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sábado, 26 de julio de 2025

DOMINGO 17º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: Gen 18, 20-32
Salmo Resposorial: Salmo 137
Segunda Lectura: Col 2, 12-14
Evangelio: Lc 11, 1-13

Como María de Betania, podemos hacer la experiencia espléndida de sentarnos a escuchar al Maestro. El corazón descubre entonces una dimensión nueva, un camino que le pone en comunión íntima con Dios.

No se trata de "oír voces" sino del descubrimiento de ese océano de gracia en el cual navegamos sin saberlo. La vida interior, el silencio contemplativo, el encuentro con Dios pasa por la experiencia de la oración.

Lamentablemente, el corazón humano tiende a manipular esta experiencia sublime, convirtiéndola en repeticiones mecánicas o en un último recurso ante las dificultades. “Acordarse de santa Bárbara cuando truena”.

La Palabra de Dios nos ayuda a comprender qué es verdaderamente la oración según el corazón de Dios.

La oración es amistad

El Génesis nos revela el rostro misericordioso de Dios. Sodoma y Gomorra son dos ciudades violentas y depravadas, y Dios decide destruirlas, entregándolas a su propia suerte. Abraham intercede por Sodoma ante Dios, buscando un acuerdo misericordioso. Si hubiera cinco justos, toda la ciudad se salvaría. Pero Sodoma será destruida porque no se llegaron a encontrar ni cinco justos siquiera.

La oración es diálogo íntimo con Dios, intercambio confiado, acuerdo filial. No es una lista de peticiones ni una fórmula mágica, ni mucho menos un intento de corromper al Señor en beneficio propio. La oración está constituida por la escucha atenta de Dios y la intercesión por el mundo, no solo por nuestras necesidades.

La oración es confianza

Jesús nos revela el rostro del Padre: es a Él a quien dirigimos nuestra oración. No a un déspota, sino al Padre que nos trata como a Jesús, su Hijo amado. Un buen Padre conoce lo que necesita su hijo.

sábado, 19 de julio de 2025

DOMINGO 16º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)



Primera Lectura: Gen 18, 1-10
Salmo Responsorial: Salmo 14
Segunda Lectura: Col 1, 24-28
Evangelio: Lc 10, 38-42


Estamos llamados a globalizar el amor, no la indiferencia. A aprender a hacernos prójimos, a conmovernos ante el dolor humano.

Cristo es ese Buen Samaritano que derrama sobre nuestras heridas el aceite del consuelo y el vino de la esperanza. No pasa de largo fingiendo no vernos; no se pregunta si nuestras llagas son fruto de nuestros errores. No teme mancharse las manos con nuestra sangre.

Y nosotros, una vez sanados por dentro, podemos vivir la misericordia y la ternura, y empezar a parecernos a Él.

Cristo es también Aquel que podemos acoger, como hizo Abrahán con los tres misteriosos visitantes en el encinar de Mambré, o como hicieron Marta y María en Betania.

Recibir al Señor es abrirnos a una fecundidad nueva, es comenzar otra vida, como les ocurrió a Abrahán y a Sara.

Betania

Es fácil imaginar la escena: Jesús, al caer la tarde, cuando el calor de Jerusalén da paso a la brisa suave, desciende por el valle del Cedrón y sube el monte de los Olivos hasta llegar a la pequeña aldea de Betania.

Para Él, Betania era el descanso sencillo, una pausa en el camino, un respiro. Tal vez dejando también a los apóstoles, Jesús encontraba en aquella casa de campo los olores, la luz y el ambiente de su Nazaret querido.

Quizás en Betania, al compartir una hogaza bien cocida, Jesús dejaba atrás la tensión que sentía en aquella Jerusalén “que mata a los profetas”; se apartaba del dolor que le iba calando por dentro al ver cómo su misión encontraba resistencia en los dirigentes de su pueblo.

