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sábado, 18 de noviembre de 2017

DOMINGO 33º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Prov 31,10-13.19-20.30-31
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: 1Tes, 5,1-6
Evangelio: Mt 25,14-30

Estamos a punto de despedir a Mateo en las lecturas de este año litúrgico, el publicano convertido en discípulo del Reino de Dios, al que hemos seguido en su evangelio, para encontrarnos con Marcos, discípulo de Pedro, e iniciar el recorrido del Adviento.
Pero antes de dejarlo, Mateo nos va a dejar algunas parábolas comprometidas, ya no dirigidas al auditorio inmediato de Jesús, sino a las comunidades cristianas que se inspiran en él, pero que corren el riesgo de vivir adormecidas y de no creer ya en la llegada del Señor, con su regreso en gloria.
Frente a ellas, Mateo nos dice, que estamos llamados a mantenernos despiertos y activos. Estamos llamados a hacer presente el Reino de Dios allí donde vivimos, hasta que él venga. Estamos llamados a hacer rendir los talentos que el Señor nos ha dado.

Talentos
Mateo, de modo distinto que Lucas, añade algunos matices a la parábola de los talentos, orientándola hacia la comunidad que escucha este evangelio. El talento, ya no es un regalo que hemos recibido sólo para el bien común, como se nos ocurriría pensar de inmediato, sino un regalo precioso que el Señor hace a cada uno, y que cada uno de nosotros está llamado a hacer rendir según sus capacidades, una capacidad que, por lo tanto, ya poseemos.
El dueño confía en sus siervos: no les dice cómo tienen que hacer para que el talento rinda al máximo, será la capacidad laboriosa de ellos la que los hará rendir y no, como da a entender Lucas, una cualidad intrínseca al talento; algo que se recibe, y ya está.
Un talento era un gran regalo, no lo olvidemos. Para que tengamos una idea de su magnitud, un talento correspondía a veinte años de trabajo de un obrero, por lo tanto, algo así como entre ciento cincuenta y doscientos mil euros.  Al  primer siervo se le entrega la sorprendente cifra de 1,2 millones de euros, ¡como para hacer una buena inversión!  Y así sucede: los dos primeros siervos hacen rendir los talentos, duplicando su valor.
Pero, en la interpretación de Mateo, ¿qué son los talentos? Son los dones preciosos que Jesús hace a la comunidad cristiana: la Palabra, los sacramentos, la nueva lógica del Evangelio, la comunidad de la Iglesia. Dones preciosos que nos han cambiado la vida y a los que estamos llamados a sacarles rendimiento, y no a dejarlos  hacerse rancios.
Es una tristeza ver a nuestras comunidades hacer como el tercer siervo que entierra el talento del Señor bajo un montón de prescripciones y ritos externos.

Miedos
Por eso, el tercero siervo es castigado duramente, incluso de modo exagerado.
Dios se comporta con él como él se imagina que es Dios: un ídolo vengativo, alguien que “siega donde no siembra y recoge donde non esparce”.
La persona religiosa que se imagina Dios como un monstruo horrible, tendrá una experiencia horrible de Dios, pero es un problema de su imaginación, no de Dios... Si no convertimos nuestro corazón a la novedad del evangelio, a la confianza en un Dios que nos entrega sus tesoros, confiando en nosotros, no haremos más qué llevar pesadamente adelante una idea pequeñita y desalentadora de Él.
Demasiado a menudo, por desgracia, Dios se parece todavía mucho a las proyecciones de nuestros miedos, al Dios juez severo que me controla y me hace sufrir. Ese, hermanos, lo repito una vez más: no es el Dios de Jesucristo.
Una fe que se basa en el miedo no da ningún fruto.
Ante la reacción del tercer siervo, atemorizado por su idea de Dios, el dueño replica irritado: podrías al menos haber puesto el talento en un banco para hacerlo rendir más. ¿No estará aquí hablando Mateo de la comunidad de la Iglesia, donde nuestros talentos personales se multiplican para el bien común?
El drama, en cambio, es que algunos siervos, algunos discípulos, habiendo recibido un gran tesoro, no le sacan rendimiento y obstaculizan a quienes lo harían fructificar. ¡Qué gran verdad es esta!
El mensaje de Jesús es claro. No al conservadurismo y sí a la creatividad. No a la obsesión por la seguridad, sí al esfuerzo arriesgado por transformar el mundo. No a la fe enterrada bajo el conformismo y sí al trabajo comprometido en abrir caminos al reino de Dios.
Esta tentación de conservadurismo es más fuerte en tiempos de crisis religiosa. Es fácil entonces invocar la necesidad de controlar la ortodoxia, reforzar la disciplina y la normativa… Todo puede ser explicable…, pero ¿no es esto, con frecuencia, una manera de desvirtuar el evangelio y congelar la creatividad del Espíritu, que nos invita a vivir sin miedo?

