Apenas hemos comenzado la Cuaresma. Hemos entrado en el desierto, hemos mirado nuestras tentaciones, nuestras fragilidades… y hoy la liturgia nos lleva a un monte alto.
No es una contradicción. Es la pedagogía de Dios.
Primero el desierto, sí. Pero no para quedarnos en la aridez. El desierto es para purificar la mirada. Porque la meta no es la mortificación. La meta es la belleza de la Pascua.
Hoy se nos invita a subir al Tabor.
La primera lectura nos habla de Abrahán. “Sal de tu
tierra”.
Salir es siempre doloroso. Salir significa romper con seguridades, con
costumbres, con una forma de mirar el mundo. Dios no le explica demasiado. Solo
le promete una bendición.
Abrahán camina atraído por una promesa. No por una obligación. No por miedo. Por una palabra que le abre horizontes. Eso es la fe: dejar una tierra para ir hacia una belleza que todavía no vemos del todo.
Y en el evangelio, en el monte, Pedro, Santiago y Juan ven algo que no esperaban. Jesús se transfigura. Su rostro brilla. Sus vestidos resplandecen.
Por un instante contemplan quién es Él de verdad.
No es un espectáculo. Es una revelación. Es como si el Padre dijera: “Esto es lo que hay en el fondo. Esta es la verdad última”.
Y añade: “Escuchadlo”. Escuchar a Jesús. Ahí está el centro.
Fealdad
Vivimos en una cultura saturada de imágenes y de ruido. Consumimos sin descanso estímulos, opiniones, mensajes. Lo vemos todo. Lo comentamos todo. Pero escuchamos poco. Muy poco.
Y cuando se pierde la escucha, se empobrece la mirada. Y cuando se empobrece la mirada, aparece el feísmo. No hablo solo de estética. Hablo de algo más profundo.
Nos hemos acostumbrado a lo mediocre. A lo inmediato. A lo superficial. A una belleza retocada, fabricada, exhibida. A una felicidad de escaparate.
Y eso termina afectando también al corazón. Porque belleza y bondad van unidas. Cuando se trivializa la belleza, también se trivializa el bien. Cuando todo vale, nada resplandece.
Es fuerte decirlo, pero creo que es verdad: nuestra cultura padece una anemia de belleza interior. Mucha imagen y poca luz.
Nosotros no estamos al margen de esto. También nosotros podemos vivir de apariencias. También nosotros podemos reducir la fe a una costumbre, a un rito repetido sin asombro. También nosotros podemos instalarnos en una vida sin altura.
Por eso el Tabor es tan necesario.
Pedro quiere quedarse. “Qué bien se está aquí”. Claro. Cuando uno intuye la belleza de Dios, aunque sea un instante, querría detener el tiempo.
Pero Jesús no se queda en el monte. Hay que bajar. Porque la luz del Tabor no es para huir del mundo, sino para atravesarlo.
La Transfiguración no elimina la cruz sino que la ilumina.
Y eso es decisivo. Porque el mundo no solo es feo en sus modas o en su mal gusto. Es feo en el sufrimiento de los inocentes, en las guerras, en la corrupción, en la soledad de tantos mayores, en la desesperanza de muchos jóvenes. Esa es la verdadera fealdad: la dignidad humana oscurecida.
Vivir transfigurados
Ante eso, el cristiano no responde con nostalgia del pasado ni con desprecio de lo nuevo. Responde con una luz recibida.
San Pablo lo dice en la segunda lectura: Dios nos ha llamado y nos ha dado una gracia “antes de los siglos”. Nuestra fe no nace de una estrategia cultural. Nace de un don. De una luz que nos precede.
Si todavía creemos, después de años, después de pruebas, después de desilusiones… no es porque seamos más coherentes que otros. Es porque, de algún modo, hemos sido tocados por la belleza de Cristo.
Y esa experiencia ─ a veces pequeña, a veces silenciosa ─ nos sostiene.
La Cuaresma es tiempo de escucha. Tiempo de subir al monte interior. Tiempo de dejar que el rostro de Cristo ilumine nuestras zonas oscuras.
Necesitamos silencio. Necesitamos oración. Necesitamos Eucaristía vivida no como rutina, sino como encuentro. Porque solo quien contempla algo verdaderamente bello puede resistir la fealdad sin volverse un cínico.
Si no vemos nada más alto, terminamos adaptándonos a lo bajo. Pero si hemos vislumbrado, aunque sea una vez, la belleza de Dios, ya no podemos conformarnos.
Hoy el Señor nos invita a no huir del mundo. Nos invita a mirarlo desde la luz.
A salir como Abrahán de nuestras tierras pequeñas. A escuchar como los discípulos la voz del Hijo. A bajar del monte con el corazón transfigurado.
Tal vez el mundo no cambie de inmediato. Tal vez la fealdad siga gritando. Pero donde haya un cristiano que viva con una belleza interior verdadera ─ con esperanza, con fidelidad, con misericordia ─ allí comienza otra estética. La estética del Evangelio. Y esa, aunque no haga ruido, transforma la historia.
Que la luz del Tabor no sea para nosotros un recuerdo piadoso, sino una fuerza. Una luz que purifique nuestra mirada. Una luz que nos haga más humanos. Una luz que nos permita vivir como hombres y mujeres transfigurados en medio de este tiempo concreto y herido.

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