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lunes, 24 de julio de 2017

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol, hacemos memoria de los momentos fundacionales de la Iglesia y, por tanto, nos sentimos interpelados por dimensiones ineludibles de nuestra fe cristiana.
En esta solemnidad de Santiago el Mayor, venerado como patrono de España en virtud de una piadosa tradición, conviene que nos fijemos no tanto en lo que nos dice la leyenda, sino en lo que vemos escrito en el Nuevo Testamento y que acabamos de proclamar en las lecturas de la misa de hoy.

Nuestros esquemas habituales
Una pregunta inicial suscitada por el evangelio: ¿Cuáles son nuestros esquemas de comportamiento? ¿Qué es lo que vemos a menudo en nuestro mundo, en nuestra sociedad, incluso en nuestras comunidades cristianas? Afán de poder. Ganas de ser importante, de figurar. Luchas por conseguir pasar delante de los demás. Codazos para poder salir en la foto. La convicción de que, sin nosotros, no funcionaría nada o todo se derrumbaría. Utilización de técnicas publicitarias para vender una buena imagen. Preocupación por el espacio y el tiempo de permanencia en los medios de comunicación, porque sólo vale lo que se publica, lo que sale en la “tele”.
Control de todo y de todos, no sea cosa que alguien actúe por cuenta propia. Evitar que la mayoría piense y se organice: con que algunos tengan iniciativas y las ofrezcan a todos los demás, ya hay más que suficiente. Cortar de cuajo cualquier posibilidad de discrepancia. Esconder la información... por el bien de todos, claro está.
Marcar siempre las distancias, pero marcando gestos de acercamiento: eso siempre gusta a los súbditos. Un cuerpo de funcionarios numeroso, que asegure una maquinaria burocrática incomprensible para la mayoría de la gente. Dar como favor lo que ya le corresponde a cada uno como derecho, o exigiendo como obligatorio lo que es simplemente opcional. Acumular cuantas más prerrogativas mejor, porque si el poder está demasiado repartido, el sistema se hunde.
Este podría ser el estilo de poder que la madre de los Zebedeos tenía en la cabeza cuando pedía a Jesús un enchufe para sus hijos. Y no sólo ella, también nosotros mismos funcionamos con esos esquemas, no nos engañemos.
Pero la respuesta de Jesús es clara y tajante: “No será así entre vosotros”.

sábado, 22 de julio de 2017

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Dios, nuestro Padre, lanza la semilla de la Palabra a manos llenas, con abundancia, con la íntima convicción de lograr hacer brecha siempre en nuestro corazón.
Y así es: si, después de dos mil años, todavía estamos aquí a la escucha de la Palabra, es porque el Señor ha cavado en nuestros corazones, ha fecundado nuestras opciones, ha cambiado de nuestra vida.
¿Pero, si la Palabra se ha difundido y ha arraigado en el corazón de millones de personas, por qué tenemos todavía en el corazón esa desagradable sensación de que, a pesar de dos mil años de presencia cristiana, el mundo sigue sumergido en las tinieblas?
¿Qué es lo que ha cambiado, concretamente, en estos dos mil años de historia?
La semilla es lanzada con abundancia, ciertamente, y quien la acoge con honestidad sabe muy bien lo difícil que es hacerla crecer.
Pero, para complicar las cosas, parece ser que no sólo Dios es el que siembra: el maligno siembra también la cizaña tenazmente en nuestro campo.

Cizaña
El mundo está sembrado con buen grano. Merece la pena recordar lo que el libro de la Sabiduría dice: si contemplamos con honestidad la creación podemos concluir que Dios es el artífice de tanta armonía y que, por lo tanto, él es justo y benévolo.
El mundo es bello, el hombre es bueno, aunque sea difícil creerlo en algunos momentos. Pero Jesús lo afirma con serenidad y con fuerza. Tal vez nos hayamos olvidado de mirar bien, de leer más allá de las apariencias, de captar lo esencial. Lo esencial, que es invisible a los ojos, como dice El Principito.
El enemigo siembra la cizaña, a hurtadillas, por la noche. El bien y el mal crecen juntos y nos damos cuenta de ello cuando la realidad aumenta, avanza y se extiende. Cuando crecemos.
La sabiduría del dueño del campo, en la parábola de hoy, es asombrosa: despide a los sirvientes celosos que quieren que su entorno sea un bonito jardín inglés, empeñados con pasión en arrancar la cizaña.
“Tened paciencia” dice el dueño, para no correr el riesgo de arrancar el trigo bueno con tanta furia limpiadora.
En la Palabra sembrada, el pasado domingo, el Reino de Dios crecía compartiendo el campo con las tinieblas, la oscuridad, es decir, la cizaña. Es la experiencia que todos los hijos de la luz hacen antes o después: a pesar de los dos mil años de Evangelio, la mala hierba parece que ahoga el anuncio de la salvación. De palabra y en teoría todo parece funcionar, pero con los hechos tenemos que rendirnos a la evidencia: a pesar de que Cristo ya nos ha salvado, encontramos dificultad en aceptarlo y aprender. La salvación es cosa seria y Jesús, el Maestro, sabe que la luz y las tinieblas se enfrentan y que las tinieblas hacen siempre más ruido.
Sólo hay una cosa que es peor que el mal: acostumbrarse a él, darle carta de ciudadanía, como algo cotidiano e ineludible; fingir e ignorarlo, pensar que en el fondo, entre luz y tinieblas es mucho mejor vivir en un bello claroscuro.
O bien hacer el talibán, suplantando a Dios, siendo más papistas que el Papa, haciéndose justicieros fundamentalistas que quieren hacer limpieza a toda costa, poner orden, arrancar la cizaña a cualquier precio.

