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viernes, 1 de noviembre de 2013

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (1 de noviembre)




Primera lectura: Ap 7, 2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3, 1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a
   

Dejemos, hoy, que sea la parte más auténtica de nosotros la que prevalezca, la que crezca, la que tome el mando en nuestras vidas. Y pidamos a los santos, a los que están en el calendario y a los otros muchos que se agolpan en el Reino de Dios, que nos ayuden a creer, a apoyarnos en la esperanza, a enseñarnos a querer como ellos lo han sabido hacer. ¡Que nuestra vida se convierte en transparencia de Jesús, el Señor, el único camino hacia Dios! 

Hoy la Iglesia celebra en una única fiesta la santidad que Dios derrama sobre las personas que confían en él. ¡Una fiesta extraordinaria, que hace crecer en nosotros el deseo de imitar a los santos en su amistad con Dios! 
  ¡Qué bonito convertirse en santo! Ciertamente no por las imágenes y los devotos que encienden cirios a sus pies.... Sino porque llegar a ser santo significa realizar el proyecto que Dios tiene sobre nosotros, significa convertirse en la obra maestra que él ha pensado para nosotros. Dios cree en nosotros y nos ofrece todos los elementos para convertirnos en santos, como él es Santo. Sólo Dios es Santo, pero desea compartir esta santidad con nosotros. ¡La santidad, como diría santa Teresa de Lisieux, no consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias!
Hoy es la fiesta de nuestro destino, de nuestra llamada. La Iglesia en camino, hecha de santos y pecadores, nos invita a fijarnos en la verdad profunda de cada persona: tras cada mirada, dentro de cada uno de nosotros, se esconde un santo en potencia. Cada uno de nosotros nace para realizar el sueño de Dios y nuestro puesto es insustituible en este mundo.  
El santo es el que ha descubierto este destino y lo ha realizado; mejor aún: se ha dejado hacer, ha dejado que Dios tome posesión de su vida.  

 
El santo  
La santidad que celebramos es la de Dios y, acercándonos a él,  primero somos seducidos y después contagiados. La Biblia a menudo habla de Dios y de su santidad, de su amor perfecto, de equilibrio, de luz, de paz. Él es el Santo, el totalmente otro, pero la Escritura nos revela que Dios desea fuertemente compartir la santidad con su pueblo.  
Dios ya nos ve santos, ve en nosotros la plenitud que ni siquiera nos atrevemos a imaginar, conformándonos con nuestras mediocridades.  
No hay más que una tristeza: la de no ser santos. ¡Qué gran verdad!  
El santo es todo lo que de más bonito y noble existe en la naturaleza humana; en cada uno de nosotros existe la nostalgia de la santidad, de lo que somos llamados a ser: escuchemos esa llamada, esa nostalgia. Saquemos de las hornacinas de la devoción en las que hemos desterrado a los santos y convirtámoslos en nuestros amigos y consejeros, en nuestros hermanos y maestros, repongámoslos en la cotidianidad de nuestra vida, escuchémoslos cuando nos sugieran el recorrido que nos lleva hacia la plenitud de la felicidad. Los que han vivido a Dios en su totalidad desean vivamente que también nosotros experimentemos la inmensa alegría que ellos han vivido.  
Los santos no son personas extrañas, hombres y mujeres macerados en la penitencia sino discípulos que han creído en el sueño de Dios.  
El santo no es alguien que haya nacido predestinado, sino hombres y mujeres como nosotros, que se han fiado y dejado hacer por Dios.  
Los santos no son pequeños operadores de prodigios: el mayor milagro de sus vidas es su continua conversión.  
Los santos no son perfectos e impecables, sino que han tenido el ánimo, que a menudo nosotros no tenemos, de recomenzar después de haberse equivocado.  
Los santos no son solitarios sino todo lo contrario: después de haber conocido la gloria y la belleza de Dios, no tienen más que un deseo: compartirla con nosotros.  
Pidamos a los santos una ayuda para nuestro camino: que Pedro nos dé su fe rocosa; Francisco, su perfecto regocijo; Pablo, el ardor de la fe; Teresa de Lisieux, la sencillez de la entrega al Señor; Ignacio de Loyola, su espíritu de discernimiento para hallar a Dios en todas las cosas; Javier, la intrepidez misionera; y así tantos otros… ¡Así, juntos, nosotros aquí en la tierra y ellos que ahora están colmados de gracia, cantemos la belleza de Dios en este día que es nostalgia de lo que podremos llegar a ser, con sólo creer, con sólo fiarnos de Él!  
 
