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sábado, 9 de septiembre de 2017

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


No es fácil vivir como discípulos del Señor en estos tiempos oscuros. En una sociedad formal y sociológicamente cristiana no son los valores derivados del evangelio los que prevalecen y orientan las opciones de nuestra vida, sino una mentalidad egoísta e infantil. Para darse cuenta de ello basta con comparar el sentir común con la palabra de Jesús.
            Hoy en concreto la Palabra ilumina dos aspectos importantes en la vida de un creyente: el perdón y la corrección fraterna. Y nos hará ver lo lejanos que estamos del Evangelio.

Pecado y perdón
            Algunos pensarán que, al  menos respeto al pecado, nosotros los católicos lo sabemos todo. Hemos pasado siglos viendo pecado por todas partes, lo hemos analizado, estudiado, diseccionado, ¿cómo se puede decir que no conocemos a fondo el pecado?
Más aún, muchos, todavía hoy, ven al cristianismo como una religión moral, que nos dice lo que es el bien y lo que es el mal, y a la Iglesia como una acreditada institución que tiene como principal tarea remachar lo que es pecado, en estos tiempos confusos.
            Ésta, hermanos, es una visión simplista que corre el riesgo, como de hecho ha sucedido, de producir un efecto perverso: cuanto más, en el pasado, nos hemos concentrado en el pecado, tanto más hoy nadie considera pecaminosas sus acciones.
            Una sociedad, aunque sea la eclesial, que no ha sido educada en la libertad se convierte en una sociedad anárquica, que reivindica la libertad de probar cada emoción, que convierte el parecer del individuo en el único criterio.
            ¡Hoy, si somos honestos, para sentirnos realmente culpables hace falta al menos ser un asesino en serie! Todo el resto: el egoísmo, la avaricia, la corrupción, el chismorreo, la violencia verbal, la calumnia, la explotación de personas, son simples manifestaciones de la libertad personal.
            Muchos todavía piensan que un acto es pecado porque así lo estableció Dios. ¡Error enorme! En la Biblia se dice que el pecado es malo porque hace mal a alguien. El hombre, extraordinariamente libre, recibe de Dios la conciencia y la Palabra para conducirlo hacia la vida. Pero el hombre, administrando mal su libertad, poniéndose en el lugar de Dios, corre el riesgo de realizar obras que lo llevan a su destrucción.

            El pecado no es una ofensa a Dios, sino un ataque a lo que podemos llegar a ser: es una ofensa a la obra maestra y muy amada de Dios, que es cada uno de nosotros. Dios no castiga al pecador, sino que lo perdona. Es el pecado el que nos castiga, haciendo precipitarnos en un abismo de falsa felicidad. Pero, para ver estas sombras hace falta que nos expongamos a la luz de la Palabra de Dios.


Perdón
            En el corazón del hombre se aloja la falsa idea de un Dios que castiga, que juzga, que controla. En cambio, Jesús ha venido a liberarnos de esta imagen demoníaca de Dios mostrándonos el rostro de un Padre que desea tozudamente el perdón. Perdón que es un regalo, una posibilidad que se ofrece, una ocasión de renacimiento, de nueva vida.
            Y el verdadero discípulo comparte este perdón con los demás perdonando.
            El perdón, en la miope perspectiva actual, es visto cómo una debilidad. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! ¡Necesitamos tiempo, necesitamos una fe fuerte y una profunda conversión para perdonar quién nos ha hecho mal!

            Cuando veo en la televisión a un periodista, idiota, que se acerca a un familiar de una víctima, preguntando si perdona al asesino de su hijo me hierve la sangre: ¡el perdón es algo más serio! ¡Necesita tiempo y paciencia para construirse, no es una emoción bondadosa sino una elección adulta, muchas veces sangrante y dolorosa!
            Pero el Evangelio nos dice que es posible perdonar. Y Mateo, hoy, nos dice cómo se administra el perdón dentro de la comunidad.

Amor en la Iglesia
            El evangelio nos ilustra el modo de administrar los nacientes conflictos en la comunidad primitiva: pasado el entusiasmo de la adhesión al Maestro Jesús, surgieron entonces, como hoy, problemas de diálogo y de comprensión hasta situaciones extremas (¡muchas veces en nombre del evangelio!).
            La regla propuesta por Jesús está llena de sentido común: discreción, humildad, delicadeza hacia el que se equivoca, dejándole tiempo para reflexionar, luego la intervención de algún hermano y, por fin, de la comunidad.
¡Qué lejos estamos de esta práctica evangélica!
            Nos encontramos cada domingo, a menudo indiferentes los unos de los otros (aparte de los que se conocen algo más por una mayor asistencia al templo), dispuestos a notar lo que no va bien en la comunidad, y un poco contrariados de tener que someterse a este ritual semanal que es la Misa.
            No sólo no nos interesan los asuntos de los otros, sino que nunca – por ejemplo - se nos ha pasado por la mente el preocuparnos de la pérdida de la fe de quién está a nuestro lado.
            Otros, en cambio, cuando hablan de los errores de los demás, maldicen, a menudo con sádica satisfacción, sin compasión ni delicadeza y, muchas veces, son más feroces cuando más devotos se sienten.

            Si nosotros, discípulos del Señor Misericordioso y lleno de bondad, no sabemos tener misericordia, ¿quién será capaz de serlo?
            Si los que tenemos el corazón lleno de la nostalgia de Dios, no sabemos acoger tras cada error un camino hacia la plenitud, ¿quién será capaz de hacerlo?
            Si nosotros, que aún llevamos el perfume del aceite del consuelo sobre nuestra piel, no sabemos inclinarnos sobre el hermano herido como Cristo, buen samaritano, se ha inclinado sobre de nosotros, ¿quién sabrá hacerlo?
            El criterio del Evangelio está lleno de un cariñoso sentido común: te quiero tanto que, después de haber orado, te pregunto sobre tus actitudes.
            La franqueza evangélica es un modo concreto de amar, de ser solidarios, también con dureza, como ha hecho Jesús con la mujer cananea y con Pedro.
            En nuestras comunidades necesitamos descubrir este modo concreto de intervenir, de tomar a pecho la suerte de los hermanos, sin escondernos tras un hipotético respeto, que a nosotros no nos cuestiona y al hermano lo deja en la misma inquietud.
            ¿No es esto lo que el Señor les pide a sus discípulos: ser profetas teniendo un modo diferente de amar y de perdonar? “A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley” nos dice hoy San Pablo, en la segunda lectura.
Es importante incidir en esta convicción cristiana para dar un giro total a la forma como hablamos los unos de los otros y como emitimos constantemente juicios (que, con frecuencia, son prejuicios) totalmente vacíos de una referencia a Dios y a su forma de amar.

            Si de verdad el Maestro nos ha cambiado la vida, también nos ha tenido que cambiar el modo de mirar a los demás y de ocuparnos de los otros. ¿Lo intentamos?