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domingo, 18 de septiembre de 2016

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Am 8, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 112
Segunda Lectura: 1 Tim 2, 1-8
Evangelio: Lc 16, 1-13


La semana pasada veíamos cómo el Dios de Jesús ha cambiado la vida de tantos que nos hemos encontrado con Él. Frecuentándolo, uno se da cuenta de que está “dentro” del inmenso proyecto de amor que Dios tiene para la humanidad. Y es entonces cuando todas las cosas, o casi todas, cambian, adquieren una coloración diferente. Conocer a Dios, al Dios de Jesús, significa cambiar el orden de las cosas, la prioridad de la vida, la energía en las opciones.
 En este sentido, los discípulos influimos de alguna manera en la historia. Influimos (o podríamos influir) en la historia real de nuestro país inquieto y a la deriva, que abandona la profundidad del mensaje evangélico dejándose seducir por las habladurías del momento, que olvida lo esencial transmitido por nuestros padres, cediendo a una lógica raquítica y oportunista, superficial e inquietante.
Se está produciendo un desmoronamiento del sentido de pertenencia y solidaridad que nuestro pueblo heredó del cristianismo. Y uno de los problemas reales al que nos enfrentamos es el de una economía que, indiferente a cualquier ética, sólo tiene sed de lucro, y está mandando a la trituradora millones de sueños, de valores y de personas.

La Palabra nos ilumina
Todos nosotros, si estamos atraídos en serio por el Señor Jesús, si estamos fascinados por su Evangelio, llevamos una pregunta clavada en el corazón: ¿cómo cambiar la suerte del mundo? ¿Cómo encauzar la deriva de la economía que barre la dignidad de los hombres, como evitar esta despiadada e indolora dictadura del capitalismo?  
En otros tiempos hubo otras respuestas por parte de los discípulos del Resucitado: comunidades solidarias, la caridad como dimensión necesaria para la vida interior, las obras de caridad, los hospitales. Otros tiempos, ambiguos, quizás, pero evidentes, leíbles, localizables: p. ej.: un patrón cristiano tenía que comportarse primero como cristiano y luego como patrón.
Pero ahora todo es complejo, retorcido: la nueva economía, la globalización, los mercados que imperan y devoran, un sistema basado sobre la beneficio a cualquier precio, y desde ahí se organiza la política, las guerras, se planifica el futuro. ¿Qué podemos hacer nosotros como ciudadanos del mundo?

Pistas
El Evangelio de hoy nos da alguna pista. Primera consideración: la riqueza, el poder, no son asuntos de la cartera sino del corazón, no es cosa de cantidad, sino de actitud. Nadie de nosotros forma parte de los “grandes” del mundo, y esto podría alentarnos falsamente. Pues aunque sea con poco, también podemos tener una actitud de apego a los bienes que nos apartan del objetivo de nuestra vida, que es la plenitud del Reino de Dios.  
El profeta Amós, en la primera lectura, se fija con amargura en la situación de su tiempo: un poder corrupto y una hipocresía difusa de quienes observan las prácticas religiosas permitiendo la opresión del pobre.  
¡Qué tristemente actual es esta página! Ante la pérfida lógica del capitalismo en la que vence el más fuerte, nuestra conciencia cristiana tiene que reaccionar; no recurriendo simplemente a piadosas limosnas sino afrontando con honestidad la realidad, para proponer en lo concreto una economía en la que prevalezca la persona sobre el capital, una economía menos capitalista y más personalista, que ponga en el centro a la persona, no el provecho y el beneficio sin límite. 
¿Tú eres estudios de economía y temas empresariales? ¿Por qué no discutes una tesis sobre la realización de los principios cristianos en la economía? ¿Tienes una actividad comercial? ¿Qué relación tienes con la equidad y la justicia? ¿Estás encerrado en tus propios intereses? ¿Por qué no hojeas alguna página de prensa “alternativa” para saber que un nigeriano gana 90 euros y que en Pakistán y otros países el 50% de los niños es explotado con trabajos pesados y extenuantes porque cuestan menos? ¡El conocimiento de la realidad es el primer paso hacia el compartir! Ocasiones de compartir, las hay continuamente después de haberse enterado de lo que pasa.  
El apóstol Pablo nos exhorta a dejar de pensar que la fe sólo se ocupa de lo sagrado. Una fe que no sea contagiosa, iluminadora, instrumento para construir un mundo nuevo, no sirve para realizar el Reino de Dios. 


