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sábado, 7 de febrero de 2026

DOMINGO 5º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 58, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 111
Segunda Lectura: 1 Cor 2, 1-5
Evangelio: Mt 5, 13-16

Al escuchar el Evangelio de hoy, es muy probable que más de uno haya pensado que la página de las bienaventuranzas que proclamamos el domingo pasado es, sinceramente, algo para locos. Y si lo habéis pensado, tenéis toda la razón. Las palabras de Jesús chirrían en nuestros oídos, especialmente en estos tiempos donde parece triunfar exactamente todo lo contrario a lo que ellas proclaman. Vivimos en un momento de incertidumbre, donde muchos barruntamos lo peor y nos asaltan las dudas.

¿Tendremos que resignarnos ante la situación y simplemente olvidar las bienaventuranzas? ¿Estamos llamados a ser como esos cristianos que dejan su fe encerrada en un cajón para sacarla a pasear solo el domingo, mientras el resto de la semana viven bajo la ley del "sálvese quien pueda"? ¿Tiene verdaderamente sentido guardar en el corazón estas palabras y tratar de orientar nuestra vida a la luz de la Palabra de Dios?

Son preguntas espinosas, ciertamente. Pero no son nuevas. Los primeros cristianos también se las hacían cuando se enfrentaban a las dificultades de cada día, a las incomprensiones de sus comunidades y al peso de una sociedad agresiva y decadente. Tal como nos sucede hoy a nosotros.

Jesús y las bienaventuranzas

Jesús no nos pide algo que Él mismo no haya hecho antes: Él vive las bienaventuranzas que proclama. Al hacerlo, nos desvela el verdadero rostro de Dios —un Dios que está muy lejos de nuestros miedos— y nos muestra el rostro de una persona que está en el polo opuesto de lo que el mundo suele valorar.

Lo más impresionante es que, ante nuestra perplejidad, Jesús, en vez de bajar el listón, lo levanta. No busca apaños ni pone sordina a su mensaje; apunta más alto todavía y nos lanza un desafío directo: "¿Si la sal pierde su sabor, con qué la salaremos?".

 Sabores

La fe no es un adorno, es lo que aliña nuestra vida. El Evangelio es esa pizca de sal que da sabor a todo lo demás. Quien ha experimentado la belleza de Dios sabe que su vida cambia al ser iluminado por la Palabra. Empezamos a vernos a nosotros mismos y a los demás de manera diferente. Poseemos una clave de lectura nueva para la historia: el mundo ya no es una sucesión de hechos violentos e inexplicables, sino la manifestación del gran proyecto de amor que Dios tiene para la humanidad. Y eso, hermanos, le da un sabor nuevo a la existencia.

domingo, 1 de febrero de 2026

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR - 2 de febrero


 Primera Lectura: Mal 3,1-4
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Heb 2,14-18
Evangelio: Lc 2,22-40

La liturgia de hoy puede parecernos, a primera vista, una celebración más propia del tiempo de Navidad, con sus relatos de la infancia de Jesús. Sin embargo, el centro de esta fiesta no es tanto el Niño como la revelación de quién es realmente. Como proclamaremos en el Prefacio y hemos escuchado en el Evangelio, Jesús es reconocido por el Espíritu como gloria de Israel y luz de las naciones. Es el Mesías esperado, pero llega de un modo que desconcierta.

El profeta Malaquías anuncia hoy algo inquietante: “De pronto entrará en su Templo el Señor a quien vosotros buscáis”. Y añade imágenes fuertes: vendrá como fuego de fundidor, como lejía que purifica. No entra para tranquilizar conciencias ni para confirmar una religiosidad autosuficiente, sino para purificar el culto, para separar lo auténtico de lo aparente. El problema no es la ausencia de Dios, sino un modo de relacionarse con Él que ha perdido la verdad del corazón.

Ese Señor que Malaquías anuncia es el Niño que María y José presentan en el Templo. Entra silenciosamente, sin signos de poder. Pero su presencia juzga, revela y transforma.

Y aquí aparece la gran paradoja. Cuando el Mesías entra en su casa, no son los sumos sacerdotes ni las autoridades religiosas quienes lo reconocen. De hecho, serán ellos quienes, años más tarde, lo entreguen para ser crucificado. El Señor no encuentra acogida en una religión cerrada sobre sí misma, que ha olvidado el clamor de los pobres y el sufrimiento de la vida real.

Tampoco lo reciben los doctores de la Ley aferrados a tradiciones que no sanan ni liberan. Jesús no es acogido por doctrinas que oprimen en nombre de Dios. La salvación no pasa por sistemas que se protegen a sí mismos.

sábado, 31 de enero de 2026

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sof 2,3; 3,12-13
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: 1 Cor 1,26-31
Evangelio: Mt 5, 1-12

Bienaventurados nosotros

El Mahatma Gandhi decía que el Sermón del Monte es una de las páginas más luminosas de la literatura universal. Y no le faltaba razón. En pocas líneas, Jesús traza lo que podríamos llamar la Carta Constitucional del Reino de Dios.

Mateo nos lo presenta como un nuevo Moisés que, desde la montaña, entrega no unas tablas de piedra, sino una manera nueva de vivir. Y comienza, de forma provocadora, con las Bienaventuranzas. Un texto muy conocido, muy repetido… y, la verdad, poco comprendido.

Porque son ocho afirmaciones que nos descolocan. Ocho frases que, si las tomáramos en serio, pondrían patas arriba muchas de nuestras seguridades. Tal vez por eso las domesticamos a nuestro gusto. O las ignoramos.

Pero antes de llegar al monte, la liturgia nos ha hecho escuchar a Sofonías. Y eso no es casual.

El resto humilde

El profeta anuncia algo desconcertante: Dios no va a apoyarse en los poderosos, ni en los autosuficientes, ni en los que se creen fuertes. Dice: “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Esto no es un elogio de la miseria. Es una afirmación teológica muy seria.
Para Sofonías, el futuro de Dios pasa por un resto pequeño, sin arrogancia, sin engaño, sin falsa seguridad. Personas que no tienen donde apoyarse salvo en el Señor.

Ahí ya están, en germen, las bienaventuranzas. Antes de que Jesús las proclame, Dios ya ha elegido el camino de los pequeños.

¿Bienaventurados los desgraciados?

Jesús se atreve a decir dónde está la felicidad, el sentido de la vida, la realización verdadera. Y lo hace de un modo desconcertante.

Habla de pobreza, de llanto, de mansedumbre, de persecución. Y uno se pregunta: ¿Está Jesús exaltando el sufrimiento? ¿Está diciendo que la vida cristiana es triste y resignada? ¿Vuelve el tópico de una religión que glorifica el dolor?

No. En absoluto.