Traducir

Buscar este blog

sábado, 16 de septiembre de 2017

DOMINGO 24º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Eclo 27,30 - 28,9
Salmo Responsorial: Salmo102
Segunda Lectura: Rom 14,7-9
Evangelio: Mt 18, 21-35

Perdonar es una debilidad, dice el mundo violento que nos rodea.
Es ridículo admitir que tienes defectos, mejor es ocultarlos, negarlos o mostrarlos como un trofeo, en un frenesí por aumentar la maldad e hipocresía.
Perdonar es de débiles, excepto para ver al periodista preguntarle a una madre frenética: ¿perdona usted al asesino de su hijo?
Vayamos despacio, por favor. El perdón es una cosa muy seria. Y eso lo saben muy bien, tanto el que ha sido herido como el que hirió.
Si el pasado domingo la liturgia nos presentaba la práctica del perdón dentro de la comunidad cristiana, la Palabra de hoy es más audaz y nos invita a reflexionar sobre la razón del perdón en sí mismo.
¿Por qué perdonar? ¿Cuántas veces he de perdonar?
Históricamente, en la Biblia, el grito horrible de Lamec, hijo de Caín, que amenaza con matar setenta veces siete por un desacuerdo (Gen 4), se ve atenuado por la ley del talión que pone, al menos, un freno a la ira, mediante la introducción de un criterio de proporcionalidad en la venganza: ojo por ojo, diente por diente. En el Pentateuco ya encontramos algún indicio de misericordia, pero siempre limitado a los que son hermanos en la fe.
En tiempos de Jesús los rabinos sugerían que, para mostrar clemencia, se debería perdonar tres veces el mal sufrido. Pedro, en el evangelio de hoy, quiere exagerar, proponiendo perdonarlo hasta siete veces.
Pero hizo mal las cuentas.

Siete veces, setenta veces siete
Imagínate que al final de la lectura de este texto, tu vecino de casa te busca para decirte lo siento: ayer por la noche, durante una cena con los amigos, levanté el codo y hablé mal de ti, y ahora se siente mortificado. Eres generoso, le dices que no es nada, y te da las gracias.
Luego, regresa una hora más tarde diciendo que ha vuelto a hacer lo mismo, esta vez con el portero, y también se disculpa por ello. ¿Qué vas a hacer, perdonarlo? ¿No te sientes tomado por el pito del sereno?
La propuesta de Pedro es generosa – siete veces - y hasta heroica; la de Jesús, en cambio, parece una locura, que sólo podemos entender con la lógica divina: Estamos llamados a perdonar siempre, porque siempre somos perdonados por Dios.
El poco crédito que concedemos a los hermanos no es nada comparado con la deuda monstruosa que nosotros hemos contraído con Dios. Y Él nos la ha cancelado.

Siervos
La deuda del criado, que presenta el evangelio, es deliberadamente absurda: un talento equivale a 16 kilos de oro. Diez mil talentos son una cifra inimaginable (casi 6.000 millones de euros). Esa deuda enorme es perdonada; no así, en cambio, la deuda del otro siervo que, a pesar de ser un cifra importante lo que debía a su colega, unos doscientos días laborables (pongamos unos 6.000 €), no tiene nada con qué pagar.
La reacción del patrón, obviamente, es feroz: tienes que perdonar porque tú has sido perdonado en mucho más.
Esta es la razón del perdón cristiano: perdonar a los que me hacen mal porque he sido perdonado primero. No perdonar porque el otro sea mejor, o se convierta, o se ablande.

sábado, 9 de septiembre de 2017

DOMINGO 23º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


No es fácil vivir como discípulos del Señor en estos tiempos oscuros. En una sociedad formal y sociológicamente cristiana no son los valores derivados del evangelio los que prevalecen y orientan las opciones de nuestra vida, sino una mentalidad egoísta e infantil. Para darse cuenta de ello basta con comparar el sentir común con la palabra de Jesús.
            Hoy en concreto la Palabra ilumina dos aspectos importantes en la vida de un creyente: el perdón y la corrección fraterna. Y nos hará ver lo lejanos que estamos del Evangelio.

Pecado y perdón
            Algunos pensarán que, al  menos respeto al pecado, nosotros los católicos lo sabemos todo. Hemos pasado siglos viendo pecado por todas partes, lo hemos analizado, estudiado, diseccionado, ¿cómo se puede decir que no conocemos a fondo el pecado?
Más aún, muchos, todavía hoy, ven al cristianismo como una religión moral, que nos dice lo que es el bien y lo que es el mal, y a la Iglesia como una acreditada institución que tiene como principal tarea remachar lo que es pecado, en estos tiempos confusos.
            Ésta, hermanos, es una visión simplista que corre el riesgo, como de hecho ha sucedido, de producir un efecto perverso: cuanto más, en el pasado, nos hemos concentrado en el pecado, tanto más hoy nadie considera pecaminosas sus acciones.
            Una sociedad, aunque sea la eclesial, que no ha sido educada en la libertad se convierte en una sociedad anárquica, que reivindica la libertad de probar cada emoción, que convierte el parecer del individuo en el único criterio.
            ¡Hoy, si somos honestos, para sentirnos realmente culpables hace falta al menos ser un asesino en serie! Todo el resto: el egoísmo, la avaricia, la corrupción, el chismorreo, la violencia verbal, la calumnia, la explotación de personas, son simples manifestaciones de la libertad personal.
            Muchos todavía piensan que un acto es pecado porque así lo estableció Dios. ¡Error enorme! En la Biblia se dice que el pecado es malo porque hace mal a alguien. El hombre, extraordinariamente libre, recibe de Dios la conciencia y la Palabra para conducirlo hacia la vida. Pero el hombre, administrando mal su libertad, poniéndose en el lugar de Dios, corre el riesgo de realizar obras que lo llevan a su destrucción.