Grandes mujeres, grandes hombres
La liturgia nos pide hoy ser virtuosos y trabajadores como un ama de casa. La espléndida página del libro de los Proverbios nos pinta el modelo de una mujer virtuosa según los cánones de la antigüedad hebrea. Hoy a nosotros - especialmente a las mujeres -  esta descripción nos hace sonreír y, quizás, hasta nos molesta.
Sin embargo, hay una profunda verdad tras el retrato de la mujer virtuosa entregada al trabajo: si por una parte es cierto que la Biblia está empapado de sentimientos misóginos típicos de la época, por otra la otra, de manera muy distinta a cómo nos imaginamos, reconoce y da gran valor al papel de la mujer y (¡hace ya dos mil trescientos años!) le pide al marido y a los hijos que reconozcan y respeten sus capacidades y talentos.
San Pablo, por su parte, nos invita a velar, a estar despiertos. En un mundo narcotizado y harto, cansado y convulso, ya es una gran cosa no homologarse con él, no aborregarse, sino razonar con la propia cabeza… Y con el evangelio en la mano.
Razonando, desde la Universidad Centroamericana y con el evangelio en la mano, hace 28 años, fueron asesinados los mártires de El Salvador, representados en la última vidriera de nuestra iglesia. Seis jesuitas y las dos mujeres que los atendían en la comunidad, se convertían en símbolo de una multitud anónima de víctimas —80.000 en El Salvador durante años 80—, y en símbolo de una manera de ser Iglesia. Su vida arrebatada no ha sido en balde: hoy el pueblo de El Salvador no está en guerra, y su esperanza de futuro tiene nuevas perspectivas.



Comunidad de “talentosos”
Hermanos, mientras esperamos el retorno del Señor en gloria, corremos el riesgo de cansarnos, de tener un perfil bajo, de esperar sin actuar. Como el siervo necio de la parábola, a menudo enterramos nuestros talentos o nos enfrentamos unos contra otros. La lógica del mundo pide que seamos productivos, agresivos, decididos, fuertes, para destrozar el mundo, para conquistar mercados y dineros. En la lógica del Reino lo que cuenta es amar,  y así cada persona, también los ancianos, también el que no cuenta para nada, se convierte en un recurso excelente en el mercado del corazón, inaugurado por el Maestro Jesús de Nazaret, en donde se sienten encantados los pobres y los que sufren.
Las actitudes que hemos de cuidar hoy en la Iglesia no se llaman “prudencia”, “fidelidad al pasado”, “resignación”... Llevan más bien otro nombre: “búsqueda creativa”, “audacia”, “capacidad de riesgo”, “escucha al Espíritu” que todo lo hace nuevo.
Lo más grave que nos puede pasar es lo mismo que le sucedió al tercer siervo de la parábola: pensar que estamos respondiendo fielmente a Dios con nuestra actitud conservadora, cuando estamos defraudando sus expectativas. El principal quehacer de la Iglesia hoy no puede ser conservar el pasado, sino aprender a comunicar la Buena Noticia de Jesús en una sociedad sacudida por cambios socioculturales sin precedentes.
Jesús no soporta la actitud renunciante y lamentosa de algunas de nuestras comunidades cristianas, sino que nos invita a ser laboriosos y fecundos, no en la lógica del mundo (¡no podemos ser una multinacional de lo sagrado!) sino en el camino del compartir evangélico y de la Profecía.
Amigos, esto es posible. Nuestras comunidades cristianas, perdidas por las aldeas o anónimas entre las manzanas de casas de nuestras ciudades, ya sea en el centro o en las periferias, están llamadas a convertirse en el rostro pobre de la presencia de Dios.
Pobre porque está hechas por nosotros, porque están formadas por frágiles discípulos, pero llenas de esperanza porque están orientadas al Señor que viene, que viene una y otra vez.
Buena semana, intentando hacer fructificar los talentos que el Señor nos da.


sábado, 11 de noviembre de 2017

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Sab 6, 12-16
Salmo Responsorial: Salmo 62
Segunda Lectura: 1 Tes 4, 13-17
Evangelio: Mt 25, 1-13

Es frecuente leer en las noticias de los periódicos y en las redes sociales predicciones que, con una absoluta certeza basada en la Biblia, afirman que el fin del mundo sucederá, o habría sucedido, el día tantos de tal mes.
Luego, esas noticias despiertan cierto escepticismo, porque resulta que alguna vidente estableció que el final de los tiempos sería, en cambio, el 21 de diciembre de 2012… y aquí estamos todos esperando de nuevo la venida final del Señor.
Es una broma. Pero no deja de impresionar que siempre hay alguien que siente la necesidad de establecer el final y, a veces, invocando revelaciones secretas y privadas que se entregarán al final de los tiempos.
No importa que el Señor haya repetido muchas veces que nadie sabe el día y la hora de su venida final ...
En estas últimas semanas del año litúrgico, en el que Mateo se nos va despidiendo para encontrarnos con el joven Marcos en el próximo año litúrgico, la Palabra del Señor se va a centrar en el después y en el más allá.
La Fiesta de los Santos y el recuerdo de los difuntos nos ayudaron en este recorrido a aprender a no vivir al día, sino a atrevernos a vivir con esperanza.
Después de aquella fuerte llamada al amor de hace dos domingos y la dura reflexión sobre la religiosidad de fachada, del domingo anterior, hoy hablamos de boda.
La parábola del novio que no llega tiene que ver con la venida final del Mesías. Al menos según la versión de Mateo, que hoy hemos leído.

