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sábado, 30 de marzo de 2024

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo B)



Primera lectura: Hch 10, 34a.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda lectura:  Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9

Pedro y Juan corren en el silencio de la ciudad todavía inmersa en el sueño, pisando el adoquinado recién restaurado por el rey Herodes. Los mercaderes están sacando las mercancías para la jornada después del descanso sabático. El sol se está levantando, e inunda de luz la piedra que reviste las casas de Jerusalén. Juan, más joven, se adelanta a Pedro corriendo por las apretujadas callejuelas de la ciudad, desde el monte Sión hasta el Gólgota, fuera ya de las murallas. Allí, unos troncos verticales, como árboles resecos y desmochados, esperan nuevos condenados. La sangre condensada tiñe de rojo la madera oscura de los leños.

Corren sin aliento. Pedro, menos joven, se detiene y Juan llega primero al sepulcro, jadeante, con el corazón que late alborozado en su pecho. Espera y recuerda el rostro trastornado de María de Magdala que, diez minutos antes, lo sacó de la cama para avisarle: “¡Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto!”

Los soldados romanos de guardia han desaparecido, la tumba está abierta, la pesada piedra que bloqueaba la entrada volcada por tierra. Luego llega Pedro y los dos discípulos entran con cautela... y miran.

Pero no ven nada. Jesús ha desaparecido. Nada, sólo la sábana que envolvía el cadáver de Jesús está en su sitio, como desinflada, nadie la ha tocado, y la mentonera allí también en su sitio, como si Jesús se hubiera disuelto. El sudario y las vendas usadas para cubrir el rostro destrozado, en cambio, están puestas al lado en un hueco aparte. No hay más.

Sin embargo, Juan ve y cree. Ve una tumba vacía… y cree.

Ve una ausencia, ve un vacío, no ve nada más. Podría pensar, como hizo Magdalena, como muchos dirán, que el cuerpo había sido robado. Y en cambio no es así. Él cree.

Un padre de la Iglesia, San Juan Crisóstomo, observa agudamente que viendo los discípulos la tumba tan en orden, entienden que el cuerpo de Jesús no ha sido robado: ningún ladrón se detiene “a pasar la aspiradora” en la casa que ha desvalijado.

Es nuestro modo de ver las cosas lo que interpreta la realidad. Ante el vacío, Juan ve plenitud; en la ausencia, vislumbra una presencia nueva.

Tumbas

Aquella tumba vacía, el último dramático regalo hecho a Jesús por parte del discípulo José de Arimatea, rico y poderoso, que no pudo salvar de la muerte a su Maestro, aquella tumba ha quedado allí en Jerusalén, vacía, como testigo mudo de la resurrección.

viernes, 29 de marzo de 2024

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo B)

 


Primera Lectura: Ez 36,16-28
Salmo Responsorial: Salmo50
Segunda Lectura: Rom 6,3-11
Evangelio: Mc 16, 1-7

  Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. ¡Ha resucitado, no está aquí!

 El tono del ángel, en el Evangelio de Marcos que hemos leído esta noche, es perentorio, no admite respuesta. Jesús ha resucitado, es inútil tratar de embalsamarlo. Está vivo, es inútil buscarlo en las tumbas de los cementerios.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, nuestra fe está embalsamada y es una fe más propia de un camposanto.

Como si adorásemos a un difunto. Como si nuestra fe tuviera más que ver con un recuerdo agradecido que con una actualidad ardiente y viva...

Jesús Nazareno ha resucitado, amigos míos. Está vivo y presente.

No revivido, ni vivo en nuestra memoria y en nuestros ideales, sino vivo y presente para siempre, aquí y ahora. Toda nuestra fe, dos mil años de cristianismo, las decisiones de millones de personas se basan en esas palabras que nos llegan hasta hoy. No está aquí. ¡Ha resucitado!

Dejemos de honrar a un cadáver. Porque Él está vivo.

