espíritu del Resucitado.

De vuelta de Emaús

Y mientras los discípulos hablan del resucitado, Jesús aparece y les da la paz. Quizás también os ha pasado a vosotros: Jesús resucitado ha llegado a ti cuando otro te ha hablado de ello, comprometiéndose, abriendo el corazón. Sucede así desde hace dos mil años: el Señor despierta nuestros corazones mediante las ardientes palabras pronunciadas por sus discípulos.

Dios pasa a través de nuestras débiles voces, traspasa la barrera de nuestras incoherencias y de nuestras incongruencias y nos alcanza justo allí donde nunca lo hubiéramos esperado.

También Dios ha llegado a nosotros por la predicación de los testigos del resucitado. Pensemos en los mediadores de nuestra fe: nuestros padres, nuestros catequistas, los cristianos que nos han impactado por su entrega incondicional a los demás, los buenos ejemplos de quienes han devuelto bien por mal, aquellas personas en cuya vida hemos intuido cómo Dios nos ama.

Pero estas personas no han sido ni superhombres ni supermujeres, tal vez incluso pudieron ser poco creyentes, como los dos de Emaús, o como los atemorizados apóstoles, o como las mujeres en el sepulcro. ¿Cómo es posible la presencia de las mujeres en el sepulcro? Pues, sí. Jesús sabe que las mujeres, en Israel, ni siquiera podían hablar en público; su testimonio no contaba. Y es, precisamente, a ellas a quienes les confía el mensaje de su resurrección.

Sí, amigos, a nosotros débiles, frágiles, incoherentes, cojos y vacilantes, es a quien Dios confía el tesoro inestimable de su Palabra.

Las dudas permanecen

Las dudas permanecen incluso después de la resurrección, aunque seamos apóstoles testigos del Señor. Como los discípulos, tantas veces pensamos que Jesús se nos ha de aparecer de modo misterioso, como un fantasma, o de una forma prefijada y calculada, o con pruebas apodícticas e irrefutables. Pero no es así. Nos movemos en otro ámbito, el de la fe, de la confianza, y nadie puede garantizarnos que todo lo que decimos sea absolutamente evidente o medible. En este ámbito, vivimos sólo de fe y de confianza en la vida y en la palabra de Jesús. Sólo con la fe, con la confianza en Jesús, podemos experimentar lo concreto de la ternura de Dios.

domingo, 7 de abril de 2024

Solemnidad de la Anunciación del Señor (8 de abril, en Pascua)


Primera Lectura: Is. 7,10-14; 8,10
Salmo Responsorial: Sal. 39
Segunda Lectura: Heb. 10, 4-10
Evangelio: Lc. 1,26-38

Celebramos hoy, con alguna semana de retraso, la fiesta de la Anunciación, convencionalmente situada nueve meses antes de Navidad. El reclamo de los comienzos de la aventura de Jesús nos permite reflexionar sobre la voluntad salvífica de Dios que desea la salvación del género humano.

Encarnación y Resurrección forman parte de una misma lógica: por amor Dios se convierte en uno de nosotros para revelarse y darse a conocer; por amor decide ir hasta el final, hasta una muerte de cruz para vencer sobre las tinieblas de la muerte resucitando. Demasiado a menudo, en cambio, hemos hecho del nacimiento de Jesús una especie de fiesta aparte, una fiesta llena de emociones infantiles que cosquillea los sentimientos sin llegar a convertir los corazones.

Bien han hecho los hermanos ortodoxos al representar la Navidad en sus iconos pintando un recién nacido envuelto en el sudario y colocado en la tumba como pesebre... Quiere decir, que aquel niño ya es el crucificado y resucitado.

Hoy releemos el encuentro del misterioso y amable ángel Gabriel que habla de igual a igual con esta jovencita de Nazaret y descubrimos cuál es la grandeza del pensamiento de Dios. Porque en aquella minúscula casa de aquel minúsculo país apoyada en un declive rocoso, en el que la gente excavaba las grutas naturales de unas viviendas frescas y secas, allí, sucede lo más inesperado e impensable de Dios. La protagonista es una quinceañera iletrada de un país sometido a la esclavitud de Roma, en los confines del mundo.

sábado, 6 de abril de 2024

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo B)


Primera lectura: Hch 4, 32-35
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda lectura: 1 Jn 5, 1-6
Evangelio: Jn 20, 19-31

¡Ha resucitado! La noticia ha atravesado los siglos y ha llegado hasta nosotros, hoy.