Incomodidad
El matrimonio en Israel se llevaba a cabo por etapas. La primera fase preveía que el novio fuera al hogar del futuro suegro para tomar a su hija como esposa. Para darle la bienvenida, se preparaban todas las chicas del pueblo y las amigas de la novia, que lo acompañaban riendo y festejando hasta la casa de su futura esposa y, si el evento tenía lugar al atardecer, lo acompañarían con lámparas de aceite.
Hasta ahora, nada extraño: la parábola describe esta costumbre, pero probablemente Mateo tomó las palabras que Jesús había dicho, agregándoles otras palabras del Maestro, dichas en otras ocasiones, para reforzar el significado de la narración.
Dado que, a Israel en la Biblia se le llama la novia, el significado de la parábola escuchada de labios de Jesús es evidente: en el auditorio que está ante él, algunos son como las chicas prudentes y otros como las necias; es decir, algunos dan la bienvenida a Jesús como Esposo y Mesías, y otros no. En resumidas cuentas, nada original.
¿Por qué, entonces, la versión de Mateo es tan extraña?
¡Las chicas prudentes son unas egoístas de aúpa; el novio es un tipo extraño que llega de noche y pretende recibir la bienvenida; las muchachas necias parecen estar bastante liadas cuando van a buscar aceite en medio de la noche!
Pero lo más paradójico es la conclusión: Jesús invita a velar. Y, para rematar, hasta las chicas prudentes se quedan dormidas. Entonces, ¿qué?

sábado, 4 de noviembre de 2017

DOMINGO 31º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Mal 1,14 – 2,2.8-10
Salmo Responsorial: Salmo 130
Segunda Lectura: 1 Tes 2, 7-9.13
Evangelio: Mt 23, 1-12

A veces representamos a Jesús con una imagen estereotipada: la de un joven barbudo, sonriente, de largos cabellos y con una mirada mística.
Es cierto que el Maestro ha pasado a la historia por su actitud misericordiosa y compasiva, pero no debemos imaginar a un Jesús exangüe, atemorizado, tímido o frágil.
Cuando se trata de defender su idea de Dios y del hombre, Jesús de Nazaret muestra un rostro decidido, fuerte y viril, que sabe hablar sin miedo, que se olvida de las convenciones sociales y de las buenas maneras para exponer los defectos y las hipocresías.
Porque la hipocresía, es decir, la falsedad engañosa, es la actitud que más impresiona a Jesús en su peregrinar evangélico. Ni siquiera el pecado, ni la tibieza en la fe, ni la superstición, que -por otra parte- corrige, sino sólo la hipocresía, esa falsa actitud fingida de quienes se muestran de una manera y piensan de otra.
Y, es curioso, cómo reina la hipocresía particularmente entre creyentes y devotos. Especialmente entre los súper-devotos: los fariseos, los sacerdotes del templo, los escribas, nos dice hoy el evangelio.

Bofetones
Jesús, en el capítulo 23 de Mateo, por siete veces (¡el número de plenitud!) lanza un amenazador ¡ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! a aquellas personas, con una dureza que nos asombra y nos inquieta.
Y es que Jesús no perdona cuando se trata de defender la fe en el Padre, no perdona porque ve que esos comportamientos alejan a los otros fieles, porque cuando la fe se convierte en una caricatura de lo que debería ser, daña a las personas que desean encontrarse con Dios.
Sólo hay una cosa que Jesús no tolera en nosotros, discípulos: la hipocresía; ni el sentido del límite, ni el pecado, sino la ilusión de mostrar una fachada que, además en nuestro caso, pretende ser santa.
¡Cuánto daño hacen al Evangelio nuestras incoherencias! ¡A cuánta gente distancia nuestra aparente seguridad, nuestros juicios, duros y ligeros a la vez! ¡Qué mala publicidad le hacemos a nuestro Dios cuando, aparentemente, respetamos los mandamientos, pero luego los negamos en la oficina, en la casa, en la comunidad de vecinos!
¡Cuántas veces pueden decir de nosotros!: ese…, trae grandes cruces al cuello sin hacer que se note en sus opciones de vida. Y asiste a misas y novenas sin llegar a convertir sus palabras ni sus pensamientos.
Como señala con razón el Papa Francisco: para comportarse de esa manera, es mejor llamarse ateo, al menos así no se ofendería al Evangelio.
Si, para Lucas en el sermón del monte, los “ayes” iban dirigidos a los ricos, para Mateo las personas que puestas en cuestión son los creyentes.
En ese sentido, el comienzo del capítulo de Mateo, que acabamos de escuchar, es esclarecedor: este fogoso discurso de Jesús no se dirige a los aludidos jefes del pueblo, sino “a la gente y a sus discípulos”.  Es decir, a nosotros.