            El pecado no es una ofensa a Dios, sino un ataque a lo que podemos llegar a ser: es una ofensa a la obra maestra y muy amada de Dios, que es cada uno de nosotros. Dios no castiga al pecador, sino que lo perdona. Es el pecado el que nos castiga, haciendo precipitarnos en un abismo de falsa felicidad. Pero, para ver estas sombras hace falta que nos expongamos a la luz de la Palabra de Dios.


Perdón
            En el corazón del hombre se aloja la falsa idea de un Dios que castiga, que juzga, que controla. En cambio, Jesús ha venido a liberarnos de esta imagen demoníaca de Dios mostrándonos el rostro de un Padre que desea tozudamente el perdón. Perdón que es un regalo, una posibilidad que se ofrece, una ocasión de renacimiento, de nueva vida.
            Y el verdadero discípulo comparte este perdón con los demás perdonando.
            El perdón, en la miope perspectiva actual, es visto cómo una debilidad. ¡Cuánto nos cuesta perdonar! ¡Necesitamos tiempo, necesitamos una fe fuerte y una profunda conversión para perdonar quién nos ha hecho mal!

sábado, 2 de septiembre de 2017

DOMINGO 22º del TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera lectura: Jer 20, 7-9
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda lectura: Rom 12, 1-2
Evangelio: Mt 16, 21-27

            ¡Pobre Pedro! La de problemas que tuvo, y no sólo por declarar que el carpintero de Nazaret era el Mesías esperado por Israel.
            Jesús era demasiado diferente en su manera de servir al Reino, demasiado audaz en su predicación, su idea de Dios era demasiado innovadora para poder identificarlo con aquel nuevo y glorioso rey David que restauraría la pasada gloria de Israel y al que todo el mundo estaba esperando!
            Pedro había reconocido a Jesús como el Cristo, y Jesús lo reconoce a él como piedra para construir, como una piedra viva fundada sobre la fe, la piedra que sustentaría a otros hermanos en la fe.
            Ahora, sin embargo, Pedro se ha convertido en una piedra de tropiezo, en una roca de escándalo. ¡Qué desastre!

Otro Mesías
            Una vez que Pedro reconoció a Jesús como Mesías, éste le explica que ser Mesías significa vivir sin gloria, sin poder, sin componendas. Y Jesús dice que está dispuesto a llegar hasta el final en la elección que ya ha hecho, que está dispuesto a morir antes que renegar de ser lo que es: la imagen viva de Dios, y así lo hará.
            Los discípulos quedan atónitos y descolocados: hacía poco tiempo habían estado hablando de quién tendría un cargo en el nuevo reino de Dios y Jesús ahora está hablando de dolor y de muerte.
            Pedro lo lleva aparte y le ruega que cambie el lenguaje para no desalentar la moral de las tropas. Él, también, como nosotros hacemos con frecuencia, queremos enseñar a Dios cómo tiene que ser Dios.
            Y Jesús responde con dureza: Pedro, le dice y nos dice también a nosotros, cambia de mentalidad y conviértete en un auténtico discípulo.
            Demasiadas veces nosotros, en vez de seguir al Señor, lo precedemos, queremos ir por delante de Él. Queremos mostrarle el camino y, sin embargo, la mayoría no seguimos el camino que él nos muestra.
            Somos nosotros los que sugerimos soluciones a los problemas, y la mayor parte de las veces no confiamos en la presencia y en la acción de Dios. Le pedimos que se convierta en nuestro discípulo.
            Jeremías, en la primera lectura, se queja a Dios. Él quería ser un profeta de buenas noticias y se ha convertido en un pelmazo insoportable, al que todos odian, incluso su familia. A Jeremías le gustaría abandonar, pero reflexiona y vuelve a aquel fuego que le ha seducido.
            Cuando nos ponemos en el lugar de Dios, en el lugar del fuego – como hizo Pedro - nos alejamos del camino.
            No nos preguntemos en qué momento nos encontramos en nuestro viaje interior, como si tuviéramos que completar una etapa de la vuelta ciclista, preguntémonos más bien si todavía vamos corriendo detrás de Cristo.

domingo, 30 de julio de 2017

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: 1 Re 3, 5. 7-12
Salmo Responsorial: Salmo 118
Segunda Lectura: Rom 8, 28-30
Evangelio: Mt 13, 44-52
  
