Vivimos rodeados de palabras.
Nunca la humanidad había producido tantas. Noticias, tertulias, mensajes,
vídeos, opiniones, publicidad... Desde que nos levantamos hasta que nos
acostamos, miles de palabras pasan por nuestra cabeza. Muchas entretienen, algunas
indignan, otras tranquilizan por un momento. Pero pocas, muy pocas, cambian
realmente la vida.
Y, sin embargo, en medio de ese
inmenso ruido sigue resonando una Palabra distinta: la Palabra de Dios.
No grita para imponerse. No
compite por captar nuestra atención. No busca hacerse viral. Simplemente espera
encontrar un corazón dispuesto a escuchar.
Eso es lo que nos recuerdan hoy
las lecturas.
Una Palabra eficaz
El profeta Isaías habla a un
pueblo derrotado, cansado de esperar. Todo parecía indicar que las promesas de
Dios habían fracasado. Pero el profeta responde con una imagen preciosa: igual
que la lluvia no cae inútilmente sobre la tierra, tampoco la Palabra de Dios
vuelve a Él sin antes haber dado fruto.
Los tiempos de Dios no son los
nuestros. Nosotros buscamos resultados inmediatos; Dios trabaja con la
paciencia de quien sabe hacer crecer la vida desde dentro.
Quizá todos hemos experimentado
alguna vez que una frase del Evangelio, escuchada casi sin prestar atención,
vuelve meses o años después en el momento preciso. Entonces comprendemos que
aquella semilla nunca estuvo perdida. Había permanecido silenciosamente en
nuestro interior, esperando su hora.
La Palabra de Dios tiene esa
fuerza.
Pero el Evangelio añade una pregunta incómoda. Si la semilla es buena, ¿por qué da tan poco fruto?
Jesús no culpa al sembrador.
Tampoco a la semilla. Nos invita a mirar el terreno.
Y aquí la parábola deja de hablar de agricultura para hablar de nosotros.