Sacerdotes
Hay muchas comunidades cristianas, muchos discípulos que buscan con sencillez y honestidad vivir el Evangelio del Señor. Pero, a la vez, todos percibimos el grave momento por el que atraviesa la Iglesia, y sufrimos por ello.
Entre los lamentos al uso, a menudo se plantea la triste experiencia de una vida comunitaria pobre y de la mala calidad evangélica de los sacerdotes. Es fácil, hoy en día, criticar a sacerdotes y a obispos, y también nos es muy fácil caer en un chismorreo generalizado. Lo primero que habríamos de hacer es defenderlos.
Los sacerdotes se encuentran en una situación difícil: se les pide una eficiencia sobrehumana, pero muchas veces carecen de oportunidades para vivir una vida serena y equilibrada, incluso humanamente hablando. Creo que no es suficiente invitar a los sacerdotes a la santidad: ¡es necesario proporcionarles las herramientas necesarias para alcanzarla!

miércoles, 1 de noviembre de 2017

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS


Primera Lectura: Rom 14, 7-9.10-12 
Salmo Responsorial: Salmo 102
Evangelio: Mt 25, 31-46


En el año 998, el monje Odilón de Cluny prescribió a todos los monasterios de su jurisdicción celebrar la memoria de todos los difuntos el día 2 de noviembre. Luego la liturgia romana, en el siglo XIV, propone la celebración de los Fieles Difuntos después de la fiesta de los Santos, para indicar una continuidad y para dar una clave de interpretación de la muerte. Necesitamos fijarnos en la alegría de los Santos para entender el misterio de la muerte, para acoger la buena noticia que Dios nos ofrece también en el momento más crucial y misterioso de nuestro recorrido terrenal.

¿Qué hacer con la muerte?
Dos de noviembre, imágenes antiguas, recuerdos de niño: los cementerios llenos de gente, las tumbas limpias, las flores, la gente que se encuentra por los caminos, el silencio, el ambiente triste. Hoy nos ponemos ante el misterio de la muerte, amigos. Misterio teórico y un poco molesto para quien - joven y lleno de fuerza - mira con suficiencia a estos rituales que percibe como lejanos y raídos, como gestos llenos de un sordo dolor para quien ha perdido a alguien querido, para quien se ha encontrado solo después de una vida hecha de hábitos consolidados.
Las personas, hoy, no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios, y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana.
Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares arrancándonos nuestros seres más queridos. ¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre? ¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós? ¿Qué hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?
Hoy es un día que nos obliga a reflexionar pero que, desgraciadamente, se ve cada vez más asechado por la destructora y alienante lógica del olvido, del “mejor no pensar”, que se nos impone ante el menor atisbo de sufrimiento.

martes, 31 de octubre de 2017

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS


Primera lectura: Ap 7,2-4.9-14
Salmo responsorial: Salmo 23
Segunda lectura: 1Jn 3,1-3
Evangelio: Mt 5, 1-12a

Hoy la Iglesia celebra en una única fiesta la santidad que Dios derrama sobre las personas que confían en él. ¡Una fiesta extraordinaria, que hace crecer en nosotros el deseo de imitar a los santos en su amistad con Dios! 
  ¡Qué bonito convertirse en santo! Ciertamente no por las imágenes y los devotos que encienden cirios a sus pies.... Sino porque llegar a ser santo significa realizar el proyecto que Dios tiene sobre nosotros, significa convertirse en la obra maestra que él ha pensado para nosotros. Dios cree en nosotros y nos ofrece todos los elementos para convertirnos en santos, como él es Santo. Sólo Dios es Santo, pero desea compartir esta santidad con nosotros.
Hoy es la fiesta de nuestro destino, de nuestra llamada. La Iglesia en camino, hecha de santos y pecadores, nos invita a fijarnos en la verdad profunda de cada persona: tras cada mirada, dentro de cada uno de nosotros, se esconde un santo en potencia. Cada uno de nosotros nace para realizar el sueño de Dios y nuestro puesto es insustituible en este mundo.  
El santo es el que ha descubierto este destino y lo ha realizado; mejor aún: se ha dejado hacer, ha dejado que Dios tome posesión de su vida.  
 
