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jueves, 18 de mayo de 2017

DOMINGO 6º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 8, 5 -8. 14-17
Salmo Responsorial: Salmo 65
Segunda Lectura: 1 Pe 3, 15-18
Evangelio: Jn 14, 15-21

Vivimos tiempos difíciles, es inútil negarlo. Difíciles humanamente, difíciles cristianamente. El futuro es denso con nubes oscuras y el riesgo de ver siempre y sólo lo negativo amenaza también con contagiar a los cristianos más virtuosos.
No sé a vosotros, pero a mí el clima de contraposición feroz de ideas y de posicionamientos me produce un intenso malestar. Si se es de aquí o de allá, de derechas o de izquierdas, creyentes o ateos, de un equipo o de otro. Y si uno no se encuentra en esas clasificaciones ¿qué hace? Porque hay muchos cristianos que se encuentran “en tierra de nadie”.
Las noticias aumentan el malestar, para nosotros católicos, cuando leemos comportamientos incomprensibles por parte de quienes deberían conducir el rebaño y que, en cambio, lo oprimen con violencia. Sin embargo aquí estamos todavía meditando un evangelio pascual, de resurrección, de confianza, de alegría y conversión.
Un evangelio que nos indica un camino difícil, pero posible, para preservar la esperanza, para prestar atención a la selva que nos rodea, sin atemorizarnos por el ruido de un árbol que cae.

Socorro
Jesús es claro y, sin embargo, el mundo no lo ve presente, habla de él como de un gran personaje del pasado, como de un simpático profeta que acabó mal, como les ocurre a muchos profetas; pero los discípulos, afirma el Maestro, siguen viéndolo, lo reconocen, lo anuncian, lo escuchan, le piden.
El primer regalo que Jesús promete a los discípulos atemorizados es el Paráclito, es decir el socorrista, el ayudante, el mediador, el valedor, que nos ayuda a recordar las palabras del Maestro, que nos ayuda a ver las cosas de manera completa.
Necesitamos de él urgentemente. Necesitamos que nos ayude a leer, a la luz de la fe, tanto la gran historia como nuestra historia personal. Entonces las cosas que ocurren adquirirán una luz diferente, con un horizonte de referencia más amplio, con una perspectiva de salvación que Dios realiza en la humanidad inquieta.
El socorro que Dios nos envía está en función de nuestra misión: los discípulos que “ven” a Jesús, que perciben su presencia, son invitados a anunciar el nuevo modo de vivir que Dios realiza a través de la comunidad de los salvados, que es la Iglesia.

sábado, 13 de mayo de 2017

DOMINGO 5º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 6, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 32
Segunda lectura: 1 Pe 2, 4-9
Evangelio: Jn 14, 1-12

No debemos tener miedo, dice Jesús. Y utiliza el verbo que indica el temor suscitado por la tormenta en el mar.
Es cierto. En las vicisitudes de la vida muchas veces nos sentimos como en medio de una tormenta, incapaces de gobernar el barco. El clima de tensión mundial que vivimos, la inseguridad económica, la desintegración de los valores, la insignificancia de la Iglesia en la sociedad, no hace más que cargar el ambiente. Da la sensación de estar al final de una era.
No tengamos miedo, nos insiste el Señor, confiemos en él, que nos prepara un lugar en la casa del Padre. En medio de las vicisitudes de la vida el Señor Jesús nos muestra el camino para descubrir el verdadero rostro de Dios y, en consecuencia, nuestro propio rostro.
Son palabras fuertes las que la liturgia nos ofrece hoy; las palabras pronunciadas por Jesús, según el evangelista Juan, durante su última cena, una especie de testamento para los discípulos.

¿Cómo?
A Tomás, Jesús le indica un recorrido, un camino. En los comienzos de la Iglesia, los cristianos eran llamados “los del camino”, los que seguían un camino. En cambio, hoy en día, muchos conciben la fe como una casa, un templo, un refugio, un bunker, un paquete de verdades inamovibles en las que creer. No deja de ser curioso.
Sin embargo, el cristianismo es algo dinámico, que está siempre en camino, porque quien sigue a alguien que no tiene donde reclinar la cabeza, no puede pretender ser un cristiano de una vez para siempre, buscando seguridades no propias de la fe.
Jesús responde al desconcertado Tomás, que acababa de enterarse de qué iba todo aquello, que el Señor va delante de nosotros, que va a siempre más allá, que no nos deja solos, sino que nos invita a arremangarnos para la tarea.
Para mantenernos creyentes, dice Jesús, debemos confiar en que él es el camino, la verdad y la vida.

