Con la fiesta del Bautismo del Señor cerramos el tiempo de
Navidad.
Y lo cerramos de una manera muy significativa: no con un gesto espectacular,
sino con una palabra que lo dice todo.
Bien-amados sin méritos
Mientras Jesús sale del Jordán, se oye una voz: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco». No es una frase piadosa. Es la revelación más profunda de quién es Jesús… y también de quiénes somos nosotros.
Jesús no comienza su misión haciendo milagros, ni predicando, ni organizando nada. Comienza escuchando que es Hijo, y que es amado. Antes de hacer nada. Antes de demostrar nada.
Y aquí conviene detenerse un momento. Porque nosotros solemos pensar justo al revés.
Estamos educados en la lógica del mérito. Nos quieren si cumplimos. Nos valoran si respondemos. Nos reconocen si damos la talla.
Desde pequeños aprendemos que hay que ser buenos alumnos, buenos hijos, buenos novios, buenos esposos, buenos padres, buenos profesionales, buenos religiosos, buenos curas, buenos creyentes… Y poco a poco se nos va metiendo dentro la idea —casi sin darnos cuenta— de que también Dios nos querrá así: si nos portamos bien, si no fallamos demasiado, si hacemos lo que toca.
Por eso, cuando alguien nos critica o nos corrige, algo se
rompe por dentro.
Nos defendemos, nos justificamos… o al contrario, nos hundimos y pensamos:
“quizá no valgo tanto”.
Y entonces aparece una fe cansada. Una fe que mendiga
aprobación.
Una fe que vive pendiente de la imagen, del juicio ajeno, incluso del propio
juicio.
Pues bien, el Bautismo de Jesús rompe esta lógica desde la raíz.

