Somos
ciegos y mendigos. Podemos pasar el tiempo en los márgenes de la historia resignándonos
o lamentándonos, como Bartimeo, gritando nuestro dolor, sin consuelo. “Pierdes
el tiempo”, nos dice el mundo que nos rodea. En cambio, el Nazareno oye nuestro
grito y nos manda a llamar. Sanados en lo profundo, iluminamos nuestra vida
oscura, seguimos a Jesús por el camino y les decimos a los otros mendigos: “Ánimo,
levántate, el Señor te llama”.
Esta
es la Iglesia: un pueblo de ex ciegos, pero aún mendigantes, no prepotentes
morales y doctrinarios que miran a los hijos de Dios por encima del hombro.
Mendigos que se regocijan cuando comunican a cada persona el rostro compasivo
de Dios.
¡Y cuánta luz necesitamos, una y otra vez, para comprender en profundidad la estupenda página del evangelio de hoy! Sobre todo en estos días de sufrimiento para tantos compatriotas y de duelo nacional por la catástrofe ocurrida.
Catecismo
¿Qué
es lo más importante de la vida y de la fe? La pregunta del escriba es, después
de todo, la única pregunta real que merece la pena formular y responder, la
única.
La
pregunta, para nuestro entusiasta amigo, trataba de desenredar una densa red de
prohibiciones y trampas - más de seiscientas - que un israelita piadoso estaba
llamado a vivir cada día. Para Jesús, sin embargo, la pregunta se convierte en
una oportunidad de ir a lo esencial, de llegar a superar el síndrome de
respuesta correcta del catecismo, para llegar a cuál es el significado de la
vida para mí.
¿Para qué vale la pena vivir? Esta pregunta que todos llevamos en nuestros corazones y que, tarde o temprano, necesita una respuesta.
Como
el ciego de Jericó, también nosotros pedimos una respuesta y no encontramos el
significado dentro de nosotros mismos; necesitamos que alguien nos la dé.
Ese
es el punto de partida de toda búsqueda, de toda vida: buscar, preguntar,
admitir con absoluta sencillez que somos frágiles y que, en realidad, no
encontramos en nosotros mismos ninguna razón para vivir.
El
escriba estaba más interesado en hacer una exhibición de cultura religiosa que
en preguntarse desde el fondo del corazón; en él la Palabra de Dios se había
secado y se había convertido en una búsqueda de aprobación de su erudición, no
en una pregunta inquietante.
Rabbí, ¿qué…?
¿Qué
es lo primero, rabino?
Aunque
las personas nos invitan a callarnos, a resignarnos, a no hacer ruido, como
Bartimeo, cada vez clamamos con más fuerza, y pedimos piedad y luz. El Señor
pasa y nos llama, nos invita a levantarnos, a abandonar el manto, a no escuchar
a los demasiados falsos profetas de nuestros días amargos que nos invitan a no hacernos
ilusiones, a disfrutar, mientras podamos.
Para
Jesús, el Maestro, ¿cuál es el significado de la vida? Jesús sonríe,
benevolente, y explica: “déjate amar, ama y ama”.
Déjate amar
Sobre
todo, déjate ser amado por Dios.
Pero,
¿puede el amor ser un mandamiento? ¿Se puede mandar amar a Dios? Es absurdo,
¿no es cierto? ¡Una contradicción! El amor es elección, es libertad, es un sentimiento.
Si soy forzado, puedo respetar, temer, pero no amar.
Antes
que cualquier otro mandamiento hay una verdad sencilla, un imperativo que
subyace a todas las Escrituras: déjate amar.
Dios
nos ama, ¿cuándo lo entenderemos? Dios nos ama sin condiciones, sin posesividad,
sin fragilidad.
Él
no nos ama porque lo merezcamos (¿qué clase de amor es el que establece
condiciones?); Dios no nos ama porque seamos buenos, sino que al amarnos nos
hace buenos.
Tal
vez, alguno de los que me escucháis, tengáis el corazón endurecido, encerrado
en una jaula de dolor, y no podáis ver este amor porque el coraje y la ira de
no haber sido amados ha intoxicado vuestro corazón y vuestra mente. Confiad, amigos,
dejaos llevar. Lo que estoy diciendo es verdad, no estoy bromeando.
Dios
ama seriamente, realmente quiere el bien para cada uno de nosotros. De verdad: Jesús
murió para afirmar esta certeza, lo creyó y murió por ello.
Ámate
La
segunda condición para vivir es amarte a ti mismo.
Cuando
Jesús dice aquello de amar a su prójimo como a nosotros mismos, nos obliga a
mirar la relación que tenemos con nuestro propio interior, con nuestra
intimidad.
Ámate,
quiere decir acepta lo que eres, acepta tus límites, tus partes oscuras.
Un
falso cristianismo nos impide gozar de nosotros mismos, viendo en la actitud gozosa
un acto de egoísmo. El egoísmo es otra cosa, es no aceptar la propia
limitación, querer acaparar en vez de hacer de la vida un regalo. El egoísta
aparenta lo que no es, se esfuerza por vender una falsa imagen de sí mismo que
le impide entrar en lo profundo de sí mismo y gozar por ello.
Y
tú, hermano/a ¿te amas? ¿Te perdonas? ¿Estás convencido de que lo que tú eres
puede llegar a ser una obra maestra de Dios. Es verdad que aprender a amar lleva
toda una vida, la vida entera.
Pero,
de verdad, que se puede conseguir. Ver cómo Dios nos ve, ni como el enano de
nuestros temores ni como el gigante de nuestros sueños, sino como una persona en
quien Dios ha pensado y a la que ha amado desde toda la eternidad.
Entonces,
y sólo entonces, puedo amar por el amor que he recibido, y eso transfigura mi
corazón, entonces puedo vivir profundamente reconciliado con los hermanos.
Ama
Finalmente,
el Maestro nos dice: ama.
Ama
a Dios porque te descubres tiernamente amado, ámalo porque te enamoras de él,
ámalo como puedas, pero todo lo que puedas, completamente. Sabemos que no hay
amor puro, que no hay gesto total; nuestro amor es a menudo limitado, frágil, y
pesado.
Pero
paciencia: tú ama todo lo que seas capaz, como puedas, pero ama sin miedo.
Aquí
está el secreto, amigos. Descubrir que somos amados, que somos dignos de ser
amados, que somos capaces de amar en nuestro camino un poco tosco y frágil.
Dios nos hace capaces de amar, de ser luz y paz, de ser señal y regalo para los
demás, de darnos, de contrastar la lógica de este mundo.
Ciertamente
que es difícil, porque uno tiene la impresión de nadar contra la corriente. Pero,
en el río, solo los peces muertos siguen la corriente. Pero el amor de Dios nos
acompaña.
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