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domingo, 23 de noviembre de 2014

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (Año A)


 Primera Lectura: Ez 34,11-12.15-17
Salmo Responsorial: Salmo22
Segunda Lectura: 1 Cor15, 20-26.28
Evangelio: Mt 25, 31-46

La Iglesia concluye hoy el recorrido del año litúrgico y lo hace con una fiesta y un evangelio intenso, de no fácil comprensión a las inmediatas: la Solemnidad de Cristo rey del universo.
No es que la Iglesia tenga nostalgias monárquicas y tampoco tenemos por qué fijarnos en los poderosos de esta tierra para tomar ejemplo de ellos. La imagen de la realeza, que quizá tengamos que modernizar un poco, quiere comunicar una fuerte profesión de fe: Jesús, el carpintero de Nazareth, aquel judío marginal que vivió hace dos mil años y que anda perdido entre los meandros confusos de la historia, es el Señor del universo, es el que tiene la última Palabra, el que da la medida y el sentido de cada experiencia humana, el que desvela el misterio de Dios, escondido por los siglos.
Contrariamente a lo que pudiera parecer, las vicisitudes humanas no nos están precipitando en un abismo de violencia y de caos, sino en los brazos de Dios. Hace falta mucha fe para hacer semejante afirmación, os lo aseguro, sobre todo después de dos mil años de cristianismo en los que las cosas no parecen que cambien a mejor.
Decir que Cristo es “soberano” de mi vida, significa reconocer que sólo en él tiene sentido nuestro camino de vida y de fe. Y es bonito, al final del año litúrgico, remachar juntos con fuerza esta nuestra convicción.
Pero hay peros….

Realeza
Leyendo el texto con que Mateo concluye su evangelio, quedamos desconcertados y un poco helados. El clima es oscuro, la visión de este juez implacable como algunos pintores lo han reproducido, el poderoso Cristo de Miguel Ángel de la capilla Sixtina por ejemplo, da miedo. ¿Qué tiene que ver esta página con el resto del evangelio? ¿Se ha equivocado Mateo? ¿O nos hemos equivocado nosotros cuándo seguimos profesando el rostro de un Dios compasivo y misericordioso?
Los pastores, al caer de la tarde, separaban las ovejas de las cabras. Las cabras, sin el “abrigo de lana” suministrado por la madre naturaleza, padecían el frío procedente del desierto y debían ser alojadas en un sitio más caliente como un establo o debajo una roca. Esta imagen está en el fondo de la  narración que hace Jesús, no se trata de una expulsión a no se sabe dónde, se trata de una separación que supone una protección, una atención hacia los sujetos más débiles. El pastor acoge a las ovejas que lo han reconocido en el rostro del pobre, débil,  del perseguido.
Aunque también encontramos trazas de ello en otras culturas, era regla común en el mundo hebreo valorar los gestos de compasión hacia los débiles. Pero son dos las novedades aportadas por el evangelio de Mateo: Jesús dice que es a él mismo a quien curamos en el pobre, identificándose así con el hombre derrotado. En según lugar, el discípulo no conoce esta identidad, hasta el punto de quedar asombrado de haber socorrido Dios en el pobre sin saberlo.
El mensaje que Mateo nos dirige está bastante claro: el verdadero encuentro con Dios nos cambia el modo de ver a los otros, y nos hace ser capaces de encontrarlo en el rostro desfigurado del pobre.
Jesús no habla de “buenos” pobres o de presos víctimas de un error judicial. También en el pobre que ha despilfarrado todo por su culpa, o en el homicida, podemos reconocer un fragmento de la chispa de Dios.

Repetición
Al final de la parábola, Jesús repite la misma idea otra vez pero en negativo. Como era costumbre entre los rabinos, que remachaban siempre la propia enseñanza una vez en positivo y una vez en negativo. Para cargar la mano Jesús concluye que el que no reconoce al Señor en los pobres y débiles, arderá en el fuego de la Gehena.
La Gehena era uno de los valles que circundaba Jerusalén, y que jamás estuvo poblado porque, según la historia, los gebuseos practicaban allí sacrificios humanos antes de la conquista de la ciudad de parte del rey David. En tiempo de Jesús, en el valle de la Gehena, era además donde se quemaban las basuras.
Así que el texto nos dice que si no sabemos reconocer el rostro de Dios en el hermano somos pura basura para quemar.

Luego…
… Al fin de los tiempos, delante de Cristo en majestad,  ¿qué sucederá?
Está claramente escrito, leámoslo bien. Leamos el evangelio y dejemos de lado la libreta en la que señalamos concienzudamente las horas de oración, las misas y las confesiones soportadas con cristiana resignación y las eventuales justificaciones preparadas para exponer en el caso de que Dios fuera más exigente de lo que nos cuentan.
El Señor nos va a preguntar si lo hemos reconocido en el pobre, en los débiles, en los hambrientos, en el que está solo, en los ancianos abandonados, en el pariente incómodo.
Sí, habéis entendido bien. El juicio será sobre lo que hayamos hecho. Y sobre el corazón con que lo hayamos hecho.
Hermanos: la fe es algo concreto, no son palabras; la oración contagia la vida, la cambia, no la anestesia; la celebración eucarística continua en la ciudad, no se acaba en el templo.
Es verdad, la oración, la eucaristía, la confesión, son instrumentos de comunión con Cristo y entre nosotros para hacer nuestra vida el lugar de la fe.
Nuestra vida se está jugando ahora mismo. No hay que esperar ningún juicio. Ahora nos estamos acercando o alejando de los que sufren. Ahora nos estamos acercando o alejando de Cristo. Ahora estamos decidiendo nuestra vida. En mi trabajo, en mi facultad, en casa trajinando me salvaré. Si sé llevar la fe desde adentro afuera, de lo lejano a lo más cercano, y reconocer el rostro de Cristo adorándolo en el rostro del hermano que encuentro cada día, me salvaré.
La majestad de Cristo Rey, hoy, se manifiesta en nuestros gestos.

Cristo es Señor si sabemos amar siempre más a los hermanos, si llegamos a ser transparencia de la misericordia de Dios y testigos creíbles de su compasión. Que el Señor nos lo conceda.