Camino
Ser cristiano -a veces se nos olvida- significa seguir a Jesús; imitarlo, confiar en él, conocerlo y dejarse amar por él. Frecuentar su palabra en la meditación, buscarlo en la oración personal y comunitaria, reconocerlo en el rostro del hermano pobre. La fe cristiana es una propuesta de un cambio radical en la forma de ver al mundo y a Dios. Y lo hacemos escuchando y siguiendo a Jesús, el Maestro.
En un mundo lleno de tertulianos, opinantes, santones y pequeños líderes que lo saben todo y que gritan unos contra otros, Jesús se muestra como el camino, la puerta por donde las ovejas podemos salir de los muchos cercados (¡incluso religiosos!) en los que nos han encerrado.
Llegar a ser cristiano significa amar como Jesús amó, seguir el camino recto, que no es una colección de hermosas ideas y preceptos, normas y cumplimientos, sino una persona: Jesús de Nazaret, el Señor Resucitado.

sábado, 6 de mayo de 2017

DOMINGO 4º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14.36-41
Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: 1 Pe 2, 20-25
Evangelio: Jn 10, 1-10

El Señor ha resucitado. Lo han visto, lo han encontrado y abrazado. Los discípulos han llorado y reído; están asombrados, perplejos, turbados. Saben que hace falta tiempo para creer. También lo sabemos nosotros.
Pedro y Juan que corren al sepulcro; María Magdalena que no se separa de su dolor; Tomás y su desgarrador sufrimiento ante la duda; los discípulos de Emaús y su esperanza decepcionada. Convertirse al resucitado no es un asunto que se solventa en un par de minutos, no es un recorrido para personas débiles, sino para hombres y mujeres fuertes y tenaces.
El Señor los alcanza allí dónde están, en la condición en que estén.
Los alcanza y les ayuda a superará cada miedo, cada sufrimiento.
Los alcanza porque los quiere, porque quiere para ellos la plena salvación, porque les ayuda a descubrir a Dios y a descubrirse creyentes.
Lo hace porque su vida, nuestra vida, es preciosa ante sus ojos. Lo hace porque sabe a dónde llevarlos, a dónde llevarnos.

Preciosos
¿Para quién soy yo realmente importante? ¿Para quién soy yo verdaderamente precioso? Instintivamente buscamos a alguien que esté dispuesto a acogernos, a valorarnos, a querernos profundamente más allá de nuestra inevitable pobreza y limitación.
El mundo a nuestro alrededor es desalentador. Las personas son sólo un número, un consumidor o un problema social. Sólo cuentan para los que producen o consumen y, por eso, muchos luchan para salir del anonimato, cueste lo que cueste. Vivimos en una sociedad llena de llamadas confusas que nos seducen para competir y rivalizar, para tener y aparentar. Llamadas que son felicidades incapaces de llenar el corazón humano.
Corremos detrás de un sueño, como quien corre tras una chica que se convierte en princesa, como si se tratara de una bonita fábula. Pero la vida también está hecha de hombres que eligen la parte oscura, y la fábula se convierte en un sueño de muerte, como sucede con tantos terroristas o capos de todo tipo, traficantes y delincuentes. Los ladrones y bandidos de los que nos habla el evangelio de hoy, que se cuelan por tantas falsas puertas de nuestra vida.
Bueno, pues en medio de este desastre, la Iglesia proclama con toda convicción, a pesar de las contradicciones de nuestro tiempo, que cada persona, sea quien sea, es hija de Dios y es preciosa a sus ojos.

El buen Pastor
Ésta es la buena noticia desconcertante. Ésta es la inesperada revelación: yo soy realmente importante para Dios. No lo seré para otras personas, no lo seré para la sociedad, pero sí para Dios, porque sólo él me quiere gratuitamente, sin ninguna otra razón. “Te quiero porque quiere quererte el corazón, no encuentro otra razón”, cantaba aquel grupo “Mocedades”: así podría definirse el amor de Dios.
 El Señor no es como los otros que nos quieren casi siempre para sacar algún provecho, como si fueran mercenarios. El Señor nos ama libremente y amándonos nos hace a nosotros capaces de amar. Nos ama gratis, porque sí.

domingo, 30 de abril de 2017

DOMINGO 3º DE PASCUA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 2, 14. 22-33
Salmo Responsorial: Salmo 15
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 17-21
Evangelio: Lc 24, 13-35


El evangelio que acabamos de escuchar es una de las piezas más conocidas y más bellas de todo el evangelio.
En la narración de los discípulos de Emaús que vuelven a su casa desmoralizados, escapando de Jerusalén, san Lucas se centra en una reflexión absolutamente ejemplar de la capacidad que, nosotros los humanos, tenemos de complicarnos la vida.
Los discípulos están tristes, y hablan de sus desgracias. Están tristes, y se van realimentando recíprocamente, compitiendo en quien está más deprimido, como a veces se hace, entre personas desmoralizadas. Como si hubiera que ganar un premio: ¡premio al desdichado del mes! Su camino es de mutua lamentación, de progresivo hundimiento. Desconcertante.
Es terrible tener alrededor personas que, cuando ven que estás afligido, en vez de animarte, empiezan ellas también a hacer la lista de sus desgracias. En vez de confortarnos, a menudo, produce el doble de tristeza.

