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sábado, 9 de noviembre de 2024

DOMINGO 32º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo B)

Verdadera pobreza = dar con el corazón
Primera Lectura: 1 Re 17, 10-16
Salmo Responsorial: Sal 145
Segunda Lectura: Heb 9, 24-28
Evangelio: Mc 12, 38-44


Al concluir este año litúrgico, mientras culminamos nuestra lectura del Evangelio según San Marcos, la liturgia nos presenta una serie de pasajes fundamentales que, aunque pueden resultarnos incómodos, son auténticas joyas para nuestra vida de fe. Son textos que quizás preferiríamos omitir de nuestro "cristianismo a la carta", pero que el Señor nos regala como oportunidades preciosas para renovar nuestro camino de fe.

El mensaje de Jesús hoy nos sacude profundamente. Pocas veces encontramos en el Evangelio una advertencia tan directa del Señor sobre el peligro que corremos los discípulos –sí, nosotros– de convertirnos en aquello que Él más criticó: los escribas. Esta preocupación del Maestro no era infundada, mis queridos hermanos.

Los escribas de ayer y de hoy

¿Quiénes eran estos escribas? Inicialmente, eran simples letrados que cumplían la importante función de transcribir documentos. Sin embargo, tras la reforma del piadoso rey Josías, su influencia creció desmesuradamente hasta convertirse en los custodios e intérpretes de la Ley, erigiéndose en jueces de quienes la transgredían.

Jesús los señala sin ambages, denunciando su vanidad y su desmedido afán de poder. Buscaban distinguirse por sus vestimentas, ansiaban el temor reverencial del pueblo, se deleitaban en su autoridad y no perdían ocasión de exhibirse en los eventos sociales.

No puedo dejar de recordar las frecuentes advertencias de nuestro Santo Padre Francisco contra el "carrerismo" dentro de la Iglesia. La búsqueda desenfrenada de posiciones, honores y reconocimientos sigue siendo una tentación que puede convertir a los pastores en un antitestimonio que aleja a las personas del Evangelio.

Y no nos engañemos, amados hermanos: esta tentación no es exclusiva del clero. En nuestros pequeños ámbitos, todos podemos caer en la trampa de buscar visibilidad y reconocimiento. Debemos examinarnos con sinceridad y rigor.

Las viudas ejemplares

El Evangelio nos presenta un contraste sobrecogedor: mientras los escribas "devoran los bienes de las viudas", son precisamente ellas, las más vulnerables de la sociedad, quienes protagonizan la Palabra de Dios hoy.

Recordemos: ser viuda en tiempos de Jesús significaba enfrentar una tragedia vital. Sin protección social ni apoyo familiar, muchas se veían forzadas a mendigar o incluso a prostituirse para sobrevivir. Eran las últimas, las despreciadas.

Contemplemos primero a la viuda de Sarepta. En medio de su pobreza extrema, acoge al profeta Elías, un extranjero, compartiendo con él su última porción de alimento. Su generosidad extraordinaria será recompensada con el milagro de la abundancia: "La tinaja de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará."

Y qué decir de la viuda del Evangelio, a quien Jesús observa mientras deposita discretamente sus últimas monedas en el tesoro del templo. Mientras los notables hacían ostentación de sus cuantiosas donaciones, ella entrega todo lo que tiene para vivir. Es ella, no los ricos donantes, quien recibe el elogio del Señor.

La esperanza en medio del dolor

Amados hermanos, ¿cuántos de nosotros no hemos experimentado momentos de pérdida total? Pérdida de la salud, del trabajo, de seres queridos... momentos en que hasta las ganas de vivir parecen abandonarnos. Que se lo digan a las víctimas de la riada… Como la viuda de Sarepta, nos arrastramos día a día, sostenidos quizás solo por algún afecto que nos mantiene en pie.

¡Cuántas personas conocemos así en la vida! ¡Cuántos amigos llenos de fuerza y de humor se han estrellado contra el muro de la vida!

Pero es precisamente en estos momentos de dispersión existencial, de dolor profundo, cuando podemos, paradójicamente, convertirnos en luz para otros. Como la viuda de Sarepta, que reconoce en Elías a otro ser sufriente. Los pobres que confían en Dios se convierten en fuente de vida para otros pobres. Ellos son los verdaderos bienaventurados.

La viuda del Evangelio, en su aparente ingenuidad, realiza un gesto profético de entrega total. No le importa el destino específico de su donación; su gesto es absoluto, rebosante de una ternura infinita que conmueve al mismo Jesús.

Llamados a la autenticidad

También nosotros, incluso en nuestros momentos más oscuros, podemos ser luz, plenitud, regalo y esperanza para otros. Obviamente, cuando lo hagamos no nos daremos cuenta de ello, y quizá tampoco eso importe. Como no le importa a quien de verdad ha dado todo, a quien de verdad ha sido machacado por la vida y el dolor… y sólo le queda la generosidad.

Como Moisés, el gran liberador que, habiendo visto a Dios cara a cara y recibido la Ley; el que siendo príncipe de Egipto renunció a su rango, se hace esclavo y muere en las alturas del Golán sin entrar en la tierra prometida de Israel.

Hermano machacado por la vida, hermana herida, viudos y viudas sin amor ni respeto, decepcionados de vosotros mismos y de la vida, de las personas y de los hechos, dad en limosna lo que tenéis dentro, aunque sea poco, hacedlo por Dios, hacedlo porque creéis en la vida, desesperadamente.

Y nosotros, frágil pueblo de Dios, aprendamos de estas viudas ejemplares y de los pobres a confiar en el Absoluto, a abandonarnos verdaderamente en las manos del Señor. No es la fama, ni la devoción exterior, ni las riquezas, ni las apariencias lo que nos salva, sino el reconocernos mendigos de la luz. Que el Señor nos ilumine y nos bendiga. Amén.

 

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