En Betania, Jesús podía hablar con libertad, sentirse acogido. Se quitaba la carga de ser rabino, y “en zapatillas”, por decirlo así, dejaba su papel de acusado para disfrutar —aunque solo fuese por un rato— de la amistad y la cercanía.

Es profundamente humano y conmovedor ver al Señor tejer vínculos, buscar la escucha, sentarse con sencillez en torno a una mesa, reír, compartir.

¡Ay, si alguna vez pudiéramos invitar al Señor a nuestra casa y escucharlo de verdad! Prepararle, como Abrahán, una buena comida y un buen vino...

¡Ay, si aprendiéramos a escuchar su deseo de salvar, sus fatigas, su dolor al ver el mundo herido por la violencia y la fragilidad, y le dijéramos: “Cuenta conmigo para ese mundo nuevo que sueñas!”!

¡Ay, si Betania no fuera solo un lugar, sino nuestro modo de vivir!

Escucha y acción

El relato evangélico de hoy contiene detalles preciosos: María, sentada a los pies de Jesús, escucha con atención sus palabras, como lo hacían los discípulos con sus maestros. Marta, por su parte, acoge y atiende al Maestro.

sábado, 12 de julio de 2025

DOMINGO 15º DEL TIEMPO ORDINARIO (Ciclo C)


Primera Lectura: Dt 30, 10-14
Salmo Responsorial: Salmo 68
Segunda Lectura: Col 1, 15-20
Evangelio: Lc 10, 25-37


“La ley de Dios está escrita en el corazón humano”

Este es el descubrimiento que realizó un pueblo de nómadas, marcado por la huida de la esclavitud y guiado por un libertador que él mismo había sido liberado. Moisés, un hebreo criado en la corte del Faraón, encontró en el desierto que el verdadero Dios no se parecía en nada a las divinidades del poder, ni a los ídolos servidos por los sacerdotes del imperio.

El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios que se reveló a Moisés, que comunicó su Nombre al pueblo: Yahvéh, “Yo soy”. No es un dios fabricado, ni moldeado a medida. Es el que es. El que siempre está con nosotros.

Y cuando el pueblo descubrió al Dios verdadero, se le abrió también el verdadero rostro del ser humano.

Dios es y habla al corazón. Su ley está inscrita en lo más profundo de cada persona. Pero ese corazón, tantas veces, lo tenemos abandonado. Apenas nos detenemos a escucharlo. Nos cuesta recogernos, entrar dentro, habitar el propio interior.

Las “piruetas” del doctor de la Ley

En el evangelio que hemos escuchado, aparece uno de esos sabios doctores de la Ley. Un teólogo de la época que lanza a Jesús una pregunta típica de los debates morales y religiosos del tiempo.

Entre los 613 preceptos que había elaborado la tradición judía a partir del Decálogo, ¿cuál era el más importante? La pregunta no era retórica: buscaba lo esencial, discernir lo que es central de lo accesorio. Era un ejercicio habitual entre los rabinos. Pero, los cristianos hemos perdido mucho de este arte de buscar lo esencial. A veces por pereza mental, otras por una superficialidad que se va colando por todas partes.

Jesús sabe que el doctor no pregunta por ignorancia. Conoce la Ley. Su planteamiento es teológicamente correcto: habla de heredar la vida eterna, lo que implica que la salvación es un don, no un mérito.

Pero Jesús también percibe que esa fe del doctor es puramente intelectual. Por eso le responde con respeto, e incluso con cierta ironía, invitándolo a exponer su saber: “¿Qué está escrito en la Ley?”

La respuesta del doctor es impecable. Cita la Escritura con precisión. Resume el consenso rabínico: amar a Dios y amar al prójimo. Así de sencillo. Así de grande.

Amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la fuerza, con toda la mente… Amar con todo, desde todo, porque antes hemos sido amados. Y desde ese amor recibido, poder amar también al otro como Dios nos ama. Porque ese amor transforma incluso al adversario en hermano.