Pues ya lo hemos oído: la vida es una caza del  tesoro. Bonita historia, como de un juego de niños. Además tenemos en el bolsillo las instrucciones, si las sabemos leer. El mapa del tesoro se ofrece a todos y es gratis.
Y en cambio, como tontos, ahí estamos distraídos, haciendo caso a los que nos quieren vender fórmulas mágicas – y son bastantes - para alcanzar la felicidad.
Hacemos caso a los vendedores de humo, a los expertos de todo tipo, que nos explican que, para ser felices, necesitamos un coche más grande, un cuerpo más esbelto y un sueldo millonario.
¡Lo más trágico es que muchos se creen esta ingenua ilusión!
Mateo escribe esta página de evangelio treinta años después de haber dejado todo para seguir al Señor. Él encontró el tesoro cuando trabajaba en el espinoso campo de la recaudación de impuestos; allí se encontró con la mirada del Nazareno; en casa de Simón el pescador, se encontró con el carpintero que era tenido por profeta.
Jesús se acercó al mostrador de los impuestos, sin odio, como hacía todo, sin temor, y le pidió dejar todo y seguirlo, sin miedo. Y él lo hizo, sin saber bien por qué.
Desde entonces su vida cambió. Antes, Mateo creía tener en el bolsillo una perla preciosa: dinero, respeto y reconocimiento, contactos con los poderosos; ahora, en la mirada sonriente de Jesús vio lo que de verdad era un tesoro.
También nosotros creemos saber en qué consiste nuestra felicidad, creemos haber localizado el tesoro e invertimos energías e inteligencia para encontrarlo. Pero, ¿estamos seguros de saber qué es lo que nos llena el corazón?

Salomón
Salomón era un joven rey que había heredado de su padre David un reino en dificultad: los enemigos acechaban en los confines y el pequeño pueblo de Israel se había convertido en una de las potencias de la época; las luchas intestinas destrozaban la corte y el propio David había experimentado el dolor lacerante de ver el propio trono asediado por sus hijos.
Salomón, el hijo de la esposa preferida, Betsabé, había sido el elegido y, ahora, es él quien reina. Tiene frente a si una tarea desmesurada: proteger y gobernar al pueblo, hacer construir el templo. Es joven, muy joven, y necesita ayuda.
Dios le va a hacer un regalo y Salomón pide, como regalo, la capacidad de actuar con sabiduría.

lunes, 24 de julio de 2017

SOLEMNIDAD DE SANTIAGO APÓSTOL (25 de julio)


Primera lectura: Hch 4,33; 5, 12.27-33; 12,2
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: 2 Co, 4, 7-15
Evangelio: Mt 20, 20-28

Siempre que celebramos la fiesta de un apóstol, hacemos memoria de los momentos fundacionales de la Iglesia y, por tanto, nos sentimos interpelados por dimensiones ineludibles de nuestra fe cristiana.
En esta solemnidad de Santiago el Mayor, venerado como patrono de España en virtud de una piadosa tradición, conviene que nos fijemos no tanto en lo que nos dice la leyenda, sino en lo que vemos escrito en el Nuevo Testamento y que acabamos de proclamar en las lecturas de la misa de hoy.

Nuestros esquemas habituales
Una pregunta inicial suscitada por el evangelio: ¿Cuáles son nuestros esquemas de comportamiento? ¿Qué es lo que vemos a menudo en nuestro mundo, en nuestra sociedad, incluso en nuestras comunidades cristianas? Afán de poder. Ganas de ser importante, de figurar. Luchas por conseguir pasar delante de los demás. Codazos para poder salir en la foto. La convicción de que, sin nosotros, no funcionaría nada o todo se derrumbaría. Utilización de técnicas publicitarias para vender una buena imagen. Preocupación por el espacio y el tiempo de permanencia en los medios de comunicación, porque sólo vale lo que se publica, lo que sale en la “tele”.
Control de todo y de todos, no sea cosa que alguien actúe por cuenta propia. Evitar que la mayoría piense y se organice: con que algunos tengan iniciativas y las ofrezcan a todos los demás, ya hay más que suficiente. Cortar de cuajo cualquier posibilidad de discrepancia. Esconder la información... por el bien de todos, claro está.
Marcar siempre las distancias, pero marcando gestos de acercamiento: eso siempre gusta a los súbditos. Un cuerpo de funcionarios numeroso, que asegure una maquinaria burocrática incomprensible para la mayoría de la gente. Dar como favor lo que ya le corresponde a cada uno como derecho, o exigiendo como obligatorio lo que es simplemente opcional. Acumular cuantas más prerrogativas mejor, porque si el poder está demasiado repartido, el sistema se hunde.
Este podría ser el estilo de poder que la madre de los Zebedeos tenía en la cabeza cuando pedía a Jesús un enchufe para sus hijos. Y no sólo ella, también nosotros mismos funcionamos con esos esquemas, no nos engañemos.
Pero la respuesta de Jesús es clara y tajante: “No será así entre vosotros”.

