Los comienzos de la predicación de Jesús están marcados por un hecho doloroso: la detención de Juan Bautista. Algo se cierra. Y, a la vez, algo nuevo empieza.
Jesús vuelve a Galilea, pero ya no regresa a Nazaret. Se instala en Cafarnaúm, una ciudad de frontera, con presencia romana, comercio, mezcla cultural y religiosa. No es un detalle geográfico sin más. Es una decisión teológica. Jesús empieza desde ahí.
A veces los acontecimientos negativos, los fracasos o los cortes bruscos de la vida, no son solo pérdidas. Abren caminos que nunca habríamos elegido. En la historia de la Iglesia y en nuestra propia historia personal ocurre una y otra vez. Dios escribe recto con renglones torcidos. No es una frase piadosa. Es una experiencia real.
Galilea de los gentiles
Mateo lo subraya citando a Isaías: Zabulón y Neftalí, Galilea de los gentiles. Territorios despreciados, marcados por el mestizaje, por una fe considerada impura, poco fiable. Desde Jerusalén se los miraba por encima del hombro. Nada bueno podía salir de allí.
Pues bien, exactamente desde ahí empieza Jesús a anunciar el Reino.
Dios suele actuar así. Prefiere los márgenes al centro, las fronteras a los espacios seguros. No se instala donde todo está claro y ordenado, sino donde la vida es confusa, mezclada, frágil. Donde las personas viven con preguntas abiertas, con fe a medias, con deseos que no siempre saben formular.
Y, si somos sinceros, ahí estamos también nosotros muchas veces. Un poco galileos. Creyentes, sí, pero más en el deseo que en la coherencia. Hijos de nuestro tiempo, con fe mezclada, con dudas, con búsquedas reales. No desde la perfección, sino desde la necesidad.
A ellos y a nosotros, Jesús nos dirige hoy su primera
palabra:
«Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca».


