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sábado, 7 de julio de 2018

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)




Primera lectura: Ez 2, 2-5
Salmo Responsorial: Salmo 122
Segunda lectura: 2 Cor 12, 7-10
Evangelio: Mc 6, 1-6


Una vez más los profetas
Después del nacimiento de Juan Bautista, la Palabra de Dios  nos invita una vez más a reconocer a los profetas.
Como Ezequiel, en la primera lectura, que se encuentra en el destierro de Babilonia, junto con la mayoría de los cabezas de familia de Jerusalén, ciudad arrasada por la ferocidad de Nabucodonosor.
Y su palabra descoloca, porque anima a la gente a no ilusionarse: ya que no habrá ninguna vuelta a la amada patria, será mejor gozar de lo poco que se tiene. En vez de volverse al pasado y añorarlo, dice Ezequiel, hay que mirar adelante y luchar, vivir el presente tal como es, sobre todo sin miedo.
Esto vale para nuestras comunidades desorientadas y cansadas; dejemos de mirar atrás y de lamentarnos, porque éste es el tiempo y el lugar en el que Dios nos ha puesto para que florezcamos y demos fruto.
¿Si Ezequiel fue capaz de profetizar en el destierro, por qué no podemos hacerlo nosotros en nuestra casa y en nuestro país?

Asombro
Todo el evangelio de hoy está lleno de asombros. El asombro de la gente de Nazaret que ve a Jesús convertido en un joven profeta, a partir de la experiencia en Cafarnaúm, la ciudad sobre el lago; el asombro de Jesús al darse cuenta de la incredulidad de la gente.
Un asombro negativo, un dolor compartido, una incomprensión, que se plasma precisamente en la tierra del nazareno, justo entre los compañeros de juegos de Jesús. Precisamente, es en la sinagoga de Cafarnaúm donde deciden matarlo, y es en la sinagoga de Nazaret donde crece la tensión.
Pero en ese momento, no son los sacerdotes y los escribas los que más se enfrentan a él. No, ahora es la gente pobre, el pueblo llano. Si unos estaban molestos por la libertad que Jesús se tomaba en interpretar las reglas, el pueblo estaba descolocado por la poca solemnidad de su conciudadano. Algunos, entre la muchedumbre divertida que lo escucha, tal vez habrían comprado una sólida mesa de cedro en su tienda de carpintero.
¿Qué pretende hacer ahora el hijo de María, uno que, sin haber estudiado en una escuela rabínica de Jerusalén, y proviniendo de una familia honesta, sí, pero pobre, se le ha metido en la cabeza hacer de profeta?

Incomprensión
También nosotros, a menudo, nos escandalizamos por el hecho de que la Palabra de Dios, la Palabra de salvación, que convierte y regenera, sea confiada a las frágiles manos de unos discípulos como nosotros.

Por eso quiero hablaros hoy de la fragilidad. De la fragilidad de las personas de fe, y la de los nuevos profetas que son los hombres de Iglesia. Una fragilidad real, documentada, una infidelidad demasiado evidente a lo largo de la historia, y que todos conocemos. A veces -es verdad- más por estereotipos que por un conocimiento objetivo y documentado. De la fragilidad y de los errores cometidos por Papas, Obispos, o por simples cristianos.
El razonamiento es simple y contundente: las personas de fe, a menudo, no dan mucho testimonio de coherencia en su vida, ni en la oración, ni en la tolerancia, ni en la vida evangélica. Por tanto, se concluye ligeramente, el evangelio es un montaje, y el que hable de ello es un presuntuoso con mala fe o, en el mejor de los casos, simplemente un moralista.
El razonamiento es cabal, especialmente en estos tiempos en que se exige a los demás una íntegra rectitud moral, excepto – eso sí – cuando uno está siempre listo para justificarse a sí mismo ante los múltiples apaños y pequeñas corrupciones o robos de cada día.
La gente no acogía a Jesús porque era muy conocido por todos, era demasiado normal, sin esa aura de ascetismo que, según ellos, debería caracterizar a los hombres religiosos. Es decir, y digámoslo claramente, ¡Jesús es poco “religioso” para pretender hablar de Dios!
Es lo que pasa hoy entre nosotros. No hay nada más difícil que hablar de Jesús a los cristianos, aquí en occidente. Ya todos se lo saben todo, el cura habla de Dios porque es su oficio, el Evangelio se da por supuesto y, por tanto, también se da, desgraciadamente,  por abandonado.

Los cristianos, según Jesús
Los cristianos no somos perfectos, tal vez tampoco seamos mejores que los otros, ni tan coherentes. Pero esto no basta para bloquear la Palabra de Dios, no basta para detener y dejar a Cristo de lado, ni para rebelarse contra el contagioso anuncio de la Palabra de Dios.
En el evangelio, los apóstoles, tan lejanos de nuestro modelo aséptico e idealista de “hombres de fe”, viven la pesadez de su vida con realismo e, incluso trágicamente. Pero Jesús los ha elegido como son, para que así sepan comprender las miserias de los demás, aceptando, ante todo, las propias.
La Iglesia no es la comunidad de los perfectos, de los justos, de los puros, sino de los reconciliados, de los hijos bien amados por Dios.
Nos cuesta aceptar esto, amenazamos incluso con querer corregir al Evangelio porque nosotros, en el fondo, en el fondo, creemos que somos un poco mejores que la gente a la que criticamos.
Pero el sueño de Dios es muy otro: es una comunidad de personas que se acogen mutuamente por lo que son, que tienen el valor de reconocer su propia limitación, que no tienen necesidad de humillar al otro para sentirse mejores.

Rechazo
Jesús es rechazado, y con él son rechazados el Evangelio y la presencia de Dios: este mesías es demasiado humano, demasiado insignificante su vida, demasiado pobre, demasiado frágil.
A veces también nosotros estamos muy atentos en subrayar la incoherencia de los discípulos que no acogen -que no acogemos- el evangelio; tan escandalizados por los presuntos defectos de los demás que no queremos entrar en otro nivel de autenticidad, y ver que lo esencial no es la coherencia a toda costa, sino la misericordia.
Así Israel, en su espléndida y luminosa historia, nos habla de estos hombres de Dios: los profetas. Personas capaces de leer el presente, no de adivinar el futuro, y capaces de encontrar a Dios en la realidad de cada día. Pero la suerte de los profetas, así lo experimenta el mismo Jesús, es la de ser ignorados en vida y celebrados de muertos.
Gracias a Dios, todavía alrededor de nosotros hay hombres y mujeres que profetizan, que leen la realidad, que nos convocan a lo esencial, que levantan su voz en el desierto mediático que nos circunda.

¡Escuchemos a los profetas cuando están vivos, no después de muertos!
Reconozcamos a los profetas, convirtámonos nosotros en profetas, dejemos que la Palabra nos ayude a leer en profundidad estos tiempos, y contemos lo que vayamos descubriendo, que no será otra cosa que el evangelio de Jesucristo. Y eso, a pesar de nosotros y a través de nuestra fragilidad.