sábado, 22 de julio de 2017

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Sab 12,13. 16-19
Salmo Responsorial: Salmo 85
Segunda Lectura: Rom 8, 26-27
Evangelio: Mt 13, 24-43


Dios, nuestro Padre, lanza la semilla de la Palabra a manos llenas, con abundancia, con la íntima convicción de lograr hacer brecha siempre en nuestro corazón.
Y así es: si, después de dos mil años, todavía estamos aquí a la escucha de la Palabra, es porque el Señor ha cavado en nuestros corazones, ha fecundado nuestras opciones, ha cambiado de nuestra vida.
¿Pero, si la Palabra se ha difundido y ha arraigado en el corazón de millones de personas, por qué tenemos todavía en el corazón esa desagradable sensación de que, a pesar de dos mil años de presencia cristiana, el mundo sigue sumergido en las tinieblas?
¿Qué es lo que ha cambiado, concretamente, en estos dos mil años de historia?
La semilla es lanzada con abundancia, ciertamente, y quien la acoge con honestidad sabe muy bien lo difícil que es hacerla crecer.
Pero, para complicar las cosas, parece ser que no sólo Dios es el que siembra: el maligno siembra también la cizaña tenazmente en nuestro campo.

Cizaña
El mundo está sembrado con buen grano. Merece la pena recordar lo que el libro de la Sabiduría dice: si contemplamos con honestidad la creación podemos concluir que Dios es el artífice de tanta armonía y que, por lo tanto, él es justo y benévolo.
El mundo es bello, el hombre es bueno, aunque sea difícil creerlo en algunos momentos. Pero Jesús lo afirma con serenidad y con fuerza. Tal vez nos hayamos olvidado de mirar bien, de leer más allá de las apariencias, de captar lo esencial. Lo esencial, que es invisible a los ojos, como dice El Principito.
El enemigo siembra la cizaña, a hurtadillas, por la noche. El bien y el mal crecen juntos y nos damos cuenta de ello cuando la realidad aumenta, avanza y se extiende. Cuando crecemos.
La sabiduría del dueño del campo, en la parábola de hoy, es asombrosa: despide a los sirvientes celosos que quieren que su entorno sea un bonito jardín inglés, empeñados con pasión en arrancar la cizaña.
“Tened paciencia” dice el dueño, para no correr el riesgo de arrancar el trigo bueno con tanta furia limpiadora.
En la Palabra sembrada, el pasado domingo, el Reino de Dios crecía compartiendo el campo con las tinieblas, la oscuridad, es decir, la cizaña. Es la experiencia que todos los hijos de la luz hacen antes o después: a pesar de los dos mil años de Evangelio, la mala hierba parece que ahoga el anuncio de la salvación. De palabra y en teoría todo parece funcionar, pero con los hechos tenemos que rendirnos a la evidencia: a pesar de que Cristo ya nos ha salvado, encontramos dificultad en aceptarlo y aprender. La salvación es cosa seria y Jesús, el Maestro, sabe que la luz y las tinieblas se enfrentan y que las tinieblas hacen siempre más ruido.
Sólo hay una cosa que es peor que el mal: acostumbrarse a él, darle carta de ciudadanía, como algo cotidiano e ineludible; fingir e ignorarlo, pensar que en el fondo, entre luz y tinieblas es mucho mejor vivir en un bello claroscuro.
O bien hacer el talibán, suplantando a Dios, siendo más papistas que el Papa, haciéndose justicieros fundamentalistas que quieren hacer limpieza a toda costa, poner orden, arrancar la cizaña a cualquier precio.

sábado, 15 de julio de 2017

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 55,10-11
Salmo Responsorial: Salmo 64
Segunda Lectura: Rom 8,18-23
Evangelio: Mt 13,1-23

En el corazón del verano hablamos de la Palabra. Palabra que llena, que sacude, que convierte, que reanima, que impacta, que consuela. Palabra que penetra como una espada de doble filo en las profundidades de nosotros mismos, hasta los abismos del corazón, para juzgar e iluminar, para desvelarnos el verdadero rostro de Dios y para desvelarnos a nosotros mismos.
Palabra que escuchamos cada domingo, que intentamos convertir en nuestra luz y nuestro empeño. Palabra solemnemente recobrada para el pueblo de Dios después del Concilio Vaticano II pero que, desafortunadamente, todavía es muy desconocida para la mayoría de los creyentes, incluso los cristianos.
Es muy desalentador ver así a muchas personas que ignoran los evangelios y siguen, sin embargo, la profecía del último adivino de turno; entristece escuchar muchas prédicas que hablan de todo, menos de comentar la Palabra solemnemente proclamada; inquieta ver que se cita a la Iglesia por sus impopulares posiciones éticas y no se alude nunca a ella cuando, fiel al mandato recibido por el Señor, proclama la Buena noticia a todas las gentes.
Al principio del verano, la Palabra que hemos escuchado reflexiona sobre ella misma para recordarnos que Dios no se cansa de nosotros, que la eficacia de sus palabras no está determinada por nuestra capacidad de repetirlas, sino de acogerlas.