sábado, 15 de julio de 2017

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

En el corazón del verano hablamos de la Palabra. Palabra que llena, que sacude, que convierte, que reanima, que impacta, que consuela. Palabra que penetra como una espada de doble filo en las profundidades de nosotros mismos, hasta los abismos del corazón, para juzgar e iluminar, para desvelarnos el verdadero rostro de Dios y para desvelarnos a nosotros mismos.
Palabra que escuchamos cada domingo, que intentamos convertir en nuestra luz y nuestro empeño. Palabra solemnemente recobrada para el pueblo de Dios después del Concilio Vaticano II pero que, desafortunadamente, todavía es muy desconocida para la mayoría de los creyentes, incluso los cristianos.
Es muy desalentador ver así a muchas personas que ignoran los evangelios y siguen, sin embargo, la profecía del último adivino de turno; entristece escuchar muchas prédicas que hablan de todo, menos de comentar la Palabra solemnemente proclamada; inquieta ver que se cita a la Iglesia por sus impopulares posiciones éticas y no se alude nunca a ella cuando, fiel al mandato recibido por el Señor, proclama la Buena noticia a todas las gentes.
Al principio del verano, la Palabra que hemos escuchado reflexiona sobre ella misma para recordarnos que Dios no se cansa de nosotros, que la eficacia de sus palabras no está determinada por nuestra capacidad de repetirlas, sino de acogerlas.

Una Palabra eficaz
Isaías, el tercer Isaías, habla al desmoralizado pueblo de Israel que estaba desterrado en Babilonia. Habían pasado muchas décadas desde las promesas de retorno hechas por el profeta a Ezequiel, y ya nadie pensaba en serio que se pudiera volver a Jerusalén.
La profecía, entonces, se alza con firmeza: la lluvia y la nieve fecundan la tierra y sólo vuelven al cielo después de haber cumplido su misión. Así será Palabra de Dios.
Ciertamente: los tiempos de Dios no son los nuestros, pero la eficacia de sus promesas es indiscutible.
Isaías también nos invita a nosotros, exiliados del Reino de Dios, a no desanimarnos en estos tiempos difíciles, sino a perseverar en la lectura y en la meditación frecuente y aún diaria de la Biblia.
Tal vez la Palabra que estudiamos y escuchamos, que profundizamos y oramos, no nos dice nada en el momento. Pero, creedme, lo he experimentado cientos de veces: una Palabra acogida en el corazón vuelve a la mente cuando menos lo esperamos.
La Palabra de Dios es eficaz, pero si no la conocemos, si la ignoramos, si la dejamos al lado y al mismo nivel de otras muchas, demasiadas, palabras humanas, no podrá fecundar nuestro corazón ni dar el fruto que deseamos.

sábado, 8 de julio de 2017

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura:  Zac 9, 9-10
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Evangelio: Mt 11, 25-30


Resurrección, Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi. La sucesión de estas grandes fiestas-memoria, esenciales en nuestro recorrido de fe, nos han conducido hasta el verano.
El mes de julio comienza retomando el evangelio de Mateo, más o menos allí dónde lo habíamos dejado, y nos acompañará en el así llamado tiempo ordinario hasta finales de noviembre. Tendremos así una mejor ocasión de conocer al escriba recaudador, trasformado en discípulo, tendremos ocasión de captar su personal experiencia de seguimiento.
Mateo, un hombre convencido de las opciones que había tomado, rico y temido, dejó todo para seguir al carpintero de Nazaret, dejó su fama y su riqueza para ver a aquel Profeta conmoverse ante la muchedumbre sin futuro, escuchó su autorizada Palabra creyendo, en serio, que Dios se cuida de los pajarillos y cuenta el número de pelos de nuestra cabeza. Mateo vivió la alegría más grande que un hombre puede experimentar en su vida: se convirtió en discípulo del Señor.
Pero atentos: sólo quién tiene un corazón sencillo, sólo quién deja de lado la lógica ilusoria del aparentar y del poder, puede entender esto. Tenemos mucho que cambiar. Dios descoloca los equilibrios y las relaciones entre las personas: no es dichoso quien es rico, quién triunfa, quién se realiza. Es dichoso quién acoge la Palabra. Y, lo que es más chocante, son los pobres los que más y mejor la acogen; por eso son bienaventurados.