Santidad
La santidad que celebramos es la de Dios y, acercándonos a él,  primero somos seducidos y después contagiados. La Biblia a menudo habla de Dios y de su santidad, de su amor perfecto, de equilibrio, de luz, de paz. Él es el Santo, el totalmente otro, pero la Escritura nos revela que Dios desea fuertemente compartir la santidad con su pueblo. 
 El Papa Francisco nos dice que “antes que nada debemos tener muy presente que la santidad no es algo que nos procuramos nosotros, que obtenemos nosotros con nuestras cualidades y nuestras capacidades”.
“La santidad es un don, es el don que nos hace el Señor Jesús, cuando nos toma consigo y nos reviste de sí mismo, nos hace como Él”.
La santidad “no es una prerrogativa solo de algunos: la santidad es un don que se ofrece a todos, nadie está excluido, por eso constituye el carácter distintivo de todo cristiano”. No consiste en hacer cosas extraordinarias, sino en hacer extraordinariamente bien las cosas ordinarias, como diría santa Teresa de Lisieux.
Dios ya nos ve santos, ve en nosotros la plenitud que podemos alcanzar y que ni siquiera nos atrevemos a imaginar conformándonos con nuestras mediocridades.  
No hay mayor tristeza que la de no ser santos. Porque lo santo es todo lo que de más bello y noble existe en la naturaleza humana; en cada uno de nosotros existe la nostalgia de la santidad, de lo que somos llamados a ser: escuchemos esa llamada, esa nostalgia. Saquemos a los santos de las hornacinas de la devoción en las que los hemos desterrado y convirtámoslos en nuestros amigos y consejeros, en nuestros hermanos y maestros, repongámoslos en la cotidianidad de nuestra vida, escuchémoslos cuando nos sugieran el recorrido que nos lleva hacia la plenitud de la felicidad. Los que han vivido a Dios en su totalidad desean vivamente que también nosotros experimentemos la inmensa alegría que ellos han vivido.  
Los santos no son personas extrañas, hombres y mujeres macerados en la penitencia sino discípulos que han creído en el sueño de Dios.  
Los santos no son personas que hayan nacido predestinadas, sino hombres y mujeres como nosotros, que se han fiado y dejado hacer por Dios.  

sábado, 28 de octubre de 2017

DOMINGO 30º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

Amar a Dios sobre todo, y a los demás como Dios nos ama.
Primera Lectura: Ex 22, 20-26
Salmo Responsorial: Salmo 17
Segunda Lectura: 1Tes 1, 5c-10
Evangelio: Mt 22, 34-40

La religión cristiana les resulta a no pocos un sistema religioso difícil de entender y, sobre todo, un entramado de leyes demasiado complicado para vivir correctamente ante Dios.
No tantas, sin embargo, como las 613 las reglas que el judío piadoso tenía que cumplir, en tiempo de Jesús. Desde los diez mandamientos dados a Moisés para estipular la alianza con el pueblo, se llegó a esta selva de leyes y normas para erigir un seto protector alrededor de la Torah, por decreto de los rabinos.
De todas esas normas, 365 eran prohibiciones, una por cada día del año, y el resto eran reglas positivas, una por cada hueso del cuerpo humano, según los conocimientos anatómicos de la época. Las mujeres sólo tenían que observar las prohibiciones: a las mujeres se les prohibía todo. La gente, lógicamente, no era capaz de acordarse de todas las reglas y sutiles distinciones de casuística moral que pedían ciertos mandamientos; por tanto, los fariseos y los doctores de la Ley consideraban que todos eran pecadores, y que todos estaban irremediablemente perdidos.
La gente, equivocadamente, pensaba que todo el corpus de normas provenía directamente de Moisés.
Sabemos, en cambio, que, muchas veces, Jesús distinguía la Ley de Dios de las  tradiciones posteriores de los hombres, poniéndose así en abiertamente en contra de los devotos y piadosos de su tiempo.
Algunos rabinos se dieron cuenta de lo absurdo de aquella situación y, más tolerantes, establecieron un orden jerárquico de las normas para ayudar a los fieles a observar al menos las reglas más importantes. Sin embargo, otros más intransigentes consideraban que todas las reglas eran igualmente vinculantes.
Como el tipo del evangelio que trata de contradecir al carpintero de Nazaret que se hace pasar por rabino, y que acusa a los doctores de la Ley de imponer pesos insoportables a los fieles, proponiéndole la típica pregunta trampa. Y que, como de costumbre, Jesús lo dejará sin palabras.

 Ama a Dios
Jesús le responde citando la bonita profesión de fe de los judíos, el “shemá” Israel, la oración que cada judío recitaba por la mañana y por la tarde.
¿Qué es lo importante en la vida del creyente?

sábado, 21 de octubre de 2017

DOMINGO 29º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 45, 1.4-6
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda Lectura: 1Tes 1, 1-5
Evangelio: Mt 22, 15-21

¿César o Dios?
“Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Pocas palabras de Jesús habrán sido tan citadas como éstas. Y ninguna, tal vez, más distorsionada y manipulada desde intereses muy ajenos al Profeta de Nazaret, defensor de los pobres.
¡Cuántas veces esta frase de Jesús ha sido usada para justificar las más diversas tomas de posición! La han usado los gobiernos laicos para sustentar su autonomía respecto a la injerencia de la Iglesia. La ha usado la Iglesia para defender la legitimidad de la institución en el seno del Estado. Pero también la han usado los gobiernos anticlericales para justificar sus propias y discutibles acciones.
Y algún Papa también, en plan “delirio de omnipotencia”, para justificar sus propias reivindicaciones de las cosas terrenales, la política incluida.
Como siempre ocurre, tenemos que tener el ánimo de tomar la Palabra de Dios como es, insertándola en su contexto, tratando de entender lo que el Señor quiere decirnos, en este caso, con una afirmación de Jesús que no deja de ser enigmática.