Una Palabra eficaz
Isaías, el tercer Isaías, habla al desmoralizado pueblo de Israel que estaba desterrado en Babilonia. Habían pasado muchas décadas desde las promesas de retorno hechas por el profeta a Ezequiel, y ya nadie pensaba en serio que se pudiera volver a Jerusalén.
La profecía, entonces, se alza con firmeza: la lluvia y la nieve fecundan la tierra y sólo vuelven al cielo después de haber cumplido su misión. Así será Palabra de Dios.
Ciertamente: los tiempos de Dios no son los nuestros, pero la eficacia de sus promesas es indiscutible.
Isaías también nos invita a nosotros, exiliados del Reino de Dios, a no desanimarnos en estos tiempos difíciles, sino a perseverar en la lectura y en la meditación frecuente y aún diaria de la Biblia.
Tal vez la Palabra que estudiamos y escuchamos, que profundizamos y oramos, no nos dice nada en el momento. Pero, creedme, lo he experimentado cientos de veces: una Palabra acogida en el corazón vuelve a la mente cuando menos lo esperamos.
La Palabra de Dios es eficaz, pero si no la conocemos, si la ignoramos, si la dejamos al lado y al mismo nivel de otras muchas, demasiadas, palabras humanas, no podrá fecundar nuestro corazón ni dar el fruto que deseamos.

sábado, 8 de julio de 2017

DOMINGO 14º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura:  Zac 9, 9-10
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Rom 8, 9.11-13
Evangelio: Mt 11, 25-30


Resurrección, Pentecostés, Trinidad, Corpus Christi. La sucesión de estas grandes fiestas-memoria, esenciales en nuestro recorrido de fe, nos han conducido hasta el verano.
El mes de julio comienza retomando el evangelio de Mateo, más o menos allí dónde lo habíamos dejado, y nos acompañará en el así llamado tiempo ordinario hasta finales de noviembre. Tendremos así una mejor ocasión de conocer al escriba recaudador, trasformado en discípulo, tendremos ocasión de captar su personal experiencia de seguimiento.
Mateo, un hombre convencido de las opciones que había tomado, rico y temido, dejó todo para seguir al carpintero de Nazaret, dejó su fama y su riqueza para ver a aquel Profeta conmoverse ante la muchedumbre sin futuro, escuchó su autorizada Palabra creyendo, en serio, que Dios se cuida de los pajarillos y cuenta el número de pelos de nuestra cabeza. Mateo vivió la alegría más grande que un hombre puede experimentar en su vida: se convirtió en discípulo del Señor.
Pero atentos: sólo quién tiene un corazón sencillo, sólo quién deja de lado la lógica ilusoria del aparentar y del poder, puede entender esto. Tenemos mucho que cambiar. Dios descoloca los equilibrios y las relaciones entre las personas: no es dichoso quien es rico, quién triunfa, quién se realiza. Es dichoso quién acoge la Palabra. Y, lo que es más chocante, son los pobres los que más y mejor la acogen; por eso son bienaventurados.

Un Dios anárquico
El mismo Jesús queda descolocado por la lógica del Padre, y estalla en un canto de alegría: las cosas del Reino son entendidas por los apaleados de la historia, no porque sean apaleados, sino porque están dispuestos a ponerse en tela de juicio.
Nuestro mundo occidental profesa como dogma intocable el mito del progreso y del bienestar: la economía ha reemplazado a la política y a la ética. Echad un vistazo a los medios de comunicación: para ser tenido en cuenta tienes que aparentar, poseer, poder gastar. Él último teléfono inteligente, la última tableta de datos, la última moda, las cosas más cool y extra-cool. Los jóvenes y adolescentes, víctimas de ese bombardeo mediático, visten todos rigurosamente iguales, esclavos de la marca, sin cuestionarse el problema de qué les reserva el futuro.
El mundo es de los fuertes: de los futbolistas que cobran millones de euros, de las modelos, de los arrogantes, de la gente guapa. El que vence es  siempre el mejor, no cuenta para nada llegar el segundo: el segundo está derrotado. Vencen los más “guay” y, si eres duro y agresivo, si tienes contactos, si tienes ánimo, podrás quizá un día, tal vez, formar parte de los fuertes.

Dios no quiere que venza el mejor y más fuerte, más bien es él quien ha vencido y ha ganado la victoria para todos. Sabe lo que cada uno es, sabe que cada uno es precioso, una pieza única, una obra maestra, un fuera de serie, y no podemos engañarnos creyendo que tenemos que mostrar nuestro valer, batiéndonos toda la vida en conseguir resultados cada vez más altos.

sábado, 1 de julio de 2017

DOMINGO 13º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: 2 Re 4, 8-11.14-16
Salmo Responsorial: Salmo 88
Segunda Lectura: Rom 6, 3-4.8-11
Evangelio: Mt 10, 37-42


Hemos escuchado en el evangelio del pasado domingo que proclamásemos desde las azoteas que nuestro Dios cuida de los gorriones; que gritásemos con nuestra vida y nuestra esperanza, que el verdadero rostro de Dios es muy diferente de lo que nuestros miedos proyectan en nuestro subconsciente. La apasionada petición de Jesús es una invitación apremiante, un incentivo para hacer como Mateo, dejar todas nuestras presuntas certezas para seguir al Maestro; una amonestación para salir de un cristianismo de sacristía, para superar la demasiado difundida vergüenza de manifestarnos cristianos.