Compañero de viaje
El caso es que Jesús se acerca y camina con ellos. Pero ellos no se enteran, ¿cómo podrían? Están demasiado ocupados en lamerse las heridas.
No levantan la mirada de sí mismos para cruzarse con la mirada del Dios. ¡Están tan llenos de su santo dolor que no se dan cuenta de que ya ha desaparecido la causa de su sufrimiento! Son incapaces de salir de la jaula que ellos mismos se han fabricado. Y Jesús los aborda directamente. ¿Por lleváis esa cara?

Maleducado
Los discípulos se ofenden. ¿De dónde sale este paleto? ¿No se nota bastante lo tristes que están? ¿No muestran en la cara suficientemente su desesperación? ¿Cómo se permite este extranjero estúpido interrumpir sus lamentaciones? ¿Es que no sabe cómo está la situación mundial? ¿La guerra, el terrorismo, la crisis económica y política, la explotación de los pueblos pobres?
Parece como si la permanencia en el dolor nos animase, nos diese identidad, nos definiese. A veces, en un recorrido insano y loco, acabamos cultivando desaforadamente una identidad atormentada. Acabamos cultivando y acrecentando el dolor.

sábado, 22 de abril de 2017

DOMINGO 2º DE PASCUA (Ciclo A)


Primera Lectura: Hch 2, 42-47
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: 1 Pe 1, 3-9
Evangelio: Jn 20, 19-31


Las mujeres habían ido al sepulcro cuando todavía era de noche (Jn. 20,1), se habían levantado pronto, antes que los otros, no habían pegado ojo aquella noche. Se sentían impotentes, agitadas, sacudidas en lo más profundo de ellas mismas, porque todo se había desarrollado tan de prisa, de un modo tan dramático, que no sabían qué pensar.

Luego, el sentido femenino de la realidad y de lo concreto les espabiló de sus tinieblas y se organizaron para subir hasta la tumba de Jesús, para hacer lo que dos días antes les estaba prohibido, a causa de la víspera de la Pascua: lavar el cadáver, limpiarlo de la orgía de sangre y humores, de las tumefacciones y de edemas que habían desfigurado el rostro, y ofendido el cuerpo de su Maestro y Señor.

Pero cuando llegaron no encontraron a nadie. Algunos evangelistas hablan de ángeles que las alentaban, que las invitaban a ir más allá, a superar lo que parecía obvio.

Las mujeres abandonaron de prisa el sepulcro y corrieron hacia los doce (Mt. 28, 8) para decirles lo que ha sucedido. Para anunciar que Jesús está vivo.

¡Ha resucitado!
Hemos esperado largamente esta noticia pasada de boca en boca, nos hemos preparado para ello en los cuarenta días cuaresmales. Lo hemos cantado durante la noche pascual y repetido durante los ocho días siguientes. ¡Jesús ha resucitado!

Los cristianos lo creemos con cada fibra de nuestro ser. Si no creemos esto, no creemos nada y nuestra fe es una farsa que no sirve para nada.

Creemos que Jesús está vivo, accesible, y que se le puede encontrar. Creemos que él es alcanzable y que vive en las mil y una señales que nos ha dejado.

No, simplemente, como un desteñido recuerdo sino como una misteriosa presencia.

Sin embargo, ¡cómo quisiéramos poder verlo, y conocerlo, y abrazarlo! Tanto como lo deseaban en su corazón las primeras comunidades cristianas, una vez que murieron los apóstoles.

Es entonces cuando Juan, el evangelista, decide contar la historia de uno de los apóstoles, Tomás.

Bienaventurado Tomás, no porque haya visto lo que no vemos, sino porque creyó sin ver. Exactamente como nos pasa a nosotros.

Heridas
Jesús, en la tarde de Pascua, se aparece a los suyos. Tomás no estaba con ellos. Cuando vuelve, sus amigos le dan la noticia del encuentro, confusos y asombrados, radiantes y llenos de entusiasmo.

domingo, 16 de abril de 2017

DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN (Ciclo A)


 Primera Lectura: Hch 10, 34.37-43
Salmo Responsorial: Salmo 117
Segunda Lectura: Col 3, 1-4
Evangelio: Jn 20, 1-9


¡El Señor está vivo, amigos, ha resucitado, y está presente para siempre!

