¿A quién pertenece nuestra
vida?
«Al César lo que es del César y
a Dios lo que es de Dios». Pocas frases de Jesús se han citado tanto y
quizá pocas se han manipulado tanto para justificar intereses muy alejados del
Evangelio.
Se ha utilizado para defender la
autonomía del poder político, para reivindicar el lugar de la Iglesia en la
sociedad e incluso para justificar los intereses de quienes ejercen el poder.
Pero ¿qué quiso decir Jesús? ¿Está
repartiendo el mundo entre dos autoridades, cada una con sus competencias? ¿O
está planteando una cuestión mucho más radical?
El Evangelio de hoy nos invita a
escuchar sus palabras sin domesticarlas y sin utilizarlas para tranquilizar
nuestra conciencia.
Una pregunta envenenada
Los fariseos y los herodianos se
acercan a Jesús con una pregunta aparentemente sencilla: «¿Es lícito pagar
impuesto al César o no?».
Pero no buscan la verdad. Quieren
tenderle una trampa. Si Jesús rechaza pagar el impuesto, podrá ser denunciado
ante las autoridades romanas. Si lo acepta, perderá credibilidad ante un pueblo
que sufre la dominación extranjera y la carga de los tributos.
Lo significativo es que sus
adversarios, a pesar de sus diferencias, se ponen de acuerdo para
desacreditarlo. Cuando hay intereses que defender y alguien que incomoda, las
diferencias pueden quedar en segundo plano.
También hoy ocurre. Personas y
grupos que discrepan profundamente se alían cuando está en juego conservar sus
privilegios o silenciar una voz incómoda.
Jesús no se deja encerrar en esa
alternativa. No es servidor del poder ni demagogo que busca ganarse al pueblo a
cualquier precio. Es un hombre libre porque su fidelidad está puesta en Dios.
No entregar al César lo que es
de Dios
Jesús pide una moneda y pregunta
de quién es la imagen que lleva. «Del César», le responden. Entonces pronuncia
aquellas palabras: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de
Dios».
La primera parte parece sencilla:
hay obligaciones ciudadanas que debemos cumplir. Pero Jesús añade algo
decisivo: hay que dar a Dios lo que le pertenece.
Para Israel, Dios es el Señor de
toda la creación. ¿Qué queda, entonces, fuera de Dios? ¿Qué puede reclamar el
César que no esté ya bajo la soberanía de Dios?
La moneda lleva la imagen del
emperador. Pero cada persona posee una dignidad que ningún gobernante ni
sistema económico puede otorgarle o arrebatársela a su antojo. Todos somos
criaturas de Dios, llamados a vivir en libertad y fraternidad.
Por eso, las palabras de Jesús no
justifican que la religión se desentienda de la sociedad, ni que los poderes
políticos puedan actuar sin límites. Tampoco autorizan a la Iglesia a
apropiarse del poder temporal. Nos llaman a ser ciudadanos responsables, a
cumplir nuestros deberes y a trabajar por el bien común. Pero también nos
recuerdan que ninguna autoridad humana es absoluta y que ninguna obediencia
puede exigirnos traicionar nuestra conciencia o colaborar con la injusticia.
Aquí es donde el Evangelio se vuelve incómodo.