Hoy, en cambio, hemos de armarnos de paciencia para comprender en profundidad uno de los evangelios más difíciles y liberadores de la Biblia.

La clasificación del amor
En una ocasión, un señor, al final de una misa en la que se había leído el Evangelio de hoy, me dijo: “Padre, yo soy muy evangélico: no soporto a mi suegra.” En efecto, lo que Jesús nos pide es asombroso: pide que le amemos, por lo menos, como se ama a la esposa, a un hijo, al padre. En otro punto arduo del Evangelio, Jesús dice: “amar más a Dios” (lo que, en hebreo, lengua retorcida, se dice: “amar menos a los demás”, es decir, odiarlos ...).

Aquí ya no se entiende nada: ¿no nos revela el Evangelio el tierno rostro de un Dios que nos conoce y nos ama en profundamente? ¿Un Dios tan enamorado de la vida que se hace hombre? ¿Cómo puede este Dios que nos ha revelado la belleza absoluta de los sentimientos humanos, la armonía profunda que ha puesto en el corazón de la Creación, cómo puede pedirnos que no experimentemos el amor, la experiencia más hermosa que podemos tener en esta tierra?

Amigos, hemos de entender esta liberadora Palabra.

En primer lugar, Jesús nos dice que lo que tiene que ver con Dios es el orden del amor, no el orden del deber ni de la moral. Cuando él, el Maestro, habla de Dios, siente que su corazón vibra profundamente. El Dios de Jesús no tiene nada que ver con la repetición aburrida y cansada de ritos supersticiosos, ni con un respeto agrio y rígido de unas reglas que busco para justificarme en lo que hago.

Jesús nos desconcierta sacando a Dios del vocabulario de lo sagrado y de la religión, para colocarlo en ese otro contexto, suave y aterciopelado, del amor y del afecto. Jesús dice, sencillamente, que tener una experiencia de Él significa enamorarse.

jueves, 29 de junio de 2017

La red sumergida del teléfono móvil (Fernando Vidal)


Bajo la red social virtual que conecta a los usuarios de Smart-phones, hay una red social sumergida que les une con decenas de miles de trabajadores en una larga cadena de explotación y destrucción hasta producir la máquina que tiene en sus manos. Los dispositivos tecnológicos tienen un doble vínculo. Cuando uno tiene un computador, una pantalla o un teléfono móvil a mano es capaz de comunicarse con él con gente de todo el planeta. Pero a la vez la máquina en sí misma también está uniéndonos con toda la cadena  de personas y comunidades que lo han producido. Entreparentesis.org

miércoles, 28 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO (29 de junio)

Primera lectura: Hch 12,1-11
Salmo Responsorial: Salmo33
Segunda lectura: 2 Tim 4,6-8.17-18
Evangelio: Mt 16, 13-19

Hay aspectos de la Iglesia que cuestan vivir y entender incluso formando parte activa de ella y amándola como sueño de Dios que es. Hay aspectos, en cambio, que nos llenan de alegría cada vez que uno piensa en ellos.
 La fiesta que hoy celebramos, es precisamente una de estas sorpresas desbordantes que le  hacen a uno  feliz y orgulloso de ser cristiano católico.
Hoy celebramos a los  santos Pedro y Pablo, su recorrido, su fe, su lucha.
Para redescubrirlos debemos sacarlos de los nichos en que los hemos puesto y tener el ánimo de pensar en ellos como en unas personas normales que han tenido la suerte de encontrarse con Dios. Por eso se parecen tanto a nosotros. Por eso nos son tan necesarios.
Pedro es el pescador de Cafarnaúm, hombre sencillo y tosco, entusiasta e impetuoso, generoso y frágil. Pablo es el intelectual elegante, el celoso perseguidor, el convertido devorado por la pasión. ¡Completamente diferentes!
Nada ni nadie habría podido poner juntos a dos personas tan distintas. Sólo Cristo.

sábado, 24 de junio de 2017

DOMINGO 12º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Jer 20, 10-13
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Rom 5, 12-15
Evangelio: Mt 10, 26-33


El apóstol Mateo lo dejó todo para seguir al Señor porque en los ojos de su maestro vio la dulzura infinita de Dios, el perdón, la compasión, la misericordia. Y Mateo fue llamado a dirigir esa misma mirada a los hermanos a los que fue enviado.

Parece una broma, pero nuestro Dios, al ver la fragilidad del ser humano, sintiendo compasión por todos nosotros, al vernos como ovejas sin pastor, ha tenido a bien inventar la Iglesia. Una difícil comunidad de personas totalmente diferentes unas de otras, unidas sólo por el encuentro con la mirada de Dios, unidas sólo por una pasión infinita hacia Jesús, el Maestro.

