Traducir

Buscar este blog

sábado, 28 de diciembre de 2024

DOMINGO DE LA SAGRADA FAMILIA (Ciclo C)


Primera Lectura: Eclo 3,2-6.12-14
Salmo Responsorial: Salmo 127
Segunda Lectura: Col 3, 12-21
Evangelio: Lc 2, 42-52


Hoy la liturgia nos presenta la Fiesta de la Familia. No de una familia idealizada, sino de la familia real y concreta - la que cada uno de nosotros tiene, ha formado o anhela formar. En estos tiempos convulsos, esta celebración puede parecer casi provocadora, elevándose por encima de nuestras controversias sociales y políticas, pero precisamente por ello infunde nueva vida a nuestra cotidianidad y da densidad a esta Navidad que el mundo ha vaciado tanto de contenido.

Queramos reconocerlo o no, la familia permanece en el centro de nuestra existencia. Es el núcleo vital de nuestra educación, y aunque a veces sea fuente de dolor y desilusiones, por la gracia de Dios también nos trae inmensas alegrías.

¡Qué maravilloso misterio que Dios mismo haya querido vivir la experiencia familiar! Y aún más, qué significativo es que eligiera una familia tan complicada y llena de dificultades. Algunos podrían sorprenderse de que la Iglesia proponga como modelo esta familia tan peculiar - con una pareja que vive en castidad, un hijo que es el Verbo Encarnado, y unos padres que deben huir por la notoriedad de aquel recién nacido.

Pero no es en estas circunstancias extraordinarias donde queremos imitar a María y José, sino en su fidelidad como pareja cuyas vidas fueron transformadas por la acción de Dios y las circunstancias humanas. En su capacidad de entregarse completamente, sin condiciones ni angustias, a un plan divino que los sobrepasaba.

Contemplemos a María estrechando contra su pecho al Niño Jesús, sintiendo su calor y su fragancia. Veamos a José, más sereno ahora después del agitado nacimiento lejos del hogar. Después de aquella noche extraordinaria llena de señales divinas, el joven carpintero mira el futuro con renovada confianza. Ya han presentado al Niño en el Templo, como mandaba la Ley, donde el anciano Simeón lo tomó en sus brazos y profetizó sobre Él. Tras el doloroso exilio en Egipto, la Sagrada Familia regresa a Nazaret, donde Jesús crece.

Y es en Jerusalén donde, como nos narra el Evangelio de hoy, el adolescente Jesús se separa de sus padres para dialogar con los doctores de la Ley. ¡Qué consuelo para los padres de hoy ver que hasta María y José experimentaron las dificultades de la adolescencia!

Dura realidad

Podríamos llenar páginas enteras narrando las vicisitudes de la familia de Nazaret. Pero a veces, envueltos en la emoción navideña, corremos el riesgo de olvidar el peso real que María y José, como toda familia, tuvieron que sobrellevar.

martes, 24 de diciembre de 2024

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SEÑOR (C)


Primera Lectura: Is 52, 7-10
Salmo Responsorial: Salmo 97
Segunda Lectura: Heb 1, 1-6
Evangelio: Jn 1, 1-18

Contemplación

En esta santa Navidad, permitidme compartir una contemplación del misterio del Nacimiento de nuestro Señor.

Ved conmigo a ese Niño en Belén, que llora y gime, hipa y grita como cualquier cachorro humano recién nacido. Sus diminutas manos cerradas, su rostro arrugado buscando el calor maternal. Como todos los bebés, entreabre sus ojitos para luego volver al sueño.

Contemplad a María, nuestra Madre, en su dulce inexperiencia, mojando su dedo meñique en leche de cabra para alimentar a su pequeño. El frío del desierto se cuela en Belén mientras ella, con amor maternal, arropa al Niño desnudo. Y ahí está su esposo José, sentado sobre la paja, agotado también por el viaje y las emociones vividas.

Como nos enseña San Ignacio en la Contemplación del Nacimiento de sus Ejercicios Espirituales, os invito a contemplar las personas: a nuestra Señora, a José y al niño Jesús, haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo acatamiento y reverencia…

En estos tiempos difíciles que vivimos, cuando el mundo parece sumido en crisis y temores, me sitúo sin molestar en un rincón del establo, en silencio orante. Y pienso en las dificultades que afrontaron María y José, aquella joven pareja. Y sin embargo, ahí mismo está Dios.

¡Qué misterio tan grande, hermanos! Veinte siglos después seguimos maravillándonos: Dios está aquí, en un pesebre. ¡Qué diferente de la espantosa imagen que nos habíamos forjado! Dios es así: un niño indefenso, divinamente frágil, vulnerable por elección propia. Un recién nacido que despierta ternura infinita, que dan ganas de cogerlo en brazos y acariciarlo.

Aquí está Dios… y también el hombre…

MISA DEL GALLO EN LA NATIVIDAD DEL SEÑOR


Primera Lectura: Is 9,1-3.5-6
Salmo Responsorial: Salmo 95
Segunda Lectura: Tit2,11-14
Evangelio: Lc 2,1-14


Pastores

En esta Noche Santa contemplamos el misterio del Emmanuel, Dios-con-nosotros. Pero Su presencia no siempre corresponde a nuestras expectativas... Aunque dos milenios de tradición navideña nos hayan familiarizado con este prodigio.

Si hemos perseverado en el camino del Adviento, por breve que haya sido, quizás nuestros corazones se conmuevan al contemplar a esa joven Madre que estrecha contra su pecho al Niño Dios.

La Encarnación del Verbo aconteció en un momento preciso de la historia, en aquella pequeña aldea de Judea que las Escrituras nos señalan: Belén. Este acontecimiento histórico, del cual somos herederos y testigos, marcó el inicio de nuestra salvación. Y nosotros, sus discípulos, proclamamos con fe que el Señor Jesús volverá en la plenitud de los tiempos para dar sentido pleno a nuestra existencia temporal.

Pero esta noche, amados hermanos, Cristo desea nacer de nuevo en cada uno de nuestros corazones, invitándonos a renacer con Él a una vida nueva. Solo necesitamos el valor de abrirle las puertas de nuestra alma.

Es cierto que vivimos tiempos difíciles: las crisis que nos agobian, el clima sociopolítico, las crisis humanitarias, la guerra y los enfrentamientos de todo tipo, el vacío existencial que caracteriza nuestra época, todo ello podría desalentarnos. Nuestra propia patria, sumida en divisiones y amarguras, especialmente por la responsabilidad de quienes deberían guiarla para bien, no facilita la esperanza.

¡Qué actualidad cobra el relato evangélico que hemos proclamado esta noche! ¡Cuánto nos parecemos a aquellos pastores que buscaban calor en la gélida noche de Judea! Sus corazones, como los nuestros, estaban marcados por la ira, la resignación, el desencanto – sentimientos propios de quienes han agotado sus fuerzas en la mera supervivencia, muchas veces sin éxito.