¡Santos súbito!  
¿Y nosotros? Si la santidad es el modelo de la plena humanidad, ¿por qué no alcanzamos este objetivo?  
Santo es cualquiera que deja que Dios llene su vida hasta convertirla en un regalo para los otros.  
Celebrar a los santos significa celebrar una Historia alternativa. La historia que estudiamos en la escuela, la historia que llega dolorosamente a nuestras casas, hecha de violencia y prepotencia, no es la verdadera Historia. Entretejida y mezclada con la historia de los poderosos, existe una Historia diversa que Dios ha inaugurado: su Reino.  
Las Bienaventuranzas nos recuerdan con fuerza cuál es la lógica de Dios. Una lógica en la que se percibe claramente la diferencia entre la mentalidad de Dios y la de los hombres: los bienaventurados, los que viven ya desde ahora la felicidad, son los mansos, los pacíficos, los limpios de corazón, que viven con intensidad y entrega la propia vida como los santos.  
Este reino que Dios ha inaugurado y que nos ha dejado en herencia, depende de nosotros hacerlo presente y operante cada día en nuestro tiempo.  
 
Aperturas  
Contemplar nuestra suerte, el gran proyecto de bien y de salvación que Dios tiene sobre la humanidad nos permite afrontar con esperanza la difícil memoria de nuestros difuntos. Quien ha amado y ha perdido el amor sabe cuánto dolor provoca la muerte.  
Jesús tiene una buena noticia sobre la muerte, sobre este misterioso encuentro, esta cita cierta para todos.  
La muerte, la hermana muerte, es la puerta por la que alcanzamos la dimensión profunda de la que procedemos, aquel aspecto invisible en el que creemos, lo que permanece, porque -como decía el sabio Principito de Saint-Exupery- “lo esencial es invisible a los ojos”.  
Amigos míos somos inmortales, desde el momento de nuestra concepción somos inmortales y toda nuestra vida consiste en descubrir las reglas del juego, el tesoro escondido como un feto que crece para ser al final parido en una dimensión de plenitud.  
Somos inmensamente más de lo que parecemos, más que lo que creemos ser. Somos mucho más: nuestra vida, por más realizada que esté, por más satisfactoria que sea, no podrá llenar nunca la necesidad absoluta de plenitud que llevamos en lo más íntimo de nuestro ser.  
 

Destinos  
Jesús lo confirma. Es justo así, tu vida continúa, brota, florece.    
Crece en una plenitud de búsqueda y totalidad si has descubierto las reglas del juego; en una vida de duda e inquietud, si has rechazado con obstinación el ser alcanzado por el amor de Dios.  
Hoy día parece extraño hablar de esto, lo sé, pero el infierno -que es la ausencia de Dios- existe y es la oportunidad que todos tenemos de rechazar para siempre el amor de Dios; es una señal de respeto a nuestra libertad. Ciertamente todos esperamos que esté vacío y sabemos que Dios se revela como un testarudo que quiere a toda costa la salvación de sus hijos.  
La eternidad ya ha comenzado aquí en la tierra, juguémonosla bien, no esperemos a la muerte, ni queramos evitarla, sino pensemos con serenidad cómo  revisar nuestra vida, para ir a lo esencial, para entregar lo auténtico y lo mejor de nosotros mismos.  
Nuestros amigos difuntos -que confiamos a la ternura de Dios- nos preceden en esta aventura divina. Dios quiere la salvación de todos, con obstinación, pero, porque nos quiere, nos deja libres de responder a este amor o de rechazarlo. Oremos hoy, amigos, para que, de verdad, el Maestro nos dé fidelidad a su proyecto de amor.  
Nuestra oración nos pone en comunión con nuestros difuntos, hace sentir  nuestro cariño por ellos, en la espera de los cielos nuevos y la tierra nueva que nos esperan.