El administrador deshonesto
El administrador de la parábola que hemos escuchado en el Evangelio, es alabado por Jesús por su sagacidad, no por su deshonestidad. Tratemos de entender la parábola: el administrador tenía como paga suya un porcentaje de la cosecha, y él cambia las deudas a costa suya, reduciendo el margen de su ganancia; el administrador renuncia a su sueldo para tener en el futuro una ayuda de los deudores de su amo. Él renuncia a su porcentaje, y lo hace bien. Jesús nos está diciendo que invirtamos en amistad, que renunciemos a algo de lo nuestro para ir al encuentro de los otros.
Y Jesús suspira tristemente: “¡Si pusiéramos la misma energía en buscar las cosas de Dios!”; ojalá pusiéramos también en las cosas de Dios al menos la misma inteligencia, el mismo tiempo, el mismo entusiasmo que ponemos en invertir en nuestros propios asuntos. La astucia del administrador es la actitud que falta a nuestras cansadas comunidades cristianas, encorsetadas en un pensamiento débil que se acomoda en cuatro devociones y un poco de moralismo sin la osadía de la conversión, del diálogo, de la reflexión.   
Nosotros, discípulos de Cristo, debemos y podemos vivir en la paz, pero también en la justicia -libres de la ansiedad del dinero, libres de avaricia- para llegar a ser verdaderos discípulos. Si soy discípulo de Cristo sé lo que valgo, sé cuánto valen los otros y voy buscando lo esencial en mis relaciones: la honestidad en el desarrollo de mi trabajo, la solidaridad, un estilo de vida recto y conforme al Evangelio. Porque… ¿quién es el dueño de la humanidad? ¿Dios o la riqueza? Esa riqueza que hoy tiene mil seductores rostros nuevos: mercado, provecho, autorrealización...
El Papa Francisco nos ha exhortado a este respecto en una de sus homilías de Santa Marta:
«No se puede servir a Dios y al dinero; o uno u otro. Y esto no es comunismo» (…)
(…) “Pero, Padre, yo leo los Diez Mandamientos y ninguno habla mal del dinero. ¿Contra qué Mandamiento se peca cuando uno comete una acción por el dinero”? ¡Contra el primero! ¡Pecas de idolatría! He aquí el por qué: ¡porque el dinero se convierte en ídolo y tú le rindes culto! Y por esto Jesús nos dice que no puedes servir al ídolo dinero y al Dios Viviente: o a uno o al otro. Los primeros Padres de la Iglesia - hablo del siglo III, más o menos el año 200, el año 300 - decían una palabra fuerte: ‘El dinero es el estiércol del diablo’. Y es así, porque nos hace idólatras y enferma nuestra mente con el orgullo y nos hace maníacos de cuestiones ociosas y nos aleja de la fe, corrompe”.
Desgraciadamente, la riqueza se ha convertido en nuestro mundo globalizado en un ídolo de inmenso poder que, para subsistir, exige cada vez más víctimas, y deshumaniza y empobrece cada vez más la historia humana. En estos momentos nos encontramos atrapados por una crisis generada en gran parte por el ansia de acumular.
Prácticamente, todo se organiza, se mueve y dinamiza desde esa lógica: buscar más productividad, más consumo, más bienestar, más energía, más poder sobre los demás... Si no la detenemos, esta lógica puede poner en peligro al ser humano y al mismo planeta.
Pero Jesús no es un puritano moralista: no nos dice que el dinero sea inmundo, simplemente nos avisa de que es peligroso porque promete lo que no puede mantener ni cumplir, y los discípulos - hijos de la luz - lo hemos de usar sin convertirnos en sus esclavos. De lo contrario permaneceremos en las tinieblas.

Concluyo uniéndome a Pablo, nuestro hermano en la fe. Releamos la invitación que él hace a Timoteo en la segunda lectura: roguemos con fe, levantemos las manos al cielo sin contiendas, invoquemos el regalo de la paz para nuestra tierra, empeñémonos en recorrer una vida tranquila, con toda piedad y dignidad en el Señor. Tal vez así podamos ser una ayuda para otros en la concienciación, el discernimiento y el compromiso en estos momentos difíciles. La crisis puede y debe hacernos más humanos y más cristianos. Que así sea.