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sábado, 23 de noviembre de 2024

SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (Ciclo B)


Primera Lectura: Dn 7, 13-14
Salmo Responsorial: Salmo 92
Segunda Lectura: Ap 1, 5-8
Evangelio: Jn 18, 33-37

Hoy, al concluir nuestro año litúrgico, nos encontramos ante una celebración paradójica. Podríamos esperar un gran festival que proclame la realeza de Cristo con pompa y esplendor, quizás añorando aquellos tiempos en que la Iglesia se erguía frente al poder temporal, a veces por anhelo de autoridad, a veces por confrontación necesaria. Podríamos buscar una celebración triunfal que coronara nuestro año con la victoria definitiva de Cristo, más anhelada que comprendida.

Sin embargo, como tantas veces ocurre, el Evangelio nos desconcierta y nos invita a una reflexión más profunda.

Poderes

En la escena que contemplamos hoy, se enfrentan dos concepciones del poder: por un lado, la majestuosidad del Imperio Romano representada por Poncio Pilato; por otro, la aparente insignificancia de un carpintero de Nazaret. San Juan, con su profunda sabiduría teológica, nos presenta un diálogo magistral donde Pilato, creyéndose poderoso, desprecia a quien tiene delante. No ve más que a un judío más, uno de tantos que obstaculizan su ambición de alcanzar las más altas esferas del poder imperial.

Monstruos

La primera lectura del profeta Daniel nos ayuda a comprender esta dinámica del poder mundano. Las cuatro bestias que describe son signo de las dominaciones que Israel sufrió a lo largo de los siglos: - el león de Babilonia, el oso de los medos, el leopardo de los persas y aquella bestia terrible que representa el imperio de Alejandro y sus sucesores. Son los poderes que han oprimido al pueblo de Dios.

Pero ved, hermanos, cómo el profeta anuncia la venida del Hijo del hombre, que en el lenguaje semítico simplemente significa "el ser humano". ¡Qué contraste! Frente a las bestias del poder, la simple humanidad.

¡Qué poca humanidad, incluso hoy, encontramos en los que ostentan el poder! ¡Qué poca humanidad en el poder religioso del Sanedrín y en el poder político del águila romana!

Los saduceos y los sacerdotes del templo deben pedir permiso al odiado Pilato que tiene el ius gladii, el derecho a matar, para deshacerse de aquel engorroso Nazareno.

El Sanedrín quiere matar a Jesús, pero no puede. Pilato quiere salvar a Jesús, no por justicia, sino para humillar al Sanedrín, pero no puede.

Ambos van a hacer lo que no quieren. Las componendas, el miedo, el cálculo hacen que aquellos poderes se conviertan en marionetas de sus propias ambiciones.

Pilato, durante toda la entrevista, sólo hace preguntas. No se cuestiona nada, sólo pregunta. Y no escucha las respuestas.

Tú lo dices

“¿Tú eres rey?”; - “Tú lo dices” responde Jesús a Pilato.

“¿Eres tú el Hijo del Dios Altísimo?”; - “Tú lo dices” responde Jesús al Sumo Sacerdote en otro lugar.

“Tú lo dices” = como tú quieras, lo que tú quieras. Somos libres de creer o no, Dios no se impone, nunca. El Señor no impone su realeza, nos deja libres para reconocerla o no.

 Durante su vida pública, rechazó ser proclamado rey para evitar malentendidos sobre la naturaleza espiritual de su Reino. Pero ahora, en el momento de su aparente derrota, acepta este título. ¿Por qué? Porque su realeza se manifiesta precisamente en su disposición a dar la vida por sus súbditos.

Las apariencias engañan. Efectivamente este hombre derrotado no se parece en nada a un rey, y mucho menos a un Dios. Siempre será así: nuestro Dios se esconde y nos deja libres, mueve nuestra conciencia y nos pide que tomemos partido, nos fuerza a elegir desde nuestra libertad.

Preguntas maliciosas

Queridos hermanos, ¿qué clase de rey tenemos? No es el que esperaríamos: entra en Jerusalén sobre un humilde borrico, no sobre un caballo de guerra; es burlado por soldados aburridos; despierta la condescendencia de Pilato. No tiene ejércitos, ni poder temporal, ni exhibe ira o delirios de grandeza.

Quizás esto decepcione nuestras expectativas secretas de una victoria espectacular del bien sobre el mal. Pero así es como Dios ha elegido revelarse: del lado de los derrotados y olvidados. Cristo es Rey, sí, pero rey de los que sufren; rey condenado sin posibilidad de rescate; rey sin los triunfos que el mundo valora; rey sin el final feliz de una quimérica comedia americana.

Ved a vuestro rey: desnudo en la cruz, coronado de espinas, tan desfigurado que necesita un letrero para ser reconocido. Esta es la paradójica celebración de hoy, que nos invita no al triunfalismo, sino al asombro y la meditación.

¿Estamos dispuestos a seguir a un Dios así? Un Dios que por amor se expone al odio y la violencia, que arriesga incluso ser olvidado para mostrarnos su verdadero rostro. Un Dios que se desnuda de todo poder para hacerse comprensible, visible, evidente, liberándonos de falsas imágenes y devociones confusas. Este es nuestro Dios: un Dios de amor, un Dios herido, un Dios que hace del amor su única medida y nuestra única esperanza.

Este es nuestro Cristo Rey. Que su Reino de amor y verdad reine en nuestros corazones.

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