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sábado, 17 de enero de 2026

DOMINGO 2º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

"Éste es el el Cordero de Dios..."
Primera Lectura: Is 49, 3.5-6
Salmo Responsorial:   Salmo 39
Segunda Lectura: 1 Cor 1,1-3
Evangelio: Jn 1, 29-34
  

El Evangelio de hoy tiene algo de escena coral, casi un pequeño “baile de Juanes”. Está Juan, el evangelista, que nos narra el episodio, y está Juan Bautista, el testigo directo, el que habla desde lo que ha visto y experimentado a orillas del Jordán. Y lo que confiesa no es poco: aquel hombre que se acerca, Jesús, el hijo de José, el de Nazaret, es nada menos que el Hijo de Dios. El esperado. El inaudito.

No somos cristianos por una sensibilidad religiosa especial ni por algunas devociones que nos reconfortan. Somos cristianos porque creemos que un carpintero de Nazaret es la presencia misma de Dios en la historia. Jesús no es solo una buena persona ni un profeta lúcido e incomprendido: es el rostro visible de Dios, su Palabra hecha carne.

Y Juan va aún más lejos. Dice que ve a Jesús venir hacia él. No es un detalle secundario. En el origen de la fe no está la búsqueda humana, sino un Dios que toma la iniciativa, que se pone en camino, que sale al encuentro. Y Juan añade una palabra desconcertante: “Este es el Cordero de Dios”.

Cordero

El cordero es el animal indefenso, el que no se resiste, el que carga con lo que no le pertenece. Juan intuye, quizá sin comprenderlo del todo, que en Jesús se unen la mansedumbre y la decisión, la fuerza y la entrega confiada. Y ante ese misterio, Juan —la voz potente del desierto— se queda casi sin voz.

Porque, en el fondo, Juan se equivoca en su expectativa inicial. Él esperaba un Mesías que separara, que juzgara, que prendiera fuego a la paja y talara los árboles estériles. Pero el que llega no arrasa, sino que cava alrededor del árbol y lo cuida con paciencia. El asombro de Juan es también el nuestro. Nuestro Dios no suele parecerse al que imaginamos. Y cuando se nos revela de verdad, nos descoloca.

Espíritu

El asombro crece todavía más cuando Juan confiesa algo decisivo: ha visto al Espíritu descender y permanecer sobre Jesús. No es un momento pasajero. El Espíritu habita en Él. Todo en Jesús está lleno de interioridad, de una profundidad que se transparenta en sus gestos, en su manera de estar, incluso antes de pronunciar palabra alguna.

sábado, 10 de enero de 2026

BAUTISMO DEL SEÑOR (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 42, 1-4.6-7
Salmo Responsorial: Salmo 28
Segunda Lectura: Hech 10, 34-38
Evangelio: Mt 3, 13-17


Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo de Navidad.
Y lo cerramos de una manera muy significativa: no con un gesto espectacular, sino con una palabra que lo dice todo.

Bien-amados sin méritos

Mientras Jesús sale del Jordán, se oye una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». No es una frase piadosa. Es la revelación más profunda de quién es Jesús… y también de quiénes somos nosotros.

Jesús no comienza su misión haciendo milagros, ni predicando, ni organizando nada. Comienza escuchando que es Hijo, y que es amado. Antes de hacer nada. Antes de demostrar nada.

Y aquí conviene detenerse un momento. Porque nosotros solemos pensar justo al revés.

Estamos educados en la lógica del mérito. Nos quieren si cumplimos. Nos valoran si respondemos. Nos reconocen si damos la talla.

Desde pequeños aprendemos que hay que ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos profesionales, buenos religiosos, buenos curas, buenos creyentes… Y poco a poco se nos va metiendo dentro la idea —casi sin darnos cuenta— de que también Dios nos querrá así: si nos portamos bien, si no fallamos demasiado, si hacemos lo que toca.

Por eso, cuando alguien nos critica o nos corrige, algo se rompe por dentro.
Nos defendemos, nos justificamos… o al contrario, nos hundimos y pensamos: “quizá no valgo tanto”.

Y entonces aparece una fe cansada. Una fe que mendiga aprobación.
Una fe que vive pendiente de la imagen, del juicio ajeno, incluso del propio juicio.

Pues bien, el Bautismo de Jesús rompe esta lógica desde la raíz.

lunes, 5 de enero de 2026

EPIFANÍA DEL SEÑOR (6 de enero)


Primera Lectura: Is 60, 1-6
Salmo Responsorial: Salmo 71
Segunda Lectura: Ef 3, 2-3a.5-6
Evangelio: Mt 2,1-12


El miedo llamó a la puerta de nuestra vida. La fe fue a abrir… y no había nadie. La verdad es que comenzamos el año con el corazón cargado.
Inquietos. A la defensiva. Con la sensación de que el mundo se nos vuelve menos habitable, más duro, más frágil.

Hay guerras que no son tan lejanas. Hay violencias que ya no nos sorprenden. Y hay un cansancio interior que no se arregla con buenos propósitos.

En este clima, celebrar la Epifanía no es un adorno piadoso.
Es una provocación.

Porque hoy el Evangelio nos habla de personas que, en medio de la oscuridad, se atrevieron a ponerse en camino. No porque lo tuvieran claro, sino porque el deseo de verdad era más fuerte que el miedo.

Hoy celebramos la fiesta del deseo que no se rinde. Del deseo profundo de plenitud que habita el corazón humano y que, a veces, nos inquieta más de lo que nos consuela. Ese deseo es el que mueve a los Magos. No la seguridad. No la certeza, sino el deseo.

Magos

Los Magos no eran reyes ni magos de cuento. Eran buscadores. Personas de otra cultura, de otra fe, atentos a los signos, capaces de leer el cielo y de dejarse interpelar por él. Vieron una estrella… y se movieron.

Eso ya los distingue de Herodes y de los sabios de Jerusalén. Unos saben mucho, pero no se mueven. Otros saben poco, pero caminan.

Y aquí aparece una de las grandes paradojas del Evangelio: Jesús es reconocido por quienes lo buscan, e ignorado por quienes creen tenerlo todo claro.