Lo hemos acompañamos entre los olivos de Getsemaní, cuando estábamos dormidos, vencidos por el sueño, sin saber que, junto a nosotros, se estaba dando el choque titánico entre la oscuridad y el amor.

Lo seguimos desde la distancia, igual que Pedro, después de su arresto en Getsemaní, aturdidos y asustados al ver tanta violencia contra un hombre bueno y humilde.

Lo hemos visto, colgado, desfigurado, conmocionado, hecho jirones, que perdonaba a sus asesinos hasta el último aliento de vida.

Después junto con los demás, nos encerramos en el cuarto superior, el de la cena. Como si las paredes hubiesen conservado algo de él. Nos encerramos para animarnos a nosotros mismos, sin ni siquiera tener el derecho a llorar, consumidos por el miedo.

Parecía que todo había acabado de la peor manera, como a menudo sucede en nuestras vidas. Una derrota total, el partido perdido, el final de los sueños. Era demasiado bueno para ser verdad.

Pero, al amanecer, al día siguiente del Shabbat de la Pascua, María vino a decirnos que fuésemos corriendo a la tumba.

Sepulcros
Es el lugar menos espiritual de Jerusalén, como por desgracia saben muy bien los peregrinos. De la basílica construida por Constantino el Grande queda muy poco, aunque en cada piedra se pueden leer las señales del tiempo y las vicisitudes de la basílica. El statu quo, el decreto emitido por un gobernador musulmán exasperado, ha bloqueado durante siglos cada espacio y cada minuto del día o de la noche, de manera que las diferentes denominaciones cristianas continúan impunemente haciéndose mutuamente de las suyas. La llave de la gran portada lateral está, desde hace siglos, a cargo de una familia musulmana, porque los cristianos no eran gente de fiar. El interior es una sucesión caótica de estilos y épocas, de imágenes y velas, joyas e incienso.

En el centro de la cúpula hay una capilla vigilada por un severo y aburrido monje ortodoxo que permite entrar a los fieles, uno a uno, bajando la cabeza. Dentro de una pequeña habitación recubierta de mármol, una piedra.

Es todo lo que queda de la tumba que José de Arimatea le regaló al Maestro.

Primero la tumba fue cubierta de tierra y Augusto construyó encima un templo pagano, en el renacida Aelia Capitolina, después de haber arrasado a la Jerusalén rebelde. Luego, con la llegada de los reyes cristianos, se construyó una basílica que contenía la tumba y el calvario. Por último, durante la ocupación musulmana, un califa sin escrúpulos trató de arrasar la tumba, destrozándola.

En el lugar menos espiritual de Jerusalén, aprovechando algún momento de silencio, por la mañana, al amanecer, cuando los turistas aún no han llegado, incluso se puede orar. Sorprenderá la banalidad de aquel sitio, la fragilidad de los eclesiásticos (de cualquier iglesia); pero sorprende sobre todo el humor de Dios.
¡Amigos, Jesús ha resucitado!

sábado, 15 de abril de 2017

VIGILIA PASCUAL EN LA NOCHE SANTA (Ciclo A)


Pregón Pascual
Lecturas del Antiguo Testamento: 
Segunda Lectura: Rom 6, 3-11
Salmo Responsorial: Salmo 117
¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!
Evangelio: Mt 28, 1-10

Seguimos buscando al crucificado. Pensamos que, de verdad, Dios quiere estar embalsamado. Nos creemos, y acabamos por conseguirlo, adecuar nuestra vida y nuestra pastoral a la trágica lógica del embalsamamiento.

Como si Dios quisiera ser venerado como una momia; o custodiado en un mausoleo.
Piadosa y devota es la fe de las mujeres que, el día siguiente del sábado, van a completar lo que no han logrado hacer durante aquel trágico viernes.

Buscan a su Maestro, que ha sido dramáticamente atropellado por los acontecimientos. Lo buscan con desesperación y con resignación.

Quieren devolverle una apariencia de dignidad a aquel hombre que han querido y seguido. Que las ha querido e instruido.

Ilusas. El Señor está ya en otro lugar. Ha resucitado.

Huir del sepulcro
Tienen que alejarse del sepulcro. No es cosa de velarlo. Han de ir a otro lugar, donde el Señor las espera. El Nazareno ha resucitado. ¡No ha sido reanimado, ni reencarnado!, sino que, espléndidamente, ha resucitado.

No sabemos muy bien lo que significa haber resucitado, pues nadie ha resucitado nunca como él. Lázaro volvió a la vida, pero murió de nuevo.

Jesús no. Está espléndidamente vivo y para siempre. No es un fantasma, ni un ectoplasma.