Millones de hombres y mujeres han descubierto la simple verdad: es inútil buscar al crucificado, no está aquí, ha resucitado. No está reanimado ni simplemente vivo en nuestra memoria: Jesús de Nazaret ha resucitado de la muerte y vive para siempre.

Su tumba, preciosamente guardada en Jerusalén, vuelve a convocar a cientos de miles de personas cada año, hombres y mujeres que, más o menos conscientemente, afrontan un viaje, que en el pasado era largo y peligroso, para visitar una tumba. Una tumba vacía.

Ciertamente, la cosa puede dejarnos indiferentes o llenos de dudas.

Especialmente en estos tiempos frágiles, somos conscientes de que la fe en el resucitado pide un salto de calidad. Una cosa es creer que un buen hombre, un profeta llamado Jesús, nos ha hablado de Dios de modo innovador. Y otra cosa es profesarlo resucitado y presente, confesarlo como la manifestación misma de Dios.

Es lo que le pasa al apóstol Tomás.

Tomás está decepcionado, amargado, derrotado. Su terremoto interior tiene un nombre: crucifixión. Allí, sobre el Gólgota, Tomás ha perdido todo: la fe, la esperanza, el futuro, en definitiva ha perdido a Dios.

Estuvo vagando durante días, como los demás, huyendo por miedo a que le encontrasen y matasen. Humillado y trastornado, se encuentra en el Cenáculo con los otros apóstoles que le dicen que han visto a Jesús.

Y, allí, Tomás se endurece. Juan no nos habla de ello y respeta la privacidad, pero podemos imaginarnos lo que Tomás dijo a los otros. ¿Tú, Pedro? ¿Tú, Andrés? ¿Y tú, Santiago? ¿Me decís que él está vivo?

Escapamos todos como conejos; ¡hemos sido débiles, no hemos creído a Jesús! Sin embargo, él ya nos lo había dicho, nos avisó. Sabíamos que podía acabar así, y no le acompañamos, no fuimos capaces. ¿Ahora, justo vosotros, venís a decirme que lo habéis visto vivo? No, no es posible.  ¿Cómo os voy a creer? Si primero decís una cosa y luego hacéis otra. No os creo.

Tomás es uno de los tantos escandalizados por la incoherencia de nuestras vidas, por la incoherencia de los discípulos de Jesús. Pero él se queda, no se va; aunque esté muy enfadado y lo manifieste así. Y hace bien.

Tomás regresa a la comunidad sólo por el Señor. Y el encuentro es un río de emociones. Jesús lo mira, le enseña las manos, y le habla: Tomás, sé que has sufrido mucho. También yo, mira. Y le muestra sus llagas.

Y Tomás se derrumba porque ve que Dios también ha sufrido, como él.

Sin ver

Estamos llamados a creer, a confiar sin ver. Seremos felices si creemos sin ver. Pero no como ingenuos simplones y atontados arrastrados por los líderes. La fe es, precisamente, la confianza en lo que no vemos, pero que experimentamos como verosímil. El problema, en tal caso, será saber que quien nos habla merece, o no, nuestra confianza.

Jesús resucitado se aparece a los apóstoles y les da la paz, el Espíritu y el perdón de los pecados.

Sólo por el Espíritu podemos experimentar la paz del corazón de quien se sabe reconciliado y se convierte, a su vez, en dispensador de perdón para los demás. Encontrar a Jesús resucitado es un acontecimiento del alma, que parte de la curiosidad, se alimenta de inteligencia, y llega a la fe.

La curiosidad empieza en el encuentro con personas que, aunque sean pocas siempre son más de las que imaginamos, personas que viven en la paz del corazón, reconciliadas con ellas mismas, y que descubren que son discípulas del resucitado. También nosotros como ellas, podemos seguir a Jesús y descubrir que sólo los que miran lo encontrarán.