Perplejidad

Es interesante volver a meditar sobre el inquietante evangelio de Marcos. En él vemos que, tras el anuncio del ángel, Marcos no teme escribir un final desconcertante en el versículo 8, que la liturgia no incluye.

Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí. Y no dijeron nada a nadie, del miedo que tenían.  (Mc 16,8).

El Evangelio de Marcos termina con el silencio. Una huida comprensible ante un acontecimiento de tal magnitud. Indudablemente, sin embargo, ese "no digas nada a nadie" ha cambiado, de lo contrario no estaríamos hoy aquí para celebrar al Resucitado.

¿Por qué Marcos termina su relato de esta manera tan poco edificante?

sábado, 23 de marzo de 2024

DOMINGO DE RAMOS (Ciclo B)


Primera Lectura: Is 50, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 21
Segunda Lectura: Flp 2, 6-11
Evangelio: Mc 14,1-15,47

La Cuaresma se acaba

Hemos seguido a Jesús Maestro durante los 40 días de la Cuaresma tratando de convertir nuestro corazón, esforzándonos en cambiar la imagen horrible de Dios que casi todos llevamos en el corazón. Quisiéramos un Mesías musculoso y triunfante… y Jesús es un Mesías manso y corriente. Además, tenemos la idea de que la fe es necesaria pero mortalmente aburrida... pero Jesús nos habla y nos muestra la inmensa belleza de Dios. Nos dirigimos a Dios como cuando contratamos un favor... y Jesús vuelca los tenderetes de nuestros mercados para desvelarnos el rostro de un Padre que sabe lo que necesitan sus hijos. A veces pensamos que Dios es misterioso e incomprensible, que nos manda pruebas en la vida... y Jesús dice que el único deseo de Dios es nuestra salvación. Nos acercamos a la cruz con toda superficialidad… y Jesús morirá en la cruz, desnudo y entregado, para desvelar de manera inequívoca el verdadero rostro de Dios.

Una semana “santa” de otro modo

La semana que hoy iniciamos, tan grande y tan importante que se le llama santa, es la joya del año litúrgico, una perla demasiado a menudo olvidada por nosotros cristianos, en beneficio de otras fiestas quizás más sentimentales, pero empapadas en relecturas consumistas, como es la Navidad.

Aquí no. Un muerto en una cruz no vende, no suscita sentimientos de bondad. Más bien se habla poco y mal de este Dios que sube a la cruz y muere. Sigue siendo difícil de entender el misterio de una tumba vacía y el sentido profundo de la palabra “resurrección.” Efectivamente así es. La Iglesia se detiene asombrada a meditar en este tiempo sobre la inmensa medida del amor de Dios. Durante la Semana Santa nos paramos, día tras día, hora a hora; ajustamos nuestros relojes en aquel momento crucial para la historia de la humanidad; nos sentamos como espectadores a contemplar, una y otra vez, el rostro del Dios que muere.

Jesús, el Señor, se prepara para morir. Celebra su presencia en la última Pascua, la nueva y definitiva; es detenido, condenado y ejecutado, enterrado y, finalmente, vivo.

En esta preciosa semana, en todo lo que hagamos en ella, en el trabajo o en el descanso, podremos pararnos, entrecerrar los ojos y pensar en Cristo, en sus sentimientos, en su angustia, en su ardiente pasión, en sus deseos más profundos.

Hora a hora iremos asistiendo, con los ojos de la fe, al espectáculo de un Dios que muere por amor.

Ramos de olivo

Y esta semana inicia hoy, domingo de Ramos, preñada de recuerdos de niño, de ramos de olivo y palmas adornadas agitadas para manifestar la alegría del encuentro con el Señor.

Ironía de la incoherencia humana: las mismas voces, los mismos brazos, ya no con las palmas abiertas hacia el cielo, sino con los puños apretados, transformarán su alegría por el hijo de David, en una invocación terrorífica, en un escalofriante grito de muerte: “¡Crucifícalo!”.