Es él mismo, que se deja reconocer a través de signos, come con sus asombrados discípulos. Jesús ha resucitado, hermanos, tanto si nos damos cuenta de ello como sino; tanto si lo creemos como si no.

Ha resucitado, y todo cambia; ha resucitado, y cada cosa asume una luz diferente. Ha resucitado, y el Nazareno ya no es sólo un gran hombre, un rabino, o un profeta. Es mucho más.

viernes, 14 de abril de 2017

VIERNES SANTO EN LA MUERTE DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 52, 13 - 53,12
Salmo responsorial: Salmo 30
Segunda Lectura: Heb 4, 14-16; 5, 7-9
Pasión de N.S.J.C.: Jn 18,1 - 19,42

La Palabra proclamada en el día de hoy ya resulta lo suficientemente elocuente, sin que un comentario pueda añadir gran cosa, pues lo que tenemos delante para nuestra contemplación es el Hijo del Hombre escarnecido ante el mundo, es el drama entre la paz y la violencia, entre el rechazo y la reconciliación, entre la muerte y de la vida.
Cada uno puede comprender, sin muchas palabras, que todo el ser humano, toda la vida, y el sentido de la historia y del mundo, están puestos en juego aquí, ante Cristo muerto en cruz. Casi dan ganas de desaparecer y dejar el puesto al Misterio del Amor y misericordia así manifestado. Pero no me resisto a poner rostros concretos a la Pasión de Cristo que acabamos de proclamar: el rostro de los crucificados de la Historia, en quien hoy sigue muriendo el Siervo el Justo, llevado al matadero.
No se trata de una narración sociológica, ni de un manifiesto revolucionario ante la opresión producida, de modo aterrador, por los poderosos y las fuerzas del mal. Se trata de contemplar al Crucificado reconociendo que en tantos hermanos nuestros descartados, sufrientes y maltratados de tantas formas, es el Hijo de Dios el que sufre, padece y muere. Ellos son los rostros de la pasión de Cristo. 

jueves, 13 de abril de 2017

JUEVES SANTO EN LA CENA DEL SEÑOR



Primera Lectura: Ex 12, 1-8.11-14
Salmo Responsorial: Salmo 115
Segunda Lectura: 1 Cor 11, 23-26
Evangelio: Jn 13, 1-15

Comenzamos el Triduo Pascual; los tres días más largos del año, las últimas horas de Jesús de Nazaret. Esta mañana, en todas las Catedrales del mundo, los sacerdotes se reunieron con su Obispo para consagrar los óleos del consuelo y, finalmente, esta tarde en todas las parroquias, desde las grandes ciudades a las apartadas comunidades rurales, recordamos aquella entrañable noche, aquella cena llena de emoción en la que el Señor inventaba el pan para el camino; el momento en que cada sacerdote se siente llamado a repetir aquel gesto; el momento en que, pidiendo a los apóstoles que repitieran aquel gesto, el Señor Jesús instituyó el sacerdocio...

El último acto
El último acto de Jesús comienza aquí, con esta Cena que es la presencia del Señor entre nosotros. Él desea ardientemente comer la Pascua con nosotros: su corazón arde como una antorcha, su Presencia es un incendio de amor.

Jesús, al final, cumple todo lo que ha dicho y hecho con un gesto que nadie, ni siquiera los apóstoles, habría podido imaginar:  el Señor Jesús se entrega y se deja destrozar. Lo suyo no son solamente bonitos discursos y vacías palabras. El gesto de la muerte en cruz es definitivo e inequívoco:  no cabe ser interpretado, sólo puede ser acogido o rechazado.

Jesús está a punto de vivir completamente el amor hasta la paradoja, como la mayor parte de las veces había predicado. En este gesto, nos está diciendo: “Tu corazón está endurecido, no has entendido que te quiero, y el único modo para hacerte entender la alhaja que tú eres para mí, es que mi amor se convierta en sangre derramada, en un regalo absoluto de mi vida por ti”. Juan el evangelista introduce la Pasión en su evangelio diciendo: “Jesús, después habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Jn 13,1).
Jesús elige entregarse a cada uno de nosotros de un modo sencillo, pobre y escandaloso. De un modo que nos llena la cabeza de duda y perplejidad: ¿Cómo es posible?: un poco de pan, un poco de vino y ¿tengo que creer que Jesús está presente ahí...? Pascal nos contestaría: “Si creo que Dios se ha hecho hombre, no tengo ningún problema en creer que pueda hacerse pan y vino.” Jesús, de entrada, acepta el riesgo de la incomprensión y sigue entregándosenos cada día, también hoy.

