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sábado, 11 de julio de 2026

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

Vivimos rodeados de palabras. Nunca la humanidad había producido tantas. Noticias, tertulias, mensajes, vídeos, opiniones, publicidad... Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, miles de palabras pasan por nuestra cabeza. Muchas entretienen, algunas indignan, otras tranquilizan por un momento. Pero pocas, muy pocas, cambian realmente la vida.

Y, sin embargo, en medio de ese inmenso ruido sigue resonando una Palabra distinta: la Palabra de Dios.

No grita para imponerse. No compite por captar nuestra atención. No busca hacerse viral. Simplemente espera encontrar un corazón dispuesto a escuchar.

Eso es lo que nos recuerdan hoy las lecturas.

Una Palabra eficaz

El profeta Isaías habla a un pueblo derrotado, cansado de esperar. Todo parecía indicar que las promesas de Dios habían fracasado. Pero el profeta responde con una imagen preciosa: igual que la lluvia no cae inútilmente sobre la tierra, tampoco la Palabra de Dios vuelve a Él sin antes haber dado fruto.

Los tiempos de Dios no son los nuestros. Nosotros buscamos resultados inmediatos; Dios trabaja con la paciencia de quien sabe hacer crecer la vida desde dentro.

Quizá todos hemos experimentado alguna vez que una frase del Evangelio, escuchada casi sin prestar atención, vuelve meses o años después en el momento preciso. Entonces comprendemos que aquella semilla nunca estuvo perdida. Había permanecido silenciosamente en nuestro interior, esperando su hora.

La Palabra de Dios tiene esa fuerza.

Pero el Evangelio añade una pregunta incómoda. Si la semilla es buena, ¿por qué da tan poco fruto?

 El sembrador

Jesús no culpa al sembrador. Tampoco a la semilla. Nos invita a mirar el terreno.

Y aquí la parábola deja de hablar de agricultura para hablar de nosotros.

sábado, 4 de julio de 2026

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura:  Zac 9, 9-10
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Evangelio: Mt 11, 25-30

Después de las grandes solemnidades de la Pascua, Pentecostés, la Trinidad y el Corpus, volvemos al llamado tiempo ordinario. Pero el Evangelio nunca es ordinario. Hoy Mateo nos regala una de las páginas más bellas de todo el Nuevo Testamento.

Jesús nos dirige unas palabras que parecen escritas para nuestro tiempo: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré.»

Lo primero que sorprende es que Jesús no se dirige a los fuertes, a los triunfadores ni a quienes creen tener la vida resuelta. Se dirige a los cansados.

Y quizá esa sea la palabra que mejor describe a muchas personas hoy. Vivimos más cómodamente que otras generaciones, disponemos de recursos impensables hace unas décadas, pero, al mismo tiempo, nunca habíamos vivido tan acelerados, tan exigidos y, en el fondo, tan cansados.

No es sólo el cansancio del trabajo. Es el cansancio de tener que demostrar continuamente que valemos. Hay que producir, competir, consumir, estar siempre disponibles, cuidar la imagen, estar a la moda, acumular experiencias, obtener resultados. Parece que una persona sólo merece reconocimiento si consigue destacar.

Sin darnos cuenta, esa lógica termina invadiéndolo todo. También nuestras relaciones, nuestra vida familiar e incluso nuestra vida espiritual. Corremos el riesgo de medirnos siempre por lo que hacemos y nunca por lo que somos.

Es la gran mentira de nuestra cultura: hacernos creer que el valor de una persona depende de su rendimiento.

Frente a esa manera de entender la vida, Jesús proclama algo profundamente revolucionario.

domingo, 28 de junio de 2026

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)


Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19


Hay aspectos de la Iglesia que a veces nos cuestan comprender. Quienes la amamos sabemos bien que no todo en ella resulta fácil. Pero también hay días como el de hoy, en los que redescubrimos con alegría la belleza de pertenecer a este pueblo que Dios sigue construyendo.

Celebramos a Pedro y Pablo. Dos hombres inmensos en la historia de la Iglesia. Pero, antes que eso, dos hombres profundamente humanos. Y quizá ahí está la primera buena noticia: Dios no eligió héroes acabados. Eligió personas de carne y hueso, muy distintas entre sí, y las transformó.

Pedro: La Roca Frágil

Pedro era un pescador de Cafarnaúm. Hombre sencillo, impulsivo, generoso, de reacciones rápidas. Pablo, en cambio, era un intelectual brillante, formado, apasionado defensor de la Ley, hasta que el encuentro con Cristo cambió radicalmente su vida.

No podían ser más diferentes. Humanamente, era difícil imaginar que caminaran juntos. Y, sin embargo, Cristo hizo de ellos las dos grandes columnas de la Iglesia.

Pedro nos enseña que Dios no llama a los perfectos.

Jesús lo escogió precisamente a él para sostener la fe de sus hermanos. Y Pedro estaba muy lejos de ser un hombre impecable. Prometió fidelidad hasta la muerte... y terminó negando a Jesús por miedo.

A veces pensamos que nuestra fe es sólida mientras todo va bien. Pero la autenticidad de nuestra fe suele aparecer cuando llega la prueba. También Pedro tuvo que descubrirlo. Su fracaso le rompió la imagen que tenía de sí mismo. Y, precisamente entonces, comenzó a apoyarse de verdad en el Señor y no en sus propias fuerzas.