Primera Lectura: Dan 7, 9-10.13-14
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda
Lectura: 2 Pe 1, 16-19
Evangelio:
Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9, 28-36
Primera Lectura: Dan 7, 9-10.13-14
Salmo Responsorial: Salmo 96
Segunda
Lectura: 2 Pe 1, 16-19
Evangelio:
Mt 17, 1-9; Mc 9, 2-10; Lc 9, 28-36
¿Qué tipo de
discipulado?
En la opinión de muchísima gente el papa Francisco
ha entrado en el corazón de muchas personas, incluso de gente escéptica y
lejana de la Iglesia. En realidad todos los que van más allá de las apariencias
saben bien que Francisco dice lo mismo que Benedicto y Juan Pablo dijeron. Obviamente
el evangelio es el mismo siempre. Sin embargo, muchos “católicos de toda la
vida”, clérigos y laicos atados a las tradiciones farisaicas (Mc 7, 1-13) están
atacando cada vez con más virulencia, sin darse cuenta del gran daño que causan
al Pueblo de Dios y provocando más desafecto a la Iglesia.
Pero, gracias a Dios, Francisco es un discípulo de
Jesús que tiene el don de volver a lo esencial. De ser creíble. De ser él
mismo. De dejar las cosas segundas y terceras en el segundo y tercer lugar. Con
Francisco nos ha visitado el Espíritu.
Hoy el evangelio habla del discipulado. Y fijaros bien
que no es ésta precisamente una ligera lectura veraniega.
Llegar a ser discípulos del Dios de Jesús es un
empeño que dura toda la vida, que pide mucha energía y mucha verdad con
nosotros mismos. La apuesta es alta. Implica el sentido de la propia vida,
descubrir la razón de nuestro existir y el designio escondido tras los
acontecimientos de la Historia.
Jesús no es un rabino deseoso de discípulos, ni pone
el listón bajo con tal de ganarse a la gente, ni cede a compromisos y apaños
para suscitar consensos. Diversamente a los gurús de ayer y de hoy no desea ser
famoso, ni tener a su alrededor una nube de palmeros alocados.
Él sólo quiere anunciar el Reino, mostrarnos el
espléndido e inesperado rostro del Padre. Incluso cuando eso cuesta sufrimiento
y sangre.
Contrariamente a cuánto sucedía con los rabinos de
su tiempo, Jesús no se hace elegir, sino que él elige a los discípulos y les
pone condiciones inesperadas.
Un Maestro audaz
Las condiciones para convertirse en discípulos de
Jesús están en relación con el nivel de riesgo que se quiera correr, porque él
quiere discípulos dispuestos a ponerse absolutamente en juego, en todo momento
y no solamente en los momentos místicos de la vida.
La página evangélica de hoy está introducida decididamente
por el hecho de que Jesús se encamina hacia Jerusalén, el lugar dónde el
anuncio del Evangelio va a ser puesto a prueba.
Jesús endurece el rostro y asume plenamente el
desafío: se encamina sin demora hacia aquella ciudad que mata a los profetas,
que destroza cualquier opinión, que destruye toda novedad que parezca peligrosa.
Jesús está dispuesto a morir con tal de describir el verdadero rostro de Dios y
pretende que sus discípulos tengan esa misma convicción.
Atención a los misticismos
Una convicción que no puede convertirse jamás en
violencia, aunque sólo sea verbal, aunque sea por una buena causa. El papelón
que juega el apóstol Juan en el evangelio de hoy, es desalentador; él, el
místico que exhorta a los hermanos en el recorrido de fe, y que por él han
tenido la alegría de experimentar la dulzura de la oración y la meditación, del
silencio y de la contemplación, alcanzando cumbres espirituales no habituales,
resulta deprimente.
Porque el haber recibido enormes gracias no nos preserva
de clamorosos errores, tanto más peores cuanto motivados por presuntas
revelaciones interiores.
El discípulo de Jesús es un amante de la paz, un pacifista apaciguado, alguien que sabe que elegir el Evangelio es, precisamente, una opción libre; alguien que sabe valorar, dentro de la paciente lógica del Evangelio, el fracaso de su propio anuncio, sin querer por ello abrasar en el fuego al que libremente no lo haya elegido.
Primera Lectura: Joel 2, 12-18
Salmo Responsorial: Salmo 50
Segunda
Lectura: 2 Cor 5, 20 – 6,2
Evangelio:
Mt. 6, 1-6.16-18
Ceniza
Hoy comienza la Cuaresma
en la Iglesia católica latina. Son 40 días de recorrido que nos llevará hasta
la celebración de la Pascua. Un tiempo en el que somos invitados a vivir en la renovación
y el crecimiento personal y comunitario. ¡Tomemos en serio este
tiempo de salvación! Tomar en serio no significa poner el rostro adusto y
triste, cara de vinagre… sino tomar la vida en nuestras manos y revisarla junto
con el Señor y a través de su mirada tierna y amorosa.
Particularmente, en este
año caracterizado por la pandemia acabando y la guerra de Ucrania empezando, el
Papa Francisco nos invita a vivir la Cuaresma como una llamada a hacer el bien
siempre, a todos y sin cansarnos.
Mensaje
Entre otras cosas, dice
el Papa en su mensaje para la Cuaresma de este año:
- Para nuestro camino cuaresmal de 2022 nos hará bien
reflexionar sobre la exhortación de san Pablo a los gálatas: «No nos cansemos
de hacer el bien, porque, si no desfallecemos, cosecharemos los frutos a su
debido tiempo. Por tanto, mientras tenemos la oportunidad, hagamos el bien a
todos» (Ga 6,9-10a).
- No nos
cansemos de hacer el bien. Frente a la
amarga desilusión por tantos sueños rotos, frente a la preocupación por los
retos que nos conciernen, frente al desaliento por la pobreza de nuestros
medios, tenemos la tentación de encerrarnos en el propio egoísmo individualista
y refugiarnos en la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. La Cuaresma
nos llama a poner nuestra fe y nuestra esperanza en el Señor (cf. 1 P 1,21).
- No nos
cansemos de orar. Necesitamos orar
porque necesitamos a Dios. Pensar que nos bastamos a nosotros mismos es una
ilusión peligrosa. Con la pandemia hemos palpado nuestra fragilidad personal y
social. Que la Cuaresma nos permita ahora experimentar el consuelo de la fe en
Dios, sin el cual no podemos tener estabilidad. Nadie se salva solo, porque
estamos todos en la misma barca en medio de las tempestades de la historia;
pero, sobre todo, nadie se salva sin Dios, porque sólo el misterio pascual de
Jesucristo nos concede vencer las oscuras aguas de la muerte
- No nos
cansemos de extirpar el mal de nuestra vida. Que el ayuno corporal que la Iglesia nos pide en Cuaresma fortalezca
nuestro espíritu para la lucha contra el pecado. No nos cansemos de pedir
perdón en el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación, sabiendo que Dios
nunca se cansa de perdonar.
- No nos
cansemos de hacer el bien en la caridad activa hacia el prójimo. Durante esta Cuaresma practiquemos la limosna, dando
con alegría (cf. 2 Co 9,7). Si es verdad que toda nuestra vida es un tiempo
para sembrar el bien, aprovechemos especialmente esta Cuaresma para cuidar a
quienes tenemos cerca, para hacernos prójimos de aquellos hermanos y hermanas
que están heridos en el camino de la vida (cf. Lc 10,25-37).
Convertíos a mí de todo corazón, escuchamos en la profecía de Joel (1ª lectura). Convertirse significa volver la mirada a Dios, buscarle y dejarnos encontrar por Él.