Un Dios anárquico
El mismo Jesús queda descolocado por la lógica del Padre, y estalla en un canto de alegría: las cosas del Reino son entendidas por los apaleados de la historia, no porque sean apaleados, sino porque están dispuestos a ponerse en tela de juicio.
Nuestro mundo occidental profesa como dogma intocable el mito del progreso y del bienestar: la economía ha reemplazado a la política y a la ética. Echad un vistazo a los medios de comunicación: para ser tenido en cuenta tienes que aparentar, poseer, poder gastar. Él último teléfono inteligente, la última tableta de datos, la última moda, las cosas más cool y extra-cool. Los jóvenes y adolescentes, víctimas de ese bombardeo mediático, visten todos rigurosamente iguales, esclavos de la marca, sin cuestionarse el problema de qué les reserva el futuro.
El mundo es de los fuertes: de los futbolistas que cobran millones de euros, de las modelos, de los arrogantes, de la gente guapa. El que vence es  siempre el mejor, no cuenta para nada llegar el segundo: el segundo está derrotado. Vencen los más “guay” y, si eres duro y agresivo, si tienes contactos, si tienes ánimo, podrás quizá un día, tal vez, formar parte de los fuertes.

Dios no quiere que venza el mejor y más fuerte, más bien es él quien ha vencido y ha ganado la victoria para todos. Sabe lo que cada uno es, sabe que cada uno es precioso, una pieza única, una obra maestra, un fuera de serie, y no podemos engañarnos creyendo que tenemos que mostrar nuestro valer, batiéndonos toda la vida en conseguir resultados cada vez más altos.

sábado, 1 de julio de 2017

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42


Hemos escuchado en el evangelio del pasado domingo que proclamásemos desde las azoteas que nuestro Dios cuida de los gorriones; que gritásemos con nuestra vida y nuestra esperanza, que el verdadero rostro de Dios es muy diferente de lo que nuestros miedos proyectan en nuestro subconsciente. La apasionada petición de Jesús es una invitación apremiante, un incentivo para hacer como Mateo, dejar todas nuestras presuntas certezas para seguir al Maestro; una amonestación para salir de un cristianismo de sacristía, para superar la demasiado difundida vergüenza de manifestarnos cristianos.

Hoy, en cambio, hemos de armarnos de paciencia para comprender en profundidad uno de los evangelios más difíciles y liberadores de la Biblia.

La clasificación del amor
En una ocasión, un señor, al final de una misa en la que se había leído el Evangelio de hoy, me dijo: “Padre, yo soy muy evangélico: no soporto a mi suegra.” En efecto, lo que Jesús nos pide es asombroso: pide que le amemos, por lo menos, como se ama a la esposa, a un hijo, al padre. En otro punto arduo del Evangelio, Jesús dice: “amar más a Dios” (lo que, en hebreo, lengua retorcida, se dice: “amar menos a los demás”, es decir, odiarlos ...).

Aquí ya no se entiende nada: ¿no nos revela el Evangelio el tierno rostro de un Dios que nos conoce y nos ama en profundamente? ¿Un Dios tan enamorado de la vida que se hace hombre? ¿Cómo puede este Dios que nos ha revelado la belleza absoluta de los sentimientos humanos, la armonía profunda que ha puesto en el corazón de la Creación, cómo puede pedirnos que no experimentemos el amor, la experiencia más hermosa que podemos tener en esta tierra?

Amigos, hemos de entender esta liberadora Palabra.

En primer lugar, Jesús nos dice que lo que tiene que ver con Dios es el orden del amor, no el orden del deber ni de la moral. Cuando él, el Maestro, habla de Dios, siente que su corazón vibra profundamente. El Dios de Jesús no tiene nada que ver con la repetición aburrida y cansada de ritos supersticiosos, ni con un respeto agrio y rígido de unas reglas que busco para justificarme en lo que hago.

