La sed no admite teorías. Cuando uno tiene sed, todo el cuerpo lo sabe. Todo se concentra en esa necesidad.
El pueblo de Israel lo experimentó en el desierto. No hay agua y comienzan las murmuraciones. “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?”
La sed física termina convirtiéndose en una pregunta espiritual.
También nosotros estamos sedientos. No solo de agua ─ un bien que será cada vez más escaso y motivo de conflictos ─ sino sedientos de algo más hondo: de sentido, de amor verdadero, de paz interior, de esperanza que no defraude.
Y esa sed, cuando no se reconoce, nos desordena la vida.
Bochorno
Jesús llega a Sicar, cansado, al mediodía. Se sienta junto al pozo. Y tiene sed. Es impresionante: Dios tiene sed.
Sed de agua, sí. Pero sobre todo sed de fe. Es la sed de esa mujer que viene a una hora en que nadie viene, para no cruzarse con miradas que la juzgan.
Hay en la escena un cansancio muy humano. Y en esa situación, Jesús se expone. Cruza fronteras religiosas, culturales, morales. Se arriesga a la incomprensión. Todo por iniciar un diálogo.
Porque Dios no salva desde lejos. Se sienta en el brocal de nuestro pozo.
Reacia y con aristas
La mujer reacciona con desconfianza ante este acercamiento. Y es lógico.
Los judíos y los samaritanos se despreciaban. Un hombre no hablaba en público con una mujer. Y esta mujer, además, llevaba una historia afectiva fragmentada. Había buscado amor muchas veces y no había encontrado descanso.
Jesús no empieza corrigiéndola. Empieza pidiendo: “Dame de beber”.
Dios mendiga. Dios provoca un diálogo desde la necesidad. Y poco a poco la conduce hacia otra sed. Aquí está el centro del encuentro.
La mujer ha intentado calmar su sed con agua salada. Relaciones que prometen plenitud y dejan vacío. Afectos que parecen definitivos y se rompen. Búsquedas apresuradas que no encuentran nada.
No es solo su historia. Es la nuestra. Es la de una cultura que confunde deseo con amor, intensidad con fidelidad, posesión con entrega. Que convierte el amor en un consumo más y a la persona en un objeto intercambiable.
Nos prometen felicidad inmediata. Y seguimos sedientos.
Sin embargo, Jesús no es moralista. No le echa en cara su pasado. Pero sí la confronta con la verdad de su vida. “Llama a tu marido”. No para humillarla, sino para que reconozca dónde ha estado buscando.
Porque si la sed no se nombra, no puede curarse. Si no reconocemos que tenemos sed, no podemos saciarnos.
Disquisiciones
Cuando la conversación se va volviendo incómoda, la mujer cambia de tema: ¿dónde hay que adorar? ¿En este monte o en Jerusalén?
Cuántas veces hacemos nosotros lo mismo. Cuando el Evangelio toca nuestra herida, preferimos discutir sobre cuestiones religiosas. Ritos, lugares, normas, polémicas. Es más fácil debatir que convertir el corazón.
Jesús no desprecia la religión. Pero la purifica. “Llega la hora en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad”.
No se trata solo de un lugar. Se trata de una vida verdadera.
Podemos multiplicar celebraciones, discursos, debates eclesiales… y seguir vacíos por dentro. Podemos tener estructuras y no tener el agua viva. La fe no es un sistema. Es un encuentro que transforma.
En un momento decisivo, Jesús se revela: “Soy yo, el que habla contigo”.
Es una de las declaraciones de divinidad más claras del evangelio de Juan. Y no la hace en el templo, ni ante los fariseos, ni ante los discípulos más preparados. La hace ante una mujer herida, extranjera, y desconfiada. Eso debería hacernos pensar.
Dios se revela donde hay sed reconocida.
Cántaros
Y entonces sucede algo precioso: la mujer deja el cántaro.
El cántaro representa su tarea cotidiana, su rutina, su antigua búsqueda. Lo deja. No porque el agua material ya no importe, sino porque ha encontrado algo más profundo. Su corazón, que estaba seco, ahora rebosa. Y corre hacia aquellos de quienes huía. La marginada, la pecadora pública, la chica frágil, la mujer fácil se convierte en testigo.
No tiene un discurso elaborado. Solo una experiencia: “Me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será el Mesías?”
La evangelización empieza así. No con teorías, sino con un encuentro que cambia la mirada.
También nosotros estamos aquí con nuestros cántaros. Con nuestras búsquedas, nuestras repeticiones, con nuestras sedes mal calmadas.
La Cuaresma es tiempo para reconocer la sed sin maquillarla. Sin acusar siempre al mundo. Sin escondernos en discusiones religiosas. Sin fingir que estamos saciados.
San Pablo nos ha recordado que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones. No se trata de fabricar agua. Se trata de acogerla.
¿Y nosotros?
Si nos dejamos encontrar por Cristo, si aceptamos que nos lea la vida con verdad y misericordia, entonces brotará en nosotros un manantial. Y eso sí transforma la historia.
Porque un hombre o una mujer reconciliados, un corazón que ya no busca desesperadamente en cada esquina, una persona que ha encontrado el agua viva… cambia su entorno sin necesidad de imponerse.
Hoy el Señor vuelve a sentarse junto a nuestro pozo.
No viene a juzgar. No viene a discutir. Viene a pedir y a ofrecer.
Si tenemos el valor de quedarnos en el diálogo, de no huir cuando toca nuestra herida, entonces comprenderemos que solo Él puede saciar la sed que nos habita.
Y quizá también nosotros dejemos el cántaro. Y corramos a contar lo que Jesús nos ha hecho descubrir.
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