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domingo, 1 de febrero de 2026

PRESENTACIÓN DEL SEÑOR - 2 de febrero


 Primera Lectura: Mal 3,1-4
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda Lectura: Heb 2,14-18
Evangelio: Lc 2,22-40

La liturgia de hoy puede parecernos, a primera vista, una celebración más propia del tiempo de Navidad, con sus relatos de la infancia de Jesús. Sin embargo, el centro de esta fiesta no es tanto el Niño como la revelación de quién es realmente. Como proclamaremos en el Prefacio y hemos escuchado en el Evangelio, Jesús es reconocido por el Espíritu como gloria de Israel y luz de las naciones. Es el Mesías esperado, pero llega de un modo que desconcierta.

El profeta Malaquías anuncia hoy algo inquietante: “De pronto entrará en su Templo el Señor a quien vosotros buscáis”. Y añade imágenes fuertes: vendrá como fuego de fundidor, como lejía que purifica. No entra para tranquilizar conciencias ni para confirmar una religiosidad autosuficiente, sino para purificar el culto, para separar lo auténtico de lo aparente. El problema no es la ausencia de Dios, sino un modo de relacionarse con Él que ha perdido la verdad del corazón.

Ese Señor que Malaquías anuncia es el Niño que María y José presentan en el Templo. Entra silenciosamente, sin signos de poder. Pero su presencia juzga, revela y transforma.

Y aquí aparece la gran paradoja. Cuando el Mesías entra en su casa, no son los sumos sacerdotes ni las autoridades religiosas quienes lo reconocen. De hecho, serán ellos quienes, años más tarde, lo entreguen para ser crucificado. El Señor no encuentra acogida en una religión cerrada sobre sí misma, que ha olvidado el clamor de los pobres y el sufrimiento de la vida real.

Tampoco lo reciben los doctores de la Ley aferrados a tradiciones que no sanan ni liberan. Jesús no es acogido por doctrinas que oprimen en nombre de Dios. La salvación no pasa por sistemas que se protegen a sí mismos.

sábado, 31 de enero de 2026

DOMINGO 4º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sof 2,3; 3,12-13
Salmo Responsorial: Salmo 145
Segunda Lectura: 1 Cor 1,26-31
Evangelio: Mt 5, 1-12

Bienaventurados nosotros

El Mahatma Gandhi decía que el Sermón del Monte es una de las páginas más luminosas de la literatura universal. Y no le faltaba razón. En pocas líneas, Jesús traza lo que podríamos llamar la Carta Constitucional del Reino de Dios.

Mateo nos lo presenta como un nuevo Moisés que, desde la montaña, entrega no unas tablas de piedra, sino una manera nueva de vivir. Y comienza, de forma provocadora, con las Bienaventuranzas. Un texto muy conocido, muy repetido… y, la verdad, poco comprendido.

Porque son ocho afirmaciones que nos descolocan. Ocho frases que, si las tomáramos en serio, pondrían patas arriba muchas de nuestras seguridades. Tal vez por eso las domesticamos a nuestro gusto. O las ignoramos.

Pero antes de llegar al monte, la liturgia nos ha hecho escuchar a Sofonías. Y eso no es casual.

El resto humilde

El profeta anuncia algo desconcertante: Dios no va a apoyarse en los poderosos, ni en los autosuficientes, ni en los que se creen fuertes. Dice: “Dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, que confiará en el nombre del Señor”.

Esto no es un elogio de la miseria. Es una afirmación teológica muy seria.
Para Sofonías, el futuro de Dios pasa por un resto pequeño, sin arrogancia, sin engaño, sin falsa seguridad. Personas que no tienen donde apoyarse salvo en el Señor.

Ahí ya están, en germen, las bienaventuranzas. Antes de que Jesús las proclame, Dios ya ha elegido el camino de los pequeños.

¿Bienaventurados los desgraciados?

Jesús se atreve a decir dónde está la felicidad, el sentido de la vida, la realización verdadera. Y lo hace de un modo desconcertante.

Habla de pobreza, de llanto, de mansedumbre, de persecución. Y uno se pregunta: ¿Está Jesús exaltando el sufrimiento? ¿Está diciendo que la vida cristiana es triste y resignada? ¿Vuelve el tópico de una religión que glorifica el dolor?

No. En absoluto.

sábado, 24 de enero de 2026

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 8,23b - 9,3
Salmo responsorial: Salmo 26
Segunda lectura: 1 Cor 1,10 -13.17
Evangelio: Mt 4,12-23

Los comienzos de la predicación de Jesús están marcados por un hecho doloroso: la detención de Juan Bautista. Algo se cierra. Y, a la vez, algo nuevo empieza.

Jesús vuelve a Galilea, pero ya no regresa a Nazaret. Se instala en Cafarnaúm, una ciudad de frontera, con presencia romana, comercio, mezcla cultural y religiosa. No es un detalle geográfico sin más. Es una decisión teológica. Jesús empieza desde ahí.

A veces los acontecimientos negativos, los fracasos o los cortes bruscos de la vida, no son solo pérdidas. Abren caminos que nunca habríamos elegido. En la historia de la Iglesia y en nuestra propia historia personal ocurre una y otra vez. Dios escribe recto con renglones torcidos. No es una frase piadosa. Es una experiencia real.

Galilea de los gentiles

Mateo lo subraya citando a Isaías: Zabulón y Neftalí, Galilea de los gentiles. Territorios despreciados, marcados por el mestizaje, por una fe considerada impura, poco fiable. Desde Jerusalén se los miraba por encima del hombro. Nada bueno podía salir de allí.

Pues bien, exactamente desde ahí empieza Jesús a anunciar el Reino.

Dios suele actuar así. Prefiere los márgenes al centro, las fronteras a los espacios seguros. No se instala donde todo está claro y ordenado, sino donde la vida es confusa, mezclada, frágil. Donde las personas viven con preguntas abiertas, con fe a medias, con deseos que no siempre saben formular.

Y, si somos sinceros, ahí estamos también nosotros muchas veces. Un poco galileos. Creyentes, sí, pero más en el deseo que en la coherencia. Hijos de nuestro tiempo, con fe mezclada, con dudas, con búsquedas reales. No desde la perfección, sino desde la necesidad.

A ellos y a nosotros, Jesús nos dirige hoy su primera palabra:
«Convertíos, porque el Reino de Dios está cerca».