Jesús nos desconcierta sacando a Dios del vocabulario de lo sagrado y de la religión, para colocarlo en ese otro contexto, suave y aterciopelado, del amor y del afecto. Jesús dice, sencillamente, que tener una experiencia de Él significa enamorarse.

jueves, 29 de junio de 2017

La red sumergida del teléfono móvil (Fernando Vidal)


Bajo la red social virtual que conecta a los usuarios de Smart-phones, hay una red social sumergida que les une con decenas de miles de trabajadores en una larga cadena de explotación y destrucción hasta producir la máquina que tiene en sus manos. Los dispositivos tecnológicos tienen un doble vínculo. Cuando uno tiene un computador, una pantalla o un teléfono móvil a mano es capaz de comunicarse con él con gente de todo el planeta. Pero a la vez la máquina en sí misma también está uniéndonos con toda la cadena  de personas y comunidades que lo han producido. Entreparentesis.org

miércoles, 28 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)

Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19

Hay aspectos de la Iglesia que cuestan vivir y entender incluso formando parte activa de ella y amándola como sueño de Dios que es. Hay aspectos, en cambio, que nos llenan de alegría cada vez que uno piensa en ellos.
 La fiesta que hoy celebramos, es precisamente una de estas sorpresas desbordantes que le  hacen a uno  feliz y orgulloso de ser cristiano católico.
Hoy celebramos a los  santos Pedro y Pablo, su recorrido, su fe, su lucha.
Para redescubrirlos debemos sacarlos de los nichos en que los hemos puesto y tener el ánimo de pensar en ellos como en unas personas normales que han tenido la suerte de encontrarse con Dios. Por eso se parecen tanto a nosotros. Por eso nos son tan necesarios.
Pedro es el pescador de Cafarnaúm, hombre sencillo y tosco, entusiasta e impetuoso, generoso y frágil. Pablo es el intelectual elegante, el celoso perseguidor, el convertido devorado por la pasión. ¡Completamente diferentes!
Nada ni nadie habría podido poner juntos a dos personas tan distintas. Sólo Cristo.

sábado, 24 de junio de 2017

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


El apóstol Mateo lo dejó todo para seguir al Señor porque en los ojos de su maestro vio la dulzura infinita de Dios, el perdón, la compasión, la misericordia. Y Mateo fue llamado a dirigir esa misma mirada a los hermanos a los que fue enviado.

Parece una broma, pero nuestro Dios, al ver la fragilidad del ser humano, sintiendo compasión por todos nosotros, al vernos como ovejas sin pastor, ha tenido a bien inventar la Iglesia. Una difícil comunidad de personas totalmente diferentes unas de otras, unidas sólo por el encuentro con la mirada de Dios, unidas sólo por una pasión infinita hacia Jesús, el Maestro.

Y esa es la tarea de la Iglesia (la comunidad de los perdonados, no de los perfectos): anunciar, a todos, la ternura de Dios.
En un mundo desgarrado y confundido, endurecido y cansado, nosotros los cristianos, participantes igualmente de esos mismos sufrimientos, pero de un modo distinto porque estamos misteriosamente llenos del Espíritu, estamos llamados a anunciar a Dios a todas las personas.

Megáfonos Dios
Estamos llamados a ser megáfonos de Dios, a pregonar desde las azoteas que Dios lleva cuenta de los cabellos de nuestra cabeza; que Dios no es un ser impresentable e incomprensible, tal como, a veces, nos lo figuramos y como muchos cristianos aún creen y dicen. Estamos llamados a proclamar que Dios ama a los gorriones desde la eternidad y que conoce nuestros dolores; que Dios, el Dios de Jesús, es espléndido.

Estamos llamados a proclamar desde los tejados que Dios es grande, que Dios nos ama, que Dios está presente, de la misma manera que el corazón rebosante de los enamorados quiere comunicar su experiencia a todos.
Jesús anuncia el tierno rostro del Dios, que camina con nosotros, a toda persona indiferente y abrumada por el caos de la vida. Y, además, nos dice que lo proclamemos desde las azoteas.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, nos avergonzamos de ser cristianos. Nos apresuramos a decir que creemos, sí, pero con muchos paréntesis, con muchas objeciones, para no dar una mala impresión ante la “modernidad”. Para evitar el “qué dirán”.

Estoy pensando en todas las veces que tratamos de ser cristianos “políticamente correctos”, cuando cedemos a compromisos para ser aceptados en este mundo nuestro, liberal e hipócrita, que es sólo liberal con aquellos que piensan como él.

Amar a Cristo es amar a la Iglesia hasta la muerte, sufriendo por sus infidelidades, que son las mías. Amar a Cristo es vivir eternamente en tensión entre una Iglesia que hemos de defender ante el mundo, y un mundo que ha de ser acogido en el corazón de los discípulos.

Testigos
Es verdad que, después del trágico y famoso 11 de septiembre en las “torres gemelas”, todas las religiones han tenido que soportar la terrible sospecha de se apela a la fe para cometer criminales masacres. Por fidelidad al Evangelio, no se puede blandir la fe como un arma para el choque de civilizaciones.

Pero aquí, en nuestro occidente indeciso, en esta España superficialmente devota, en este país parcialmente cristiano, el riesgo es la ausencia de testigos, no la imposición de las ideas.

