Hace una semana escuchábamos a Jesús invitándonos a vivir
sin miedo. Dios cuida de los gorriones y cuida también de nosotros. Por eso el
discípulo no puede esconder su fe ni vivir un cristianismo de puertas adentro.
Estamos llamados a seguir a Cristo con confianza y a dar testimonio de Él con
nuestra vida.
Pero hoy el Evangelio nos coloca ante unas palabras que, a
primera vista, resultan difíciles. Jesús afirma que quien ama a su padre o a su
madre, a su hijo o a su hija más que a Él, no es digno de Él. Y nos
preguntamos: ¿cómo puede decir esto quien nos ha revelado un Dios tan cercano,
tan humano y tan lleno de amor y ternura?
La clasificación del amor
Para entender estas palabras hay que recordar algo
fundamental: cuando Jesús habla de Dios no lo hace desde el deber, sino desde
el amor.
Muchas personas han vivido la religión como una obligación,
como una colección de normas o como una serie de ritos repetidos mecánicamente.
Pero el Dios de Jesús es otra cosa. Jesús nos habla de un Dios que quiere
entrar en el corazón humano y llenar nuestra vida de sentido y de alegría.
Por eso sitúa a Dios en el lenguaje del amor. Nos dice que
la fe no consiste simplemente en cumplir, sino en enamorarse. Descubrir a Dios
es descubrir una presencia capaz de iluminar la existencia entera.
Jesús no nos pide que amemos menos a las personas que forman parte de nuestra vida. Nos pide que aprendamos a amarlas mejor. Porque cuando Dios ocupa el centro, el amor deja de ser posesión para convertirse en entrega; deja de buscarse a sí mismo para buscar el bien del otro.


