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domingo, 17 de mayo de 2015

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Ciclo B) - Domingo 7º de Pascua


Primera lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda lectura: Ef 4, 1-13
Evangelio: Mc 16, 15-20

El punto álgido que señala la diferencia no está entre el Jesús resucitado y el Jesús ascendido, sino entre Jesús antes y Jesús después de la resurrección.
El Jesús “antes”, el que ha paseado a lo largo de las verdes colinas de Galilea, el que ha predicado en Jerusalén, el que ha muerto, es el mismo Cristo resucitado con el que sus discípulos se han encontrado y que siempre han proclamado y proclaman resucitado.
Desde este punto de vista, el tiempo litúrgico pascual pone juntas las fiestas de Resurrección, Ascensión y Pentecostés como el tiempo del resucitado, el tiempo en el que  reconocemos a Jesús como el Señor de nuestras vidas, el tiempo en el que podemos acceder a Dios de un modo diferente, porque ahora Dios está en el cuerpo transfigurado de un hombre. Pero el tiempo pascual es también el frágil tiempo de la Iglesia, el tiempo de nosotros, discípulos de Cristo que profesamos nuestra fe, esperando la vuelta del Señor en la gloria.
Todo esto es lo que hoy celebramos, con la alegría de saber que Jesús está presente para siempre. Está presente en nuestra indisimulada e infantil nostalgia de su presencia física. Está presente en nuestro temor de tener en nuestras manos el ser testigos del Evangelio.

Presencia
Marcos, el primer evangelista en haber escrito un evangelio, sintetiza la Ascensión con solemnidad, para indicar que, ahora, podemos encontrar la presencia del Señor ante todo en la experiencia de la Iglesia, en la experiencia de la comunidad cristiana.
A esta Iglesia, aquí y ahora, Jesús le confía una tarea importante: id a todo el mundo y proclamad el Evangelio a toda criatura.
No solamente a los seres humanos, sino a toda criatura, como si la creación entera necesitara la buena noticia. A toda criatura, también a quien parece haber perdido la humanidad que debería caracterizarnos como personas. Estamos llamados a anunciar el Evangelio, la buena noticia de que Cristo es la imagen del Padre, que nos ha revelado quién es realmente Dios y quiénes somos nosotros. ¡De cuántas “buenas noticias” tenemos necesidad, especialmente en estos tiempos!
Nosotros como Iglesia estamos llamados a levantar la mirada a lo alto y además, a fijar nuestra atención en la esperanza de un mundo renovado en Cristo.
No como un Reino terrenal, como ingenuamente algunos discípulos esperan todavía, tanto entonces como hoy, sino con la conciencia de que en este mundo estamos llamados a hacer presente al Señor en nuestra comunidad como avanzadilla de la plenitud del Reino de Dios. A nosotros el Señor nos confía el Evangelio, como un tesoro custodiado en frágiles macetas de barro, a nosotros el Señor nos pide hacerlo presente, más allá y dentro de nuestras contradicciones.

Señales
A Jesús resucitado se le reconoce por medio de las señales de su presencia en la vida cotidiana: en la voz para María Magdalena, en las vendas para Pedro y Juan, en el pan partido para dos de Emaús, en los peces para los discípulos a Cafarnaúm.
Jesús resucitado es reconocido en el trabajo de sus discípulos mediante signos. Son señales concretas, ciertamente, pero también y sobre todo son signos que hay que leer en clave espiritual.

En mi nombre echarán demonios, dice el Señor. Porque es el diablo el que divide, el que crea una esquizofrenia espiritual, que nos separa de Dios y de los otros, que destroza nuestro auténtico “yo”. El Evangelio provoca, en cambio, la unidad en la persona, propone un modelo de humanidad que soluciona sus propias contradicciones y se convierte en el modelo de la novedad creyente. ¡Cuántas personas divididas en sí mismas han hallado la paz en Cristo!
Los nuevos creyentes hablarán lenguas nuevas, no el lenguaje de la violencia, del provecho a toda costa, del desaliento. Hablarán lenguas nuevas que ponen de acuerdo a los pueblos, que atraviesan y superan las ideologías y los límites culturales. ¡Cuántas veces las palabras nuevas del Evangelio han convertido situaciones de deterioro y de sufrimiento en zonas liberadas de crecimiento y de paz!
Los nuevos creyentes cogerán serpientes con la mano. Los cristianos no tenemos miedo de los demás, no vemos enemigos por todas partes, porque sabemos que dentro de cada persona habita una chispa de Dios. El cristiano no ve al enemigo a su lado, sino dentro de sí mismo y a éste lo combate, dialogando con los demás. ¡Cuántas veces personas de paz viven en medio de la violencia más feroz, llevando a los demás una voz de esperanza!
Los nuevos creyentes, si bebieran algún veneno mortal, no les hará daño. El que cree, puede estar en el entorno envenenado de nuestro mundo conservando un corazón íntegro, orientado a Cristo. La vida de comunidad, la oración diaria, el pensamiento sano y constructivo, nos ayudan a vivir sin perder la fe, sin adquirir una mentalidad mundana negativa. ¡Cuántas veces cristianos que viven en los lugares abandonados por los poderosos de este mundo, en los vertederos de la historia, son signo de esperanza y de vida para los suyos y para toda la creación!
Los nuevos creyentes impondrán las manos a los enfermos y éstos quedarán sanos. El Espíritu, es el primer regalo para los creyentes, y él cura nuestras enfermedades interiores, nos hace libres, nos salva. ¡Cuántas personas han recobrado la vida que creían perdida después de haber encontrado y acogido el evangelio!

Nosotros
La Ascensión señala el comienzo de la Iglesia, el nacimiento de la comunidad como lugar donde vive el resucitado. Es verdad que, en nuestros gestos, es mucho más evidente notar la ausencia del Señor que su presencia; pero es cuestión de fe, de confianza. Fiándonos al ver la ternura y el amor de una catequista, la generosidad de un educador, el compromiso de un trabajador social, la presencia discreta junto a la cama de un enfermo y, lo que es más importante, viendo en todos ellos a Jesús resucitado y ascendido, e invocando su retorno, acelerando su venida.

Dios está presente en la historia para siempre: es nuestra mirada la que debe ser curada y convertirse en alegría esperanzada. Por eso, para poder ver y saber mirar, necesitamos el regalo del Espíritu que el Señor nos da y que celebraremos la próxima semana, en la solemnidad de Pentecostés.