Tenemos miedo de mostrar nuestra fe a los demás, creemos que tenemos que justificar nuestras creencias y tenemos miedo de que nuestras razones fallen frente al pensamiento contemporáneo.

La idea de que la fe es una concesión arqueológica que se hace a sujetos frágiles y emotivos, al final también nos contagia.

Pero este es el momento del testimonio. Muchos hermanos y hermanas están llamados a dar testimonio con su sangre. Como lo hicieron, hace poco, los cristianos coptos (desarmados, mujeres y niños), en una peregrinación a un monasterio: los mataron porque simplemente eran cristianos.

Jesús, pide que lo reconozcamos ante de los hombres, que hagamos visible y reconocible nuestra fe. Necesitamos profundizar nuestra fe, sacudir el polvo de la tradición y del conservadurismo, y volver a descubrir el rostro extraordinariamente humano y compasivo, creíble y razonable del Dios de Jesucristo.

sábado, 17 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de hoy he experimentado a la vez alegría y pena. Alegría por la profunda fe que mantengo respecto a la presencia de Cristo en el misterio de la Eucaristía, por la conciencia que he ido adquiriendo, a lo largo de mi vida, de la profundidad desconcertante de aquel pobre gesto de la última cena, de la rareza de nuestro Dios, de la ingenuidad de Jesús de Nazaret.
Alegría por el amor que más de una vez me ha embargado participando en la eucaristía y celebrándola. Alegría por la presencia de Cristo tangible, evidente, palpable que he tenido la gracia inmensa de experimentar en algunos momentos de mi vida, en un contexto de oración y escucha de la Palabra.
Pena profunda, incómoda y obstinada, porque cuando hablo de esto a las personas que comparten conmigo la fe en el Resucitado, a los cristianos, siento  a menudo cierto desacuerdo e incomprensión. Pena por el clima para nada fraterno que he observado en más que una comunidad cansada y deprimida, cerrada e impermeable.
Pena porque la cumbre que es la eucaristía y que debería ser manantial y cima de nuestra vida de fe, amenaza ser para muchos la única débil pertenencia al cristianismo, una cumbre sin base, privada de lo esencial, que se reduce a un cerro esmirriado.
He celebrado miles de misas en mi vida, millares de veces he hecho presente – siempre indigno, a veces incrédulo y despistado - la inmensidad de Dios. Y todavía me asombro.

Hacer memoria
Recuerda, dice Moisés al pueblo en la primera lectura que hemos escuchado, haz memoria de tu camino. Haz memoria de la esclavitud y de la libertad, y de los costes que supone llegar a ser libre, de los desiertos que hay que atravesar para despojarse de todas las superestructuras – sociales, religiosas, culturales - que te impiden creer y amar desde la desnudez del ser. Haz memoria, dice Moisés al pueblo, del hambre que pasaste y del pan que recibiste, el pan del camino, el “maná”.
Aquel alimento que no tenía nada que ver con los ajos y cebollas de Egipto. Aquella comida inesperada y misteriosa que la gente aceptaba como dada directamente por Dios.
Tenemos que alimentarnos. Con la comida, por supuesto, pero también con el afecto, con la luz, con el sentimiento, con la felicidad. Y este alimento nos falta: ¡cuántas personas mueren de inanición espiritual! ¡Cuántas se van apagando interiormente! Nos falta el alimento que nos permite caminar, que nos permite comprender el gran misterio que es la existencia de cada uno de nosotros.
Es Dios quien nos da el pan del camino hacia la plenitud, hacia la eternidad, hacia la luz. Es Dios mismo quien se hace pan. Un pan capaz de hacernos y mantenernos unidos.
Cada domingo nos juntamos en obediencia al mandato del Señor, en obediencia a aquellas imperiosas palabras: “Haced esto en conmemoración mía” pronunciadas durante la Última Cena, para dar un sentido a nuestra semana y a nuestra vida, para orientarla hacia lo verdadero y lo bueno, para leer las miles situaciones de nuestra vida en la perspectiva de Evangelio.
Esto es ante todo la eucaristía: un memorial, una terapia contra el olvido, una consciente y enérgica sacudida que nos permite volver a encontrarnos con nosotros mismos y con la sonrisa de Dios. A pesar de todo.

sábado, 10 de junio de 2017

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev
Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18

