Primera
Lectura: 1 Re 19, 9a.11.13a
Salmo
Responsorial: Salmo 84
Segunda
Lectura: Rom 9, 1-5
Evangelio: Mt14, 22-33
Hay momentos en los que la fe parece avanzar con facilidad.
Todo resulta luminoso. Orar nace espontáneamente; el Evangelio nos habla al
corazón; sentimos que Dios está cerca. Pero también llegan otros momentos en
los que parece esconderse. La oración se vuelve árida, aparecen las dudas, la
vida se complica y nos preguntamos, quizá en silencio: «¿Dónde está Dios?»
Las lecturas de este domingo responden precisamente a esa
pregunta. Y lo hacen de una manera sorprendente. Nos dicen que Dios está
presente, pero casi nunca donde nosotros esperamos encontrarlo.
El profeta Elías estaba atravesando una profunda crisis.
Había defendido con pasión la fe de Israel. Había creído que una gran victoria
sobre los profetas de Baal devolvería al pueblo al Dios verdadero. Sin embargo,
todo acaba peor de lo que imaginaba. La violencia ha engendrado más violencia,
y ahora él huye, cansado y desanimado, hasta desear la muerte.
Entonces Dios lo conduce al monte Horeb, el lugar de la
Alianza. Allí Elías espera una manifestación grandiosa. Primero llega un
huracán; después un terremoto; luego un fuego. Pero Dios no está en ninguno de
ellos. Finalmente se escucha el murmullo de una brisa suave. O, como traducen
algunos, «la voz de un silencio tenue». Allí estaba Dios.
Qué actual resulta esta escena.
Vivimos rodeados de ruido. Todo parece necesitar
espectáculo, titulares, confrontación, emociones fuertes. También la religión
corre ese riesgo cuando busca impresionar más que transformar a las personas.
Pensamos que Dios tendrá que manifestarse en acontecimientos extraordinarios,
cuando, en realidad, suele esperarnos en el silencio del corazón, en la oración
perseverante, en la escucha de la Palabra, en un gesto de amor discreto, en una
conciencia que se deja iluminar.
Quizá uno de los mayores problemas de nuestro tiempo no sea
que Dios haya dejado de hablar, sino que nosotros hemos perdido la capacidad de
escuchar.
El Evangelio continúa esa misma enseñanza.
Los discípulos atraviesan el lago de noche. El viento es contrario. La barca es zarandeada por las olas. Es una imagen que representa a la Iglesia, pero también a cada uno de nosotros. Hay épocas en las que sentimos que todo se tambalea: una enfermedad, una pérdida, un conflicto familiar, el fracaso de un proyecto, la incertidumbre ante el futuro. Pensábamos que la fe nos evitaría estas tormentas, y descubrimos que también el creyente navega con viento en contra.