Y esa es la tarea de la Iglesia (la comunidad de los perdonados, no de los perfectos): anunciar, a todos, la ternura de Dios.
En un mundo desgarrado y confundido, endurecido y cansado, nosotros los cristianos, participantes igualmente de esos mismos sufrimientos, pero de un modo distinto porque estamos misteriosamente llenos del Espíritu, estamos llamados a anunciar a Dios a todas las personas.

Megáfonos Dios
Estamos llamados a ser megáfonos de Dios, a pregonar desde las azoteas que Dios lleva cuenta de los cabellos de nuestra cabeza; que Dios no es un ser impresentable e incomprensible, tal como, a veces, nos lo figuramos y como muchos cristianos aún creen y dicen. Estamos llamados a proclamar que Dios ama a los gorriones desde la eternidad y que conoce nuestros dolores; que Dios, el Dios de Jesús, es espléndido.

Estamos llamados a proclamar desde los tejados que Dios es grande, que Dios nos ama, que Dios está presente, de la misma manera que el corazón rebosante de los enamorados quiere comunicar su experiencia a todos.
Jesús anuncia el tierno rostro del Dios, que camina con nosotros, a toda persona indiferente y abrumada por el caos de la vida. Y, además, nos dice que lo proclamemos desde las azoteas.

Sin embargo, con demasiada frecuencia, nos avergonzamos de ser cristianos. Nos apresuramos a decir que creemos, sí, pero con muchos paréntesis, con muchas objeciones, para no dar una mala impresión ante la “modernidad”. Para evitar el “qué dirán”.

Estoy pensando en todas las veces que tratamos de ser cristianos “políticamente correctos”, cuando cedemos a compromisos para ser aceptados en este mundo nuestro, liberal e hipócrita, que es sólo liberal con aquellos que piensan como él.

Amar a Cristo es amar a la Iglesia hasta la muerte, sufriendo por sus infidelidades, que son las mías. Amar a Cristo es vivir eternamente en tensión entre una Iglesia que hemos de defender ante el mundo, y un mundo que ha de ser acogido en el corazón de los discípulos.

Testigos
Es verdad que, después del trágico y famoso 11 de septiembre en las “torres gemelas”, todas las religiones han tenido que soportar la terrible sospecha de se apela a la fe para cometer criminales masacres. Por fidelidad al Evangelio, no se puede blandir la fe como un arma para el choque de civilizaciones.

Pero aquí, en nuestro occidente indeciso, en esta España superficialmente devota, en este país parcialmente cristiano, el riesgo es la ausencia de testigos, no la imposición de las ideas.

Tenemos miedo de mostrar nuestra fe a los demás, creemos que tenemos que justificar nuestras creencias y tenemos miedo de que nuestras razones fallen frente al pensamiento contemporáneo.

La idea de que la fe es una concesión arqueológica que se hace a sujetos frágiles y emotivos, al final también nos contagia.

Pero este es el momento del testimonio. Muchos hermanos y hermanas están llamados a dar testimonio con su sangre. Como lo hicieron, hace poco, los cristianos coptos (desarmados, mujeres y niños), en una peregrinación a un monasterio: los mataron porque simplemente eran cristianos.

Jesús, pide que lo reconozcamos ante de los hombres, que hagamos visible y reconocible nuestra fe. Necesitamos profundizar nuestra fe, sacudir el polvo de la tradición y del conservadurismo, y volver a descubrir el rostro extraordinariamente humano y compasivo, creíble y razonable del Dios de Jesucristo.

sábado, 17 de junio de 2017

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Dt 8, 2-3.14b-16a
Salmo Responsorial: Salmo 147
Segunda Lectura: 1 Cor 10, 16-17
Evangelio: Jn 6, 51-58

Al preparar la homilía de hoy he experimentado a la vez alegría y pena. Alegría por la profunda fe que mantengo respecto a la presencia de Cristo en el misterio de la Eucaristía, por la conciencia que he ido adquiriendo, a lo largo de mi vida, de la profundidad desconcertante de aquel pobre gesto de la última cena, de la rareza de nuestro Dios, de la ingenuidad de Jesús de Nazaret.
Alegría por el amor que más de una vez me ha embargado participando en la eucaristía y celebrándola. Alegría por la presencia de Cristo tangible, evidente, palpable que he tenido la gracia inmensa de experimentar en algunos momentos de mi vida, en un contexto de oración y escucha de la Palabra.
Pena profunda, incómoda y obstinada, porque cuando hablo de esto a las personas que comparten conmigo la fe en el Resucitado, a los cristianos, siento  a menudo cierto desacuerdo e incomprensión. Pena por el clima para nada fraterno que he observado en más que una comunidad cansada y deprimida, cerrada e impermeable.
Pena porque la cumbre que es la eucaristía y que debería ser manantial y cima de nuestra vida de fe, amenaza ser para muchos la única débil pertenencia al cristianismo, una cumbre sin base, privada de lo esencial, que se reduce a un cerro esmirriado.
He celebrado miles de misas en mi vida, millares de veces he hecho presente – siempre indigno, a veces incrédulo y despistado - la inmensidad de Dios. Y todavía me asombro.