A menudo nos hacemos una idea terrible de Dios. Una idea que mana desde lo profundo, y que junta a nuestros miedos, el sentido de extravío que llevamos en el corazón cuando afrontamos las pequeñas o grandes dificultades referidas al misterio de la vida: ¿por qué existimos? ¿Quién lo ha decidido? ¿Por qué?
Una idea que, desgraciadamente, a veces tiene que enfrentarse con demasiados católicos que arruinan la imagen de Dios, al hablar mal de Él, cuando lo describen cómo un jefe iracundo, un policía intransigente, un déspota lunático e imprevisible al que hay que controlar. ¡Qué desastrosa idea de Dios!
Un Dios que deja morir de hambre a los niños, que no frena las guerras, que hace enfermar de cáncer a una joven madre.  Un Dios que no soluciona los muchos problemas de los hombres, que los deja ahogarse en el mar de las dificultades propias de nuestro tiempo.
Un Dios al que temer y no amar. Un Dios incomprensible.
Y hay también muchos que creen no creer, que se han hecho una idea o una imagen de Dios tan horrible y falsa, que deciden no creer. Es mejor esperar que no haya nadie, antes que tener un Dios sediento de sangre. Tampoco yo creo en semejante Dios.
¿Creéis que exagero? Estar seguros que no. La conversión más difícil de conseguir es precisamente la que nos hace pasar del dios pequeñito y mezquino, que tantas veces llevamos en el corazón, al Dios grandioso que la Biblia nos revela.
Y no basta con ser católicos practicantes para creer en el verdadero Dios. Por eso, necesitamos al menos un domingo dedicado a reflexionar sobre el rostro de Dios, que Jesús nos ha contado. Es el domingo de la Santísima Trinidad.

Moisés
Hace falta tiempo para huir la imagen demoníaca de Dios que llevamos dentro. El pueblo de Israel hizo ese mismo recorrido purificando la propia fe a través de su experiencia vital. El Dios de los padres, el Dios Abrahán, de Isaac y de Jacob, no era como el de los pueblos cercanos, era mejor. Luego, con el éxodo de Egipto, sucede algo que pone todo patas arriba: el Dios de los padres interviene, actúa, se comunica y establece una un pacto, una alianza, una boda con este pueblo errante.
No hay más divinidad que el Dios de Israel, las demás son sólo ídolos.
En el Biblia encontramos el rastro de esta evolución de la experiencia de Dios, al que inicialmente llaman Elohim = el Señor, o El Shadai = el dios de las alturas, hasta llegar a la revelación de su rostro, Adonai = Yo soy el que está presente contigo.

sábado, 3 de junio de 2017

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 103
Segunda Lectura: 1 Cor12, 3b -7. 12-13
Evangelio: Jn 20, 19-23

Hoy celebramos el regalo del Espíritu, que Jesús prometió. El don del Espíritu defensor y de consuelo, espléndido en sus siete dones. Hoy se nos ha entregado y el Resucitado pide a sus discípulos que lo anuncien empezando por Galilea de los gentiles, sabiendo que él está para siempre con nosotros.
Ha comenzado el tiempo de la Iglesia: somos nosotros, ahora, los que tenemos que hacer visible el Reino de Dios, mientras esperamos la vuelta gloriosa del Señor en la plenitud de los tiempos.
Pero sentimos el peso de este encargo, la insuficiencia de nuestra fe, la fragilidad de nuestro anuncio. No somos capaces de hacer presente al Señor, necesitamos una ayuda, un entrenador, un socorrista, un abogado. Necesitamos el Espíritu Santo.

Pentecostés
Aquel día era Shevuot o Fiesta de las Primicias. La fiesta con significado agrícola que correspondía con la época del año en la que se recogían los primeros frutos y se llevaban al Templo de Jerusalén. Para los fieles griegos era Pentecostés, los cincuenta días después de la Pascua, cuando celebraban también el recuerdo del día de la entrega de la Ley – la Torah -  en el monte Sinaí.
Israel estaba muy orgulloso de la Ley que Dios le había entregado;  aun siendo el más pequeño de entre los pueblos, fue elegido para testimoniar al mundo el verdadero rostro del Señor clemente y compasivo.
Exactamente aquel día, y no casualmente, sitúa Lucas la venida del Espíritu Santo. Espíritu que ya había sido entregado en la cruz y el día de la Pascua. ¿Para qué repetir esta efusión? ¿Por qué ese día?
Tal vez Lucas quiere decir a los discípulos que la nueva Ley es un movimiento del Espíritu, una luz interior que ilumina nuestro rostro y el de Dios. Jesús no añade más preceptos a los muchos – incluso demasiados -presentes en la Ley oral judía, sino que los simplifica, los reduce a lo esencial.
A los discípulos se les pide un solo precepto: el mandamiento nuevo del amor. Esto es fantástico y hace brotar un profundo agradecimiento: ¡gracias Señor Jesús!
¿Pero qué significa amar en las situaciones concretas de la vida?
Aquí es donde viene el Espíritu en nuestra ayuda. Jesús no nos da unas nuevas tablas de la  ley, sino que nos cambia el modo de verlas, nos cambia radicalmente el corazón. Hoy celebramos la Ley que el Espíritu nos ayuda a reconocer.