Jesús acepta no ser comprendido en nuestras eucaristías descoloridas, con poca fe, apresuradas y muchas veces improvisadas. Vivamos esta celebración con el corazón abierto, dejemos ser colmados de asombro por este regalo sin medida que nos hace el Señor de sí mismo.

sábado, 8 de abril de 2017

DOMINGO DE RAMOS (Ciclo A)


 Primera Lectura: Is 50, 4-7
Salmo Responsorial: Salmo 21
Segunda Lectura: Fil 2, 6-11


Jesús sube sobre de un pollino que trepa decidido por la ladera de la colina, por una calle empinada que rodea los imponentes muros, para entrar en la ciudad santa. La gente lo reconoce, algunos niños corren delante de él, algunos cortan ramas de palma y de olivo, alguien grita “Hosanna”. El Mesías llega, Jerusalén, tu rey llega.
Llega desde el monte de los olivos, porque de allí habría de llegar la salvación, cabalgando en un pollino de burra, como había profetizado Zacarías. Un Rey de burla, al que no se le toma en serio. Jesús entra en la ciudad que mata a los profetas.

Habituados
Estamos tan acostumbrados a la muerte de Dios, tan llenos de reflexiones, meditaciones y cansadas prédicas sobre la salvación, tan habituados a tener todo claro, todo aprendido, que parece que no necesitemos más. A lo más, alguna emoción hecha posible por las nuevas técnicas modernas, y de los efectos especiales, una cruenta pasión como aquella de la película de Mel Gibson, pero nada más.
Y asistimos una vez más al regalo que Dios nos hace, como si tal cosa, como es debido, a un acontecimiento banal, casi rutinario, presente pero débil, dado por descontado pero inútil. Peor aún: nos paramos en la cáscara, escuchamos y decimos palabras de las que no conocemos realmente el sentido, y no calamos más.
Jesús ha muerto por nosotros, pero pocos sienten la necesidad de salvación. Él ha muerto por nuestros pecados, pero nosotros estamos más atentos a subrayar los pecados de los otros que los propios. Él se nos ha regalado a sí mismo, pero no sabemos qué hacer con este regalo.
¡Ojalá tuviéramos el ánimo de volver a aquellos días de Jerusalén, de revivirlos, de dejarnos interrogar y conmover!
¡Ojalá tuviéramos el ánimo de atrevernos penetrar en los Evangelios, de sacarles la pátina de incienso que los envuelve, para mirar a los ojos al Nazareno que ha decidido entregarse hasta el final!
El espectáculo está listo, todos los protagonistas están en su sitio. Comienza la muerte de Dios. Comienza la Semana Santa.

sábado, 1 de abril de 2017

DOMINGO 5º DE CUARESMA (Ciclo A)


 Primera Lectura: Ez 37, 12-14
Salmo Responsorial: Salmo 129
Segunda Lectura: Rom 8, 8-11


Es espléndido nuestro Dios, que nos sacia el alma y restaura la luz de nuestra ceguera, como vimos en los domingos anteriores.

La Cuaresma es el tiempo en el que volver a descubrir la esencia de la fe, entrando en el desierto de nuestros días abarrotados de cosas que hacer. Un tiempo para dejar que el alma nos alcance, salga a la superficie y se convierta al Señor.

Y hoy, al final de este trayecto cuaresmal, hay un Evangelio espeluznante: la historia de una amistad desbordada por la muerte y la desesperación.
Es allí, en Betania, un pequeño pueblo que se encuentra en el Monte de los Olivos, en la vertiente opuesta a la que domina Jerusalén, donde Jesús se refugiaba muy a gusto en la casa de sus tres amigos, Lázaro, Marta y María; donde encontraba un poco de ambiente hogareño; para escapar de la Jerusalén, que mataba a los profetas.

Betania muestra el rostro de un Dios que siente la necesidad de ser querido. Betania es el icono de la amistad entre Dios y el hombre, Betania es el signo de un acercamiento, diferente y nuevo, al rostro de Dios.

Y en este contexto tiene lugar el drama: Lázaro enferma y muere, y Jesús no está allí. Como también nos pasa, a veces, y frente a la enfermedad y la muerte de un ser querido, descubrimos que Jesús está distante, y algo muere en la fe, la esperanza, la confianza.

Alguien toma la iniciativa de avisar a Jesús, para decirle: “Tu amigo está enfermo.” Jesús se entera, pero no hace nada, y Lázaro muere.

¡Qué misterio el aparente silencio de Dios! ¡Qué ensordecedor es el silencio de Dios!

Jesús no cura a Lázaro, pero baja a ver lo que ha sucedido; se hace presente.

Marta y María
El alboroto es grande, hay mucha gente alrededor de Marta y María, que eran muy conocidas y estimadas. Sabiendo que por fin el Maestro estaba llegando, Marta primero y María después, salen de casa y van a su encuentro, buscando una palabra, un gesto, una mirada.