Obstáculo
La primera cosa que Mateo nos hace notar en el evangelio de hoy es que la pregunta está hecha para poner a Jesús en dificultad: es una verdadera trampa lo que se esconde tras la “inocente” pregunta de sus oponentes.
El pueblo de Israel, desde hace casi un siglo, estaba viviendo bajo la dominación romana, unas veces más presente y opresiva, otras, como en el momento en que Jesús vivió, más discreta. ¡Pero, tanto en una como en otra situación, cada sujeto del imperio tenía que pagar un impuesto, al menos una vez al año, y nadie quiere pagar impuestos - faltaría más - sobre todo si luego acaban en manos de un gobierno que era considerado invasor y opresor!
Lo curioso es que fuesen los herodianos y los fariseos los que hacían la pregunta. Los herodianos eran colaboradores de Herodes Antipas, el incapaz hijo de Herodes el Grande, - un rey pelele de Roma – y, por ello, aguerridos defensores de la presencia romana en Palestina. Y los fariseos, por su parte, eran, los “perushim”, los puros, que, por el contrario, consideraban la ocupación romana como una humillación. ¡Extraña pareja de viaje!
Pero, como bien sabemos, cuando hay un enemigo común se dejan aparte las disidencias y los rencores. Y este enemigo, ahora, tiene una cara concreta: el “rabí” Jesús de Nazaret que hace bromas sobre el celo de los fariseos, y que no se alinea para nada con los herodianos. Un hombre libre y, por tanto, inquietante y peligroso.
La trampa está bien tejida: si Jesús rechaza pagar el impuesto, se pone contra Roma y contra los herodianos allí presentes, convirtiéndose así uno de los muchos anarquistas idealistas que por entonces entraban periódicamente en escena.
Si Jesús acepta pagar los impuestos, se pone en contra del pueblo que brama al verse obligado a pagar un impuesto al odiado ocupante; y quedará desprestigiado ante aquellos pobres campesinos, que viven oprimidos por los impuestos y a los que él ama y defiende con todas sus fuerzas.
¡Sí señor! Estos tipos que plantean la pregunta, como canallas, no tienen precio y se merecen un aplauso.

sábado, 14 de octubre de 2017

DOMINGO 28º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 25, 6-10
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Flp 4, 12-14.19-20
Evangelio: Mt 22, 1-14

       "Los agnósticos, que a causa de la pregunta sobre Dios no encuentran la paz; las personas que sufren a causa de los pecados y que desearían tener un corazón puro, están más cerca del Reino de Dios de lo que lo que están los fieles rutinarios, que sólo ven en la Iglesia el boato y la ostentación, sin que su corazón sea tocado por la fe."
            Dicha por mí esta afirmación, como comentario al evangelio de los dos hijos, de hace dos domingos, pasaría bastante inadvertida. Dicha por el Papa Benedicto XVI durante la misa conclusiva de su visita a Alemania, hace unos años, nos deja, de verdad, asombrados y admirados, y denota el frescor y el espíritu evangélico del papa-teólogo, hoy emérito.
            Y la liturgia continúa hoy en la línea de la contraposición entre quien acoge y quién rechaza al Señor; entre quien vive una vida de fachada - también en la fe - aún hoy, y quién se da cuenta de la suerte inmensa que tiene de haber recibido la llamada a trabajar en la viña del Señor o, según el evangelio de hoy, la invitación al banquete nupcial del Hijo de Dios. Hoy hablamos de boda, que es algo que siempre gusta.

            Banquete nupcial
            Aunque la fiesta nupcial, en estos tiempos, no provoca mucho entusiasmo. Porque hemos reducido este acontecimiento, espléndido por otra parte, como es la decisión de dos enamorados de entregarse al amor, a la repetición de un cliché mucho más parecido a un plató cinematográfico, que a una verdadera fiesta.
            Entiendo que no todos compartirán esta opinión, pero la experiencia indica que son más las bodas fingidas. por una forzada alegría, que las auténticamente alegres y gozosas. Quizás por una simple incomprensión de base: la fiesta no se puede medir por el número de invitados o por la ostentación del lujo, sino desde el corazón, y por la disposición interior de los presentes en aquello que se está celebrando.
            Poneros en la piel de un judío, hace dos mil años: entonces se comía, tal vez, una vez al día y la boda era la ocasión de la vida para salir de una realidad cotidiana muy dura. El rito de la boda contaba con una semana previa de festejos y un banquete regio. El banquete nupcial, en esa situación, convocaba a una fiesta extraordinaria que resultaba la máxima expresión de la alegría terrenal.
            Jesús conocía muy bien cómo disfrutaban los campesinos de Galilea en las bodas que se celebraban en las aldeas. Sin duda, él mismo tomó parte en más de una. ¿Qué experiencia podía haber más gozosa para aquellas gentes que ser invitados a una boda y poder sentarse con los vecinos a compartir juntos un banquete excepcional?
            Y eso es lo dice Jesús en el evangelio que hemos escuchado: encontrar Dios es la mayor y mejor fiesta en la que una persona pueda participar.

