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sábado, 21 de enero de 2017

DOMINGO 3º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Is 8,23b - 9,3
Salmo responsorial: Salmo 26
Segunda lectura: 1 Cor 1,10 -13.17
Evangelio: Mt 4,12-23

Los comienzos de la predicación de Jesús están unidos con un acontecimiento dramático: la detención de Juan Bautista. Jesús vuelve sobre sus pasos, pero decide no ir ya a Nazaret, la pequeña aldea que lo ha visto crecer. Jesús ha cambiado, el bautismo le ha dado mayor conciencia de su misión.
Se traslada a Cafarnaúm, la pequeña ciudad del mar de Tiberiades, situada en el confín de dos regiones, una ciudad importante, con guarnición romana, con sinagoga, con recaudadores de impuestos. Una ciudad que se va a convertir en el corazón del apostolado del Señor en Galilea.
No siempre los acontecimientos negativos son tales. A veces los momentos difíciles nos abren perspectivas que nunca nos habríamos imaginado, tanto en la historia de la Iglesia, como en la historia personal de cada uno de nosotros.
Dios escribe recto con reglones torcidos. Jesús, forzado a volver a Galilea, tendrá la oportunidad de iniciar su predicación desde los confines, desde las periferias, desde los últimos, desde los perdedores. Desde los territorios de Zabulón y Neftalí, las dos primeras tribus de Israel en caer bajo la dominación asiria, muchos siglos antes.

Galilea de los gentiles
En el año 733 A. de C. estas dos tribus de Zabulón y Neftalí fueron brutalmente agregadas al imperio asirio. Abandonadas a su suerte, conocieron a lo largo de los siglos diversas vicisitudes, pero una cosa fue constante a lo largo del tiempo: Galilea se convirtió en el lugar de la promiscuidad, del mestizaje, de la fe mezclada y aproximativa... del más o menos... o del “todo vale”. Los galileos eran mirados con desprecio por los puros e impecables de Jerusalén, nada bueno podía venir de aquellas ciudades contaminadas y paganas.
En tiempo de Jesús, de aquellos territorios salió el movimiento extremista de los zelotas, hasta el punto que “galileo” era sinónimo de  “terrorista.” Pues bien, exactamente desde aquel lugar es desde donde Jesús emprende su predicación.
Dios siempre es así, prefiere a los díscolos frente a los buenos chicos, invita a los primeros de la clase a salir fuera y ensuciarse las manos; obliga a quien lo sigue a marchar hacia las inseguras fronteras de la historia, antes que encerrarse en los recintos seguros de las falsas certezas de la fe.
Dios es así, quiere el riesgo, quiere ensuciarse las manos, sale a anunciar el Reino allí donde nadie lo espera... ni lo desea.
En esto es en lo que puede y debe convertirse la comunidad cristiana, en ser capaz de salir de las iglesias para devolver a Dios al pueblo, para compartir con él el camino de salvación.
En esto podemos y debemos convertirnos nosotros, a imitación del Maestro de Nazaret, nosotros que vivimos en la ciudad, en lugares en los que el cristianismo ha quedado reducido a unos leves trazos culturales; nosotros que vivimos entre personas que creen creer, que viven lejanas de Dios, incluso deseando conocer su sentido, sin saberlo.
Así nos encontramos muchas veces nosotros, un poco mestizos, bastardos, frágiles, porque somos hijos de este tiempo: discípulos de Cristo, sí, pero más en el deseo que en la coherencia de vida.

Convertíos
A ellos y a nosotros, Jesús nos dirige hoy su Palabra ardiente.
“Convertíos que el Reino de Dios está cerca.”
Sí, así escribe Mateo en el evangelio que hemos escuchado: es el Reino el que se acerca, es Dios quien toma la iniciativa, el primer paso es suyo. A nosotros se nos pide únicamente acogerlo, reorientar la mirada, calentar el corazón (eso es convertirse). Dios no empieza con alguna reprimenda moral, con algún sensato discurso orientado a suscitar un arrepentimiento y un cambio de conducta. Él, en primer lugar, se ofrece, se entrega, se arriesga.