Las hermanas no desesperan del Jesús ausente porque aman. No entienden, pero no gritan, no despotrican, ni doblan la cabeza con una resignada desesperación. Esperan, confiadas. Lázaro ha muerto, su querido hermano ha muerto y, ahora, el amigo está aquí.

Marta y María lloran y la muchedumbre empuja a Jesús. Dios es empujado a ver cuánta desesperación suscita la muerte, cuanto sufrimiento suscita el dolor.

El Dios discípulo
Juan no teme señalar el profundo dolor de Jesús, que le sacude desde lo más hondo de sí. Jesús ve la desesperación de María y el dolor de los judíos presentes, y se siente conmovido por ello. Jesús pide ver Lázaro y la respuesta es: “Ven y lo verás”.

“Ven y lo verás”. Es la misma frase que él mismo había dirigido, tres años antes, a sus dos primeros discípulos, Juan y Andrés, que le preguntaron dónde vivía (Jn 1, 39). Los discípulos y nosotros, hemos sido invitados a ponernos en juego, a participar, porque la fe es un “ir a ver”, una experiencia ardiente.

Ahora, en Betania, es Jesús el que se hace discípulo. Ahora él es el llamado para ir a ver. A ver cuánto sufrimiento suscita el dolor. A ver en el rostro de sus amigos más queridos la desesperación que suscita en nosotros la muerte. Y el Señor llora.

Es como si Jesús, hasta a entonces, no hubiera visitado todavía la mansión del dolor, como si sólo en aquel momento Jesús tomara conciencia de la devastación de la muerte.

sábado, 25 de marzo de 2017

DOMINGO 4º DE CUARESMA (Ciclo A)


Salmo Responsorial: Salmo 22
Segunda Lectura: Ef 5,8-14
Evangelio Jn 9, 1-41


La infinita sed de infinito de la samaritana, en el domingo pasado, ahora está colmada, harta. Ya no se avergüenza de su fragilidad afectiva, de su vida desordenada, de los engaños provocados y recibidos con tal que tener una gota de agua.
Ahora ya encontró el manantial. Ahora ella misma se ha convertido en una fuente manante para las personas que, antes, no quería encontrar. Ya no hay obstáculos, papeles, pecados que puedan mantenerla lejos del Señor que, cansado, la buscaba para amarla.
Su vida la había pasado escondiéndose por miedo a ser juzgada. Ella, que era una pecadora, termina siendo discípula y testigo.
Como la asombrosa historia del ciego de nacimiento, que hemos escuchado hoy.

Dios nos ve
Es Jesús el que, yendo de camino, ve al ciego de nacimiento. El pobrecillo no grita, no pregunta, quizás tampoco sepa quién es el Nazareno. La suya es una vida hecha de sombras, de fantasmas. No ha visto nunca la luz, ¿cómo desearla? ¿Para qué?
Y Dios lo ve, ve su dolor, su necesidad, su pena, su vergüenza.
Vergüenza, ciertamente, porque es un inocente que paga los pecados de sus padres. Más aún, quizás ya hubiera cometido pecado en el regazo de su madre, como algunos rabinos opinaban. ¿Es Dios quien lo castigó? Si es así, ¿para qué pedir nada a un Dios tan terrorífico? Así, por desgracia, piensa mucha gente.
Y en cambio. Jesús hace un poco de barro, se lo pone en los ojos, y el hombre vuelve a ver. Luego Jesús se va, porque no quiere aplausos, él sólo quiere demostrar que Dios no es ese bastardo que, en ocasiones, las personas religiosas dicen que es.

El camino de la iluminación
Tras la curación se inicia un feroz debate: ¿quién lo ha curado? ¿Por qué? ¿Y por qué lo ha hecho en sábado?
Muchos son los personajes implicados en este lío: la muchedumbre, los fariseos, sus padres, los discípulos. Pero el único protagonista aquí es el ciego que recobra primero la vista, después el honor, y luego la fe.
El ciego describe a Jesús primero como un hombre, después como un Profeta, y finalmente lo proclama Hijo de Dios. La fe es una iluminación progresiva, paso tras paso. Se necesitan años para lograr proclamar que Jesús es el Señor.
Al proclamar que Jesús es el Señor, la fuerza del ciego crece: su sentido de culpa se desvanece y adquiere nuevo ánimo. Cuando le preguntan, contesta; cuando es examinado por los devotos, sabe lo que tiene que decir. Y termina siendo irónico, refuta y argumenta. ¿Cómo puede un pecador curar a un ciego de nacimiento? Y hasta se atreve a decirles: ¿queréis también vosotros haceros discípulos? No tiene temor, ni siquiera de sus padres que, despavoridos, tragados por la opinión de los otros, se niegan a tomar partido, atemorizados por la trágica lógica común.