Truenos, nubes, fuego, viento
Lucas describe el acontecimiento, en los Hechos de los Apóstoles,  refiriéndolo explícitamente a la teofanía de Dios en el monte Sinaí: truenos, nubes, fuego y viento son elementos que describen la solemnidad del acontecimiento y la presencia de Dios pero que también pueden ser releídos en clave espiritual.

lunes, 29 de mayo de 2017

ADOLFO NICOLÁS: Mis conversaciones con el Papa Francisco

          


El superior general de la Compañía de Jesús desde 2008 hasta 2016, P. Adolfo Nicolás, al terminar la Congregación General 36, pasaba en España unas semanas antes de partir a su destino en Filipinas, donde estaba destinado al ser elegido General. Durante su estancia en Madrid, ha recogido por escrito los recuerdos que guarda de sus encuentros con el papa Francisco durante su pontificado, y que ahora publica en exclusiva la Revista Mensajero.

Un documento que por su extensión publicaremos en dos entregas. La primera que va a continuación y, las segunda, para terminar, en el próximo número de mayo.

domingo, 28 de mayo de 2017

ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Domingo 7º de Pascua) - Ciclo A -


Primera Lectura: Hch 1,1-11
Salmo Responsorial: Salmo 46
Segunda Lectura: Ef 1,17-23
Evangelio: Mt 28, 16-20

          La verdad es que la Ascensión es una extraña fiesta. La idea de irse no parece muy buena idea. Con todos los desastres que hay en el mundo, ¿no hubiera sido mejor si Jesús se hubiera quedado con nosotros? Tal vez hubiéramos podido oír de viva voz qué hacer, tal vez hubiéramos podido conocer el pensamiento de Dios, en vez de contentarnos con personas como los apóstoles que, al fin y al cabo, eran personas como nosotros.
            Y, en cambio, no fue así. Como frecuentemente sucede en la vida de fe, la Ascensión nos dice muchísimo de Dios y del hombre y hemos de tener el valor de reflexionar, de atrevernos a indagar y comprender.
            En los evangelios la Resurrección, la Ascensión y Pentecostés componen un mismo cuadro, un único e idéntico acontecimiento narrado en tres escenas. Jesús, al resucitar, ya está junto al Padre y nos da el Espíritu. Jesús, que se sienta a la derecha del Padre, ya no está atado al tiempo y al espacio y puede decir de verdad: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
            Bienvenidos, por tanto, en esta fiesta, a la lógica de Dios que no es la nuestra.

Como Elías
            La narración de los Hechos de los  Apóstoles tiene el trasfondo de la ascensión de Elías, una página que era muy conocida en Israel y un punto de referencia para los neo-conversos. Encontramos la narración de la ascensión de Elías en el segundo libro de los Reyes: aquel gran profeta es arrebatado al cielo sobre un carro de fuego, desaparece entre las nubes y su discípulo, Eliseo, tiene la certeza de recibir al menos una parte del espíritu profético al verlo desaparecer.
            Lucas describe el acontecimiento de la Ascensión usando el mismo paradigma: las nubes como símbolo del encuentro con Dios; los dos hombres que nos recuerdan a los dos ángeles testigos de la Resurrección; el color blanco de sus vestidos, signo del mundo divino.
            El meollo de la narración no es, por lo tanto, la descripción de un prodigio sino la descripción de una entrega: del mismo modo que Eliseo recibe el espíritu de profecía por parte de Elías, así los apóstoles reciben el mandato del anuncio por parte del Resucitado.
           
            Cielo y tierra
            Son los ángeles de la narración quienes dan la clave de interpretación del acontecimiento: no miréis al cielo, mirad a la tierra, mirad lo concreto del anuncio.
            Los discípulos del Resucitado están llamados a anunciarlo, a hacer presente al Señor hasta que él venga. Así es como la Iglesia se convierte en el lugar de encuentro privilegiado con el Resucitado, y ella realiza su tarea sólo cuando hace presente el evangelio en el mundo. Mateo nos dice cómo.

            Dudaron
            Diversamente a como hace Lucas, Mateo sitúa el adiós de Jesús en Galilea, sobre un monte. La montaña, en toda la Biblia, representa el lugar de la experiencia divina: sólo quién la ha experimentado puede contarla a otros con credibilidad.
            Y, además, en Galilea, el lugar de la frontera, del mestizaje, del confín. La tierra primera en caer bajo el invasor asirio, y que logró sobrevivir entre componendas y apaños, bien lejanos del rigor que solicitaban los puros fariseos de Jerusalén. En tiempos de Jesús llamar galileo a una persona era un insulto.

jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles, es inútil negarlo. Difíciles humanamente, difíciles cristianamente. El futuro es denso con nubes oscuras y el riesgo de ver siempre y sólo lo negativo amenaza también con contagiar a los cristianos más virtuosos.
No sé a vosotros, pero a mí el clima de contraposición feroz de ideas y de posicionamientos me produce un intenso malestar. Si se es de aquí o de allá, de derechas o de izquierdas, creyentes o ateos, de un equipo o de otro. Y si uno no se encuentra en esas clasificaciones ¿qué hace? Porque hay muchos cristianos que se encuentran “en tierra de nadie”.
Las noticias aumentan el malestar, para nosotros católicos, cuando leemos comportamientos incomprensibles por parte de quienes deberían conducir el rebaño y que, en cambio, lo oprimen con violencia. Sin embargo aquí estamos todavía meditando un evangelio pascual, de resurrección, de confianza, de alegría y conversión.
Un evangelio que nos indica un camino difícil, pero posible, para preservar la esperanza, para prestar atención a la selva que nos rodea, sin atemorizarnos por el ruido de un árbol que cae.

Socorro
Jesús es claro y, sin embargo, el mundo no lo ve presente, habla de él como de un gran personaje del pasado, como de un simpático profeta que acabó mal, como les ocurre a muchos profetas; pero los discípulos, afirma el Maestro, siguen viéndolo, lo reconocen, lo anuncian, lo escuchan, le piden.
El primer regalo que Jesús promete a los discípulos atemorizados es el Paráclito, es decir el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor, que nos ayuda a recordar las palabras del Maestro, que nos ayuda a ver las cosas de manera completa.
Necesitamos de él urgentemente. Necesitamos que nos ayude a leer, a la luz de la fe, tanto la gran historia como nuestra historia personal. Entonces las cosas que ocurren adquirirán una luz diferente, con un horizonte de referencia más amplio, con una perspectiva de salvación que Dios realiza en la humanidad inquieta.
El socorro que Dios nos envía está en función de nuestra misión: los discípulos que “ven” a Jesús, que perciben su presencia, son invitados a anunciar el nuevo modo de vivir que Dios realiza a través de la comunidad de los salvados, que es la Iglesia.

sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12

No debemos tener miedo, dice Jesús. Y utiliza el verbo que indica el temor suscitado por la tormenta en el mar.
Es cierto. En las vicisitudes de la vida muchas veces nos sentimos como en medio de una tormenta, incapaces de gobernar el barco. El clima de tensión mundial que vivimos, la inseguridad económica, la desintegración de los valores, la insignificancia de la Iglesia en la sociedad, no hace más que cargar el ambiente. Da la sensación de estar al final de una era.
No tengamos miedo, nos insiste el Señor, confiemos en él, que nos prepara un lugar en la casa del Padre. En medio de las vicisitudes de la vida el Señor Jesús nos muestra el camino para descubrir el verdadero rostro de Dios y, en consecuencia, nuestro propio rostro.
Son palabras fuertes las que la liturgia nos ofrece hoy; las palabras pronunciadas por Jesús, según el evangelista Juan, durante su última cena, una especie de testamento para los discípulos.

¿Cómo?
A Tomás, Jesús le indica un recorrido, un camino. En los comienzos de la Iglesia, los cristianos eran llamados “los del camino”, los que seguían un camino. En cambio, hoy en día, muchos conciben la fe como una casa, un templo, un refugio, un bunker, un paquete de verdades inamovibles en las que creer. No deja de ser curioso.
Sin embargo, el cristianismo es algo dinámico, que está siempre en camino, porque quien sigue a alguien que no tiene donde reclinar la cabeza, no puede pretender ser un cristiano de una vez para siempre, buscando seguridades no propias de la fe.
Jesús responde al desconcertado Tomás, que acababa de enterarse de qué iba todo aquello, que el Señor va delante de nosotros, que va a siempre más allá, que no nos deja solos, sino que nos invita a arremangarnos para la tarea.
Para mantenernos creyentes, dice Jesús, debemos confiar en que él es el camino, la verdad y la vida.

Camino
Ser cristiano -a veces se nos olvida- significa seguir a Jesús; imitarlo, confiar en él, conocerlo y dejarse amar por él. Frecuentar su palabra en la meditación, buscarlo en la oración personal y comunitaria, reconocerlo en el rostro del hermano pobre. La fe cristiana es una propuesta de un cambio radical en la forma de ver al mundo y a Dios. Y lo hacemos escuchando y siguiendo a Jesús, el Maestro.
En un mundo lleno de tertulianos, opinantes, santones y pequeños líderes que lo saben todo y que gritan unos contra otros, Jesús se muestra como el camino, la puerta por donde las ovejas podemos salir de los muchos cercados (¡incluso religiosos!) en los que nos han encerrado.
Llegar a ser cristiano significa amar como Jesús amó, seguir el camino recto, que no es una colección de hermosas ideas y preceptos, normas y cumplimientos, sino una persona: Jesús de Nazaret, el Señor Resucitado.