Dice: “Estoy muy cerca de ti, ¿no te das cuenta?”
Darse cuenta significa dejar todo, dejar de lado tantos asuntos, tantas preocupaciones, tantas cosas…, para recobrar lo esencial como hicieron Pedro y Andrés, que al fin se convierten en pescadores de hombres.

El Reino es la conciencia de la presencia entusiasmante y sonriente de Dios. El Reino está allí dónde Dios reina, donde él es el centro.
Y la Iglesia, comunidad de llamados y de discípulos del Señor, pertenece al Reino, pero ella no es el Reino de Dios ni lo agota en sí misma.
Estamos llamados a decir a los habitantes de Zabulón y de Neftalí, a los marginales y de las periferias, y también a nosotros mismos, que “Dios está cerca”. No tienes ningún mérito de que eso ocurra: porque es una iniciativa libre de Dios; tú y yo, simplemente ensanchemos el corazón para acogerlo gozosamente.
Relajaos, por tanto, los que tal vez prestáis un difícil servicio eclesial con jóvenes, parejas o ancianos; tranquilos, los amigos que os la jugáis en la acción social, allí donde el hombre es menos hombre y donde el dolor impera, porque el Reino está cerca.
¡No tenemos que salvar el mundo, pues ya está salvado! Lo que pasa es que el mundo no lo sabe... y, por eso, vive en la desesperación.
A nosotros nos toca hacer presente este Reino de Dios en nuestro mundo, a nosotros nos toca vivir como salvados, convertirnos cada uno de nosotros en el “hombre-anuncio” del Reino, hacer publicidad, vivir con la luz de la fe en medio de las tinieblas que envuelven a los Neftalí y Zabulón de nuestros días.

Pescadores de humanidad y de unidad
Dios necesita de nosotros para anunciar que el Reino está cerca, allí dondequiera que estemos.
Somos llamados a hacer la experiencia de la hermandad (¡la palabra “hermano” se repite cuatro veces en tres versículos!); podemos dejar, o no, las redes que nos retienen (miedos, asuntos, lógica mundana), para llegar a ser pescadores de hombres y de humanidad. Somos llamados sacar fuera de nosotros mismos, y de los otros, toda la humanidad que Dios ha sembrado en nuestros corazones.
Esta semana se ha celebrado el octavario para la unión de los cristianos. Los cristianos no somos gente aparte, no somos mejores, ni diferentes: simplemente hemos dejado salir del corazón el aspecto más auténtico del ser humano. Y cada persona es llamada a hacer esta experiencia de comunión y auténtica humanidad.
La llamada a la conversión para que el mundo crea, pasa hoy por un elemento fundamental de nuestra aportación personal a la vida de la Iglesia: el trabajo esforzado y constante por la unidad. Acogemos la advertencia de Pablo a la comunidad de Corinto: «Os ruego hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo: poneos de acuerdo y no andéis divididos. Estad bien unidos con un mismo pensar y un mismo sentir» (2ª lectura). El anuncio del Evangelio a nuestra sociedad multicultural y plurirreligiosa -nuestra Galilea de los gentiles- tiene necesidad de este signo de unidad, hoy más nunca. Hemos de revisarnos. La llamada a la conversión y al seguimiento de Jesús solo es creíble desde el testimonio de la unidad. La oración sacerdotal de Jesús así lo expresa: «Padre, que sean uno en nosotros para que el mundo crea que tú me has enviado» (cf. Jn 17, 21). Hacer visible la cercanía de Dios desde la unidad y el amor: este ha de ser nuestro objetivo para llevar a término, no precisamente con la sabiduría de las palabras, sino con el testimonio de una vida entregada a la causa del Reino, como Jesús.
Entendamos entonces la enérgica protesta de Pablo, que amonesta a sus comunidades para que no se vuelvan como los ultras del estadio: yo soy de éste, yo soy de aquel... Cada experiencia cristiana (iglesia, movimiento, parroquia, espiritualidad), es un instrumento que no agota el Reino en sí misma, el Reino de Dios va más allá.
¡Dejemos pues las redes que nos retienen, los prejuicios y los miedos que nos tienen maniatados, las incomprensiones que nos impiden ser y contar en el Reino de Dios! Todavía nos queda mucho bueno por hacer. ¡Que el Señor nos ayude!