Hacer memoria
Recuerda, dice Moisés al pueblo en la primera lectura que hemos escuchado, haz memoria de tu camino. Haz memoria de la esclavitud y de la libertad, y de los costes que supone llegar a ser libre, de los desiertos que hay que atravesar para despojarse de todas las superestructuras – sociales, religiosas, culturales - que te impiden creer y amar desde la desnudez del ser. Haz memoria, dice Moisés al pueblo, del hambre que pasaste y del pan que recibiste, el pan del camino, el “maná”.
Aquel alimento que no tenía nada que ver con los ajos y cebollas de Egipto. Aquella comida inesperada y misteriosa que la gente aceptaba como dada directamente por Dios.
Tenemos que alimentarnos. Con la comida, por supuesto, pero también con el afecto, con la luz, con el sentimiento, con la felicidad. Y este alimento nos falta: ¡cuántas personas mueren de inanición espiritual! ¡Cuántas se van apagando interiormente! Nos falta el alimento que nos permite caminar, que nos permite comprender el gran misterio que es la existencia de cada uno de nosotros.
Es Dios quien nos da el pan del camino hacia la plenitud, hacia la eternidad, hacia la luz. Es Dios mismo quien se hace pan. Un pan capaz de hacernos y mantenernos unidos.
Cada domingo nos juntamos en obediencia al mandato del Señor, en obediencia a aquellas imperiosas palabras: “Haced esto en conmemoración mía” pronunciadas durante la Última Cena, para dar un sentido a nuestra semana y a nuestra vida, para orientarla hacia lo verdadero y lo bueno, para leer las miles situaciones de nuestra vida en la perspectiva de Evangelio.
Esto es ante todo la eucaristía: un memorial, una terapia contra el olvido, una consciente y enérgica sacudida que nos permite volver a encontrarnos con nosotros mismos y con la sonrisa de Dios. A pesar de todo.

sábado, 10 de junio de 2017

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ciclo A)

La Santa Trinidad de Andrej Rublev
Primera Lectura: Ex 34,4b -6. 8-9
Salmo Responsorial: Dan 3, 52.56
Segunda Lectura: 2 Cor13, 11-13
Evangelio: Jn 3, 16-18

A menudo nos hacemos una idea terrible de Dios. Una idea que mana desde lo profundo, y que junta a nuestros miedos, el sentido de extravío que llevamos en el corazón cuando afrontamos las pequeñas o grandes dificultades referidas al misterio de la vida: ¿por qué existimos? ¿Quién lo ha decidido? ¿Por qué?
Una idea que, desgraciadamente, a veces tiene que enfrentarse con demasiados católicos que arruinan la imagen de Dios, al hablar mal de Él, cuando lo describen cómo un jefe iracundo, un policía intransigente, un déspota lunático e imprevisible al que hay que controlar. ¡Qué desastrosa idea de Dios!
Un Dios que deja morir de hambre a los niños, que no frena las guerras, que hace enfermar de cáncer a una joven madre.  Un Dios que no soluciona los muchos problemas de los hombres, que los deja ahogarse en el mar de las dificultades propias de nuestro tiempo.
Un Dios al que temer y no amar. Un Dios incomprensible.
Y hay también muchos que creen no creer, que se han hecho una idea o una imagen de Dios tan horrible y falsa, que deciden no creer. Es mejor esperar que no haya nadie, antes que tener un Dios sediento de sangre. Tampoco yo creo en semejante Dios.
¿Creéis que exagero? Estar seguros que no. La conversión más difícil de conseguir es precisamente la que nos hace pasar del dios pequeñito y mezquino, que tantas veces llevamos en el corazón, al Dios grandioso que la Biblia nos revela.
Y no basta con ser católicos practicantes para creer en el verdadero Dios. Por eso, necesitamos al menos un domingo dedicado a reflexionar sobre el rostro de Dios, que Jesús nos ha contado. Es el domingo de la Santísima Trinidad.

Moisés
Hace falta tiempo para huir la imagen demoníaca de Dios que llevamos dentro. El pueblo de Israel hizo ese mismo recorrido purificando la propia fe a través de su experiencia vital. El Dios de los padres, el Dios Abrahán, de Isaac y de Jacob, no era como el de los pueblos cercanos, era mejor. Luego, con el éxodo de Egipto, sucede algo que pone todo patas arriba: el Dios de los padres interviene, actúa, se comunica y establece una un pacto, una alianza, una boda con este pueblo errante.
No hay más divinidad que el Dios de Israel, las demás son sólo ídolos.
En el Biblia encontramos el rastro de esta evolución de la experiencia de Dios, al que inicialmente llaman Elohim = el Señor, o El Shadai = el dios de las alturas, hasta llegar a la revelación de su rostro, Adonai = Yo soy el que está presente contigo.