            Aburrimiento mortal
            Eso es el encuentro con Dios: Una estupenda fiesta de bodas.
            No un deber aburrido. Ni una obligación que tengo que cumplir. Ni una penitencia o un sacrificio para merecer el Paraíso que, por otra parte, además es gratuito. Ni tampoco una forzada reunión de parientes de las que, en ocasiones, quisiéramos prescindir. Ni siquiera una entretenida celebración.

sábado, 7 de octubre de 2017

DOMINGO 27º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)


Primera Lectura: Is 5, 1-7
Salmo Responsorial: Salmo79
Segunda Lectura: Flp 4, 6-9
Evangelio: Mt 21, 33-43

      Hoy, de nuevo la viña. Una vez más. En estos días de otoño caliente, de vendimias y de esperanza, de dulce mosto de uva que promete para el año próximo un vino denso y robusto, o aromático y afrutado, escuchamos palabras que nos hablan de viñas.
            En estos días inquietos en que España se muestra cicatera y peleona, confusa y frágil en la convivencia, la Palabra de Dios nos cuestiona.
            ¡Cuánta necesidad tenemos de una Palabra que sacuda tantas palabras!
            La liturgia nos habla de un Dios que nos invita a trabajar con él, a construir juntos un mundo diferente, nuevo, dónde la diversidad es un regalo y el compartir se convierte en el reflejo de la experiencia de quién, perdonado y apaciguado, se alegra de poder donar, de poder darse.
            El Dios de Jesús devuelve su dignidad al obrero de la última hora, aprecia la autenticidad de quien dice NO para entender las razones de un posible SI. Durante dos domingos la viña ha sido para nosotros la que nos ha revelado la misericordia y de la previsión de Dios.
            En el evangelio de hoy, en cambio, la viña es protagonista de la parábola oscura e irritante del fracaso de Dios.

La viña infructuosa
            Con la excesiva lluvia, o con la sequía cuando debía haber llovido, muchos agricultores están con el ceño fruncido. O, tal vez, el granizo ha golpeado duramente la cosecha. Algunos viticultores han perdido la cosecha, otros, en cambio, han salvado la vendimia.
            Es la preocupación de quienes, después de trabajar durante meses, pueden perder las ganancias de un año en un cuarto de hora.
            En Jerusalén, los que frecuentaban el templo, los devotos, escuchaban la predicación del “rabbí” de Galilea. Conocen bien el canto de la viña, del profeta Isaías, lo saben de memoria. ¡Cuántas veces lo comentaron en las sinagogas! El canto de amor apasionado del viñador, Dios, por su viña, Israel. El canto de quien espera mucho, del que con mucho trabajo saca de la tierra su propio salario y que, en cambio, no recoge más que uvas salvajes.
            Imagen fuerte y poderosa la de la viña. Imagen del esfuerzo que Dios, el dueño de la viña, hace para ayudar la humanidad a florecer, a madurar y a llevar fruto.
            ¡Pero cuántas veces Israel no ha dado el rendimiento esperado! ¡Cuántas veces los profetas han visto cómo se rechazaba su invitación a la conversión! ¡Cuántas veces el mundo ignora la presencia de Dios y se encuentra en la boca con el gusto amargo del fracaso!
            Los devotos conocen bien el cántico de la viña. Pero no entienden que Jesús, retomándolo y ampliándolo, está hablando de sí mismo… Y de ellos.

Viñadores homicidas
            El mundo es la espléndida viña que Dios nos confía. Ni el mundo, ni la vida, ni nada es de nuestra propiedad. Todo es don gratuito y nadie nos debe nada. 
          Sin embargo también nosotros como los viñadores homicidas, vivimos como si todo nos perteneciera. ¡A Dios no le debemos nada, faltaría más!
            Dios sigue mandando sus siervos los profetas a nosotros, pero ¿quién los escucha?
            El hombre, cegado por la codicia y la locura, se olvida de que es únicamente un jardinero de la creación.

jueves, 28 de septiembre de 2017

DOMINGO 26º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)

                                                                                      
Primera Lectura: Ez 18, 25-28
Salmo Responsorial: Salmo 24
Segunda Lectura: Flp 2, 1-11
Evangelio: Mt 21, 28-32
                            