sábado, 18 de marzo de 2017

DOMINGO 3º DE CUARESMA (Ciclo A)



Primera Lectura: Ex 17,3-7
Salmo Responsorial: Salmo 94
Segunda Lectura: Rom 5, 1-2. 5-8
Evangelio: Jn 4, 5-42

La sed es una sensación que lo invade todo. Lo sabe bien quien tiene agua sólo una vez a la semana, en su propia casa, o quién tiene que subir cinco pisos de escaleras para llevar a casa algún litro de agua en botella.
La sed lo es todo: lo sabe bien quien habita en los países cálidos o quién sube a la montaña y necesita mucho líquido para rehidratarse.
La sed lo es todo, no sólo la material, a la que se refiere el agua, el oro del futuro que será origen de nuevos conflictos entre los pueblos, ciertamente, sino también la sed del corazón, la que seca la vida, si no encontramos nada que pueda calmarnos la sed de felicidad que llevamos en el corazón.
Que se lo digan a la Samaritana. Que se lo digan al Señor Jesús.

Bochorno
Jesús tiene sed. Cansado, se sienta en el brocal del pozo de Jacob, en Sicar, a la hora más caliente del día, en el desierto de Samaría. Tiene sed de agua, pero mucho más tiene sed de la fe de la mujer que viene a tomar agua en aquella hora inaudita, para no ser vista por sus paisanos.
Jesús, el Señor, está cansado. Cansado de buscar al ser humano que lo rehúye. Cansado de buscar a quien calma su sed con agua salada, a quien cree que lo sabe todo  pero que vaga buscando respuestas. A quien muere de sed a pocos metros del manantial claro y límpido.
Está cansado, el Señor. Pero no importa: espera a aquella mujer, símbolo de Samaría, la tierra media entre Judea y Galilea, lejana ya de la gloria del Reino del Norte de Israel, arrasada por los asirios en el 722 y, desde entonces, convertida en tierra mestiza, de muchas religiones. El Señor se aventura en la difícil tierra de los samaritanos, arriesgando la vida, con tal de conseguir la felicidad y la alegría de aquella mujer.

Reacia y con aristas
¿Desde cuándo un hombre judío dirige la palabra a una mujer samaritana? La dureza y la desconfianza de la samaritana se explican por dos razones históricas y una personal: hay odio entre judíos y samaritanos, una larga historia hecha de despechos y de desconfianza;  además una mujer no está autorizada a hablar en público y, finalmente, ella ya no tiene ganas de recibir más atenciones de un hombre.
            La mujer cree que aquel hombre la está abordando y tiene toda la razón la Samaritana: el Señor la está atrayendo, porque junto a un pozo Isaac conoció a su Rebecca; en un pozo Moisés se enamoró de Zippora. El esposo quiere reconquistar a la esposa herida.
            Jesús lo sabe e insiste, con delicadeza, proponiendo un diálogo que es una obra maestra de pedagogía.
            Jesús no se desanima... hombre, mujer, judío, samaritano... ¡qué más da! Todos estamos sedientos y sólo él, el vagabundo, asegura tener una fuente de agua.
            Jesús no es sólo un hombre judío, es alguien que puede calmarle la sed en profundidad. La mujer, desconfiada, pide luz y la recibe.
            Aquel extranjero se presenta como alguien que esconde un secreto. Queda en el aire una ambigüedad entre el agua del manantial y el agua interior: Jesús llega a decir que en vez del agua estancada él puede dar agua fresca de manantial, más aún, que la mujer puede llegar a ser ella misma un manantial. En fin, que parece una locura. ¿O será verdad?

viernes, 17 de marzo de 2017

EN EL CUARTO ANIVERSARIO DEL PAPA FRANCISCO


 Con ocasión del cuarto aniversario del Papa Francisco, el periodista de “Vatican Insider” y escritor, Gianni Valente, hace un análisis en cuatro partes de este periodo, para huir a las trampas de los «balances provisionales» sobre el Pontificado actual.




Gianni Valente nació y vive en Roma. Se graduó en la historia religiosa cristiana oriental, con una tesis sobre la India Malabar y Malankara católicos y su participación en el Concilio Vaticano II. Fue editor de la revista internacional “30Días”, por la que también hizo un reportaje sobre la vida de las comunidades cristianas de China, Rusia y varios países de América Latina y el Oriente Medio. En la actualidad es redactor en la agencia “Fides” órgano de información de las Obras Misionales Pontificias. Colabora con la revista italiana geopolítica “Limes” y “Vatican Insider”, portal multilingüe en línea del periódico “La Stampa” dedicada a la información global sobre la actividad de la Santa Sede y los acontecimientos de las comunidades cristianas de todo el mundo.