La liturgia de hoy puede parecernos, a primera vista, una celebración más propia del tiempo de Navidad, con sus relatos de la infancia de Jesús. Sin embargo, el centro de esta fiesta no es tanto el Niño como la revelación de quién es realmente. Como proclamaremos en el Prefacio y hemos escuchado en el Evangelio, Jesús es reconocido por el Espíritu como gloria de Israel y luz de las naciones. Es el Mesías esperado, pero llega de un modo que desconcierta.
El profeta Malaquías anuncia hoy algo inquietante: “De pronto entrará en su Templo el Señor a quien vosotros buscáis”. Y añade imágenes fuertes: vendrá como fuego de fundidor, como lejía que purifica. No entra para tranquilizar conciencias ni para confirmar una religiosidad autosuficiente, sino para purificar el culto, para separar lo auténtico de lo aparente. El problema no es la ausencia de Dios, sino un modo de relacionarse con Él que ha perdido la verdad del corazón.
Ese Señor que Malaquías anuncia es el Niño que María y José presentan en el Templo. Entra silenciosamente, sin signos de poder. Pero su presencia juzga, revela y transforma.
Y aquí aparece la gran paradoja. Cuando el Mesías entra en su casa, no son los sumos sacerdotes ni las autoridades religiosas quienes lo reconocen. De hecho, serán ellos quienes, años más tarde, lo entreguen para ser crucificado. El Señor no encuentra acogida en una religión cerrada sobre sí misma, que ha olvidado el clamor de los pobres y el sufrimiento de la vida real.
Tampoco lo reciben los doctores de la Ley aferrados a tradiciones que no sanan ni liberan. Jesús no es acogido por doctrinas que oprimen en nombre de Dios. La salvación no pasa por sistemas que se protegen a sí mismos.