El domingo pasado quedamos descolocados por el comportamiento del dueño de la viña, cuando realizaba aquel gesto, en apariencia, injusto.
 Quizás también nosotros, como los deportados en Babilonia que se quejan de tener que expiar la culpa de los padres, la emprendemos con la lógica de Dios. Y Ezequiel, también prisionero de los babilonios, los invita a ellos y a nosotros a asumir una lógica diferente, que es la de Dios.
Hurgando tras la apariencia, descubrimos que la presunta justicia de los obreros de la primera hora, en realidad, era una rabia mal calmada que se desahogaba contra los de la última hora, quitándoles lo esencial para vivir.
No hay nada que hacer: si queremos seguir de verdad al Dios de Jesucristo tenemos que convertir continuamente nuestra perspectiva, para ampliar nuestro horizonte y acoger un modo nuevo de ser creyentes. Un modo cuya característica principal y absoluta no es negociable: la autenticidad.
Quien sabe leer el evangelio se queda descolocado al ver que Jesús, antes que el pecado, detesta una actitud muy difusa entre los devotos de ayer y de hoy:  la hipocresía.

Caretas
En estos días de septiembre, en muchos sitios, son días de vendimia. Yo recuerdo, hace ya muchos años, cuando hacía mi noviciado en Villagarcía de Campos, el olor fuerte del mosto que empezaba a fermentar e invadía toda la casa. Los tractores cargados de uva avanzaban cansinamente hacia la bodega donde se elaboraba el vino. Son recuerdos…
El hecho es que hay una relación íntima entre el viñador y la viña, hasta tal punto que, a menudo en la Biblia, la relación entre Dios y el pueblo se expresa con fuertes trazos a partir de la imagen de la viña.
El hecho de que el Señor nos pida ir a trabaja a su viña es el testimonio de la intimidad que Dios quiere entrelazar con nosotros.
En la parábola que hemos escuchado en el Evangelio, el primer hijo contesta enseguida a la llamada del padre. Pero en realidad no va a la viña.
El texto no nos dice si este hijo cambió de idea, o si encontró a un amigo, o si tuvo un contratiempo, o si nunca tuvo ninguna intención de ir desde el principio.

sábado, 23 de septiembre de 2017

DOMINGO 25º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo A)



Primera Lectura: Is 55, 6-9
Salmo Responsorial: Salmo 144
Segunda Lectura: Flp 1, 20-27
Evangelio: Mt 20, 1-16

Difícil historia la del perdón. Una reflexión ácida, dura, que nos inquieta por dentro. El perdón es laborioso, serio, exige una conversión radical. Sin embargo en el perdón se juega gran parte de la credibilidad del cristianismo. El perdón que trastorna la violencia, que se vuelve profecía de un mundo nuevo, que redibuja el rostro humano, transformándolo en imagen de Dios, devolviéndolo a su rostro auténtico.
La comunidad cristiana, con su modo de entretejer relaciones, con su capacidad de discutir (¡y de pelear!) de “otra” manera, con su capacidad de tomar en serio la suerte de cada hermano, se convierte en una anticipación del mundo nuevo.
Todo esto en teoría, porque pasados ya dieciséis años del atentado a las torres gemelas el mundo sigue viviendo en la inquietud por los nuevos atentados, que no cesan, y en la violencia de todo tipo, incapaz de convertirse a lo que es obvio: que sólo en el perdón y en la aceptación de la diversidad podremos vivir una vida provechosa para todos.
En cada uno de nosotros, hay un pequeño déspota que quisiera ser el dictador de todos los demás.
Hemos sobrevivido a dos semanas de Palabra de Dios urticante, y hoy nos encontramos con la parábola del dueño de la viña, que nos muestra la lógica de la gratuidad total, completamente diferente a la lógica basada en los méritos.

Incomprensible
La actitud del dueño de la viña es ciertamente incomprensible: la viña tiene mucha tarea, es grande y necesita muchos obreros para poder llevar a cabo la vendimia. Sale a la calle pronto, por la mañana, para contratar a los primeros obreros. Cuando ve que todavía no le bastan, vuelve para buscar más obreros y establece con ellos “lo que es justo” como recompensa del trabajo.
Cuando sale a las cinco de la tarde, una hora antes del fin del trabajo, ve aún a algunos callejeando y los invita a trabajar.
Ahí surge el verdadero problema: ¿qué es lo justo?
Cuando los obreros de la primera hora ven que los otros que han estado desocupados la mayor parte del día reciben la misma cantidad – por otra parte, justamente - se sublevan. ¡Ellos han trabajado todo el día, estos últimos solamente una hora, y reciben el mismo sueldo, que injusticia!

Pero
La clave de la parábola está en su modo de pensar. Cuando ven que los obreros de última hora reciben un denario, ellos creen que van a recibir más. Cuando reciben el denario pactado no están pidiendo más, sino que exigen que los otros reciban menos.