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lunes, 1 de febrero de 2021

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (2 de febrero)

 

Primera Lectura: Mal 3,1-4
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Heb 2,14-18
Evangelio: Lc 2,22-40

El tema de la celebración de hoy, parece más ligado al ciclo de Navidad, con sus narraciones de la infancia de Jesús. Sin embargo, el núcleo del mensaje que hoy nos trae la liturgia lo hemos escuchado en el Evangelio y lo escucharemos después subrayado en el Prefacio: Jesús es revelado por el Espíritu Santo como gloria de Israel y luz de los pueblos. Jesús es el Mesías esperado desde hace tiempo.

 La esperanza de un pueblo

Pero todo sucederá de una forma desconcertante. Cuando los padres de Jesús se acercan al Templo con el niño, no salen a su encuentro los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Al contrario, dentro de unos años, esos dirigentes serán los que lo entregarán para ser crucificado. Jesús no encuentra ninguna acogida en ese tipo de religión segura de sí misma y olvidada del sufrimiento de los pobres.

Tampoco vienen a recibirlo los maestros de la Ley que predican sus “tradiciones humanas” en los atrios del Templo de Jerusalén. Años más tarde, rechazarán a Jesús por curar a los enfermos rompiendo la ley del sábado. Jesús no encuentra acogida en doctrinas y tradiciones religiosas que no ayudan a vivir una vida más digna y más sana.

Toda la espera del Mesías, incubada durante siglos por el pueblo elegido de Israel, se hace presente en el templo por medio de la anciana Ana y del sacerdote Simeón. Dos ancianos de fe sencilla y corazón abierto, que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios.

Los contemporáneos de Simeón y Ana ya se habían olvidado de la promesa de Dios. Sin embargo, ellos son una fiel representación del Israel que espera, y reciben en el templo al Dios de la gloria cuando Jesús entra en brazos de sus padres.

Los que acogen al Señor

Entonces, ¿quiénes acogen al Señor? María, la bella y joven madre, cuya intimidad con el Señor la llevó a ser la mediación de nuestra salvación; su esposo José, el hombre bueno y justo que permitió a Dios realizar su plan de salvación (cfr. Mt 1, 19-20); Simeón, un contemplativo conducido por el Espíritu, en cuyas palabras resuenan los textos mesiánicos del profeta Isaías; y Ana, que “no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones”. Todos ellos representan a ese tipo de personas que no viven cerradas en sí mismas, o absorbidos únicamente por las circunstancias de la vida, sino que viven para “el Consuelo de Israel”: para su liberación y para la salvación del mundo.

sábado, 2 de enero de 2021

DOMINGO 2º DE NAVIDAD (Ciclo B)


Primera Lectura: Eclo 23, 1-2.8-12
Salmo Responsorial: Sal 147
Segunda Lectura: Ef 1, 3-6.15-18
Evangelio: Jn 1, 1-18


Bueno, aquí estamos, y parece que hemos sobrevivido a la retórica navideña y la melaza pringosa que provoca algo así como una diabetes anímica, con fiestas sin referencia alguna al misterio que celebramos del nacimiento del Hijo de Dios, todo muy correcto políticamente, pero… falto de algo fundamental.

Y espero hayan sobrevivido también tantas personas que viven la Navidad como el peor día del año y que anhelan el día de Reyes como una liberación, porque así se acaban una fiestas que no soportan.

Antes de encontrarnos con los Magos que buscan respuestas a sus propias preguntas y a sus curiosidades, nos viene este extraño segundo domingo del tiempo de Navidad que, sin embargo, nos invita a volar alto. Sé bien que en estas dos semanas hemos sido invitados a celebrar un montón de fiestas y que quizás este no estamos para muchos trotes, pero sería una pena, porque nos perderíamos el prólogo del evangelio de Juan. Y no hay que dejarlo pasar de largo.

 Prólogos

Ya se sabe que habitualmente los prólogos son lo último que se escribe. Es una costumbre que se refiere al hecho de que, sólo cuando se ha escrito todo, se logra tener una visión de conjunto para contar sintéticamente al lector lo que va a leer a continuación. Así le ha pasado a Juan.

Pero, seamos honestos, se le ha ido la mano. Porque lo que hemos leído es un vuelo de águila. Una pieza de tal profundidad y complejidad que nos deja perplejos, como si alguien, muchos siglos después, tras extenuantes reflexiones y disputas teológicas, concilios y desencuentros de alto voltaje, herejías y condenas, persecuciones y partidismos, hubiera destilado una teología de la encarnación.

Sin embargo no es así. Es que Juan simplemente mira los acontecimientos con el alma. Veamos. 

sábado, 1 de febrero de 2020

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR (2 DE FEBRERO)




En el pasado, en este día, se bendecían las velas -candelas- que servían para iluminar nuestras iglesias cuando aún no existía la iluminación eléctrica. Y siempre este día, aún hoy, representaba un momento importante para las personas consagradas que renuevan su adhesión total a Cristo, el don de sí mismos al Padre, recordando la presentación de Jesús en el templo.

Ha quedado tan grabado en la memoria de la liturgia el valor de esta fiesta, que este año reemplaza al domingo que coincide con el 2 de febrero.

Es una fiesta que recuerda más al tiempo navideño que acaba de terminar; es una fiesta con sabor sagrado que huele a incienso: con la imaginación podemos ver las altas columnas que sostenían el pórtico de Salomón y los vastos patios pavimentados que conducían al área más sagrada del templo en Jerusalén.

Ocho días después del nacimiento de su primogénito, María y José, una joven pareja asustada de Galilea, cumple el precepto de la Ley de la circuncisión, una fuerte señal en la carne que testifica la pertenencia del pueblo de Israel al Dios revelado a Moisés. Una señal que consagra cada vida al Dios que da la vida. Bonita historia.

Obedientes
Es fascinante este gesto de María y José, un gesto de obediencia a la tradición, de respeto a las leyes de Israel. Saben bien que ese niño es mucho más que el hijo mayor al que tienen que consagrar al Señor, porque acaban de experimentar el misterio infinito que habita en él.
Podrían haber pensado que no era necesario por ser superior a la Ley, porque sostenían en sus brazos a quien otorgó la Ley y que, misteriosamente, decidió hacerse hombre. Pero no, van al templo como cualquier otra pareja y realizan el gesto prescrito sin hacer muchas preguntas.

Es tierno imaginarse a la pareja de Nazaret entrando tímidamente en los amplios espacios del templo reconstruido, en medio del ajetreo de gente ocupada, de oraciones en voz alta, de olor acre a incienso mezclado con la carne quemada de los sacrificios ... Allí están María y José para satisfacer un rito de obediencia a la Ley Mosaica: hacer una oferta para redimir a su primogénito, un ritual que nos recuerda que la vida pertenece a Dios y que su don debe ser reconocido.