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domingo, 18 de octubre de 2015

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)


 Primera Lectura: Is 53, 10-11
Salmo Responsorial: Salmo 32
Segunda Lectura: Heb 4, 14-16
Evangelio: Mc 10, 35-45


Lo apóstoles no entendieron nada. La escena del hombre rico se cerró con la apremiante pregunta de los Doce, hecha por Pedro en nombre de todos: ¿y nosotros que lo hemos dejado todo, qué?
Jesús los animó: dejar todo por el Reino significa encontrar cosas nuevas... lo del ciento por uno. Fin, aplauso, se acabó.
Luego, continúa el evangelio de Marcos con el tercer anuncio de la Pasión. Con un Jesús visiblemente aturdido que les cuenta a sus amigos que está dispuesto a morir con tal que no traicionar la imagen de Dios que lleva impresa en su corazón.
Es el evangelio de hoy. Uno de los más terribles que la historia nos ha entregado. Efectivamente, los exegetas hacen notar que, cuando Marcos escribe el evangelio, el arrogante Santiago ya había sido matado, y Juan pasará la vida hablando de Jesús más que pensando en en ningún cargo de gobierno. Aprendieron la lección… a la fuerza.
Un evangelio tan fuerte que Lucas lo salta a pie juntillas y Mateo lo suaviza, atribuyéndole a la madre de los “boanerges” esta inconsciente iniciativa.
La cosa es que parece que los discípulos lo dejaron todo. En teoría.

Incomprensión
Los protagonistas hoy, son Juan y Santiago. Juan el perfecto, el místico, el águila, la profundidad, le pide a Jesús una recomendación, pide sentarse a la derecha de Jesús en el momento en que se establezca el Reino de los cielos, concibiéndolo como un reino político e inmediato, a punto de producirse.
No basta con haber tenido grandes dones místicos y señales de la presencia de Dios en la oración para evitar cometer enormes errores. También los hermanos y las hermanas que, entre nosotros, hayan elegido el camino de la contemplación tienen que vigilar siempre el riesgo de la gloria mundana querida y buscada...
La paradoja es buscada por Marco. No se trata de un fervoroso joven que patina tan clamorosamente, sino de dos discípulos que, apenas han oído el tercer anuncio de la Pasión, buscan la vía de escape en el poder. ¡Peor aún, los otros diez la toman con ellos por haberse atrevido a ser los primeros en tomar la iniciativa de lo que todos estaban pensando!
Marcos parece remitir aquí a la trágica situación de Israel cuando, muerto Salomón, se dividiría en dos partes, con diez tribus al norte y a dos al sur.
Jesús queda, de nuevo, desconcertado. Sabe que su Reino es servicio, sabe que su postura le va a costar sangre y estos tipos hablando de privilegios y de cargos, de primas y de beneficios.
Parece que estamos leyendo uno de los miserables informes actuales en los que políticos cortos y mezquinos malversan dinero público mientras muchas familias se hunden en la desesperación. Terrible.


Lógicas
Este evangelio es una página sincera, que nos obliga a fijarnos en nuestro modo de ser Iglesia. En particular, en cuantos tienen tareas y responsabilidad dentro de la comunidad: obispos, sacerdotes, y también catequistas, formadores  y animadores.
Hay, indudablemente, personas extraordinarias, conscientes de sus limitaciones, que consumen su vida en el anuncio del Evangelio. Hay sacerdotes en edad de jubilación y llenos de achaques todavía llevan el inmenso regalo del Pan de Vida a pequeñas comunidades dispersas por las aldeas; hay jóvenes que dedican su sábado libre a jugar con los chicos en un polvoriento e impracticable campo de fútbol en la periferia.
Pero existe también la tentación del aplauso y de la gloria, del reconocimiento social de mi esfuerzo, de los resultados que, de algún modo, tienen que ser visibles y cuantificables. Hay también el gusto por desempolvar viejos títulos y privilegios, curas jóvenes convencidos de que basta su simple presencia y simpatía para cambiar las cosas. Hay formadores que se ofenden si no se les presta mucha atención, o que se cansan a la primera dificultad.
Hermanos, todavía tenemos que recorrer mucho camino, tenemos que estar atentos a no caer en el engaño de la mundanidad, a mirar siempre y sólo al Maestro que nos ama, sin esperar resultados y consiguiéndolos precisamente al dar lo mejor de sí, con absoluta humildad y mansedumbre.

Maestro
Jesús nos muestra qué es ser corderos en medio de lobos. Jesús, ante tanta mezquindad, no se desanima. Él, que necesitaría consuelo, nos da consuelo. Se sienta y enseña, una vez más.
Es natural que haya el deseo de sobresalir, de prevalecer, de descollar, incluso en la Iglesia.
Es propio de los discípulos hacer como él: ponerse al servicio del Reino.

En estos tiempos en que la Iglesia toda, siguiendo la solicitud del Papa Francisco, reflexiona sobre cómo contagiar la “Alegría del evangelio” al hombre de hoy, este domingo nos recuerda el estilo con qué hacerlo: sin ceder a las lógicas mundanas del dominio y del poder, incluso en nuestras pequeñas cosas de cada día.